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Siete
siglos y medio hace que ya nuestra Europa conociera una rebelión de masas
milagreras.
Esta
colectiva irrupción en los dominios de lo ultraterreno e inefable fue un caso
tan singular, tan estremecedoramente alucinante, pero también tan ingenuo y
conmovedor, que ha quedado en la Historia como algo inconfundible e impar.
Cuando
las multitudes salen en pos del prodigio y asedian al taumaturgo, es lo más
corriente que se trate de personas mayores, por lo general disgustadas de su
suerte terrena y de tal modo angustiadas, que su mismo pavor las llena de
esperanza en algo sobrehumano capaz de liberarlas de su pesada carga. A veces
también se da el caso de que menores de edad caigan en el hervor dela resaca y
se dejen arrastrar por ella, perniciosamente influidos por las personas mayores.
Porque sin la incitación y la aprobación de éstas no se explicaría la espontánea
formación de un innumerable séquito infantil lanzado tras del señuelo de lo
portentoso.
Sólo
una vez aconteció esto al comienzo del siglo trece, cuando los occidentales
partieron en oleadas de emocional impulso a conquistar el Oriente y a recuperar
el Santo Sepulcro. En el año 1212 partían al mismo tiempo, aunque desde sitios
distintos -en Francia, de una aldea de Vendóme, y en Alemania, de Colonia- diez
mil niños en una gran expedición que tenía por meta el Paraíso.
Aun
cuando algunas versiones de la tradición hacen suponer que estas empresas eran
promovidas y planeadas por un puñado de personas deseosas de hacer un buen
negocio, no hay duda de que los instigadores habían perdido ya toda posibilidad
de influjo en la ulterior acción masiva de os menores, netamente espontánea.
Ellos, los incitadores, habían aplicado el primer impulso sin duda, pero todo
lo que después sucediera, quedaba fuera del alcance de sus
manos y de su voluntad. La histeria masiva cundió con rapidez
inquietante, contra la sorprendida voluntad de los mayores, impotente ya para
contener el fantástico desfile.
Es
de suponer que a principios del siglo trece fuesen muy raras las ocasiones de
abandonar la segura monotonía habitual, para buscar en países lejanos una
dicha hipotética. Los cruzados abandonaron sus castillos y haciendas sin otro
estímulo que el ardiente deseo de liberar los Santos Lugares de Palestina.
Muy
distinto era el caso de los niños y de los adolescentes en cruzada. La época
en que se celebraba el triunfo del espíritu en la vida terrena, era para la
infancia un tiempo rudo y cruel a más no poder; un tiempo tan duro y falto de
ternura y alegría para los hijos de los campesinos y de los artesanos, como
para los hijos e hijas de los caballeros.
Razón
había, por eso, para que soñasen y suspirasen por un Paraíso, en su condición
de seres débiles, amedrentados y cohibidos.
Se
comprende fácilmente que al sentirse llamados de lo alto a entrar en el perdido
Edén, siguiesen con intrépida confianza la que creyeran vocación divina.
La
expedición de cruzados infantiles de Borgoña.
De
las fuentes de que dispone el investigador apenas cabe inferir quién suscitó
el movimiento de los cruzados infantiles, ano ser con carácter meramente hipotético.
Se habla de dos religiosos predicadores, que después de haber pasado muchos años
en las prisiones de los sarracenos, en los Santos Lugares, volvieron a Europa
llenos de santa indignación por las prevaricaciones de los caballeros cruzados.
Parece que llevados de su piadoso celo por la causa de las Cruzadas, exhortaron
los capuchinos a la infancia inocente para que continuase la obra con espíritu
sano y limpio. También es posible que a su retorno hayan vuelto por Venecia
estos predicadores y que allí se haya visto corroborada su exaltación por
personas interesadas en la posibilidad de nuevas expediciones y de excelentes
negocios a costa de los expedicionarios y de los peregrinos.
Lo
cierto es que en Borgoña apareció por entonces un fraile capuchino dedicado a
la predicación, y que de allí fue de donde partió el movimiento en su primera
evolución espontánea.
Contaba
el predicador que había sufrido tanto en los Santos Lugares, que ya no podía
seguir confiando en los cruzados mayores en adelante. Si se dirigía a la
infancia inocente, era porque le constaba su pureza de vida e intenciones, pues
para liberar definitivamente Jerusalén y recuperar los Santos Lugares, estimaba
indispensable en los cruzados una fe y una voluntad intactas. El mar se abriría
ante ellos -prometió- para no mojarles siquiera los pies, y del cielo caería
el maná que había de alimentarles en el curso de su empresa.
Una
vez que en junio de 1212 predicara en las localidades de Beaupuys y Cloies,
cerca de Vendóme, exhortando a los limpios de corazón a llevar adelante la
obra casi malograda por culpa de los primeros cruzados, habían acaecido después
de su marcha prodigios admirables, que bien podían ser tenidos por señales de
futuros acontecimientos de mayor trascendencia. Así, por ejemplo, todos habían
observado migraciones nunca vistas de peces, ranas, mariposas y pájaros. Sólo
los ancianos recordaban algo semejante en vísperas de fechas especialmente señaladas
en los anales históricos: los estragos causados por los perros en la Champagne
y el desvarío en que habían caído miles de mujeres que por todas partes se veían
andar desnudas y encerradas en un obstinado mutismo, hasta que al fin el temor
de Dios las había hecho caer al suelo convulsas.
En
este ambiente y con estos antecedentes nadie se sorprendió de que en los últimos
días de junio se sintiese llamado ala misión de enviado del Señor en el
pueblo de Cloies el pastorcillo Esteban, como el pastor Moisés lo había sido
en su día.
Después
de la visión o revelación tenida, abandonó el rebaño, corrió al lugar y
reunió a todos los niños. Pero no solamente los niños le escuchaban, sino
también los mayores, que no por eso castigaban al muchachuelo de catorce años,
persuadidos de que era Dios quien hablaba por boca de él.
";Escucha,
Dios mío, -clamaba Esteban en la plaza del pueblo- a la cristiandad ¡Devuélvenos,
Señor, la verdadera Cruz! Yo soy, amigos míos, vuestro capitán, que ha de
conquistar con vosotros la Tierra de Promisión. Ante nuestro ejército de
nuevos israelitas espirituales ha de secarse el mar que nos separa de las costas
de aquella Santa Tierra".
Mientras
esto decía, estaban los niños y aún los padres y las madres de los infantiles
oyentes viendo cómo se abría ¡el cielo anubarrado detrás de la cabeza de
Esteban, para dejar paso a un milagroso paisaje: los montes de los sarracenos, y
detrás de ellos, los blancos mármoles de Jerusalén.
Al
cabo de unas horas salía de Cloies Esteban y proseguía su peregrinación, llevándose
a todos los niños del lugar sin oposición por parte de los mayores.
En
el camino hacia Eeaupuys se le iban incorporando los que trabajaban en las
tierras de labor. Todos arrojaban sus aperos y no había manera de disuadirles
de seguir a Esteban.
Llegados
a Beaupuys hallaron cordial acogida entre sus habitantes, que les socorrieron
largamente y tampoco se opusieron a que los niños del lugar fuesen a engrosar
la expedición, aún cuando la mayoría de ellos no llegaba a los doce años de
edad.
Al
cabo de una semana apenas, en St. Denis, ya la campaña del pastorcillo Esteban
era un movimiento de grandes vuelos en plena marcha. También en esta localidad
veía la gente los blancos palacios de mármol de Sión al tiempo que Esteban la
arrebataba con sus encendidas exhortaciones prescribía el pastorcillo las
murallas de Jerusalén, y en el acto aparecían sobre el azul del cielo
netamente recortadas, como antes habían asomado a la celestial pantalla los
palacios soñados.
La
noticia de estos prodigios corrió rápida por todo el país, y en muchos
lugares de Francia se organizaban comitivas infantiles, que en bien ordenadas
formaciones acudían, portando cruces y estandartes, allí donde Esteban había
instalado su cuartel general.
Estos
solemnes desfiles infantiles atraían irresistiblemente a los niños y niñas en
número cada vez mayor. Durante las largas marchas fatigosas entonaban himnos,
que poco a poco se fueron popularizando, hasta convertirse en el estribillo de
todos. Uno de ellos era el siguiente:
“Confiados
marchemos en que la gloria que hemos soñado alcanzaremos con paciente
constancia.
El
Señor venqar quiere por mano de la infancia al que en una cruz muere.
De
remotos confines manda los paladines el Espíritu Santo”
Pero
sólo durante los primeros días dejaron los padres y los sacerdotes y
religiosos que los hijos abandonasen el hogar, el pueblo y la patria, para
unirse a una empresa de incierto resultado y evidente peligro. Al principio
estaban como aturdidos en su actitud irresoluta; pero no tardaron algunos en
despertar de su deslumbramiento y en recobrar la reflexión, la plena conciencia
de todo lo que allí se estaba jugando.
Con
la misma rapidez conque se había extendido la corriente de seducción corrió
ahora la alarma y preocupación de las personas mayores, llegando en ciertos
casos a adelantarse incluso a la riada emocional infantil. Cuando así sucedía,
los padres y los religiosos la esperaban preparados, cuidando los sensatos -como
siempre, también ahora en minoría- de poner diques en lo posible a tan
lamentable predicación. No vacilaron estas personas de excepción en calificar
la cruzada infantil de locura peligrosa y en retener por la fuerza a todos los
menores que pudieron. Sólo que en la mayoría de los casos no prosperó su
intento de resistir a la oleada de exaltación religiosa: la opinión general
estaba contra ellos.
Se
les motejó de no comprender todo el verdadero efecto del divino influjo en las
almas de los inocentes. Y no tuvieron más remedio los resistentes que entregar
sus hijos bajo la presión de las amenazas.
Es
de notar asimismo que muchos de los adolescentes incorporados no dejaban atrás
grandes preocupaciones, ni, menos, lágrimas de los padres y de las madres.
Muchos hijos de hidalgos, de caballeros pobres, de mayorazgos y de barones
apenas habían conocido en su vida otra cosa que las penalidades. Pasar hambre,
dormir sobre el estiércol de los caballos y aguantar la grosera disciplina de
los criados, había sido su diaria experiencia. Por eso se les antojaba ahora la
llamada del pastorcillo Esteban como un eco del Paraíso, en donde podrían
llevar, por fin, una vida grata, gozando de libertad y de seguro amparo.
También
los novicios de estudio o protegidos de los estudiantes antiguos, que los
tutelaban, y los aprendices de gremios artesanos, los hijos de los labradores y
los chicos de las escuelas, hartos de sufrir desmedidos castigos, desprecios y
tiranías, veían aquí la posibilidad de escapar a la tortura de sus jóvenes años.
El cruzado Esteban, llamado por Dios de entre los rebaños con los reyes de
Israel, iba a conducirlos al punto a un paraíso terrestre, exento de penas y de
trabajos.
En
cuanto las comitivas y agrupaciones llegaban ante el prodigioso Esteban en los
puntos previstos para sus concentraciones, se apresuraban a testimoniarle un
amor y una reverencia rayanos en la idolatría. Un hilo de sus vestiduras o un
cabello de su cabeza les bastaba para considerarse en poder de una reliquia
inapreciable.
Lentamente
avanzaba el ejército infantil, las cohortes de "legionarios de
Cristo", hacia el sur, en dirección a Marsella. Al frente de sus
formaciones, que de pueblo en pueblo aumentaban sus efectivos como bola de nieve
rodando por la pendiente, marchaba un coche ricamente adornado, en e1 que
Esteban, vestido de blanco y con la roja insignia de la cruz prendida al hombro
derecho, se exhibía arrogante. Una nutrida escolta de muchachos especialmente
fuertes rodeaba el carruaje en las marchas diurnas, o vigilaba y guardaba la
tienda o la casa en donde pernoctaban. Porque fueron varias las tentativas para
apoderarse de Esteban y poner término de una vez a la delirante campaña, como
seguramente se lo hubieran puesto en cuanto la dejasen sin el fetiche pastoril.
Pocas
semanas transcurrieron sin que el fantástico torbellino de la infantil expedición
arrastrase también a las personas mayores y las incorporase a la empresa.
Incluso religiosos, artesanos y campesinos se sumaron al movimiento y pasaron a
engrosar sus filas. No obstante, la mayoría de las huestes la formaban
calificados integrantes de la chusma social, como músicos ambulantes, ociosos,
frailes y monjas exclaustrados, proscritos, delincuentes en rebeldía, ladrones
y tahures, sin contar a la nube de rameras, rufianes y alcahuetes que pululaban
al paso de los infantiles cruzados. Toda esta pintoresca tropa infiltrada entre
los inocentes exaltados, seguía viviendo de sus viejas mañas, recogiendo
limosnas en nombre de la santa Causa, coaccionando a los aldeanos y cayendo como
verdadera plaga sobre los posaderos. En la Provenza hicieron su entrada los
cruzados con treinta mil expedicionarios entre hombres, mujeres y niños, puesto
que veinte mil por lo menos eran menores de edad. Su paso, como el de una plaga
de langosta, dejaba asoladas las más ricas localidades de la margen del Ródano.
Cientos
de niños agotados iban quedando al borde de la ruta durante la marcha, sin que
nadie se cuidase de los extenuados, de los enfermos, de los moribundos. Nubes de
moscas y mosquitos caían sobre ellos y hasta los perros los atacaban. Los
campesinos, atemorizados por la supersticiosa creencia de que aquellos niños
hubiesen sido tan manifiestamente dejados de la mano de Dios y descalificados así
para la empresa, hacían grandes rodeos en torno a los caídos para evitar su
encuentro. Era, no cabe duda, una época aquella de encendida fe, pero ruda y
despiadada al mismo tiempo. Entre el afán de alcanzar la salvación y el
apetito de placeres terrenos, apenas quedaba lugar para la compasión del prójimo
y el enternecimiento ante la infancia desvalida.
Tarascón
consiguió mantener cerradas sus puertas al peligroso ejército de los pequeños
cruzados. El Consejo Municipal no solamente se vio amparado en su resistencia
por la máxima autoridad teológica de la Escuela de París, que había
decretado la prohibición de entrada de los niños, sino también por un decreto
Real, disponiendo el retorno de los cruzados menores a los hogares paternos,
después de haber oído el Rey el dictamen de los prelados competentes.
Verdad
es que la orden del Rey y la prohibición de los teólogos resultaron
desvirtuadas en gran parte de su previsto alcance por las manifestaciones
inesperadas del Papa Inocencio III, tan sensato en casi todas sus
intervenciones, aprobando y aún aplaudiendo la actitud de los niños.
"Estos
niños -decía Inocencio- nos hacen sentir el oprobio de nuestra conducta:
mientras nosotros nos echamos a dormir, ellos parten alegremente a la conquista
de la Tierra Santa".
Un
cálido anochecer de agosto acampó el ejército de pueriles legionarios de
Cristo en los pueblos de las cercanías de Tarascón, con toda su caterva de
monjes, sacerdotes, religiosas, vagos, juglares y aventureras de copiosa
impedimenta.
El
cuartel general con Esteban al frente, su coche triunfal y su bien disciplinada
guardia de corps había buscado, como de costumbre, la localidad más importante
y rica para su alojamiento.
Poco
era lo que Esteban hacía por sus pequeños adeptos, caídos o agotados de los
esfuerzos de la marcha, ni parece que haya pensado nunca en organizar un
servicio de socorro en favor de los más débiles. En cambio, tenía muy bien
prevista la propia defensa contra las usurpaciones, las extorsiones y las
violentas exacciones de los criminales elementos incorporados a las huestes
infantiles a pesar de su mayor edad. Ni aún carecía de facultades para
exigirles responsabilidades a quienes en su nombre recaudaban limosnas y
provisiones, dinero y víveres y trataban de defraudarle, reservándoselas en
todo o en parte.
Sin
pretenderlo ni siquiera darse cuenta de ello, la escolta personal de Esteban había
ido evolucionando y de hecho llegaba a ser una especie de policía militar
incontrastable en su poder. Intervenía con fuerzas tan considerables y con
tanta decisión usaba los cuchillos y los garrotes, que no había manera de
oponerle resistencia efectiva y todos la temían. En cuanto al servicio de
información, corría a cargo de las mujeres de mala vida, que enseguida
enteraban a Esteban o a su guardia de la lleada -de cualquier cosa de valor
conseguida de limosna o sencillamente robada. Al poco tiempo, la guardia se
incautaba de lo recaudado, recurriendo para ello a la amenaza o a la fuerza.
Sin
embargo, ni toda esta coactiva rapiña de un mando autoritario y egoísta
bastaba para menoscabar la fe y el fervor de las infantiles legiones. Como no
los hacían flaquear el libertinaje desvergonzado de las rameras, el cinismo de
los rufianes, la bajeza de las Celestinas, ni los excesos de los criminales, a
pesar de que a diario se les ofrecían como espectáculo. La religiosa exaltación
de la infancia peregrina era inconmovible.
Como
sonámbulos o visionarios, vivían sólo para el insuperable anhelo de felicidad
sobrenatural que los había puesto en marcha, y pasaban sobre las miserias y
penalidades de este mundo como absortos y sin pararse a considerarlas.
El
niño individual se había diluido en la muchedumbre y pasado a integrar la
masa, la cual seguía con instintivo impulso incontenible la simple llamada de
aquella blanca figura subida al coche de la cabeza de la comitiva. Era un extraño
ejército fluyendo sin tregua ni deliberación, como las aguas del Ródano,
hacia un mar interpuesto entre él y las opuestas costas, plenas de promisoria
dicha celestial.
En
la gran plaza mayor, frente a la posada y al andén de descarga del camino real
que va del Norte al Sur detuvo Esteban su coche. Como en los altos de las noches
precedentes, todos los niños rodearon a su jefe, para recibir de la guardia las
raciones, en tanto que aquél comía y bebía regaladamente.
En
la posada se alojaba, detrás de los cristales de aquellas ventanas bien
iluminadas, el alegre borrachín y gracioso bribón de Lucius, el verdadero amo
de las rameras y de las Celestinas peregrinantes.
"¿Qué
debo hacer, maestro -le preguntó un religioso exclaustrado-, para merecer una
vida alegre?".
Y
Lucius, que gozaba de indudable prestigio, no solamente por su influencia, sino
por la mordacidad de sus ocurrencias, repuso con su voz chillona y vinosa:
"No
te pases de justo y escrupuloso: no deberás matar, sino contentarte con cometer
adulterio; no apetecer la hacienda de tu prójimo, sino codiciar su esposa,
porque el árbol que no da fruto merece ser maldito. Y esto que a ti te digo, lo
digo para todos.
Nadie
debe estar sin su amante entre nosotros. Pero, además, comed y bebed de firme;
que el que bebe, sus pecados bebe, y no sólo de pan vive el hombre. Quien tenga
dos capisayos, dele al que no tiene ninguno. Pero también habéis de pensar en
que es obligación de quien tiene, guardar y tomar de los otros siempre que
pueda.
Procuraos
amigas con el injusto Mammon, para que os reciban en sus casas cuando paséis.
Yo mismo os doy el ejemplo al obrar como estoy obrando, para que vosotros hagáis
otro tanto. Alegraos como podáis, pues lo principal es eso: alegrarse. Bien le
está al descreído que le suceda lo mismo que teme. En cambio el justo lleva su
recompensa y su premio en sí mismo. Yo creo firmemente en dios Baco, padre de
todos los "buenos bebedores".
Pese
a las estrepitosas carcajadas que siguieron a los espirituales consejos del truhán
y que se dejaron sentir en la misma piaza, también llegaban a ella los ecos de
las claras voces infantiles de miles de cantores que entonaban el antiguo himno
triunfal de los cruzados con cadencias de inocente pureza:
“En
nombre del Señor marchemos los que a su amor nos acogemos.
Sostenga
la virtud divina a quien por Cristo peregrina y a su sepulcro se avecina.
Kyryeleyson.
Guárdenos
el Sepulcro Santo que ya guardara en el quebranto de sus heridas al Señor.
Volando
en alas del fervor, lleguemos a Jerusalén.
Kyryeleyson”
LA
CRUZADA INFANTIL ALEMANA
Casi
al mismo tiempo, en julio de 1212, se reunieron en la cuenca del Rhin inferior,
cerca de Colonia, los niños alemanes dispuestos a salir en cruzada. La figura
central de esta reunión era un muchacho de diecinueve años, puesto adrede por
su codicioso padre al frente de la futura expedición para sacar provecho de
ella.
Al
principio portaba un bastidor, en el cual iba montada una cruz semejante en su
forma a la T latina. Sólo que como era todavía muy pequeño y hasta de escaso
peso el artilugio se le iba a veces de las débiles manos, idearon construir
otro de mayores dimensiones, piara que entre varios de los muchachos más
fuertes lo llevasen delante de Nicolaus, el ya citado, joven de diecinueve años
puesto por su padre al frente de la expedición.
A
los primeros peregrinos infantiles se les agregaron, como en Borgoña y Francia,
bastantes personas mayores, sobre todo campesinos y tunantes, sin contar la
escoria social de peligrosos aventureros, que entonces constituían el
sobresalto de cuantos hombres honrados necesitaban viajar por Europa, pues hacían
sobremanera inseguros los caminos. Estos sujetos, desplegados en gran parte en
avanzadilla de la expedición propiamente dicha, iban sembrando el rumor de que
los piadosos niños, que muy pronto llegarían por la vega del Rhin, tenían de
cruzar a pie enjuto el mar por la costa meridional de los Alpes y establecer en
Jerusal.n un reinado de paz imperecedero. Para lo cual solicitaban de las gentes
devotas limosnas con destino a los infantiles cruzados fundadores y se las
gastaban luego por su cuenta en borracheras y juegos tabernarios.
En
unas pocas semanas había llegado a sumar la expedición el número de veinte
mil chicos y chicas. En estas condiciones, nadie podía ya detenerlos y hacerles
desistir de su intento. De pronto y como llevados de un ciego instinto, habían
seguido al insignificante Nicolaus, después de fugarse durante la noche del
hogar paterno o de salir de día en procesión colectiva delas aldeas y pueblos
para sumarse a los imponentes desfiles de los peregrinos.
Con
ramas de abedul y varas de avellano se habían hecho los pequeños peregrinos
sus báculos o bordones, y en los hombros lucían el símbolo de los cruzados en
varios colores. Se los habían cosido de jirones de paño, azules, negros,
blancos o rojos.
Entre
bandoleros y embaucadores de la chusma de experiencia y edad, eran los pobres niños
inocentes los que habían prestado oído a la llamada de la lejana Jerusalén y
a ella acudían en su indefensa intrepidez. Nadie más que los niños había
percibido tampoco la voz pidiendo socorro; la voz que, por cierto, creían
distinguir más clara a medida que se acercaban a los Alpes. En realidad, no sabían
siquiera en donde estaba Jerusalén, y hasta los había sin la menor idea de lo
que pudiera ser el nombre aquél, que tomaban por uno de los de Cristo.
Los
niños alemanes carecían del poder y de la disciplina que caracterizaban al
pastor Esteban y a su escolta, de suerte que estaban, en realidad, a merced de
los codiciosos campesinos y de los ladrones y salteadores. Los que se apartaban
del grueso de la comitiva o no se sentían capaces de seguir la marcha al ritmo
de sus compañeros, corrían el peligro de caer en manos de la canalla
ladronesca y ser vendidos a los labriegos.
Muchos
de ellos, ya en Alemania, perecieron de hambre, muriendo como perros al borde
del camino, en donde se habían rezagado. Incontables niños lisiados buscaban
en la expedición el remedio a sus diarios tormentos. Hombres con alma de
negreros y mendigos sin conciencia los habían mutilado de muy niños, privándolos
de una pierna o de un brazo, o saltándoles un ojo, para poder luego despertar
con ellos la compasión. Estos desdichados hallaban, como es de suponer, un gran
alivio a su penosa situación al perderse entre la masa de entusiastas
expedicionarios, en donde se sentían acogidos sin reservas y estimulados al
olvido de las propias miserias por el ambiente de exaltada esperanza allí
reinante. Un benigno anticipo de la soñada beatitud se les concedía ya en la
tierra.
Ni
aún a la vista de las dificultades de los pasos alpinos, con sus escarpadas
pendientes y la inclemencia del tiempo en ellos reinante, se entibió su loco
entusiasmo y se resolvieron sensatamente a desistir. Fueron los mayores quienes
se retiraron entonces, mientras ellos continuaban solos e indefensos escalando
los temibles senderos. Por millares fueron cayendo y quedando atrás, en espera
de la muerte lenta y dolorosa de los abandonados.
Por
más que algunos emprendieron la retirada, intimidados por la majestad imponente
de aquellos montes; por más que muchos perecieron de hambre y quedaron
insepultos en el camino; por más que cientos de muchachas cayeron en manos de
rufianes y alcahuetas, ni el sobresalto, ni el miedo a las privaciones empañaron
a sus ojos la brillante imagen de la Jerusalén soñada.
De
los veinte mil niños que habían emprendido la peregrinación, sólo algunos
millares 11egaron el 20 de agosto a la ciudad de Piacenza, y cinco días después,
a Génova.
Como
el Podestá de esta última ciudad recelase que la misteriosa y fantástica
expedición infantil disimulaba alguna asechanza bélica de los enemigos,
dispuso que los peregrinos abandonasen inmediatamente la ciudad y sus
inmediaciones. Medio a rastras, se fueron alejando de ella, en efecto, en
dirección al puerto de Brindisi, con objeto de esperar allí a que se secase el
Mediterráneo y les permitiese entrar a pie enjuto en la Tierra de Promisión.
Por
su parte, el Obispo de Brindisi, les ordenó a los miserables restos de la
infantil cruzada que regresasen al hogar. Lo que no les dijo ni pudo decirles,
fue cómo y por dónde habían de volver, cuando las nieves y los hielos les
cerraban los pasos alpinos y se encontraban ellos en extremo agotados.
Así
fue como cayeron y desaparecieron para siempre los niños de la expedición
alemana a Tierra Santa.
Únicamente
Eustaquio, el hijo de unos nobles, y Conrado,, que lo era de una cortesana,
alcanzaron de retorno la ciudad de Colonia, en la que entraron descalzos y en
los huesos, como dos fantasmas sepulcrales. Cuando les preguntaron que qué era
lo que realmente habían ido a buscar en su salida, respondieron, alzando la
cabeza como si saliesen de un largo sueño, que ni ellos mismos lo sabían.
Al
tiempo que la expedición infantil alemana se dirigía a Brindisi, entraban
también en Marsella veinte mil niños franceses y borgoñones, y, sin pararse a
nada, buscaban la playa mediterránea y recogían en ella conchas destinadas a
servirles de enseña de peregrinos.
Mientras
que ellos se entretenían en este inocente capricho y esperaban el prodigio de
la retirada de las aguas, los importantes mercaderes Ugo Ferri y Wilhelm des
Posqueres entraban en acción precipitadamente, después de haber estado
esperando largo tiempo la llegada de la expedición. Su primera providencia fue
la de ponerse al habla con el Consejo Municipal marsellés, consternado ante la
súbita presencia en la ciudad de aquel alud infantil, para brindarle el
servicio gratuito lo hacían "por el amor de Dios" de evacuar a la
caterva en siete barcos a Siria.
Como
lo habían prometido lo hicieron, y poco después zarpaba la flota con rumbo al
Sur. Junto a la isla de San Pietro, en las cercanías de Cerdeña, dos de los
barcos naufragaron en una tempestad. Con el tiempo, el Papa Gregorio IX mandó
erigir en la isla una iglesia en memoria de "los nuevos Inocentes" que
allí habían hallado la muerte.
Los
otros cinco barcos arribaron sin novedad a Bugía y Alejandría.
Los
millares de niños aún restantes fueron conducidos inmediatamente, con
cuatrocientos religiosos que habían acompañado la expedición, al mercado de
esclavos y puestos a la venta.
Por un documento del "dominus Afassilie Raymond de Baux" se cree saber que el "amor de Dios" por el que el mercader Ugo Ferri decía estar dispuesto a evacuar a los niños hasta Tierra Santa, consistió en 80.000 ducados de oro.
Gustav Schenk
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