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Una
noche de abril de 1865, todavía recientes los juicios posteriores a
la Guerra Civil americana, el presidente Abraham Lincoln soñó que
dormía en su alcoba de la Casa Blanca, cuando le despertaron unos
sollozos.
Se levantó inquieto del lecho y, guiándose por el sonido del llanto, llegó hasta la Sala Oriental, donde unos soldados montaban guarida junto a un cadáver. En la sala habían otras personas que rendían su postrer homenaje al difunto. Aunque no pudo identificar al fallecido, Lincoln observó la profunda emoción que embargaba a los presentes. Por fin decidió interrogar a un soldado. “Es el presidente –respondió el militar-. Lo ha matado un terrorista”.
Ante la terrible respuesta se renovaron los lamentos desgarradores entre los presentes y Lincoln despertó.
Este sueño turbador que el presidente relató a su esposa Mary y a varios amigos, resultaría profético.
Ese mismo mes Abraham Lincoln asistió a una representación teatral, buscando solaz a sus numerosos problemas políticos. En vez de la merecida noche de asueto, se encontraría con la bala de un asesino.
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