| MATA-HARI. SEXO Y MUERTE EN EL SERVICIO SECRETO ALEMÁN |
Tercera
parte |

En
1916, el agregado militar francés en Madrid, un coronel que se llamaba Danvignes,
cuando por un azar hábilmente buscado se encontró con Mata-Hari, quedó
extasiado. Una vez más, la leyenda de la bailarina había dado sus frutos y
ejerció su influencia... El coronel empezó a hacerle la corte inmediatamente del
modo menos discreto. Mata-Hari escuchaba sonriente sus declaraciones, pero
procurando que éstas no resultaran excesivamente inflamables.
Una noche en la que Danvignes estaba más asediante
que nunca, Mata-Hari, poniéndose seria de repente, le habló de sus relaciones
con von Kalle y de los informes que había transmitido a Ladoux. El coronel quedó
maravillado. ¡Decididamente aquella mujer resultaba todavía más apasionante de
lo que él creía! Entonces la animó con entusiasmo a que volviera a ver a von
Kalle.
Mata-Hari obedeció, pero esta vez el alemán no le
reveló nada.
El coronel Danvignes tenía que volver a París. Se
despidió de Mata-Hari con gran emoción. Mata-Hari le pidió sólo una cosa:
-Vaya usted a ver al capitán Ladoux y a su jefe.
Dígales qué tipo de mujer soy yo y ruégueles por favor que obren de un modo más
abierto conmigo.
Cuando Mata-Hari visitó de nuevo a von Kalle, lo
encontró, según dice, muy descontento. Al pretender ella con falsa ingenuidad
asombrarse de su mal humor, éste la acusó brutalmente de haber revelado lo que
él le había dicho.
-¡Los franceses están mandando cables en todas
direcciones para saber dónde hemos desembarcado los oficiales en Marruecos!
-¡Han podido enterarse por alguien que no sea yo!
¿Y cómo puede usted saber lo que dicen los franceses en sus mensajes? Deben
estar cifrados, ¿no?
-Sabemos este secreto. ¡Podemos descifrarlos!
Mata-Hari lanzó un grito de admiración. Se dio
cuenta de que había llegado el momento de abandonar todo vano pudor cosa además
que nunca había sentido. Dirá en su declaración:
«Qué más da, me dije entonces, vamos a ello... y
le dejé hacer todo lo que quiso... Una vez terminadas sus efusiones, volvió a
hablarme de sus asuntos...» Fue de esta manera cómo Mata-Hari se enteró del
nombre del jefe del espionaje alemán en Barcelona: el barón de Roland.
Y también fue de este modo cómo se enteró de la
manera como los agentes alemanes transmitían sus mensaje: «Los pasaban en forma
de pequeñas bolas ocultas bajo las uñas o dentro del oído». El día siguiente
mismo, Mata-Hari dirigía una carta de doce páginas al coronel Danvignes dándole
cuenta de su conversación con von Kalle.
Lo que ella no podía saber era que Danvignes
efectivamente había ido a ver a Ladoux, pero que éste lo había puesto en guardia
contra Mata-Hari, y que a partir de aquel momento el coronel había resuelto
firmemente huir de aquella «sirena».
El año 1916 estaba terminando, Ahogados en el
barro de las trincheras, los hombres habían empezado a soportar su tercer
invierno en guerra. Una guerra en la que el sufrimiento era continuo,
ciertamente había que luchar contra el enemigo, contra un diluvio de fuego y
hierro, pero había que soportar al mismo tiempo el frío, los piojos, la sed y el
hambre.
De una parte y de otra, los servicios secretos
trataban lo mejor que podían de recoger toda clase de secretos que pudieran
ayudar a los combatientes. Algunas veces lo consiguieron, pero la mayoría de las
veces sus encarnizados esfuerzos fueron inútiles, desbaratados por el adversario
antes de que hubieran podido llegar a ser útiles.
No está de más hacer constar que en el mismo
momento en que von Kalle revelaba a Mata-Hari que los alemanes conocían el
código cifrado de los franceses, Ladoux también podía leer como en un libro
abierto los cables cifrados por los alemanes.
Cuando le llevaron a Ladoux el mensaje que puede
leerse a continuación, captado desde la torre Eiffel y descifrado
inmediatamente, el capitán debió sentir algo muy parecido a lo que experimenta
el cazador cuando acaba de descubrir la caza. «Al agregado militar de Madrid del
Estado Mayor de Berlín. El agente H 21, de la sección de centralización de
informes de Colonia, ha llegado aquí. Ha fingido aceptar los ofrecimientos del
S. R. francés y de llevar a cabo un viaje de prueba a Bélgica. Quería, con el
consentimiento del servicio secreto francés, ir de España a Holanda a bordo del
Hollandia. Pero aunque iba provista de documentos franceses, fue enviada de
nuevo a España porque los ingleses persistían en considerarla como sospechosa.
Ha dado informes muy completos sobre los asuntos de que le hablo por carta. Ha
recibido cinco mil francos en París a principios de noviembre y actualmente ha
pedido diez mil.» ¡El agente H 21! ¿ Se podía seguir dudando aún? El itinerario
de esta espía, perteneciente a la sección de centralización de Colonia, ¿no era
acaso -exactamente- el mismo seguido durante los últimos meses por Mata-Hari?
Para acabarlo de confirmar, otros dos mensajes
fueron captados desde la torre Eiffel. Ambos estaban firmados por von Kalle. He
ahí el fechado el 26 de diciembre de 1916: «H 21 hará pedir por medio de un
telegrama del cónsul de Holanda en París que se haga un nuevo depósito de fondos
a su criada en Roermonde y le ruega que pase aviso de esto al cónsul de
Alemania, Kraemer en Amsterdam.» Y el segundo del 28 de diciembre dice: «H 21
llegará mañana a París. Pide que se le envíe en seguida por telegrama por
intermedio del cónsul Kraemer de Amsterdam y de su criada Ana Lintjens de
Roermonde, 5.000 francos al Comptoir d'Escompte de París para que le sean
entregados en esta ciudad.» Ladoux espera con impaciencia. Si Mata-Hari vuelve a
Francia quedará probado definitivamente que ella y el agente H 21 son una misma
persona... El 4 de enero de 1917 el capitán recibe un informe: Mata-Hari acaba
de llegar a París.
Inmediatamente queda decidido: hay que arrestarla.
Se esperan algunas semanas con la esperanza de poder recoger alguna nueva prueba
o descubrir algunos cómplices. Se vigila el Comptoir d'Escompte: cinco mil
francos efectivamente acaban de ser ingresados en la cuenta de Mata-Hari, que
los ha cogido sin darse cuenta de que esto será su perdición. Visita a Ladoux y
éste se muestra glacial al decirle:
-Nunca debe olvidar que ni usted me conoce a mí ni
yo a usted.
Mata-Hari pregunta por los informes que ha mandado
a Danvignes.
-¿Cómo? -exclama Ladoux- ¿Dice usted que los
alemanes conocen la clave de nuestros cables? El agregado militar alemán se ha
burlado de usted.
-Aunque sólo hubiera una posibilidad entre cien de
que lo que me dijo fuera verdad, habría que verificarlo.
-Claro.
En los días que siguieron a esta conversación,
Mata-Hari se siente cada vez más inquieta. Evidentemente está ocurriendo algo
que no acaba de comprender. Se la espía, se la sigue, sus cartas son abiertas,
sus conversaciones telefónicas son escuchadas, ¿por qué?
Trata de encontrar al coronel Danvignes pero éste
la evita.
Mata-Hari va detrás de él hasta que logra verle en
el andén de la estación de Austerlitz, el coronel vuelve a España. Danvignes
parece contrariado. Sólo pronuncia algunas palabras «con una voz casi
imperceptible», dirá Mata-Hari.
Finalmente, escribe a Ladoux: «¿Qué quieren de mí?
Estoy dispuesta a hacer cuanto deseen, no le pregunto cuáles son sus secretos ni
trato de conocer quiénes son sus agentes. No estropee mi trabajo haciéndome
seguir por agentes que no pueden comprenderme. El desear que me paguen es cosa
bien legítima, quiero partir...»
El 13 de febrero de 1917, a las siete de la
mañana, el comisario Priolet, seguido de cinco inspectores entra en el hall de
l'Elysée-Palace en el 103 de la avenida de los Campos Elíseos.
Trae una orden de arresto a nombre de
Margarita-Gertrudis Mac Leod Zelle.
Se le conduce hasta la habitación de Mata-Hari. El
comisario llama a la puerta. Nadie contesta. A la tercera vez, como siguiera
persistiendo el silencio, grita que va a echar la puerta abajo.
Por fin se oye una voz, una voz de mujer:
-¡Entre, si es que no le da vergüenza penetrar en
la habitación de una dama! Cuando los policías entran en su cuarto, Mata-Hari
parece sentirse verdaderamente molesta. Pide permiso para retirarse al tocador y
arreglarse. Priolet la autoriza a ello. Algunos instantes más tarde sale
bruscamente para preguntar una cosa, va completamente desnuda. Los policías
explicarán más tarde que «tanto impudor les resultó francamente desagradable».
De momento, sin embargo, no parecen manifestar tanto desagrado...
Mata-Hari acaba de arreglarse y luego, sonriente,
ofrece a Priolet bombones, tiene un casco alemán lleno, regalo de Masloff.
Después, dócilmente, se deja conducir hasta el Palacio de Justicia y entra en el
despacho del capitán Bouchardon, ponente del 3º consejo de guerra.
El capitán procede al interrogatorio y la culpa en
seguida de «espionaje, complicidad e inteligencia con el enemigo con el fin de
favorecer sus empresas». Una hora más tarde está en la cárcel de San Lázaro. La
puerta de la celda n.° 12 -la de los inculpados notables, la de Mme. Caillaux,
de Mme. Steinheil y -de Teresa Humbert- se cierra tras ella.
Hacía ocho semanas que Mata-Hari estaba en la
cárcel. Había pedido la libertad provisional pero el comisario Bouchardon se la
había negado. Mata-Hari había protestado violentamente; tristemente dice: «Estoy
profundamente sorprendida y apenada de que usted rehúse concederme la libertad
provisional. No pensaba abusar de ella. Las condiciones en que tengo que vivir
aquí son tales y todo está tan sucio que no sé cómo podré soportarlo. Recuerde
que yo soy una mujer muy distinta de las que están conmigo y me tratan igual.
Por favor le ruego que revoque tal decisión, permítame vivir fuera de la cárcel.
No se preocupe, no me marcharé... Jamás, jamás he hecho la menor tentativa de
espionaje contra ustedes. Sufro mucho... Lo que más desearía es poder obtener
permiso para ir a ver a mi prometido, el capitán Masloff. No encuentro palabras
con qué pedírselo. Jamás les hice ningún daño. Concédame la libertad.»
Ocho semanas. Ocho semanas duraba la instrucción
de la causa. Ocho semanas en que Mata-Hari se defendía paso a paso contra las
asechanzas tendidas por el capitán Bouchardon, Aquel oficial de rostro sombrío
en el que destacaba con fuerza el enorme bigote negro, trataba por todos los
medios de hacerle confesar que era una espía alemana. Mata-Hari lo negaba
ferozmente.
Lo que complicaba enormemente la tarea a
Bouchardon era que Ladoux le había entregado a Mata-Hari guardándose para él las
pruebas decisivas: es decir, los cables alemanes que hacían referencia al agente
H 21 que habían sido captados desde la torre Eiffel, Se trataba de un secreto
militar de primer orden.
El ministerio de la Guerra temía dárselo a conocer
al complejo aparato de la justicia. ¿Desenmascarando a Mata-Hari valía la pena
de hacer saber a los alemanes que se conocía la clave de su escritura cifrada?
Todo el problema radicaba en esto.
El abogado de Mata-Hari, Edouard Clunet, antes de
la guerra había sido uno de sus íntimos amigos, por no decir algo más.
El 23 de abril de 1917 dirigió la siguiente nota a
Bouchardon:
«Mi capitán, me permito insistir enérgicamente
cerca de usted para que ponga fin a la instrucción de la causa contra mi
cliente. Lleva dos meses encerrada en San Lázaro bajo acusación de espionaje,
pero no ha sido presentada ninguna prueba contra ella que confirme esta
acusación. Las cosas no pueden seguir así por más tiempo contra esta
desgraciada, es preciso ponerla en libertad provisional en seguida. La acusación
procede del ministerio de la Guerra, es preciso que este departamento aporte
inmediatamente pruebas. Sería injusto y cruel prolongar por más tiempo esta
situación.» No se podía tachar a esta carta de falta de lógica. Esta vez, el
ministerio de la Guerra tenía los dados en la mano. Antes de una semana,
Bouchardon recibía ocho telegramas enviados desde Berlín a von Kalle o expedidos
desde Madrid por éste. Entre ellos había los cables que comprometían al agente H
21.
Mata-Hari, cuando el capitán exhibió triunfalmente
los documentos ante ella, trató por todos los medios de negar la evidencia.
Escribió a Bouchardon: «¿Y no sería posible que los alemanes hubieran lanzado
con toda intención al espionaje francés sobre una falsa pista?... Podría ser una
venganza por su parte, ¿está usted seguro que ellos no saben que ustedes iban a
interceptar estos mensajes? ¿No podría haber ocurrido que hubiesen telegrafiado
precisamente aquello que querían que usted supiera?» Un día, Bouchardon le leyó
la declaración escrita por Masloff.
Éste declaraba que al volver al frente, su general
lo había llamado «para indicarle que cesara de tener toda relación con esa dama
que pasa por ser una aventurera.» ¡Una aventurera! ¡Así la llamaba Masloff! La
serenidad de Mata-Hari se vino abajo.
-Estoy decidida a decir la verdad, toda la
verdad,..
Pero, ¿cuál era la verdad? En el mes de mayo de
1916, según ella, el cónsul de Alemania en Amsterdam -Kraenier- le había pedido
que fuera a Francia a descubrir secretos en provecho de Alemania. Le había
ofrecido veinte mil francos (1), y había aceptado, pero...
-Con mis veinte mil francos en el bolsillo, me
olvidé tranquilamente del señor Kraemer y durante mi estancia en París no mandé
nada.
A lo que Bouchardon contestó muy acertadamente:
-Si fuera verdad que no hubiese mandado nada a
Kraemer durante su estancia en Francia, no se habría arriesgado a presentarse a
von Kalle diciéndole que era usted H 21.., Porque usted se lo debió decir, y ya
en su primera entrevista.
-Sí, pero yo había salido de Francia hacía varias
semanas y sólo le revelé lo que había podido saber por los periódicos.
Bouchardon le recordó que von Kalle le había dado
entonces tres mil quinientas pesetas. ¿Y los cheques de Kraemer? ¿Y los cinco
mil francos del Comptoir d'Escompte? Los alemanes no dan nada por nada.
Desde el banquillo de los acusados, Mata-Hari
escuchaba inmóvil las acusaciones que se le lanzaban. Hacía calor. Era el mes de
julio de 1916. La mirada endurecida de esta mujer, envejecida y gorda, de tez
amarillenta, parecía errar muy lejos. Se la acribillaba a preguntas, contestaba
a todo con una voz sin matices. Habría podido negar, negarlo todo: a decir
verdad, el expediente resultaba muy exiguo. Indicios, probabilidades, mensajes
captados desde la torre Eiffel: esto era todo. Desde luego, bastaba para
demostrar que estaba al servicio de los alemanes, pero no había nada que probara
que efectivamente les había revelado algo. El fiscal, a pesar de todos sus
esfuerzos, no había podido llegar a decir qué secretos eran los que Mata-Hari
había podido revelar.
El comandante, Emile Massard, que asistió al
proceso, nos ha dejado un retrato verdaderamente evocador de la acusada «de pie
en el banquillo de los acusados... vestida de azul, luciendo un escote en punta
muy bajo, y tocada con su sombrero tricornio coquetamente militar... Lo que más
impresionaba de ella era su aspecto resuelto y la clara inteligencia de que daba
pruebas a cada momento. No negaba nada de lo que la acusaba el fiscal, pero
tenía respuesta para todo. Le gustaba alardear de mujer viciosa. Oyéndose llamar
Mesalina, no trataba de negarlo; se limitaba a responder lo incontrastable:
cortesana sí, espía, no.» Negó haber revelado secretos a los alemanes referentes
a la ofensiva de 1917. Cuando el presidente mencionó el dinero que había cobrado
en el Comptoir d'Escompte, contestó:
-Es cierto, lo cobré. El comandante von Kalle
encontró más cómodo pagar mis caricias con el dinero de su gobierno que con el
propio.
-El Consejo de Guerra tendrá en cuenta esta
explicación en lo que vale -hizo observar el coronel-. ¿Reconoce usted que el
dinero procedía del jefe del espionaje alemán en Amsterdam?
-Mata-Hari respondió:
-Sí. El dinero procedía de mi amigo de Holanda,
que sin saberlo, pagaba las deudas de mi amigo de España.
El teniente Mornet -bajito, con barba en punta,
cruel e implacable- se levantó y pidió la pena de muerte. M. Clunet -con su
hermosa barba blanca extendida sobre la negra toga junto a la medalla militar de
1870 hizo una apasionada defensa, Trató de demostrar la fragilidad de las
acusaciones que se habían hecho a su cliente, pero los magistrados militares no
se dejaron conmover. El Presidente volvió al cabo de una deliberación de diez
minutos con un veredicto pronunciado por mayoría de seis contra uno: Mata-Hari
había sido condenada a muerte. La tradición dice que la sentencia le fue leída
ante un piquete de soldados presentando armas. De pie, Mata-Hari oyó sin temblar
el escueto comunicado que la enviaba a la muerte. Lo escuchó «impasible,
hierática y pálida», después se encogió de hombros y sondó.
Cuando, al amanecer del 15 de octubre, el grupo
siniestro penetró en su celda, M, Clunet se le acercó rápidamente temblando. El
comandante Massard, testigo de la escena -que luego explicó-, le oyó decir:
-Margarita, si quiere, encinta, el código penal.
Diga que es el artículo 27.
El doctor Socquet se aproximó.
-Margarita, se lo ruego, deje que la examinen...
-dijo el abogado frenéticamente.
Entonces, Mata-Hari se levantó bruscamente,
apartando la colcha. Sentada en el camastro y con las piernas desnudas, dijo con
voz fuerte haciendo un movimiento de protesta:
-¡No! ¡No! No estoy encinta. No quiero recurrir a
este subterfugio. No... No tienen por qué examinarme. Voy a levantarme...
De un salto se puso de pie. Su camisa de tela
basta se abrió, dejando su pecho al descubierto, pero no pareció importarle.
Se volvió hacia una religiosa que esperaba,
lívida:
-Hermana María, haga el favor de pasarme mi bonita
ropa interior que habíamos apartado y colocado sobre esa tabla.
Se puso un corsé y un cubrecorsé y se vistió
tranquilamente.
De entre el grupo de hombres avanzó entonces el
pastor Darboux.
Mata-Hari se arrodilló ante él, éste cogió un cazo
esmaltado de blanco, lo llenó de agua y lo vertió sobre la cabeza inclinada de
Mata-Hari, luego ésta se levantó.
Se puso los zapatos, los guantes y pidió unas
agujas para el sombrero.
-El reglamento lo prohíbe -dijo el director.
El capitán Thibault, auditor, se adelantó con un
lápiz en la mano y una hoja de papel:
-¿Tiene usted alguna revelación que hacer?
-¿Yo? -dijo Mata-Hari, con voz súbitamente
vibrante-. No tengo nada que decir, y si tuviera algo que decir, no sería a
usted.
La religiosa lloraba. Mata-Hari le dijo
dulcemente:
-No llore, hermana María...
Y más dulcemente todavía, añadió:
-Imagínese que salgo para emprender un largo
viaje, pero que volveré y nos veremos de nuevo. ¿Va usted a acompañarme un poco,
verdad?
Mata-Hari la abrazó... Cogió un paquete de cartas
que tenía ya preparadas y siguió dócilmente a los magistrados, teniendo su mano
entre la de sor María...
Todavía:le permitieron escribir algunas cartas. M.
Clunet las cogió.
Un automóvil esperaba. Fue conducida hasta allí y
tomó asiento en la parte de atrás. El pastor Darboux se sentó a su lado.
Enfrente se sentaron sor María y otra religiosa.
Un gendarme se sentó al lado del chófer. Cuatro vehículos en los que iban los
magistrados, el abogado y el médico, escoltaban el coche de Mata-Hari...
A una marcha moderada, el coche se dirigió hacia
la plaza de la Nación y la puerta Daumesnil. Finalmente, llegaron a Vincennes.
El cortejo penetró en el fuerte. Pasaron por delante del torreón. «Ya estamos en
el siniestro lugar de destino, cuenta el comandante Massard. Al pie está el
poste, o mejor dicho, un palo hecho con un mísero tronco de árbol. Los soldados
están colocados en fila de a tres formando un cuadrado con la línea de tiro. Hay
destacamentos de todas las armas.» El coche de Mata-Hari se para. El pastor es
el primero en bajar. Tiembla. Se diría que es a él a quien van a fusilar. Mata-Hari,
en cambio, desciende del coche muy segura, se mantiene erguida y firme. Se
adelanta y dice sólo:
-Venga conmigo, sor Maria, cójame fuerte la mano.
Las tropas le presentan armas. Se encamina hacia
los soldados como si fuera a pasarles revista. El poste... El siniestro poste.
Desprende su mano de la de la religiosa. Su
abogado la abraza convulsivamente. Sin brutalidad, los gendarmes la conducen
hasta el poste...
La voz monótona del auditor leyó rápidamente el
texto de la sentencia. Un enfermero se acercó para vendar los ojos, pero Mata-Hari
rechazó la venda... El pastor le dirigió otra exhortación todavía, larga,
excesivamente larga en opinión de los allí asistentes. Después se separó:
-¡Apunten! Una sonrisa de Mata-Hari... Su última
sonrisa a su último público... A su abogado y al pastor les mandó un beso con la
mano que oscilaba en el vacío.
-¡Fuego!...
Una detonación, Sólo una. En tierra yace un
cadáver ensangrentado. El tiro de gracia... El regimiento desfila... Todo ha
terminado. De Mata-Hari sólo queda su leyenda. Era una mañana fría, el 15 de
octubre de 1917.
Transcurrido medio siglo, ¿qué juicio puede emitir
la Historia respecto a Mata-Hari? ¿Es culpable? ¿Inocente? ¿Medianamente
inocente o medianamente culpable? Hasta ahora los escritores que estudiaron el
caso de la bailarina-espía, no podían hablar con conocimiento de causa,
desconociendo como desconocían las piezas fundamentales del proceso.
Ahora ya no es lo mismo. ¿Por qué? Hay que tener
presente, ante todo, que la época en que se juzgó y fusiló a Mata-Hari, 1917,
será para siempre, para todos los historiadores, el año difícil. Es el año del
desastre de la ofensiva de Nivelle. Es una época de crisis moral, de rebeliones.
Fusilando, como se fusilaba en el frente, a soldados de veinte años sólo por un
simple desacato a la obediencia, ¿podían los magistrados militares sentir piedad
por una Mata-Hari cuyas relaciones -fructuosas- con los alemanes habían sido
probadas?
A pesar de todo, se experimenta un cierto
malestar, cuando al ir pasando las hojas del expediente no se descubre en ellas
ninguna prueba palpable, ninguna mención precisa sobre algún informe. Se condenó
a Mata-Hari porque era seguro que era un agente alemán. Pero hay espías que no
espían... ¿Fue éste el caso de Mata-Hari, tal como ella aseguraba con
juramentos?
Para saberlo, una vez terminada la guerra fueron
preguntados los mismos interesados: los alemanes. El general de brigada retirado
Gempp, antiguo jefe del servicio de contraespionaje en el ministerio de la
Reichswehr, dijo:
«Se han inventado un sinfín de mentiras sobre el
servicio secreto alemán; este servicio habría llevado a cabo las hazañas más
inverosímiles y cometido atroces delitos. Casos como éste de la desgraciada
Mata-Hari que, en realidad, no había hecho nada para el servicio de información
alemán, han sido extraordinariamente explotados.» La famosa Fraulein Doktor dijo
lacónicamente:
-Sie war ein Versager (era un obús inútil, un obús
que no mata).
Pero alguien dijo algo muy distinto. En una obra
dedicada al Espionaje durante la Primera Guerra Mundial, el capitán Fritz Carl
Roegels escribió lo siguiente:
«Mata-Hari hizo mucho por Alemania. Nos sirvió de
correo con nuestros informadores del extranjero. Les llevaba dinero, cheques,
les transmitía órdenes, recibía noticias y transmitía las más esenciales. Estaba
perfectamente al corriente de las cosas militares porque había sido instruida en
una de nuestras mejores escuelas de información. Fue la espía más peligrosa que
tuvo
a su servicio Alemania... un agente verdaderamente
notable.» Interrogado por nuestro compañero Paul Guimard, cuarenta años después
de la ejecución de la bailarina, el teniente Mornet -convertido en el fiscal
general Mornet- dejó escapar algunas opiniones sobre Mata-Hari. Según él era
«una mujer sin ninguna importancia, sin distinción, ni interés». Y añadió esta
frase verdaderamente inusitada:
-¡Confidencialmente le diré que no había porqué
armar tanto ruido! Cosa que no le había impedido pedir -y obtener- la pena de
muerte...

Alain Decaux, Dossiers Secrets de L'Historie, Libraire Académique Perrin, 1966
Traducción: Carmen Soler Blanch
Primera edición española en papel de Luis de Caralt, noviembre de 1968

|
Galería de fotos Pincha en ellas y encontrarás anécdotas sobre la vida de Mata-Hari |
||||
|
|
||||||||
|
|
||||||||
Reservados todos los
derechos. Prohibida la reproducción parcial o total. Fotomontajes, textos e
imágenes procedentes del archivo del Grupo Editorial Bitácora, Publicaciones
electrónicas. Envíenos un e-mail y solicite autorización.
© Grupo
Editorial Bitácora