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DEJARON SIN RESPIRACIÓN AL MUNDO

EL Ku-Klux-Klan fué en su estadio inicial una asociación secreta semejante a la Santa Fema alemana, los carbonarios italianos o algo similar. Una de logia o de orden que postulaba un renacimiento nacional.

Pero el Klan intervino en política y comenzó a perseguir con odio y violencia todo lo que le parecía «extranjero» y antiamericano; negros, los católicos, y los extranjeros en general. Pero el juego terminó por convertirse en peligroso. Algunos linchamientos dieron la señal de alarma.

Como tantas otras cosas en Norteamérica fue la prensa la primera en advertir del peligro. El «New York World», con su redactor jefe Herbert Bayard Swope, encabezó la campaña. Sus escritos eran un arma de dos filos: contra los «piadosos de la sábana» y sus prácticas y contra los poderes públicos vacilantes, atacando también a quienes sin cometer personalmente los crímenes permitían con su apoyo y su dinero que la organización secreta los llevara a cabo.

Punto culminante de esta campaña fue un artículo titulado «¿Qué es e Ku-Klux-Klan?», que apareció el día 6 de septiembre de 1921. Poco después de publicarse este artículo, el gobernador del Estado de Nueva York promulgó una disposición que prohibía, bajo severas penalidades, el ingreso en las filas del Klan. La campaña del «World» se había visto coronada por el éxito, y a partir de la mitad de los años veinte comenzó a declinar la popularidad de la organización secreta.

Dirigentes de la misma se volvieron más prudentes y las demostraciones más o menos públicas que acostumbraban a llevarse a cabo fueron limitadas.

El impulsor de estas reformas fue Catfish Giddy, que asimismo varió los ropajes de sus hombres, poniendo como excusa que era «demasiado grueso para ponerse una caperuza y enfundarse en una sábana blanca».

CABALLEROS DEL REINO INVISIBLE

El día 30 mayo de 1923, el «New York World» escribió lo siguiente: El Ku-Klux-Klan o «Caballeros del Reino en Invisible» efectuó una reunión en la granja de John Hobbs de media milla de Nueva Brunswick, en Nueva Jersey. Alrededor de las tres de la madrugada llameó la enorme Cruz y los concurrentes, procedentes de todos los puntos de Nueva Jersey, emprendieron el regreso. Un torrente humano llenó las calles. Las blancas vestiduras causaban impresión, pero sobre todo sorprendía el número de asistentes. A la orden de los jefes del Klan acudieron 10.000 miembros regulares, y los observadores no oficiales oscilaban entre los seis mil y los diez mil.

Todas las calles de Somerset Country aparecían llenas de automóviles, que con sus faros alumbraban fantásticamente la ciudad entera. Entre las veintidós horas y la medianoche no sé vieron por la ciudad más que unas ininterrumpidas procesiones e vehículos. En a algunos autos ondeaban banderolas con cifras y alegorías pertenecían a los diversos grupos procedentes de otros Estados que habían acudido a la reunión.

Todo este aparato trascendió, como es natural, más allá de los limites del Estado. Se habló y se comentó por los ámbitos de toda la nación. Una cosa se puso perfectamente en claro durante toda aquella noche: los «Caballeros del Reino Invisible» se tomaban muy seriamente a si mismos.

Parecían firmemente convencidos de que sólo ellos «podrían llevar al país por buen camino».

-¿Dónde está Jim?.-Preguntó un caballero enfundado en un abrigo de piel de cordero-. Creí que vendría.

-¿Cómo? Creí que lo sabias.-respondió otro-. Su mujer no quiere dejarle venir.

-Siempre creí que era una mujer insoportable.

El otro hombre se acercó al primero.

-¿Crees que no sé que anda tras los curas?.

El fragmento de esta conversación fue reproducido asimismo por el «World».

Los reporteros seguían explicando luego detalles de la concentración y pasaban a reseñar con todo lujo de precisiones uno de los misterios del Ku-Klux-Klan que más conmovieron a la opinión pública.

LAS INICIALES MISTERIOSAS

Seguimos copiando del «World»:

-¿Dónde está G-1? -preguntó uno de los encapuchados después de que su compañero le hubo susurrado algo al oído. La llamada se extendió pronto por todos los ámbitos de la granja: «¿G-1?» «¿Dónde está «G-1?». Por el camino de la granja pasó un grupo de figuras encapuchadas con círculos rojos en el pecho de sus túnicas. En su interior podía leerse:

«N. J.». Cuatro de ellos aseguraron haber visto a «G-1», pero cada cual señaló una dirección diferente. Las restantes dijeron que no habían visto nada.

Finalmente llegamos a una especie de plazoleta formada por los autos aparcados. En el centro había un anciano caballero, representativo, dotado de una voz ampulosa y penetrante. Llevaba un

Traje de calle y no estaba enmascarado. Su rostro parecía también bastante simpático.

-Yo soy G-1 -dijo.

De pronto, de detrás de los autos apareció un personaje que dijo algunas palabras en, voz baja a «G-1». Este desapareció con el mensajero. De pronto diez o veinte de los presentes echaron una especie de plegarla litúrgica, a la que respondió un coro, Así continuaron las cosas hasta que se escuchó el toque de un silbato. Era la orden de «G-1», No tardó en destacarse una Cruz de unos sesenta pies de altura al resplandor de la luna. En la tribuna dispuesta al efecto para los oradores apareció una figura también encapuchada y ensabanada. Era una especie de maestro de ceremonias. Sacó una pequeña lámpara eléctrica, a cuyo resplandor comenzó a leer los textos litúrgicos. Su voz era tan potente como la de «G-1».

UN CÍRCULO Y UN ALTAR

En el centro deL enorme círculo o plazoleta se alzaba también un altar. A sus pies se encontraba otra figura blanca y enmascarada. Uno de los presentes le adjudicó el nombre de «Halcón nocturno».

He cumplido vuestros deseos, señor -dijo «Halcón», dirigiéndose hacia «G-1».

Siguió un canto pausado, en ciertos momentos melodioso, que se intercambió entre el llamado «Halcón» y el tantas veces aludido «G-1». Se trasladó al altar una pequeña antorcha de bencina. La figura del principio habló del ingreso de los principiantes y de las misiones que los «hermano» tenían que llevar a cabo. El portador de la cruz, a quien los demás llamaban «klextor», cogió lo antorcha de la bencina y, en unión de varios asistentes, se adelantó hacia el borde del circulo.

Se elevó entonces la voz del «G-1».

Recitaba la primera estrofa de uno de los cantos habituales de los «hermanos». Cuando hubo terminado, una larga hilera de hombres se adelantó. Su número debía ascender a unos dos mil.

Como soldados en formación, constituyeron una línea tendida desde la base del altar hasta donde se hallaba la Cruz, Con sus capuchas y sus túnicas formaban un espectáculo de indudable relieve, de manera que cualquier espectador ajeno a la demostración habría experimentado la impresión de asistir a algo extrarreal, completamente alejado de nuestra época.

ESCOGIENDO CULPABLES

Se trataba de desfilar ante el «Ojo escrutador». Tales ojos eran los de «G-1», naturalmente. Tras dos horas de desfile fueron apartados media docena de desventurados, culpables, al parecer, de algún delito contra las propias leyes de los «hermanes». La voz de uno de los encapuchados, enumeró los cargos que se hacían contra ellos.

Las faltas de algunos eran leves, de tal manera que podían corregirse con un trabajo intensivo dentro de la organización. Todos ellos se manifestaron de acuerdo con las acusaciones que les hacían, manifestando a gritos su deseo de corregirse y de ser útiles al «Klan».

El último número de aquella enorme concentración, que fue una de las últimas llevada a cabo por el «Ku-Klux-Klan» antes de su definitiva decadencia, fue la admisión de los «extraños».

Así son denominados quienes han solicitado el ingreso en la misteriosa hermandad. Totos fueron conducidos al espacio entre el altar y la Cruz. Les fue leído un larguísimo juramento, que ratificaron con el brazo izquierdo levantado hacia el cielo. Uno de los puntos del juramento trataba de la separación entre la Iglesia y el Estado, el derecho a las escuelas libres y los estipendios.

Asimismo se les exigió ««esfuerzo y tenacidad en la lucha contra negros, católicos, judíos y extranjeros». Tras una plegaria final se prendió fuego a la Cruz. Sur enormes proporciones la hacían visible desde siete millas. Estuvo ardiendo varias horas, tiempo que permanecieron los agrupados en el prado, en silencio absoluto, interrumpido de vez en cuando por las invocaciones de «G-1».

Y los reporteros del «World» terminaban así: A las tres de la madrugada, apenas se hubo apagado la Cruz, el tráfico en las calleo de Nueva Brunowick era tan intenso como la circulación por la calle 52 y Broadway a las tres de la tarde.


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