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“C'est
magnifique, mais ce n'est pas la guerre” («Es magnífico, pero esto
no es la guerra») Este comentario fue formulado por el general francés
Bosquet, mientras observaba a la famosa Brigada Ligera del ejército
británico, que cargaba hacia su propia destrucción, en Crimea, en
1854. Y el comentario pasó a la historia como el verdadero veredicto
con respecto al espectacular patinazo que conmovió y a la vez inspiró
a una nación.
La carga de la Brigada Ligera
fue el resultado de la enemistad, los celos, la desconfianza y sobre
todo el conflictivo orgullo de tres hombres. Lord Raglan, soldado
desde los 15 años, era el comandante supremo. Era un líder popular,
veterano de Waterloo, donde -39 años atrás- vio con los dientes
apretados cómo un cirujano de campo le amputaba su brazo derecho.
Bajo su mando estaba lord
Lucan, quien, como el joven George Bingham, había comprado su puesto
de mando en el 17° de Lanceros, y había demostrado ser tan rigorista
en cuanto a la vestimenta y disciplina, que sus hombres fueron
llamados los dandys de Bingham. Era incansable y valiente, pero
mediocre. Y era odiado por sus oficiales, debido a su mezquindad, y
por sus hombres, debido a las palizas que ordenaba tan a la ligera.
Nadie odiaba tanto a Lucan
como su cuñado, lord Cardigan, que comandaba el 11° de Húsares.
Apenas cambiaban palabra entre ellos. Cardigan no tenía demasiada
experiencia en la guerra, pero era también un entusiasta de las
palizas y estaba aislado de sus oficiales, incluso porque vivía a
bordo de su propio yate, en las afueras de Balaclava. Tenía un carácter
aún más extravagante y pintoresco que su cuñado, pero a diferencia
de éste, inspiraba en los soldados un fuerte sentimiento de lealtad.
La malograda carga de la
Brigada Ligera tuvo lugar poco después de un primer ataque llevado a
cabo por su rival, la Brigada Pesada. Los jinetes de la Brigada Pesada
habían derrotado completamente a una fuerza de la caballería rusa
muy superior en número, cerca de Balaclava. Los generales que
comandaban la Brigada Ligera habían observado a la Brigada Pesada en
acción, pero se les había negado el permiso de intervenir para
completar la derrota rusa y se sintieron defraudados por no poder
compartir la gloria.
Tras la acción de la Brigada
Pesada, las fuerzas rusas se reagruparon en el extremo de un largo y
angosto valle, limitado a ambos lados por colinas, en el extremo oeste
por la meseta de Cherson y en el extremo este por el río Tchernaya.
La caballería rusa estaba preparada para el combate, en el extremo
este del valle, detrás de una sólida línea de cañones. La artillería
rusa flanqueó el valle y se colocó en posición dominante, sobre las
colinas de ambos lados: las de Fedioukine en el norte y las de
Causeway en el sur.
Los rusos ya habían sido
obligados a salir de las posiciones que ocupaban previamente en las
alturas de Causeway, y la infantería británica, junto con sus
aliados franceses, se preparaba para desalojarlos de las nuevas.
Raglan, cuyo cuartel general estaba en la meseta de Cherson, tenía
una visión clara de todo el valle y podía ver perfectamente las
posiciones que se iban a adoptar para defender las líneas de combate.
Raglan decidió que su
infantería expulsaría al enemigo de sus emplazamientos en las
colinas, mientras la caballería penetraba en el valle para atacar a
los rusos en retirada a medida que, uno por uno, los pequeños
bolsones de resistencia quedaran al descubierto. El plan era lógico,
porque los artilleros enemigos se verían forzados a bajar de las
colillas y deslizarse hacia el fondo del valle, donde la Brigada
Ligera los mataría sin sufrir pérdidas.
Pero las cosas no ocurrieron
de esta forma.
En el costado oeste del
valle, la 1ª División de infantería avanzó hacia las alturas de
Causeway. En el otro lado, la 4ª División avanzó también, pero
mucho más lentamente. En el medio, los 600 poderosos jinetes de la
Brigada Ligera, ansiosos de entrar en acción después de observar,
con envidia, el éxito de la Brigada Pesada, se adelantaron también.
La Brigada Ligera estaba muy
por delante de la infantería, y los historiadores sostienen que se le
habría ordenado esperar hasta que las divisiones 1ª y 4ª la
alcanzaran. Pero debido a una serie de malos entendidos, fue lanzada a
una acción tan espectacular como demente.
La lista de errores
inexplicables comenzó cuando Raglan, desde su punto estratégico
sobre la meseta de Cherson, vio que los rusos ya habían comenzado a
retirarse de algunas de sus posiciones en las alturas de Causeway, y
que transportaban sus cañones hacia el valle para asegurar su fuerza
principal. No había necesidad de que la infantería británica los
expulsara: eran un blanco inmóvil a merced de la caballería.
Raglan emitió su primera
orden a la Brigada Ligera: «Avancen y aprovechen cualquier
oportunidad para recobrar las alturas. Serán apoyados por la infantería».
Lucan recibió la orden a través de un mensajero, y la consideró demasiado vaga, como efectivamente era. Creyó que significaba que habría que esperar a la infantería. Por lo tanto, movilizó a la Brigada Ligera hacia el final del valle, ordenó hacer alto y esperó.
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La
carga vista desde el lado ruso. |
Raglan se puso furioso e
impaciente cuando vio a la caballería perder el tiempo en el fondo
del valle. A través de su catalejo, Raglan observó cómo los rusos
se desplazaban sin obstáculos en el extremo del valle.
Raglan recurrió al jefe del
estado mayor, general Airey, y le pidió que despachara nuevas órdenes
a Lucan.
Airey anotó esta orden sobre
un pedazo de papel, mientras estaba de pie frente al comandante en
jefe. La orden decía: «Avance rápidamente hacia el frente, para
evitar que el enemigo pueda llevarse su artillería».
Airey le dio el vital trozo
de papel a su propio ayudante de campo, capitán Nolan, y mientras éste
hacía girar su caballo para llevar personalmente la nota a Lucan,
Raglan le gritó: «Dígale que ataque al instante».
Nolan condujo su caballo por
la empinada pendiente hacia el valle de abajo, para transmitir a Lucan
el mensaje crucial. Lucan era un jefe al que él despreciaba por sus
aires de superioridad y su escasa experiencia.
Finalmente, con su caballo bañado
en polvo y sudor, se arrimó al caballo que montaba Lucan y le entregó
el ahora sucio pedazo de papel.
Lucan leyó la nota con
indiferencia y la dejó a un lado. Luego comentó tranquilamente que
le parecía una orden temeraria y se reclinó hacia atrás en su
montura, para considerar la situación, como si dispusiera de todo el
tiempo del mundo. Esto era ya demasiado para el vehemente Nolan, un
individualista de pocas palabras, pero respetado por sus superiores, a
los que había demostrado ser un sólido oficial en combate.
-Milord -gritó Nolan-, las
órdenes dicen que la caballería debe atacar ahora mismo.
Lucan se mostró
desconcertado. Se volvió, indignado, contra el oficial subalterno y
le objetó:
-¿Atacar? ¿Atacar qué? ¿Qué
artillería?
Nolan llegó al límite de su
paciencia. Apuntó con un dedo hacia el valle y gritó:
-Allí, milord, allí está
el enemigo. Allí está la artillería.
Pero Nolan no estaba señalando
a los esforzados rusos, que trataban de retirar la artillería de sus
posiciones aisladas sobre las colinas de Causeway. Señalaba
directamente, por el largo valle, a las fuerzas concentradas en el
extremo.
Al tiempo que le ordenaba
retirarse, Lucan se encogió de hombres y se dirigió al trote hacia
su cuñado, al que ordenó atacar inmediatamente a la artillería
rusa. Cardigan quiso hacerle ver que era insensato, pero la conversación
fue seca e improductiva.
-Permítame indicarle, señor
-dijo Cardigan-, que el enemigo tiene una batería en el valle frente
a nosotros, y tiene baterías y hombres con rifles sobre ambos
flancos.
Lucan replicó:
-Ya lo sé, pero Raglan
quiere que ataquemos. Debemos obedecer.
Avance sin parar.
Lucan cabalgó de vuelta
hacia el cuartel general de la Brigada. Cardigan cabalgó hacia sus
oficiales para animarlos.
En la cabecera del valle,
Cardigan ordenó a la Brigada Ligera prepararse para el combate. Sobre
la derecha colocó el 13° de Dragones ligeros.
Sobre la izquierda, estaba el
regimiento de Lucan, el 17° de Lanceros (provisionalmente al mando
del capitán Norris, mientras Lucan permanecía con la Brigada
Pesada). El regimiento de Cardigan, el 11° de Húsares, formó una
segunda línea de caballería. En la retaguardia, el 8° de Húsares y
el 4° de Dragones ligeros se alinearon bajo las órdenes de lorg
George Paget.
Al frente de todo, Cardigan
ordenó: «Toque de avance», y el corneta lanzó a los 607 caballos,
primero al paso y luego al trote.
Cardigan estaba al frente de
la Brigada, sobre su corcel alazán. Nolan, el hombre que transmitió
las fatales órdenes a Lucan, estaba cerca.
Había pedido que le
permitieran cabalgar con el 17° de Lanceros. Cuando advirtió la
dirección hacia la que la brigada se estaba dirigiendo, dejó su
puesto en las filas y se lanzó al galope para advertir a Cardigan del
error, pero casi tan pronto como alcanzó la cabeza del pelotón, un
proyectil ruso estalló cerca suyo. La metralla hirió a Nolan en el
pecho, y él y su caballo se hundieron en el polvo.
Al corneta, que cabalgaba
junto a Cardigan, se le ordenó dar la señal de «¡Al galope!».
Apenas lo hubo hecho, también cayó muerto.
En ese momento, la artillería
rusa estaba disparando incesantemente sobre los flancos de la columna
de jinetes, y los lanceros que iban a la vanguardia comenzaron a caer
como moscas. Pero el objetivo de la carga, el cuerpo principal de las
fuerzas rusas, aún estaba a más de un kilómetro de distancia.
Ahora no había corneta que
tocara a la carga. Pero el ansia de los hombres por pasar a través de
la lluvia de balas y alcanzar el extremo del valle lo más rápidamente
posible se impuso. La brigada forzó el paso. Pero la carga comenzaba
a desordenarse.
-¡Con calma el 17° de
Lanceros! -clamó Cardigan, mientras los hombres amenazaban sobrepasar
a su jefe. Jinetes y caballos cayeron uno tras otro, pero las líneas
se cerraron inmediatamente, y la sólida masa de hombres y corceles
atravesó el polvoriento suelo del valle. Algunos caballos, ya sin
jinete, continuaron la carga hasta que también fueron alcanzados por
las balas.
La lluvia de balas y granadas
se convirtió en un mortífero fuego cruzado, mientras disparaban
sobre la brigada desde tres lados. A un hombre le habían cortado la
cabeza, pero su torso continuaba en la montura y su lanza aún
apuntaba hacia el objetivo. El fuego de la artillería comenzó a
poner fuera de combate a varios jinetes al mismo tiempo. Un caballo,
con sus cascos al galope, se arrancó sus propias entrañas.
De pronto, el polvo y el humo
se hicieron más espesos, y Cardigan, aún al frente de sus hombres,
desapareció de la vista. La Brigada Ligera estaba ya sobre la
artillería rusa. Las lanzas dieron en el blanco, las espadas
derribaron a los artilleros enemigos. La brigada barrió de través a
la artillería y atacó a la caballería, que estaba alineada detrás.
La lucha se desordenó de manera completa. Cardigan estaba mezclado en
una escaramuza, mano a mano con una docena de cosacos. Pero muchos de
los británicos atravesaron limpiamente las líneas de la caballería
enemiga y entonces tuvieron que luchar por cada pulgada de su camino
de vuelta.
Muchos fueron capturados.
Tuvieron que enfrentarse nuevamente al espantoso granizo de la muerte, que llegaba desde tres puntos, a medida que los destrozados restos de la Brigada Ligera cabalgaban de nuevo por el valle, hacia sus propias líneas. Pero en el viaje de retorno había un nuevo riesgo: la brigada era perseguida por húsares y cosacos.
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Las
bajas británicas fueron impresionantes. |
El soldado John Wightman,
cuyo padre había sido profesor de equitación de Cardigan, fue uno de
los sobrevivientes del 17° de Lanceros. Dejó para los libros de
historia un gráfico relato de la infructuosa carga.
En el combate del valle,
Wightman había sido herido en la rodilla derecha y en la pierna, pero
se negó a retirarse y continuó hacia las líneas rusas, donde un
cosaco le clavó una lanza en el muslo derecho. Wightman mató al
cosaco antes de que pudiera volver a herirlo. Su caballo fue
acribillado a balazos, pero Wightman se las compuso para regresar
desde las líneas enemigas y recorrió 400 metros por el valle hacia
lugar seguro.
Mientras Wightman yacía en
tierra, un cosaco que lo perseguía lo lanceó ocho veces: en el
cuello, en la espalda; la lanza atravesó también su mano derecha.
Pero Wightman sobrevivió, para pasar el resto de la guerra como
prisionero.
Cardigan regresó a sus
propias líneas y fue aclamado por sus hombres. La culpa de todo el
terrible episodio cayó sobre su odiado pariente.
Lucan había comenzado a
conducir la Brigada Pesada por el valle, en apoyo de la asediada
Brigada Ligera, pero viendo la inutilidad del esfuerzo, detuvo a sus
hombres y se batió en retirada, con una pierna herida.
Cardigan fue aclamado como un
héroe. Declaró:
-Fue un acto insensato, del
que no tengo la culpa.
Pero para la mayor parte de
la Brigada Ligera, este tributo fue también un epitafio. De los «nobles
seiscientos», sólo unos pocos regresaron del Valle de la Muerte.
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