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JUSTINIANO, UN EMPERADOR PARA ORIENTE


A través de una de las relucientes galerías de mármol del monte imperial de Bizancio marcha hacia el archipalacio de Jalk'e, el séquito del emperador Justiniano. Es la aparición de la pareja imperial a la audiencia matinal. Justiniano es de mediana estatura y moreno. Está vestido con la dalmática, una capa de color amarillo como el sol, tejida de seda china, sujeta mediante fíbulas de piedras preciosas engastadas, lleva la diadema persa incrustada de esmeraldas y grandes arracadas de perlas. Tras él marchan, exactamente en el orden protocolario, el ministro del interior, el príncipe Hipatio, el patriarca de Constantinopla, el patricio de la provincia egipcia y el embajador godo Torismundo de Rávenao Spatiarii, o espaderos rodean con las armas desenvainadas toda la procesión imperial. Delante marchan los silentiarii, los silenciadores, que a espacios regulares golpean el suelo con sus varas de marfil, a fin de que todo el mundo sepa: ¡se acercan las majestades! Algunos cubicularii, funcionarios elevados del ámbito particular marchan delante del grupo, cuyo centro lo forma la bella emperatriz Teodora. En tiempos fue actriz, incluso se le reprocha un oficio de muy mala fama del que sólo la libró el amor del entonces general Justiniano. Mas incluso sus peores enemigos deben conceder a la emperatriz unas costumbres intachables, espíritu y dignidad desde que es basilisa.

De elevada estatura, lleva una capa verde oscura recamada de oro, una diadema engastada de perlas y piedras preciosas sobre sus negros rizos y pesados pendientes de perlas que le llegan a los hombros. En cuanto resuena por las galerías el bordoneo de los silentiarii y se acerca el lento arrastrar de zapatos de brocado y seda, dignatarios, altos funcionarios y oficiales caen en la proskynesis, besapiés y reverencia.

Este emperador no es un Octavio Augusto, que sabía representar tan bien el papel de «primus inter pares». Se titula a la majestad, en todo su nimbo oriental y santidad subrayada eclesialmente, de «déspota».

Justiniano llega a la sala de audiencias, se sienta sobre el trono peraltado bajo árboles artificiales, realizados en oro y plata, cuyos frutos consisten en piedras preciosas y en cuyas ramas anidan pájaros mecánicos capaces de agitar sus alas doradas. En primer lugar se adelanta el «proclamador imperial del calendario» y relata: «Se cuentan hoy seis años ocho meses y quince días desde que la divinidad del déspota comenzó a gobernar el mundo.» (15.12.533).

Los arquitectos, Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto han alzado grandes pizarras ante el trono. En ellas están dibujados los planos de la nueva Santa Sofía, que ahora explican. Esa vieja iglesia principal del monte imperial bizantino ha sido arrasada por el populacho, hace cosa de un año, durante el formidable «alzamiento de Nika» y había de ser reconstruida ahora mayor y más hermosa que nunca. Antemio explica el sentido de la nueva catedral, que se construirá con planta de cruz griega central-en adelante ejemplar para todas las iglesias ortodoxas- con una inmensa cúpula y muchas otras accesorias.

La gran cúpula central, a cuyo alrededor se alineará el anillo de las cúpulas secundarias, de menor altura, y capillas, rodeadas por arcadas y triforios escalonados en altura, significa dos cosas: el techo de la única religión cristiana sobre el gobierno y la grandeza, que lo cubre todo, del imperio. Por eso mostrará en un mosaico la imagen del pantocrátor-el Cristo majestad- y bajo ella habrá dos cátedras o púlpitos: una más elevada para el emperador, 'la otra más baja para el patriarca.

Esa idea corresponde a la "doctrina de las dos espadas» de la iglesia de oriente: al emperador le han sido dadas dos espadas para regentar el mundo: la secular del poder, para mantener en orden los estados, y la espiritual de la iglesia, para conducir las almas. En la cima del mundo está el emperador; el patriarca no es más que el ministro para asuntos eclesiásticos.

Este simbolismo se manifiesta también en los planos de Antemio y su estatista Isidoro: las cúpulas accesorias y laterales reflejan cómo provincias, diócesis, países y pueblos se acogen alrededor del basileus o cómo las provincias eclesiásticas del imperio rodean el patriarcado de Bizancio.

La unidad de la fe cristiana, puesta en peligro una y otra vez en la Roma Oriental, y la ordenación del imperio son las grandes tareas de Justiniano. En consecuencia, su obra más significativa y de mayores consecuencias es la codificación, ordenación y división del derecho romano: el "Corpqs iuris civilis». Es la mejor herencia de Roma y para el milenio y medio siguiente el fundamento de todos los libros de leyes; en forma de "Código civil» rige, en parte, en la actualidad. Justiniano intentó la enorme empresa de restituir a partir de la Roma de Oriente la totalidad del imperio romano. Envió sus ejércitos: Belisario sometió de nuevo África; Belisario y Narsés vencieron a los godos de Italia; las tropas del emperador incluso tomaron pie en España, donde pusieron algunas regiones bajo el dominio romano.

Mas Justiniano no logró vivir su culminación; en Oriente había surgido la gran potencia persa de los Sasánidas que obligaron a la Roma de Oriente a duras guerras defensivas. En el norte seguían amenazadores los hunos, eslavos, búlgaros. En esa pleamar de la historia, Bizancio-Roma Oriental se mantuvo durante siglos como bastión de Europa, bajo cuya protección ésta se pudo convertir en el Occidente cristiano.


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