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En
ese comienzo del año 1917, Montparnasse mostraba su habitual animación.
Escritores, artistas, creadores, personalidades del espectáculo y de
las artes se codeaban, deambulando desde la Rotonde a la Cuupole. Los
paseantes se cruzaban con Jean Cocteau, Max Jacob, Francis Carco o
Blaise Cendrars. Se veía, sentado en una terraza, a Fujita o a Paul
Guillaume, el muy conocido marchante. La guerra parecía lejana,
aunque ocupaba los pensamientos. En el bulevar Montpamasse, se discutía
de arte o de literatura.
El barrio se había
convertido en el de los pintores, a semejanza de Montmartre. Muy
cerca, en la calle de la Grande-Chaumiére, entre los comercios de artículos
para pintores, estaba la famosa academia Colarossi, semillero de jóvenes
talentos. Muchos eran artistas pobres que ofrecían sus dibujos a los
turistas por un franco.
Se destacaba un elegante
joven de rasgos distinguidos, semejante a un arcángel. Como muchos
otros, iba de mesa en mesa, con su cartón de dibujo bajo el brazo.
Respondía con tina sonrisa y un gesto amistoso a los que lo llamaban.
-Hola, Modi, ¿qué tal?
Amedeo Modigliani vio de
pronto, acercándose a su encuentro, a uno de sus amigos, André Hébuterne,
acompañado de una encantadora joven.
-Hola, Modi, te presento a mi
hermana Jeanne -dijo André.
Ella le tendió la mano,
sonriente.
-Mi hermano me ha hablado
mucho de usted.
Como pintor, Modigliani
apreció el rostro fino de grandes ojos azules, el largo cabello castaño,
y fue sensible al encanto de la joven. Entablaron conversación.
Jeanne Hébuteme aprendía pintura en la academia Colarossi y, según
su hermano, manejaba bien los pinceles. Ella amaba el ambiente que
reinaba en Montpamasse, y desde hacía tiempo deseaba conocer a
Modigliani. Como se interesaba por su trabajo, él le propuso ir, en
compañía de su hermano, a visitar su taller de la Cité Falguiére
donde se había instalado cuatro años antes, abandonando la colina
Montmartre, de la que estaba cansado.
Jeanne Hébuteme admiró los
estilizados retratos de mujer del pintor. Su obra no se parecía a
ninguna otra, y esa originalidad la seducía, sin duda porque el
hombre ya la había conquistado. Modi tenía aires de gran señor a
pesar de su pobreza, la certeza de su talento y una llama dolorosa en
la mirada que revelaba su permanente angustia. Elle confió que su
deseo era expresarse mediante la escultura, le mostró lo que había
hecho, aunque eran piedras todavía informes. Carecía de materiales,
de dinero y, en escultura, apenas balbuceaba.
Volvieron a verse a diario.
Modi estaba solo después de una relación de dos años con una joven
poeta inglesa. La frescura, la jovialidad de Jeanne le agradaban.
Contrastaba con la seducción artificial de las mujeres que
frecuentaban Montparnasse y los talleres: modelos, mujeres
semimundanas o mantenidas. Ella, por su parte, veía en Modigliani a
un genio y se lo decía.
En julio de 1917 decidieron
vivir juntos y rentaron un estudio en la calle de la Grande-Chaumiére,
muy cerca de la academia Colarossi. A partir de entonces, tocado por
la ternura amante de Jeanne, Modigliani sentó cabeza. Antes se
refugiaba en el alcohol, las drogas, mezclando a veces cocaína, haxis
y vino, para luego hacer escándalos en el Dúme y declamar a voz en
cuello versos de Rimbaud o de D'Annunzio. Por ella, dejó el alcohol y
las drogas.
-No tienes necesidad de
alcohol para ser grande, al contrario. En cuanto al haxis, repites que
te permite concebir extraordinarias combinaciones de colores. De
acuerdo, pero esas combinaciones quedan en tu cabeza, no las pintas
-dijo ella.
El lo admitió y siguió su
consejo: pintar, pintar y pintar, drogarse con el trabajo. Ese año
ejecutó cerca de ciento veinte telas. Estaba tuberculoso, lo sabía,
y trabajaba con la fiebre del que tiene los días contados.
Jeanne lo alentaba, lo sostenía,
y los momentos de desaliento eran frecuentes. Al principio ella se
asombraba de que Modi pintara sus retratos en una sola vez; de lo
contrario perdía interés en ellos. Luego había comprendido que su
genio surgía como un relámpago y que se extinguía con la misma
rapidez. En pocos instantes, él captaba la particularidad de su
modelo y la traducía; los detalles no contaban.
Ella calmaba como podía sus
tormentos. El se torturaba, comprendiendo que no sería el escultor soñado
y que tendría que limitarse a dos dimensiones. De carácter ansioso,
el menor incidente, una tela arruinada, lo ponía en un excesivo
estado febril. Cuando quería olvidar su decepción en el alcohol
comprado en secreto, ella se lo limitaba aun vaso y calmaba su cólera
con besos, sin quejarse nunca. Lo alentaba a frecuentar a aquellos de
sus amigos que le ayudaban en su carrera y le reconfortaban en la
adversidad.
El recibió un rudo golpe en
octubre de 1917, cuando, habiendo podido al fin exponer en la galería
Weill, sus cinco desnudos fueron considerados un ultraje al pudor.
-No te preocupes. Algún día
valdrán una fortuna. La novedad incomoda y tú te adelantas a tu época
-decía ella
En la primavera de 1918, un
feliz acontecimiento terminó de dar a Modi el deseo de enmendarse:
Jeanne estaba embarazada. Modi tenía un rostro cadavérico y la
pareja partió al sur, en compañía de los padres de Jeanne y de sus
fieles amigos, los Zborowski. El aire puro sentó bien a los futuros
padres. Jeanne florecía, y, junto a ella, Modi recuperaba sus
colores. Por un tiempo, ella alentó la esperanza de que sanaría.
Pero el humor cambiante de
Modi hacía difícil la convivencia. Acortaron su estada en el sur.
Regresaron a la Grande-Chaumiére.
Algo recuperado, Modi retomó sus pinceles entusiasmado. Sentía a la
enfermedad ganar terreno, tosía cada vez más y adivinaba su futuro
breve. Acababa de comenzar una carrera con la muerte.
Pintaba su ansiedad con el
frenesí de los tuberculosos y alcanzaba la cima de su arte. Se
multiplicaban los retratos de Jeanne, consistentes en líneas
despojadas. El rostro oblongo se estiraba, la parte media de la nariz
se alargaba desmesuradamente así como el cuello. Bajo la frente alta,
los ojos se tomaban dos lagos azules. Y sin embargo, los rostros
deformados se asemejaban a Jeanne, más aún, la expresaban. Pintó
también a su amigo, Chaim Soutine, al que admiraba.
Avanzaba el mal, inexorable.
Los esposos partieron nuevamente al sur, donde nació la pequeña
Jeanne a fines de noviembre de 1918. Pero ese día no hizo recuperar a
Modi sus fuerzas; la enfermedad estaba demasiado adelantada. De
regreso en París, en la primavera, tosía más aún y escupía
Sangre. Jeanne escondía sus lágrimas, se esforzaba denodadamente por
sonreír. Habría querido poder darle su energía, su vitalidad, a fin
de prolongarle la vida, dispuesta a ofrecer la suya a cambio. Modi ya
no bebía, no se drogaba, no ocupaba sus noches en andanzas
destructivas al azar de lcS bares. Pero esa prudencia no bastaha para
frenar el curso de la enfermedad; a lo sumo la demoraba un poco. Nada
había podido contener el avance de la tuberculosis.
Continuaba pintando,
obsesionado por su muerte cercara, destrozado ante la perspectiva de
dejar sola a Jeanne, a quien amaba profundamente, desesperado por no
haber podido triunfar esculpiendo como hubiese querido. Fijaba a
Jeanne en la tela para la eternidad, como un testimonio de su amor.
Se angustiaba cada vez más.
¿Qué sería de ella sin él? ¿Después de él? No soportaba que
pudiese amar a otro. Jeanne le juraba que él seguiría siendo su único
amor, el único hombre de su vida, y besaba la frente bañada en
sudor.
En enero del año 1920, Modi
se arrastraba. Hubo que llevarlo al hospital de la Caridad. Jeanne,
tragándose sus lágrimas, lo acompañó.
El estaba tan débil que
apenas podía hablar. Ella miró sus ojos afiebrados, le apretó la
mano derecha y se inclinó sobre él, escuchando.
-Estamos de acuerdo para una
dicha eterna -dijo en un soplo.
Su cabeza cayó sobre la
almohada. Modi murió ese ?4 de enero.
Todo París acompañó al
pintor famélico al cementerio del Pére-Lachaise. Y allí, entre las
tumbas, comenzaron a planear los buitres.
Marchantes y viles
especuladores murmuraban cifras.
Ese día comenzaron a
venderse las telas desdeñadas.
Al siguiente, Jeanne se
arrojaba por la ventana del quinto piso. Sin Modi, su vida perdía
sentido.
Poco tiempo más tarde, él
era célebre. La cotización de sus obras aumentaba; se arrancaban sus
telas de las manos, a precios de oro.
Hoy, los cuadros del pintor
maldito han sido reproducidos miles de veces. Y siguen vinculados con
el nombre de Modigliani los nostálgicos retratos de esa mujer dulce y
melancólica cuyos ojos son dos lagos azules: Jeanne Hébuterne.
Evelyne Deher, de su obra Les meilleures muses de l'historie
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