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MATA-HARI. SEXO Y MUERTE EN EL SERVICIO SECRETO ALEMÁN

Tercera parte
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En 1916, el agregado militar francés en Madrid, un coronel que se llamaba Danvignes, cuando por un azar hábilmente buscado se encontró con Mata-Hari, quedó extasiado. Una vez más, la leyenda de la bailarina había dado sus frutos y ejerció su influencia... El coronel empezó a hacerle la corte inmediatamente del modo menos discreto. Mata-Hari escuchaba sonriente sus declaraciones, pero procurando que éstas no resultaran excesivamente inflamables.

Una noche en la que Danvignes estaba más asediante que nunca, Mata-Hari, poniéndose seria de repente, le habló de sus relaciones con von Kalle y de los informes que había transmitido a Ladoux. El coronel quedó maravillado. ¡Decididamente aquella mujer resultaba todavía más apasionante de lo que él creía! Entonces la animó con entusiasmo a que volviera a ver a von Kalle.

Mata-Hari obedeció, pero esta vez el alemán no le reveló nada.

El coronel Danvignes tenía que volver a París. Se despidió de Mata-Hari con gran emoción. Mata-Hari le pidió sólo una cosa:

-Vaya usted a ver al capitán Ladoux y a su jefe. Dígales qué tipo de mujer soy yo y ruégueles por favor que obren de un modo más abierto conmigo.

Cuando Mata-Hari visitó de nuevo a von Kalle, lo encontró, según dice, muy descontento. Al pretender ella con falsa ingenuidad asombrarse de su mal humor, éste la acusó brutalmente de haber revelado lo que él le había dicho.

-¡Los franceses están mandando cables en todas direcciones para saber dónde hemos desembarcado los oficiales en Marruecos!

-¡Han podido enterarse por alguien que no sea yo! ¿Y cómo puede usted saber lo que dicen los franceses en sus mensajes? Deben estar cifrados, ¿no?

-Sabemos este secreto. ¡Podemos descifrarlos!

Mata-Hari lanzó un grito de admiración. Se dio cuenta de que había llegado el momento de abandonar todo vano pudor cosa además que nunca había sentido. Dirá en su declaración:

«Qué más da, me dije entonces, vamos a ello... y le dejé hacer todo lo que quiso... Una vez terminadas sus efusiones, volvió a hablarme de sus asuntos...» Fue de esta manera cómo Mata-Hari se enteró del nombre del jefe del espionaje alemán en Barcelona: el barón de Roland.

Y también fue de este modo cómo se enteró de la manera como los agentes alemanes transmitían sus mensaje: «Los pasaban en forma de pequeñas bolas ocultas bajo las uñas o dentro del oído». El día siguiente mismo, Mata-Hari dirigía una carta de doce páginas al coronel Danvignes dándole cuenta de su conversación con von Kalle.

Lo que ella no podía saber era que Danvignes efectivamente había ido a ver a Ladoux, pero que éste lo había puesto en guardia contra Mata-Hari, y que a partir de aquel momento el coronel había resuelto firmemente huir de aquella «sirena».

El año 1916 estaba terminando, Ahogados en el barro de las trincheras, los hombres habían empezado a soportar su tercer invierno en guerra. Una guerra en la que el sufrimiento era continuo, ciertamente había que luchar contra el enemigo, contra un diluvio de fuego y hierro, pero había que soportar al mismo tiempo el frío, los piojos, la sed y el hambre.

De una parte y de otra, los servicios secretos trataban lo mejor que podían de recoger toda clase de secretos que pudieran ayudar a los combatientes. Algunas veces lo consiguieron, pero la mayoría de las veces sus encarnizados esfuerzos fueron inútiles, desbaratados por el adversario antes de que hubieran podido llegar a ser útiles.

No está de más hacer constar que en el mismo momento en que von Kalle revelaba a Mata-Hari que los alemanes conocían el código cifrado de los franceses, Ladoux también podía leer como en un libro abierto los cables cifrados por los alemanes.

Cuando le llevaron a Ladoux el mensaje que puede leerse a continuación, captado desde la torre Eiffel y descifrado inmediatamente, el capitán debió sentir algo muy parecido a lo que experimenta el cazador cuando acaba de descubrir la caza. «Al agregado militar de Madrid del Estado Mayor de Berlín. El agente H 21, de la sección de centralización de informes de Colonia, ha llegado aquí. Ha fingido aceptar los ofrecimientos del S. R. francés y de llevar a cabo un viaje de prueba a Bélgica. Quería, con el consentimiento del servicio secreto francés, ir de España a Holanda a bordo del Hollandia. Pero aunque iba provista de documentos franceses, fue enviada de nuevo a España porque los ingleses persistían en considerarla como sospechosa. Ha dado informes muy completos sobre los asuntos de que le hablo por carta. Ha recibido cinco mil francos en París a principios de noviembre y actualmente ha pedido diez mil.» ¡El agente H 21! ¿ Se podía seguir dudando aún? El itinerario de esta espía, perteneciente a la sección de centralización de Colonia, ¿no era acaso -exactamente- el mismo seguido durante los últimos meses por Mata-Hari?

Para acabarlo de confirmar, otros dos mensajes fueron captados desde la torre Eiffel. Ambos estaban firmados por von Kalle. He ahí el fechado el 26 de diciembre de 1916: «H 21 hará pedir por medio de un telegrama del cónsul de Holanda en París que se haga un nuevo depósito de fondos a su criada en Roermonde y le ruega que pase aviso de esto al cónsul de Alemania, Kraemer en Amsterdam.» Y el segundo del 28 de diciembre dice: «H 21 llegará mañana a París. Pide que se le envíe en seguida por telegrama por intermedio del cónsul Kraemer de Amsterdam y de su criada Ana Lintjens de Roermonde, 5.000 francos al Comptoir d'Escompte de París para que le sean entregados en esta ciudad.» Ladoux espera con impaciencia. Si Mata-Hari vuelve a Francia quedará probado definitivamente que ella y el agente H 21 son una misma persona... El 4 de enero de 1917 el capitán recibe un informe: Mata-Hari acaba de llegar a París.

Inmediatamente queda decidido: hay que arrestarla. Se esperan algunas semanas con la esperanza de poder recoger alguna nueva prueba o descubrir algunos cómplices. Se vigila el Comptoir d'Escompte: cinco mil francos efectivamente acaban de ser ingresados en la cuenta de Mata-Hari, que los ha cogido sin darse cuenta de que esto será su perdición. Visita a Ladoux y éste se muestra glacial al decirle:

-Nunca debe olvidar que ni usted me conoce a mí ni yo a usted.

Mata-Hari pregunta por los informes que ha mandado a Danvignes.

-¿Cómo? -exclama Ladoux- ¿Dice usted que los alemanes conocen la clave de nuestros cables? El agregado militar alemán se ha burlado de usted.

-Aunque sólo hubiera una posibilidad entre cien de que lo que me dijo fuera verdad, habría que verificarlo.

-Claro.

En los días que siguieron a esta conversación, Mata-Hari se siente cada vez más inquieta. Evidentemente está ocurriendo algo que no acaba de comprender. Se la espía, se la sigue, sus cartas son abiertas, sus conversaciones telefónicas son escuchadas, ¿por qué?

Trata de encontrar al coronel Danvignes pero éste la evita.

Mata-Hari va detrás de él hasta que logra verle en el andén de la estación de Austerlitz, el coronel vuelve a España. Danvignes parece contrariado. Sólo pronuncia algunas palabras «con una voz casi imperceptible», dirá Mata-Hari.

Finalmente, escribe a Ladoux: «¿Qué quieren de mí? Estoy dispuesta a hacer cuanto deseen, no le pregunto cuáles son sus secretos ni trato de conocer quiénes son sus agentes. No estropee mi trabajo haciéndome seguir por agentes que no pueden comprenderme. El desear que me paguen es cosa bien legítima, quiero partir...»

El 13 de febrero de 1917, a las siete de la mañana, el comisario Priolet, seguido de cinco inspectores entra en el hall de l'Elysée-Palace en el 103 de la avenida de los Campos Elíseos.

Trae una orden de arresto a nombre de Margarita-Gertrudis Mac Leod Zelle.

Se le conduce hasta la habitación de Mata-Hari. El comisario llama a la puerta. Nadie contesta. A la tercera vez, como siguiera persistiendo el silencio, grita que va a echar la puerta abajo.

Por fin se oye una voz, una voz de mujer:

-¡Entre, si es que no le da vergüenza penetrar en la habitación de una dama! Cuando los policías entran en su cuarto, Mata-Hari parece sentirse verdaderamente molesta. Pide permiso para retirarse al tocador y arreglarse. Priolet la autoriza a ello. Algunos instantes más tarde sale bruscamente para preguntar una cosa, va completamente desnuda. Los policías explicarán más tarde que «tanto impudor les resultó francamente desagradable». De momento, sin embargo, no parecen manifestar tanto desagrado...

Mata-Hari acaba de arreglarse y luego, sonriente, ofrece a Priolet bombones, tiene un casco alemán lleno, regalo de Masloff. Después, dócilmente, se deja conducir hasta el Palacio de Justicia y entra en el despacho del capitán Bouchardon, ponente del 3º consejo de guerra.

El capitán procede al interrogatorio y la culpa en seguida de «espionaje, complicidad e inteligencia con el enemigo con el fin de favorecer sus empresas». Una hora más tarde está en la cárcel de San Lázaro. La puerta de la celda n.° 12 -la de los inculpados notables, la de Mme. Caillaux, de Mme. Steinheil y -de Teresa Humbert- se cierra tras ella.

Hacía ocho semanas que Mata-Hari estaba en la cárcel. Había pedido la libertad provisional pero el comisario Bouchardon se la había negado. Mata-Hari había protestado violentamente; tristemente dice: «Estoy profundamente sorprendida y apenada de que usted rehúse concederme la libertad provisional. No pensaba abusar de ella. Las condiciones en que tengo que vivir aquí son tales y todo está tan sucio que no sé cómo podré soportarlo. Recuerde que yo soy una mujer muy distinta de las que están conmigo y me tratan igual. Por favor le ruego que revoque tal decisión, permítame vivir fuera de la cárcel. No se preocupe, no me marcharé... Jamás, jamás he hecho la menor tentativa de espionaje contra ustedes. Sufro mucho... Lo que más desearía es poder obtener permiso para ir a ver a mi prometido, el capitán Masloff. No encuentro palabras con qué pedírselo. Jamás les hice ningún daño. Concédame la libertad.»

Ocho semanas. Ocho semanas duraba la instrucción de la causa. Ocho semanas en que Mata-Hari se defendía paso a paso contra las asechanzas tendidas por el capitán Bouchardon, Aquel oficial de rostro sombrío en el que destacaba con fuerza el enorme bigote negro, trataba por todos los medios de hacerle confesar que era una espía alemana. Mata-Hari lo negaba ferozmente.

Lo que complicaba enormemente la tarea a Bouchardon era que Ladoux le había entregado a Mata-Hari guardándose para él las pruebas decisivas: es decir, los cables alemanes que hacían referencia al agente H 21 que habían sido captados desde la torre Eiffel, Se trataba de un secreto militar de primer orden.

El ministerio de la Guerra temía dárselo a conocer al complejo aparato de la justicia. ¿Desenmascarando a Mata-Hari valía la pena de hacer saber a los alemanes que se conocía la clave de su escritura cifrada? Todo el problema radicaba en esto.

El abogado de Mata-Hari, Edouard Clunet, antes de la guerra había sido uno de sus íntimos amigos, por no decir algo más.

El 23 de abril de 1917 dirigió la siguiente nota a Bouchardon:

«Mi capitán, me permito insistir enérgicamente cerca de usted para que ponga fin a la instrucción de la causa contra mi cliente. Lleva dos meses encerrada en San Lázaro bajo acusación de espionaje, pero no ha sido presentada ninguna prueba contra ella que confirme esta acusación. Las cosas no pueden seguir así por más tiempo contra esta desgraciada, es preciso ponerla en libertad provisional en seguida. La acusación procede del ministerio de la Guerra, es preciso que este departamento aporte inmediatamente pruebas. Sería injusto y cruel prolongar por más tiempo esta situación.» No se podía tachar a esta carta de falta de lógica. Esta vez, el ministerio de la Guerra tenía los dados en la mano. Antes de una semana, Bouchardon recibía ocho telegramas enviados desde Berlín a von Kalle o expedidos desde Madrid por éste. Entre ellos había los cables que comprometían al agente H 21.

Mata-Hari, cuando el capitán exhibió triunfalmente los documentos ante ella, trató por todos los medios de negar la evidencia. Escribió a Bouchardon: «¿Y no sería posible que los alemanes hubieran lanzado con toda intención al espionaje francés sobre una falsa pista?... Podría ser una venganza por su parte, ¿está usted seguro que ellos no saben que ustedes iban a interceptar estos mensajes? ¿No podría haber ocurrido que hubiesen telegrafiado precisamente aquello que querían que usted supiera?» Un día, Bouchardon le leyó la declaración escrita por Masloff.

Éste declaraba que al volver al frente, su general lo había llamado «para indicarle que cesara de tener toda relación con esa dama que pasa por ser una aventurera.» ¡Una aventurera! ¡Así la llamaba Masloff! La serenidad de Mata-Hari se vino abajo.

-Estoy decidida a decir la verdad, toda la verdad,..

Pero, ¿cuál era la verdad? En el mes de mayo de 1916, según ella, el cónsul de Alemania en Amsterdam -Kraenier- le había pedido que fuera a Francia a descubrir secretos en provecho de Alemania. Le había ofrecido veinte mil francos (1), y había aceptado, pero...

-Con mis veinte mil francos en el bolsillo, me olvidé tranquilamente del señor Kraemer y durante mi estancia en París no mandé nada.

A lo que Bouchardon contestó muy acertadamente:

-Si fuera verdad que no hubiese mandado nada a Kraemer durante su estancia en Francia, no se habría arriesgado a presentarse a von Kalle diciéndole que era usted H 21.., Porque usted se lo debió decir, y ya en su primera entrevista.

-Sí, pero yo había salido de Francia hacía varias semanas y sólo le revelé lo que había podido saber por los periódicos.

Bouchardon le recordó que von Kalle le había dado entonces tres mil quinientas pesetas. ¿Y los cheques de Kraemer? ¿Y los cinco mil francos del Comptoir d'Escompte? Los alemanes no dan nada por nada.

Desde el banquillo de los acusados, Mata-Hari escuchaba inmóvil las acusaciones que se le lanzaban. Hacía calor. Era el mes de julio de 1916. La mirada endurecida de esta mujer, envejecida y gorda, de tez amarillenta, parecía errar muy lejos. Se la acribillaba a preguntas, contestaba a todo con una voz sin matices. Habría podido negar, negarlo todo: a decir verdad, el expediente resultaba muy exiguo. Indicios, probabilidades, mensajes captados desde la torre Eiffel: esto era todo. Desde luego, bastaba para demostrar que estaba al servicio de los alemanes, pero no había nada que probara que efectivamente les había revelado algo. El fiscal, a pesar de todos sus esfuerzos, no había podido llegar a decir qué secretos eran los que Mata-Hari había podido revelar.

El comandante, Emile Massard, que asistió al proceso, nos ha dejado un retrato verdaderamente evocador de la acusada «de pie en el banquillo de los acusados... vestida de azul, luciendo un escote en punta muy bajo, y tocada con su sombrero tricornio coquetamente militar... Lo que más impresionaba de ella era su aspecto resuelto y la clara inteligencia de que daba pruebas a cada momento. No negaba nada de lo que la acusaba el fiscal, pero tenía respuesta para todo. Le gustaba alardear de mujer viciosa. Oyéndose llamar Mesalina, no trataba de negarlo; se limitaba a responder lo incontrastable: cortesana sí, espía, no.» Negó haber revelado secretos a los alemanes referentes a la ofensiva de 1917. Cuando el presidente mencionó el dinero que había cobrado en el Comptoir d'Escompte, contestó:

-Es cierto, lo cobré. El comandante von Kalle encontró más cómodo pagar mis caricias con el dinero de su gobierno que con el propio.

-El Consejo de Guerra tendrá en cuenta esta explicación en lo que vale -hizo observar el coronel-. ¿Reconoce usted que el dinero procedía del jefe del espionaje alemán en Amsterdam?

-Mata-Hari respondió:

-Sí. El dinero procedía de mi amigo de Holanda, que sin saberlo, pagaba las deudas de mi amigo de España.

El teniente Mornet -bajito, con barba en punta, cruel e implacable- se levantó y pidió la pena de muerte. M. Clunet -con su hermosa barba blanca extendida sobre la negra toga junto a la medalla militar de 1870 hizo una apasionada defensa, Trató de demostrar la fragilidad de las acusaciones que se habían hecho a su cliente, pero los magistrados militares no se dejaron conmover. El Presidente volvió al cabo de una deliberación de diez minutos con un veredicto pronunciado por mayoría de seis contra uno: Mata-Hari había sido condenada a muerte. La tradición dice que la sentencia le fue leída ante un piquete de soldados presentando armas. De pie, Mata-Hari oyó sin temblar el escueto comunicado que la enviaba a la muerte. Lo escuchó «impasible, hierática y pálida», después se encogió de hombros y sondó.

Cuando, al amanecer del 15 de octubre, el grupo siniestro penetró en su celda, M, Clunet se le acercó rápidamente temblando. El comandante Massard, testigo de la escena -que luego explicó-, le oyó decir:

-Margarita, si quiere, encinta, el código penal. Diga que es el artículo 27.

El doctor Socquet se aproximó.

-Margarita, se lo ruego, deje que la examinen... -dijo el abogado frenéticamente.

Entonces, Mata-Hari se levantó bruscamente, apartando la colcha. Sentada en el camastro y con las piernas desnudas, dijo con voz fuerte haciendo un movimiento de protesta:

-¡No! ¡No! No estoy encinta. No quiero recurrir a este subterfugio. No... No tienen por qué examinarme. Voy a levantarme...

De un salto se puso de pie. Su camisa de tela basta se abrió, dejando su pecho al descubierto, pero no pareció importarle.

Se volvió hacia una religiosa que esperaba, lívida:

-Hermana María, haga el favor de pasarme mi bonita ropa interior que habíamos apartado y colocado sobre esa tabla.

Se puso un corsé y un cubrecorsé y se vistió tranquilamente.

De entre el grupo de hombres avanzó entonces el pastor Darboux.

Mata-Hari se arrodilló ante él, éste cogió un cazo esmaltado de blanco, lo llenó de agua y lo vertió sobre la cabeza inclinada de Mata-Hari, luego ésta se levantó.

Se puso los zapatos, los guantes y pidió unas agujas para el sombrero.

-El reglamento lo prohíbe -dijo el director.

El capitán Thibault, auditor, se adelantó con un lápiz en la mano y una hoja de papel:

-¿Tiene usted alguna revelación que hacer?

-¿Yo? -dijo Mata-Hari, con voz súbitamente vibrante-. No tengo nada que decir, y si tuviera algo que decir, no sería a usted.

La religiosa lloraba. Mata-Hari le dijo dulcemente:

-No llore, hermana María...

Y más dulcemente todavía, añadió:

-Imagínese que salgo para emprender un largo viaje, pero que volveré y nos veremos de nuevo. ¿Va usted a acompañarme un poco, verdad?

Mata-Hari la abrazó... Cogió un paquete de cartas que tenía ya preparadas y siguió dócilmente a los magistrados, teniendo su mano entre la de sor María...

Todavía:le permitieron escribir algunas cartas. M. Clunet las cogió.

Un automóvil esperaba. Fue conducida hasta allí y tomó asiento en la parte de atrás. El pastor Darboux se sentó a su lado.

Enfrente se sentaron sor María y otra religiosa. Un gendarme se sentó al lado del chófer. Cuatro vehículos en los que iban los magistrados, el abogado y el médico, escoltaban el coche de Mata-Hari...

A una marcha moderada, el coche se dirigió hacia la plaza de la Nación y la puerta Daumesnil. Finalmente, llegaron a Vincennes. El cortejo penetró en el fuerte. Pasaron por delante del torreón. «Ya estamos en el siniestro lugar de destino, cuenta el comandante Massard. Al pie está el poste, o mejor dicho, un palo hecho con un mísero tronco de árbol. Los soldados están colocados en fila de a tres formando un cuadrado con la línea de tiro. Hay destacamentos de todas las armas.» El coche de Mata-Hari se para. El pastor es el primero en bajar. Tiembla. Se diría que es a él a quien van a fusilar. Mata-Hari, en cambio, desciende del coche muy segura, se mantiene erguida y firme. Se adelanta y dice sólo:

-Venga conmigo, sor Maria, cójame fuerte la mano.

Las tropas le presentan armas. Se encamina hacia los soldados como si fuera a pasarles revista. El poste... El siniestro poste.

Desprende su mano de la de la religiosa. Su abogado la abraza convulsivamente. Sin brutalidad, los gendarmes la conducen hasta el poste...

La voz monótona del auditor leyó rápidamente el texto de la sentencia. Un enfermero se acercó para vendar los ojos, pero Mata-Hari rechazó la venda... El pastor le dirigió otra exhortación todavía, larga, excesivamente larga en opinión de los allí asistentes. Después se separó:

-¡Apunten! Una sonrisa de Mata-Hari... Su última sonrisa a su último público... A su abogado y al pastor les mandó un beso con la mano que oscilaba en el vacío.

-¡Fuego!...

Una detonación, Sólo una. En tierra yace un cadáver ensangrentado. El tiro de gracia... El regimiento desfila... Todo ha terminado. De Mata-Hari sólo queda su leyenda. Era una mañana fría, el 15 de octubre de 1917.

Transcurrido medio siglo, ¿qué juicio puede emitir la Historia respecto a Mata-Hari? ¿Es culpable? ¿Inocente? ¿Medianamente inocente o medianamente culpable? Hasta ahora los escritores que estudiaron el caso de la bailarina-espía, no podían hablar con conocimiento de causa, desconociendo como desconocían las piezas fundamentales del proceso.

Ahora ya no es lo mismo. ¿Por qué? Hay que tener presente, ante todo, que la época en que se juzgó y fusiló a Mata-Hari, 1917, será para siempre, para todos los historiadores, el año difícil. Es el año del desastre de la ofensiva de Nivelle. Es una época de crisis moral, de rebeliones. Fusilando, como se fusilaba en el frente, a soldados de veinte años sólo por un simple desacato a la obediencia, ¿podían los magistrados militares sentir piedad por una Mata-Hari cuyas relaciones -fructuosas- con los alemanes habían sido probadas?

A pesar de todo, se experimenta un cierto malestar, cuando al ir pasando las hojas del expediente no se descubre en ellas ninguna prueba palpable, ninguna mención precisa sobre algún informe. Se condenó a Mata-Hari porque era seguro que era un agente alemán. Pero hay espías que no espían... ¿Fue éste el caso de Mata-Hari, tal como ella aseguraba con juramentos?

Para saberlo, una vez terminada la guerra fueron preguntados los mismos interesados: los alemanes. El general de brigada retirado Gempp, antiguo jefe del servicio de contraespionaje en el ministerio de la Reichswehr, dijo:

«Se han inventado un sinfín de mentiras sobre el servicio secreto alemán; este servicio habría llevado a cabo las hazañas más inverosímiles y cometido atroces delitos. Casos como éste de la desgraciada Mata-Hari que, en realidad, no había hecho nada para el servicio de información alemán, han sido extraordinariamente explotados.» La famosa Fraulein Doktor dijo lacónicamente:

-Sie war ein Versager (era un obús inútil, un obús que no mata).

Pero alguien dijo algo muy distinto. En una obra dedicada al Espionaje durante la Primera Guerra Mundial, el capitán Fritz Carl Roegels escribió lo siguiente:

«Mata-Hari hizo mucho por Alemania. Nos sirvió de correo con nuestros informadores del extranjero. Les llevaba dinero, cheques, les transmitía órdenes, recibía noticias y transmitía las más esenciales. Estaba perfectamente al corriente de las cosas militares porque había sido instruida en una de nuestras mejores escuelas de información. Fue la espía más peligrosa que tuvo

a su servicio Alemania... un agente verdaderamente notable.» Interrogado por nuestro compañero Paul Guimard, cuarenta años después de la ejecución de la bailarina, el teniente Mornet -convertido en el fiscal general Mornet- dejó escapar algunas opiniones sobre Mata-Hari. Según él era «una mujer sin ninguna importancia, sin distinción, ni interés». Y añadió esta frase verdaderamente inusitada:

-¡Confidencialmente le diré que no había porqué armar tanto ruido! Cosa que no le había impedido pedir -y obtener- la pena de muerte...

Alain Decaux, Dossiers Secrets de L'Historie, Libraire Académique Perrin, 1966

Traducción: Carmen Soler Blanch

Primera edición española en papel de Luis de Caralt, noviembre de 1968

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