LA MUERTE DE ITALO BALBO
Al
comenzar la guerra, Italo Balbo es gobernador de Libia desde hace algunos años.
Cuadrunviro del fascismo, fundador de la aviación italiana moderna, protagonista
de notables hazañas, como las famosas travesías del Atlántico con formaciones de
hidroaviones "Savoia Marchetti" SM 55, se encuentra prácticamente en un
destierro dorado. Mussolini, que le considera como uno de los más peligrosos
adversarios potenciales, ha preferido alejarlo de las esferas de la metrópoli.
Pero desde Libia, donde vive como un virrey, ha seguido interesándose por los problemas internacionales y, sobre todo, por lo que sucede en Europa a raíz del ataque alemán contra Polonia.
Personalmente es antigermánico y contrario al Pacto de Acero que ha ligado el destino de las dos naciones. Hasta el último día, insiste con obstinación ante el Duce para que se mantenga a una oportuna distancia de Hitler y no intervenga en el conflicto. Es en vano.
Así, cuando el 10 de junio Mussolini declara la guerra a Francia y a Inglaterra, se adapta a la nueva realidad.
Una realidad en que la colonia líbica está entre dos fuegos, el francés desde Túnez, y el inglés, mucho más peligroso, desde Egipto. Pero la guerra durará poco para él. Será la primera víctima importante de un conflicto que, por espíritu de oposición o por una intuición feliz, había tratado en vano de evitar. Murió a los dieciocho días del comienzo de la guerra, o sea, el 28 de junio de 1940, cayendo con su avión en la zona de Tobruk al ser alcanzado por el fuego antiaéreo del crucero San Giorgio.
El "incidente" no deja de suscitar perplejidad y sospechas, especialmente entre quienes están al corriente de su postura respecto al régimen. Se intensifica el rumor de que le han eliminado por orden de Roma, tanto que la policía no da abasto para identificar todas sus fuentes. El mismo Temístocles Testa, gobernador de Ferrara, donde vive la condesa Florio, viuda de Balbo, pide que se tomen medidas. Escribe al jefe de la policía, Bocchini: "Querido Arturo, conviene vigilar atentamente a la condesa Florio, pues se permite hacer declaraciones comprometedoras. Por ejemplo, a todo el que va a verla, le dice que “Él” me explicará, pero tengo que decirlo todo. Ítalo no quería la guerra, a la que siempre se opuso. Decía que no estábamos preparados. Precisamente diez días antes de morir mandó a Roma a mi hermano Gino en busca de armas y carros de combate...".
Derribado, por accidente
Pero su muerte no habla sido ordenada. Fue una desgracia debida tal vez a la falta de coordinación, Se conserva todavía la prueba entre las cartas reservadas de Mussolini. Es un informe escrito por el general de Brigada aérea, Egisto Perino, el 1 de julio de 1940:
"El 28 de junio, después de conversar con el mariscal Balbo en Derna sobre las exigencias de las unidades y de las bases, me invitó a comer con él. Estaban presentes el general Tellera, el general Porro, el general Silvestri, el cónsul Garetti, el teniente coronel Sorrentino, el mayor Frailich, el capitán Brunelli, el capitán Quilici y el teniente Lino Balbo (su sobrino, _y federal de Ferrara).
Habiendo comunicado el cuartel general de las tropas del sector este, que se habían vuelto a ocupar algunos territorios próximos a la frontera, entre ellos el aeropuerto de Sidi Azeiz, el mariscal Balbo, que desde hacía días había mostrado deseos de ir allá, decidió ir inmediatamente en avión, sobre todo para pasar revista a la División Líbica -que había realizado la ocupación- y oír los informes de los oficiales.
Todos los presentes manifestaron el deseo de acompañarle. El impartió las siguientes órdenes: “Que el general Silvestri parta en seguida para Sidi Azeiz con una escolta de cinco cazas para notificar a las unidades líbicas que, a las pocas horas, el gobernador efectuará una inspección. Al partir del aeropuerto de Tobruk con un aparato ‘Ghibli’ ordene que otros cinco cazas estén listos para despegar a las 17,15 en adelante, para escoltar a dos ‘S.79’ que, pasando por Tobruk, irán a Sidi Azeizl.
Eran los aparatos destinados para él y para el general Porro.
Antes de abandonar la mesa, nos citó para las 16,45 en el aeropuerto de Derna, de donde se partiría a las 17.
El mismo nos distribuyó, diciendo que en un avión irían el capitán Quilici, el teniente Lino Balbo y Gino Florio, mientras los demás acompañarían al general Porro; entre ellos, yo mismo, el capitán Leardi, los técnicos, el teniente coronel Sorrentino y el capitán Goldoni.
Los aparatos partieron de Derna a las 17, dirigiéndose al aeropuerto de Tobruk para unirse a los cinco cazas que debían escoltarlos.
Apenas llegamos cerca del aeropuerto (a poco más de 1.000 m. de altitud) nos dimos cuenta de que estaban cayendo sobre él bombas cuyos efectos eran manifiestos, hasta el punto de que, sobre la pista, estaban en llamas dos aviones.
El del mariscal no se desvió de su ruta, pasando a la misma altitud sobre el campo que en aquel instante era blanco del ataque enemigo.
Cayeron dos o tres bombas más, sin que ninguno de nosotros lograra ver, a pesar de los esfuerzos, a los aviones ingleses. Debían de volar muy alto y ser pocos por el número de bombas que lanzaron (unas 50). Hallándonos casi sobre la vertical del aeropuerto, nos alcanzó una descarga (disparaban las baterías de la costa y las de un navío de la bahía de Tobruk) y también algún proyectil de ametralladora de 20 mm.
Instintivamente, los aparatos, rompiendo la formación, huyeron en direcciones opuestas. Nosotros hacia el mar, y el de Balbo, a nuestra derecha, hacia tierra, mientras seguían disparándonos.
Vimos que el avión del mariscal tenía un ala tocada, se precipitó a tierra y se incendió a consecuencia del golpe.
El nuestro también había recibido metralla y proyectiles. Aconsejamos, pues, al general Porro que nos dirigiéramos al aeropuerto más cercano, abandonando una posición cada vez más peligrosa. Poco después aterrizamos en El Gazala, desde donde fuimos en automóvil a Tobruk inmediatamente.
Allí se comprobó que el avión del mariscal Balbo, alcanzado por la artillería, había caído y se había incendiado.
Todos sus ocupantes habían perecido en el acto. Esa misma noche el general Porro fue a dar la noticia a los familiares del mariscal, que se hallaban en Cirene. El que esto escribe volvió a El Gazala de noche, y al día siguiente, prosiguió la misión que se le había encomendado”.
De todos modos, aquella muerte libraba al régimen de un peligroso "rebelde" y a Mussolini, de un candidato para sucederle.
Algunos años más tarde, en los tristes días de la república de Salò, Mussolini le recordará con estas palabras: "¿Balbo? Un buen alpino, un gran aviador, un auténtico revolucionario. El único que habría sido capaz de matarme".
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