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MATA-HARI. SEXO Y MUERTE EN EL SERVICIO SECRETO ALEMÁN

Primera parte
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En la cárcel reinaba la noche. Una mujer dormía profundamente en su celda. De repente se abrió la pesada puerta con gran ruido de hierros. Entraron unos hombres de aspecto preocupado, casi todos oficiales del ejército francés. Uno de ellos avanzó hasta quedar junto al camastro. La mujer seguía durmiendo.

El oficial tuvo que sacudirla para que abriera los ojos, entonces se incorporó parpadeando y miró al intruso con estupefacción.

-Mata-Hari... -empezó diciendo un oficial.

La mujer volvió lentamente la cabeza hacia él.

-Mata-Hari, ha llegado la hora de la justicia... Su petición de gracia ha sido rechazada por el presidente de la República... Tenga valor.

Los ojos de la mujer se abrieron desmesuradamente ante tan abominable evidencia; unos ojos negros, grandes y profundos.

Murmuró varias veces con voz ronca:

-No es posible... No es posible...

Se acercó un hombre vestido de negro. Mata-Hari lo reconoció y le tendió la mano.

-Gracias por haber venido -dijo con voz repentinamente firme.

Fuera estaba amaneciendo. El alba apuntaba tras los altos muros de la cárcel. Era la madrugada del 15 de octubre de 1917.

Mata-Hari. ¡El nombre reúne en sí todo el prestigio de lo exótico! Parecía adornar a la que lo llevaba con todos los misteriosos atractivos del Oriente. Cuando se supo en París, en febrero de 1917, que había sido detenida, la sorpresa fue inmensa.

¿Cómo? ¿Aquella mujer tan hermosa? ¿Aquella bailarina sagrada «hindú» que había sido tan aplaudida en el museo Guimet e incluso en la universidad de los Annales? ¿Había sido arrestada aquella muchacha hija de padre brahman y de madre bayadera, aquélla ante quien se habían extasiado los críticos de la danza?

La sorpresa se convirtió en verdadera estupefacción cuando se supo que Mata-Hari había sido acusada de «espionaje, complicidad e inteligencia con el enemigo con el fin de favorecer sus empresas».

¿Mata-Hari espía? Los que la habían conocido no podían llegar a creerlo. Habrían jurado que allí había algún misterio.

Circulaban toda clase de rumores a cuál más fantástico. ¿Culpable? ¿Inocente? El caso Mata-Hari, suscitaba grandes discusiones. Pero se discutía en el vacío, porque naturalmente el juicio fue secreto. El proceso tuvo lugar a puerta cerrada. Después de la muerte de Mata-Hari la polémica continuó. Hubo testimonios alemanes, franceses, holandeses y españoles. Todos contradictorios. Se hicieron novelas, obras de teatro, films; todo digno de la rica imaginación de sus autores. A medida que iba transcurriendo el tiempo, la verdad, lejos de hacerse patente, parecía alejarse más cada día. Una sola esperanza les quedaba a los historiadores: el expediente. Pero las órdenes eran muy serias. Paul Guimard, tras haber publicado un estudio sobre Mata-Hari escribía con pena: «El expediente del proceso sigue durmiendo en los archivos del ministerio de la Guerra que hasta ahora se ha negado a publicarlo.» En 1964, Stellio Lorenzi, André Castelot y yo, decidimos llevar a nuestro programa de televisión «La cámara a través del Tiempo», la historia de Mata-Hari. También nosotros, después de tantos otros, fuimos al ministerio de la Guerra. ¡Y tuvimos la extraordinaria suerte, verdaderamente inesperada, de que ese famoso expediente, gracias a M. Alain Pressles nos fuese mostrado! De ahora en adelante va a ser posible, pues, realizar indagaciones no sobre arenas movedizas, sino en tierra firme. Ya resulta posible rastrear las huellas de la verdadera Mata-Hari.

-En mi infancia, cuando bailaba en las orillas del Ganges, delante de los rajás...

Así le gustaba hablar, en los tiempos de su gloria parisina, a la bailarina Mata-Hari. En aquellos instantes, su voz de tono grave, un poco enronquecida, tomaba extrañas inflexiones y su mirada se perdía como en un sueño que sus subyugados interlocutores respetaban.

La realidad resulta bastante más prosaica. Mata-Hari se llamaba Margarita Gertrudis Zelle. Y no había nacido ni en la India, ni en Java, sino en Leeuwarden, cabeza de Partido de la provincia de Frisia (Holanda), el 7 de agosto de 1876, Su padre, Adam Zelle, tenía en Leeuwarden una tiendecita de gorras. El comercio era tan poco floreciente -y el comerciante tan poco dispuesto- que Adam había quebrado, La pequeña Grietje -diminutivo frisón de Margarita- creció en un clima de disputas familiares v de dificultades financieras. A los quince años se quedó sin madre. Su padre -a quien ella detestaba-, absolutamente incapaz de mantener a su familia, fue desposeído de sus derechos paternales. El consejo de familia confió a Grietie y a sus tres hermanos, de once, nueve y seis años, a uno de sus tíos que fue designado como tutor, Después de esto la niña entró como alumna interna en la escuela normal de maestras de Leyde. Ya entonces era muy bonita, alta, delgada, de aspecto felino con una cara exótica en la que sobresalían los aterciopelados ojos en forma de almendra. Todo ello enmarcado por una soberbia y superabundante cabellera «de color castaño oscuro con reflejos de oro». La nariz ciertamente era demasiado grande, pero cuando sonreía sólo se distinguían sus dientes, de una blancura deslumbrante que resaltaban en aquella boca dotada de evidentes promesas sensuales.

Grietje no llegó a obtener jamás su diploma de maestra. El director de la escuela -un hombre excelente, hasta entonces prudente y digno- perdió la cabeza en cuanto la vio, Ese amor pasó a ser el hazmerreír del pensionado. El director sentía unos celos feroces. Prohibió a Grietje toda salida a la ciudad -una manera muy personal de demostrarle su amor evidentemente-. Le escribía unas cartas terriblemente exaltadas y se echaba llorando a sus pies. A Grietje todo aquello al principio le pareció divertido, pero después lo encontró francamente molesto; por otra parte no sentía el menor interés en compartir su vida con la de un director de escuela. Dejó el pensionado. El pedagogo creyó morir de pena.

M. Taconis, un antiguo comerciante de tabaco retirado de los negocios era tío -no carnal- de Grietje. Acogió a su sobrina sin excesivo calor pero no a disgusto. Desde aquel momento Grietje vivió allí sin ocuparse de nada, devorando novelas de Gyp, de Arsene Houssaye y de Armand Silvestre.

Tenía dieciocho años ahora y naturalmente soñaba en ser amada, más que en amar. Un escritor neerlandés, Charles S. Heymans que conoció a su familia y recogió de ésta valiosas confidencias, dice: «Desde su adolescencia sentía una gran admiración por los dorados, las medallas, los adornos de pasamanería, los brillantes colores del uniforme militar... En sus sueños la muchacha no se imaginaba al príncipe azul de otro modo que vestido de oficial.» Ella misma confesaría más tarde que la entusiasmaba el uniforme:

-El oficial, a mis ojos -diría más de una vez- representa un ser superior, un hombre que vive en plena epopeya, presto a correr toda clase de aventuras y a arrostrar todos los peligros...

Una mañana de principios de 1895, Grietje desdobló el periódico que recibía su tío, el Het van den Dag (Las Noticias del Día). En la página de los anuncios por palabras había una petición matrimonial. Grietje le echó una mirada. De pronto sintió atraída su atención por las siguientes líneas:

«Capitán de las Indias que está pasando su permiso en Holanda, busca esposa de su conveniencia, a ser posible disponiendo de algunos bienes. Dirigirse a...»

Grietje no parece haber dudado mucho tiempo. Escribió a la dirección indicada y puso su fotografía dentro del sobre.

El destinatario se llamaba Rudolf Mac Leod, pero sus amigos le llamaban John, como a su padre. A pesar de su origen escocés -e1 clan de los Mac Leod había tenido antaño un importante papel en la historia de Escocia-, John realmente era un holandés de los pies a la cabeza. Tenía entonces treinta y nueve años y estaba destinado desde hacía diecisiete en las Indias neerlandesas. En 1881, había sido ascendido a teniente, en 1892 a capitán. En 1895 se encontraba de permiso en Holanda. Una noche, en el bar del Hotel Americano de Amsterdam, se encontraba allí reunido con una pandilla de amigos solteros. John era un hombre guapo. Ojos grises, sedoso bigote, expresión enérgica. Aquella noche sus amigos lo encontraban algo taciturno. Les confesó que efectivamente empezaba a sentir los efectos de la melancolía. El periodista Balbian Verster, un viejo camarada y antiguo compañero, se echó a reír ruidosamente:

-¡Lo que te falta, amigo mío, es una mujer! Tienes que casarte.

Y allí mismo, a pesar de las protestas de John, Balbian redactó el anuncio por palabras que el van den Dag insertó al día siguiente. John, con gran sorpresa por su parte, recibió quince cartas de eventuales prometidas. Entre ellas había la de la señorita Margarita Zelle, de La Haya, y también su fotografía...

«... ¿Me preguntas si estoy dispuesta a hacer tonterías? Sí, Johnie, sobre todo una. Figúrate, dentro de unas semanas seré tu mujer.» Estas líneas tan poco ambiguas habían sido escritas por una muchacha de dieciocho años a un oficial soltero de treinta y nueve.

La fotografía lo había decidido todo. De las quince cartas recibidas el capitán sólo había contestado a una, la de Margarita.

Por desgracia, unas fiebres contraídas en Insulindia le habían -precisamente en aquel momento- obligado a guardar cama.

El capitán le explicaba a su admiradora por correo que tendría que esperar que se curara para ir a reunirse con ella. Margarita contestó en seguida: esperaría pacientemente. Un mes más tarde, el capitán todavía no estaba del todo restablecido. Margarita tomó la iniciativa: la timidez no era precisamente su principal característica... Propuso trasladarse ella de La Haya a Amsterdam: «Ya sé -le escribía- que no obro como es debido, pero nosotros nos encontramos en un caso especial, ¿no es cierto?»

El encuentro tuvo lugar el domingo 24 de marzo de 1895 frente al Rijksmuseurn. El capitán, deslumbrado, demostró su admiración con una insistencia sin discreción. En cuanto a ella, el hecho de haber visto a John de uniforme fue el «Sésamo, ábrete», que tras una excelente comida los llevó después a coger un coche cerrado. Al día siguiente, en una carta a su «Querido John», Gretha -era así como él la llamaba- evocaría este coche «de cristales empañados». Y firmaba «tu futura esposa que tanto te quiere». Seis días más tarde estaban ya prometidos. La correspondencia que ha logrado reunir Charles S. Heymans es extraordinariamente elocuente. Gretha llama a John «Querido», «Mi muy querido John», «Tesoro mío», «Mi único amor», «Ángel mío».

Expresa su satisfacción sin e1 menor complejo: «Qué suerte que ambos tengamos un temperamento tan fogoso. No, no creo que todos estos goces puedan llegar a tener fin jamás.» Y también:

«Quiéreme, tesoro mío, como yo te quiero a ti y prepárate para cuando yo vaya.» O: «No temas encontrarme indispuesta, lo he estado en la fecha prevista y naturalmente han transcurrido ya algunos días. Mañana podrás pedirme lo que quieras...» El mes siguiente no estuvo «indispuesta». Una visita al médico le confirmó que estaba encinta. Hubo que apresurar la boda. No perdía el tiempo: « ¡Tu mujercita estará imponente!», le escribía a1 capitán evocando el día en que se pondría el traje de boda... El 11 de julio de 1895, Gretha fue oficialmente

-delante del juez, no delante del pastor- la señora Mac Leod.

Seis meses más tarde tuvo un hijo a quien llamaron Norman, «Si la peste pudiera librarme de ella podría volver a ser dichoso. No puedo soportar a esta zorra junto a mí. Pero, ¿qué puedo hacer para librarme de ella? Con escándalo o sin, esto igual me da.» Antes de que Mac Leod pueda llegar a escribir tal carta a propósito de su mujer habrán transcurrido algunos años. Mac Leod se ha llevado su mujer a Java. Allí nace una niña, Luisa, pero su nacimiento no ha podido volver a estrechar los lazos entre los esposos. Unos lazos que pronto se aflojaron por cierto.

Entre ambos todo se basaba en una llama de sensualidad que irremisiblemente estaba destinada a extinguirse poco a poco.

Entonces, ambos se vieron tal como eran: él, autoritario y brutal; ella, coqueta, malgastadora y completamente amoral. La familia Mac Leod publicó su versión de los hechos, que naturalmente no se parece en nada a lo que dice Mata-Hari. Se publicaron unas «Memorias» de ella, inspiradas por su padre, el señor Zelle.

Si hay que dar crédito -a este texto apócrifo, Mac Leod se dio a la bebida. Abandonaba el domicilio conyugal días enteros -para pasarlos en compañía de jóvenes y fáciles muchachas indígenas.

Gretha temblaba mientras esperaba el regreso de su marido.

Cuando volvía, no se atrevía a decirle nada. Todo le enfurecía.

Un día le pegó con un látigo. Entonces Gretha se rebeló. Escribió a su padre y le contó todos los malos tratos de que era objeto.

El señor Zelle formuló entonces una denuncia contra su yerno. Cuando Mac Leod lo supo, entró como una tromba en el sitio donde se encontraba su mujer, rojo de ira y empuñando un revólver. Gretha gritó desesperadamente.., y la gente acudió.

Estaba salvada. Los superiores de Mac Leod intervinieron. Fue destinado a la reserva. El matrimonio volvió entonces a Holanda.

Mata-Hari dice incluso que, para mejorar el sueldo, su marido la incitó a prostituirse con un tal Calish. Pero dice Gretha en sus Memorias, «logré obtener unos cuantos billetes de mil sin tener que ser infiel». Eso no es todo: «una noche, obedeciendo a un impulso feroz, me arrancó de una dentellada el pezón izquierdo y se lo tragó... Por esto, desde entonces, no he enseñado nunca más a nadie mi torso completamente desnudo.» La familia Mac Leod, naturalmente, relata el asunto de un modo diametralmente opuesto. Las cartas del capitán a su hermana hay que reconocer que no son más que una larga requisitoria contra Gretha: « ¡Cuánto me ha hecho sufrir. Me he pasado días enteros sin dirigirle la palabra a esta ramera que ha vivido siempre sólo para su placer y ha descuidado negligentemente a los pobres críos... Y, ¿cómo puedo deshacerme de tal zorra conservando al mismo tiempo a los niños? Va a ser difícil, Luisa. Si tuviera dinero para comprar su consentimiento sería distinto, porque esa ramera por dinero es capaz de cualquier cosa...» Después -de la muerte de Norman, dice: «Es preciso sustraer a la pequeña de la influencia infecta de la naturaleza depravada de su madre, de lo contrario se perderá para siempre...» «Mi pequeña acabará fatalmente mal si permanece seis meses más entre las garras de esta mujer...» En otra carta Mac Leod explica cómo después de una escena violenta se fue a dar un paseo en compañía de su hija.

Entonces, delante de los criados Gretha del modo más ostensible cogió el revólver de reglamento del comandante y lo fue a esconder dentro de un armario. Gretha está preparando «la fábula de las amenazas de muerte». Pero Mac Leod tranquiliza a su hermana: «¿Yo matar a esa zorra e ir unos cuantos años a la cárcel por ella? ¡No soy tan idiota! Además, está la pobre pequeña. .. »

El 30 de agosto de 1902 el tribunal de Amsterdam concede el certificado de separación a los esposos Mac Leod. Esta vez la separación es definitiva. A ningún precio el comandante aceptaría vivir con su mujer. Y a ella tampoco le interesaría tal cosa.

¿Adónde ir? Gretha de momento se va a vivir a casa de su cuñada, después de nuevo la recogen su tío y su tía Taconis en La Haya, en Regent-esselaan. ¿Se podrá creer a sus detractores que afirman que luego se dedicó a regentar, en compañía de una tal señora R... (una especie de mujer pública), una casa de citas clandestina en Scheveninge?

Ni por un instante sintió el menor deseo de volver a llevar la vida llena de estrecheces de su adolescencia. La llama de independencia que siempre había estado encendida en su interior ardía más fuerte que nunca. ¿Qué podía hacer?

Se acordó entonces de sus tiempos de Java. Allí había leído enormes volúmenes referentes a las religiones orientales -estas obras en las que el amor físico se estudia al igual que una ciencia-. Más tarde había de ser encontrado en su casa un Khama-Suttra cuidadosamente señalado y anotado. Sentía un gran interés por las danzas sagradas, observaba con gran afición los ritos de aquellas mujeres que la religión dedicaba a la danza.

Alain Decaux, Dossiers Secrets de L'Historie, Libraire Académique Perrin, 1966

Traducción: Carmen Soler Blanch

Primera edición española en papel de Luis de Caralt, noviembre de 1968

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