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¿QUÉ FUERON LAS GUERRAS MÉDICAS?
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Temístocles
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Salamina es una isla chata, rocosa, en el golfo Sarónico, situada ante la costa meridional de la península de Atica. Cuando el prepotente ejército de los persas, bajando desde Tracia, hubo atravesado el paso costeño de las Termópilas en la entrada de Grecia Central, aniquilando hasta el último hombre a los heroicos 300 espartanos y sus confederados a las órdenes del rey Leónidas, los enemigos habían llegado a los arrabales de Atenas...
La población de la ciudad, seguida de los campesinos y pastores del Atica, huyó en pánico hacia el puerto del Pireo y se trasladó, con mujeres, hijos y los bienes más preciosos hacia Salamina para colocarse bajo la protección de la flota.
Las trieres de dicha flota estaban armadas con espolones; habían sido construidas previsoramente por Temístocles mediante grandes sacrificios de todo el Atica. Reforzada con las escuadras de las restantes fuerzas griegas, la flota ática estaba dispuesta de tal modo en un orden de combate de tres filas entre la costa rocosa de Salamina y el cabo Amfiale, que cerraba el estrecho.
Como los indecisos griegos estaban dispuestos a huir con sus sólo 180 barcos. Temístocles envió a los persas el siguiente mensaje: «¡Atacad, pues si no escaparán! ¡Soy vuestro amigo!»
¡Y los persas vinieron! Diez mil largos remos arremolinaron el mar azul tinta: el muro almenado de madera multicolor de los barcos se acercó ruidosamente. En la madrugada del 20 de septiembre de 480 a. JC., las flotas se habían acercado hasta un tiro de flecha cuando ocurrió algo totalmente imprevisto: el mar, hasta entonces plácido como una balsa de aceite, envió contra la flota enemiga una gruesa marejada, al mismo tiempo cayeron al mar grandes rocas -un terremoto y maremoto agitaba la escena-. Como también el viento soplaba hacia la costa ática, las naves de guerra persas eran impulsadas contra la costa y mostraban sus costados. En este momento, los griegos se abalanzaron con rápidas bogadas contra la superioridad numérica contraria e incrustaron sus espolones en los costados de los barcos. Un grito unísono retumbó sobre el golfo y la isla de Salamina, cubierta de gente.
Sobre el puente del «Patalos» conducía el ataque el almirante Jantipo; a su lado, en su reluciente armadura de hoplita, su hijo Pericles, de 18 años. Los combates cuerpo a cuerpo sobre las oscilantes planchas de las naves eran terribles...
Esa batalla era más que una victoria corriente: decidió un enfrentamiento entre Asia y Europa que ya duraba una generación. Inició el triunfo de los jóvenes pueblos europeos contra el viejo y poderoso Oriente. Al año siguiente también fue vencido en Platea. mediante el esfuerzo coligado de los griegos, el ejército de tierra de los persas bajo Mardonio.
En 477 se fundó ya la primera «liga naval del Atica» que cimentó la hegemonía de los jonios, acaudillados por Atenas, en el Egeo. Jerjes había huido a Asia y fue asesinado poco después.
En el tratado de paz de 448, los persas, cuya decadencia interna comenzaba a hacerse patente ya, renunciaron al dominio naval en el Egeo y a la soberanía sobre las ciudades griegas de Asia Menor.
Por estas ciudades griegas de Asia Menor, las ricas metrópolis comerciales como Mileto, Efeso o Halicarnaso, había comenzado la guerra. El levantamiento de los jonios anatolios de 510, apoyado militarmente por Atenas, había sido el chispazo. Pero las causas eran más profundas.
Más de mil años habían transcurrido desde que en el curso de la migración de los pueblos, las tribus campesinas conquistadoras habían llegado, a la búsqueda de tierra, desde los grandes ríos, cordilleras boscosas y llanuras del desconocido norte y noroeste al mundo mediterráneo y centroasiático. Los celtas habían descendido hasta el golfo de León y España; los itálicos tomaron posesión, en varias oleadas, de algunas regiones de su península; los aqueos y más tarde los dorios se asentaron en los territorios griegos. Los hititas habían atravesado los estrechos y se fijaron en Anatolia Occidental y Central; los arios o iranios escalaron el Cáucaso para conquistar las mesetas al este de Mesopotamia. Las olas de la gran «migración indoeuropea» atravesaron incluso el Hindukush y condujeron a los arras hacia el valle del Indo.
Como en la mayoría de las regiones del sur y del este, sobre todo en las riberas del mundo mediterráneo, vivían ya pueblos más antiguos, muy adelantados en su desarrollo cultural, de otra raza y de forma de vida totalmente diferente, era inevitable que ese mundo más antiguo de las culturas del Próximo Oriente y del norte de África se defendiera contra el amenazador avance de un grupo de pueblos más joven.
Esos «arios» o «pueblos del norte». que pronto comenzaron a hacerse a la mar, molestaban al viejo mundo como piratas, salteadores de costas, más tarde también como rivales comerciales y fundadores de colonias. Se había visto cómo el poderoso imperio talasocrático cretense caía ante el asalto de los aqueos, cómo los «pueblos del mar» desembarcaban a saco en las costas egipcias y libraban batallas con los Ramésidas, cómo, bajo el nombre de «filisteos», se convertían en un peligro para fenicios e israelitas. «Kreti» y «plethi» (filisteos) combatían como legionarios al servicio del rey Salomón.
Los hititas indoeuropeos hicieron tambalearse durante un tiempo tanto el imperio egipcio como el babilonio, y los arios persas conquistaban finalmente la mayoría de los grandes imperios de una época histórica anterior. Este enfrentamiento entre jóvenes y viejos, entre norte y sur, este y oeste, se llevaba a cabo también en Sicilia e Italia Central, donde latinos y romanos luchaban contra etruscos y cartagineses.
Por entonces los persas se habían relajado paulatinamente en la seducción y fuerza superior de los ámbitos culturales mesopotamios y egipcios, y aun cuando se habían convertido en señores militares, políticos e incluso económicos de su viejo mundo, lo habían asimilado, por otra parte, casi enteramente. Así se convirtieron, finalmente, en los adalides de Asia y de Oriente contra aquel elemento racial nuevo, disturbador, que se formaba en el oeste. Durante su avance por Asia Menor toparon con los griegos.
Las factorías comerciales de éstos estaban situadas en medio de poblaciones extrañas desde el mar Negro hasta la Cirenaica, desde Asia Menor hasta Sicilia e Italia Meridional. Su diligencia entró en competencia con la de fenicios y cartagineses.
Los persas, que reunían bajo su poder tanto a los egipcios como a los fenicios, a los carios y a los lidios, estaban dispuestos a conducir esta guerra contra los griegos.
Ya en 490 habían intentado un avance naval hacia el corazón de los enemigos, el Atica, habían atracado en la bahía de Maratón, pero habían sido gravemente vencidos durante el mismo desembarco por el ejército de hoplitas de Atenas, que había llegado a marchas forzadas a las órdenes de Milciades.
La guerra que inició en 480 el rey de reyes Jerjes era, para usar una expresión moderna, una guerra mundial: se habían levado los pueblos de la India a través del Cáucaso, del Levante hasta Egipto.
Se atravesó el Bósforo mediante puentes navales; las cifras de efectivos que cita Herodoto son increíbles (y por cierto muy exageradas, como se ha demostrado). Pero esa guerra, cuyos puntos culminantes fueron la batalla naval de Salamina y la siguiente batalla terrestre de Platea, se libraba al mismo tiempo en Sicilia. Escuadras y ejércitos cartagineses atacaron las colonias griegas establecidas allí; no hay que olvidar que Cartago era la “nueva ciudad” de Tiro en Fenicia. Pero tres días antes de la batalla de Salamina, los griegos sicilianos vencieron aniquiladoramente a los cartagineses en Himera (480). En el mismo año, los etruscos se lanzaron una vez más, furiosos, contra los romanos que, emparentados con los griegos, luchaban en el bando de los pueblos del norte, y también los etruscos fueron vencidos.
De modo que en estos años no sólo tuvieron lugar las guerras persas, sino un enfrentamiento que abarcaba todo el mundo; es más, la lucha decisiva entre dos formas de vida: la de la naciente Europa contra la vieja y arraigada Asia.
A la guerra habían precedido enfrentamientos espirituales seculares. Grecia se había decidido por el estado de derecho libre del pueblo, por la libertad de la ciencia, por el pensamiento racional y la libertad humana. En Asia, en cambio, imperaban el despotismo, misticismo, magia, religión y subditismo. La lucha se libraba también entre la libertad y la tiranía y de ella nació definitivamente aquel continente que se llamaría Occidente.
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