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El emperador Haile Selassie I de Etiopía

Según los libros de historia oficiales, Hitler se mantuvo al margen de la aventura fascista en Etiopía y se limitó a no interrumpir los envíos de carbón a Italia. Desde 1970, en que el historiador de Bonn, Manfréd Funke, publicó su obra «Sanciones y cañones» en torno al conflicto internacional de Abisinia, los libros de historia han tenido que ser sometidos a revisión. Alemania, efectivamente, había entregado armas al Negus.

Verano de 1935. Las trapas italianas navegan ya, desde hace varias semanas, a lo largo del asnal de Suez. Mussolini prepara abiertamente su ataque a Etiopía. En el frente de la patria, Italia dispone a sus ciudadanos con insistentes arengas de tono amenazador. «Venganza para Adua», se grita como lema. Venganza por la derrota italiana de 1896, cuando los soldados del rey Humberto I perecieron en un baño de sangre al intentar ampliar los limites de Eritrea hacia el extremo sudoccidental a costa del imperio etíope.

Otoño de 1935. Un Ejército de 346.000 soldados italianos cruza la frontera nortee de Etiopía con Eritrea y los limites del sur del mismo país con la Somalia italiana, según un plan muy detallado del Estado Mayor. Sus efectivos técnicos son casi inimaginables para la época: 200 aviones de combate, 6500 vehículos acorazados (carros de combate ligeros, camiones y coches blindados), 3 millones de toneladas de munición, combustible para treinta días, 30.000 caballos y mulos.

Antes de que se dispare el primer tiro estalla en Paris y Londres una bomba política. El ministro británico de Asuntos Exteriores, sir Samuel Hoare, declara un embargo de armas «contra ambas partes». La República Francesa se adhiere.

3 de octubre de 1935. El emperador Haile Selassie I indeciso, como tantas veces se vuelve repentinamente efectivo: dieciocho horas después de que los italianos hubiesen cruzado la frontera con Eritrea y de haber roto las hostilidades, ordena la movilización general. Como en plena Edad Media, los tambores convocan a los notables y a todos los hombres hábiles para el manejo de las armas. Unos 300.000 guerreros atienden la llamada del emperador, pero de ellos sólo una cuarta parte cuenta con suficientes conocimientos estratégicos, recibidas de instructores belgas, y dispone de armamento relativamente eficaz: 500 cañones, 1000 ametralladoras, una docena de carros de combate, lo cañones antiaéreos y anticarros y 3 aviones.

Ya en el verano anterior, el consejero de Estado David Hall, un mestizo germanoetíope que pertenecía al circulo de consejeros privados del emperador y dirigía la sección de efectivos militares del imperio, vio llegada su hora. Instigó al emperador a pedir armas a Berlín y se ofreció personalmente para llevar a cabo tan delicada misión. Así fue. En julio de 1935, Hall llegó a Berlín provisto de tres millones de marcos deducidos de un fondo especial del Ministerio etíope de Asuntos Exteriores. Para lograr su objetivo compró la voluntad de un comandante del Ejército del Reich en la reserva llamado Steffen, alias von Este, conocido traficante internacional en armas, que formalizó la operación con las firmas Rheinmetall-Borsig y Krupp. El material se transportó en secreto hasta Etiopía, a través de Bélgica y Noruega. Cuántas armas adquirió realmente el enviado del «León de Judá» no está aún muy claro. Hay fuentes que hablan de 4,2 millones de marcos; otras, de 6; y algunas de hasta 11 millones. Pero lo que si es cierto es que solamente un lote muy limitado de estas armas llegó a su destino. Francia, que debería haber trasladado los efectivos hasta el puerto de Yibuti, en África oriental, se incautó de una gran parle de ellos, que quedó a la intemperie y se estropeó por efecto de la herrumbre.

El mando supremo italiano se mostró por su parte muy sorprendido cuando, al revisar el botín de guerra, encontró en él alijos de armas modernas de fabricación alemana.

Durante el conflicto ítalo-etíope la política exterior del canciller del Reich fue ambivalente. Con la promesa de enviar al emperador importantes contingentes de armas y de no asistir al Duce con material bélico, Hitler pretendió convencer a Haile Selassie de la necesidad de una guerra preventiva. Al no tener éxito en este sentido, el Führer se conformó con una prolongación de la guerra. Esperaba que así la Italia fascista se doblegaría más fácilmente en el caso de una alianza con Berlín: comprometida en una guerra en África nororiental y aislada diplomáticamente de sus más antiguos aliados, Inglaterra y Francia, Roma no resistiría las presiones de Berlín.

Las cuentas le salieron bien. Hitler permaneció oficialmente neutral, pero, de modo oficioso, enviaba sus cañones al ejército del Negus al tiempo que los trenes carboneros del Ruhr y del Sarre mantenían sus servidos con Italia. Tras la victoria de Mussolini sobre Haile Selassie, Hitler podría ya pasar la factura: El clima entre Roma, Paris y Londres se había vuelto gélido y el ejército nacionalsocialista penetraba en Renania sin resistencia alguna.


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