UNA MORAL DE HIERRO
Ya
antes del comienzo de la guerra, el gobierno británico había preparado un plan
para caso de conflicto. Para redactarlo habían estado también trabajando los
expertos que hoy llamaríamos "futurólogos", con el objetivo de prever
anticipadamente las consecuencias de los bombardeos aéreos. Estos expertos,
defensores convencidos de la "doctrina" del general italiano Douhet
sobre los desastrosos efectos de los bombardeos, habían previsto también que
la primera incursión sobre Londres provocaría al menos 600.000 muertos. Nada
más equivocado. Los efectos prácticos de los bombardeos revelaron lo equivocado
de las previsiones de los expertos.
Se había dicho, por ejemplo, que cada casa bombardeada significaría una media de cuatro civiles muertos. Pero afortunadamente, la proporción resultó mucho más reducida. Millares de casas fueron arrasadas, pero sólo perdieron la vida unos pocos centenares de ciudadanos. Se había subrayado también la importancia del fuego antiaéreo de barrera, pero es muy difícil acertar a un avión. Muchas otras previsiones resultaron en gran parte inútiles u erróneas, vistos los hechos. Se había previsto abundante ayuda para los muertos y heridos, pero ninguno había tenido en cuenta el problema de los sin techo. De modo que luego había millares de camas vacías en los hospitales mientras por las calles de Londres pululaban millares de personas perfectamente sanas, pero sin un sitio donde poder guarecerse.
No obstante, el problema se afrontó con urgencia. Todas las escuelas de Londres se convirtieron en centros de ayuda. Por la noche, los 25.000 londinenses sin techo encontraron allí sitio para dormir. En los días siguientes, los londinenses dieron pruebas de su espíritu de adaptación; abandonaron su tradicional reserva y se ayudaron unos a otros como si fueran miembros de la misma familia. Ni siquiera protestaron contra las autoridades para que Londres fuera mejor defendida.
Entre tanto, Londres seguía siendo bombardeada una o dos veces cada día. Los pilotos alemanes escogían con cuidado los objetivos importantes. Uno de los principales era Buckingham Palace, alojamiento de la familia real.
Pero no lograron matar al rey, y resultó que los londinenses se unieron a su soberano como nunca había pasado antes. El rey Jorge no quiso abandonar la ciudad machacada, y su presencia en los lugares más afectados no dejó de impresionar el sentimiento popular.
A mitad de octubre, para evitar la caza enemiga que cada vez era más peligrosa, los alemanes empezaron a llegar de noche. A la luz del día se revelaban sus pérdidas como bastante graves; pero de noche podían volar libremente, porque los Spitfires no estaban aún adaptados al vuelo nocturno.
Churchill se dio cuenta de que habíay que hacer algo y concentró en Londres todos los cañones disponibles. El primer ministro británico sabía muy bien que sus disparos tendrían poco resultado (los antiaéreos derriban poquísimos aviones y los cascotes matan más gente en tierra que en el aire), pero lo que le importaba era demostrar a sus conciudadanos que los defensores de la ciudad no estaban mano sobre mano.
Entre tanto, la gente se fue acostumbrando a los bombardeos. Todas las mañanas, donde era posible, la vida recomenzaba como siempre. Todos se esforzaban por conservar las costumbres normales. También la radio mantenía invariables sus programas, como si no estuviese pasando nada.
Muchas calles estaban cerradas al tráfico por la presencia de bomba; sin estallar. Pero la vida de la capital no se paraba; el trabajo seguía en las oficinas y en las fábricas. Hacia la noche, la gente hacía cola para encontrar sitio en los refugios. También esto se hizo costumbre; y la costumbre más importante. Significó que los londinenses habían aprendido a vivir bajo las bombas, que no se había rendido.
No faltaba sitio en los refugios, porque casi la mitad de la población de Londres se obstinaba en pasar las noches en casa. En los refugios, la gente trataba de pasar el tiempo del mejor modo. La vida en común, la necesidad de afrontar juntos los mismos riesgos, provocaban el surgir de nuevas amistades cordiales.
Entre un bombardeo y otro, la gente se divertía. Teatros y salas de baile funcionaban otra vez. Los jóvenes querían divertirse. Trabajaban mucho de día, y por la noche, si los alemanes lo permitían, querían beber o bailar. Y cuando llegaban los alemanes; cuando empezaban a caer las primeras bombas, los voluntarios de primeros auxilios estaban siempre dispuestos a intervenir mientras la gente rezaba en los refugios.
Los protectores de la ciudad ya sabían lo que hacer. Se trataba de repetir lo mismo todas las noches. Mientras fuera rugía la batalla, otra lucha hecha de miedo y valor se libraba en los subterráneos de la ciudad. No todos los barrios tenían refugios antiaéreos, de modo que el gobierno se vio finalmente obligado a abrir al público las galerías del Metro.
Los trenes se usaban también para transportar alimentos. Desde los vagones se repartía por la noche té y galletas a los que lo necesitan. Después de la renuncia por parte alemana a intentar el desembarco, la situación en Londres no mejoraba. Hitler ordenó más bien intensificar los bombardeos nocturnos con la esperanza de provocar el derrumbamiento psicológico de la población. De septiembre a noviembre de 1940, Londres fue bombardeada 87 noches seguidas con una media de 200 bombarderos cada vez. En total fueron arrojadas en la ciudad 14.000 toneladas de bombas, y los muertos empezaban a contarse por miles.
Después de noviembre, los bombardeos disminuyeron de intensidad y los comerciantes aprovecharon la pausa para prepararse a las fiestas navideñas. Las familias se dispusieron a pasar la primera Navidad de guerra efectiva. Los más festejados fueron, naturalmente, los niños. No debería haber habido niños en Londres, pero después de la evacuación ordenada al principio de la guerra, muchos padres habían ido a recogerlos. Las familias preferían seguir unidas en el peligro.
Con
la continuación de los bombardeos, el problema más grave era dormir. La gente
trabajaba mucho de día, y por la noche tenía absoluta necesidad de reposo. Pero
era afortunado el que conseguía cerrar los ojos dos o tres horas cada noche.
Algunas organizaciones privadas se hicieron de oro vendiendo a los londinenses
unas horas de tranquilidad. Por algunos chelines se podía pasar una noche en
paz en algunos campamentos formados con remolques en bosques cercanos. Muchas
familias vivieron allí durante toda la guerra.
El 29 de diciembre cayeron en Londres 3.000 bombas incendiarias. La ciudad era una enorme hoguera. Ante la violencia de las llamas, los bomberos no pudieron hacer nada. Es el momento más difícil para la ciudad. La moral de los londinenses nunca estuvo tan baja. La isla está asediada y los ingleses estaban solos combatiendo a un enemigo que dominaba toda Europa. Los londinenses probaron la angustia de la soledad. Después de la derrota de Francia no tenían aliados. Norteamérica es amiga, pero no pensaba intervenir, y las relaciones entre Alemania y la Unión Soviética eran excelentes.
El valor de los londinenses suscitó admiración, pero no esperanza. La repetición de los ataques aéreos, las imágenes de la tempestad de llamas que envolvían a Inglaterra y la fama de los lugares alcanzados, desde Buckingham Palace al Museo de Madame Tussaud, produjeron profunda impresión en el mundo entero.
Todos están convencidos de que Inglaterra está ya al borde del hundimiento. En realidad, son sólo heridas superficiales, porque el país estaba sustancialmente intacto. A pesar del espectacular efecto de los bombardeos, la producción de la industria bélica no fue gravemente dañada. Harían falta a los alemanes medios veinte veces mayores para destruir Londres, y medios aún más potentes para anular la determinación de los ingleses. El símbolo de la resistencia de la ciudad era la catedral de San Pablo, único edificio de la ciudad en pie en medio de las llamas. A la sombra de San Pablo, Londres seguía viviendo. La empresa de seguros Lloyds continuaba impertérrita asegurando los barcos que cruzan el Atlántico, y pagaban religiosamente cuando los U-Boote de Doenitz hacía una nueva víctima. Para mantener normal el tráfico de transportes públicos, los conductores de los autobuses decidieron seguir el servicio durante las incursiones.
Los familiares autobuses rojos de dos pisos se hicieron también símbolo de la resistencia. Tras pocos meses de guerra, la gente había aprendido a vivir con la guerra en casa. Los bombarderos no desorganizaban ya la vida ciudadana ni interrumpían la producción.
Al principio, cuando las sirenas tocaban alarma, todo se paralizaba, y esta interrupción del trabajo resultaba mucho más dañosa que los mismos bombardeos.
Para evitar este inconveniente, en los tejados de las fábricas se pusieron vigías que debían dar la alarma sólo cuando los bombarderos alemanes estaban demasiado cerca. El mismo sistema fue adoptado en los grandes almacenes y las oficinas públicas.
La población se había resignado a vivir bajo las bombas. La ciudad no había sido invadida por muchedumbres enloquecidas como habían anunciado los expertos, ni habían aparecido signos de debilidad. Curiosamente, en aquel tiempo disminuyeron los enfermos y la media de suicidios de modo notable.
En vez de anular la voluntad de resistencia de los ingleses, las bombas alemanas obtuvieron el efecto contrario.
Los objetores de conciencia, numerosísimos en vísperas de la guerra, disminuyeron a medida que aumentaban las incursiones sobre la ciudad. El periódico pacifista "Peace News" afirmó que Hitler era algo mucho más tremendo que la guerra, y que era preciso combatirlo. El mismo filósofo Bertrand Russell afirmó públicamente que ya no era pacifista, que si hubiera sido lo bastante joven se habría alistado voluntario.
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