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El
pánico ocasionado por una mala interpretación del Apocalipsis, en la
que se confundía la resurrección de los justos con la próxima
venida del Mesías -esperada sólo por los judios-, dio paso a que
historiadores y literatos afirmaran que durante los meses que
precedieron al año mil, los hombres, abatidos por un sinfín de
calamidades que creyeron precursoras de una catástrofe final,
abandonaran el trabajo y consagraran todas las horas a la oración y a
la penitencia, esperando la segunda venida de Cristo justiciero que
debía acabar con el mundo, premiar a los buenos y castigar a los
malos.
Según estos autores, el
terror milenario debió ser general, aunque ningún contemporáneo
informa claramente de los hechos. En primer lugar, la iglesia no
conserva ningún texto en el que se describan institucionalmente los
terrores atribuidos a los últimos días de 999 y primeros de 1000. El
dramaturgo August Strindberg ha plasmado una pormenorizada relación
de aquellos momentos, escrita, por desgracia a comienzos del siglo XX.
En ella se nos dice que finalmente, en aquellos momentos, en los que nadie sabia si la catástrofe se deberla al fuego, al agua o al choque de los mundos, los hombres encontraron la armonía que no habían encontrado durante su vida cotidiana. El señor y el criado se abrazaban llorando, uno por su pecado de orgullo, el otro por su indignidad.
Otros autores anteriores relatan con una minuciosa fruición la llegada del inevitable cometa, portador de desgracias y muerte. Pero fuentes no tan imaginativas atribuyen aquel clima a la ciega creencia que los hombres medievales tenían en las profecías. Cuando estas -en núcleos muy reducidos, como ciudades o pequeños estados- coincidían con epidemias, plagas, hambrunas o, simplemente, malas cosechas, se tenían todos los elementos para atribuirlas al pavor del milenio. Desde la Crónica de Gocdel, en el siglo XII, pasando por la Crónica de Tritemio, en el siglo XVI, hasta relatos como el aludido en el siglo XIX, todos presentan el rasgo común de no recoger los hechos de primera mano.
Lo menos que se podría
esperar de tal ambiente pavoroso es que la iglesia hubiera dirigido
alguna palabra de consuelo a sus fieles. Pero en las bulas de Gregorio
V (996-999) o en las de Silvestre II (999-l003) no hay nada que
confirme que la sociedad estuviese atemorizada ante el milenio.
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