LUIS XIV, EL REY SOL

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El historiador francés Taine describe el «Lever du roi» (la presentación matinal ante el rey) del modo siguiente:
«Después de que el rey se ha lavado las manos con alcohol y su nodriza le ha dado unos toques en la cara con un plumón de cisne, dos pajes le sacan las zapatillas. El camisón es extraído por su manga derecha por el gran maestro del guardarropa, por su manga izquierda por el primer servidor del guardarropa y se entrega a otro funcionario del guardarropa, mientras que un nuevo funcionario del guardarropa trae la camisa limpia en una funda de tafetán blanco... La camisa ha dé pasar por todo un ritual. El honor de presentarla corresponde a los hijos y nietos del rey, en su ausencia a los príncipes, a falta de éstos al primer gentilhombre de cámara.» Hay otro honor que es un alto privilegio: el médico personal del rey investiga en cuanto a su contenido el orinal dorado de Su Majestad; a continuación se lo coloca en una bandeja de plata y dos nobles lo sacan solemnemente del dormitorio.
Cuando estos señores aparecen con su carga en el salón de los espejos se hace un profundo silencio entre los príncipes y pares allí reunidos, entre duques, con-des, marqueses y sus decoradísimas damas, vestidas todas de gran gala cortesana con su peluca allonge o fontange, con vestidos de terciopelo, escarpines y susurrantes galas. Los señores se quitan respetuosamente sus sombreros emplumados, las damas hacen una cortés inclinación: pasa la bandeja con los productos reales, y cuando Su Majestad marcha más tarde con gran séquito hacia la capilla palatina, la sociedad cortesana no se dispone encarada al altar, sino que se ordena con los ojos en el palco real.
Este es el estilo monárquico bajo la impronta del absolutismo. La corte de Versalles mantiene unos 10.000 hombres de personal y 15.000 caballos, pero por los alrededores más de 90.000 personas para el funcionamiento de la mansión real, lo que devora anualmente 7.681.000 libras de oro. El inmenso palacio -más tarde sueño y modelo de todos los palacios barrocos europeos- construido principalmente por Hatdouin-Mansart y su parque dispuesto en estilo geométrico por Le Nótre, son el corazón de Francia, del mismo modo que el rey es su personificación.
Todas sus calles, avenidas y canales, las galerías y alas residenciales están ordenados de tal manera que sus líneas se cortan en la alcoba real. Son los rayos de un sol que irradian del «Rey Sol». Se dice que cuando Luis XIV comenzó en 1661, tras la muerte de Mazarino, el gobierno personal -era rey desde 1643, y mayor de edad desde 1651-, dijo ante el parlamento parisino las palabras: «L'état c'est moi» -el estado soy yo.
Aun cuando este dicho probablemente no haya sido formulado nunca de este modo precisamente, sí designa con exactitud la voluntad del rey, que unificaba la autocracia ministerial de sus predecesores en el gobierno, los cardenales Richelieu y Mazarino, con el poder “por la Gracia de Dios”. Se convirtió en el sol, a cuyo alrededor tenían que girar los planetas de las provincias, los príncipes, la nobleza y todos los estamentos. Toda la vida de Francia se concentraba en él y en la corte. Con toda intención se atrajo a Versalles a la alta nobleza, que hasta entonces había vivido distribuida por las provincias, donde se la impulsó a la rivalidad y a los gastos exorbitantes. Con ello se embotó y redujo a la impotencia un elemento que todavía había creado dificultades al
Luis XIV joven. Ese «Roi-Soleil» se mostró hábil en la elección de colaboradores notables: el jurista Le Tellier como consejero político, por ejemplo; Le Brun como consejero artístico; Louvois como ministro de la guerra y organizador de un ejército nuevo, uniformado y rígidamente organizado; Vauban como no superado constructor de fortalezas barrocas. Sólo una vez su tino dejó al rey en la estacada: cuando le dio a un pequeño y contrahecho príncipe de la casa de Saboya el rudo consejo de hacerse clérigo antes que oficial. Ese príncipe Eugenio fue quien más tarde venció los ejércitos del Rey Sol. El mejor colaborador de Luis fue Colbert, el dirígente de la economía francesa. jean-Baptiste Colbert (1619-1683) fomentó el comercio, la artesanía, los talleres de manufactura, el tráfico y la adquisición de colonias. Era un representante del mercantilismo: un sistema que atrae al país oro, divisas y materias primas para exportar productos manufacturados.
Ese mercantilismo era un sistema económico de reglamentación estatal cuya tarea principal consistía en lograr los ingentes medios económicos necesarios para la administración absolutista, Para el ejército, la fortificación y el lujo de la corte. Colbert inventó el « acte colonial», en el que se encomendaba a las provincias ultramarinas servir la mayor cantidad, lo más barata posible, de materias primas y mercancías venales para que la metrópoli -y sobre todo el rey- tuvieran lo suficiente para su política de poder. Se extendió a la máxima perfección el sistema arancelario y fiscal, pero también se hizo política demográfica con primas a familias numerosas y educación al trabajo, porque el número de súbditos que trabajaran ayudaba las arcas reales. De este modo, Francia se convirtió en el estado más rígidamente organizado y más poderoso de Europa. Mas Luis XIV fue también lo suficientemente inteligente como para completar esa concentración de poder mediante una hábil política cultural y de propaganda. Convirtió en sus pensionados honorarios a algunos de los más famosos sabios de la época; aquella alabanza general de la moda francesa, las artes y el teatro que embriagó las cortes de Europa durante un siglo se refería a una época de florecimiento de la cultura francesa. Versalles y París se convirtieron en los soles del mundo.
Apoyado en este equilibrado sistema de poderío militar, florecimiento económico y magnificencia cortesana, Luis XIV podía dedicarse a redondear su estado mediante las conquistas y romper definitivamente aquel sistema de aislamiento habsburgués de los tiempos de Carlos V. Organizó cámaras de reunión que investigaban qué territorios hubieran estado en cualquier momento de la historia unidos con regiones francesas; mandó ocupar Estrasburgo (1681) y Alsacia-Lorena; asaltó en salvajes «guerras bandoleras» Renania-Palatinado, Bélgica y los Países Bajos.
Cuando en la guerra de sucesión española (1701-1713/14) expuso sus pretensiones a las posesiones del decadente imperio español se reunieron finalmente casi todos los estados europeos y lo llevaron al borde de la derrota. Bajo su dominio absolutista, Francia había quedado, merced a las increíbles cargas tributarias, merced a las guerras, a la expulsión y persecución de los últimos hugonotes y el realmente disparatado lujo de la corte, totalmente agotada.
Un año después de terminada la gran guerra murió el viejo Rey Sol; y cuando se llevaban su cadáver en solemne conducción a Sto Denis se lanzaron piedras sobre su ataúd, el depauperado pueblo lo maldecía y denostaba a lo largo del camino (1715).
Sus sucesores pagarían la factura: setenta y cuatro años después de su muerte, la revolución alzó la cabeza y exigió la de Luis XVI.
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