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HITLER Y LAS CONSECUENCIAS

Nüremberg, 8 a 13 de septiembre de 1936, «Reichsparteitag (dieta imperial del partido) del honor». La ciudad se había convertido en un mar de flores, banderas y estandartes. Masas uniformadas y no uniformadas chorreaban por las calles como riadas. El periodista inglés W ard Price quedó tan impresionado por las manifestaciones, que exultó en el «Daily Mail» con esas palabras: «Lo que he visto esta noche puedo denominarlo sin exageración como el más magnífico espectáculo humano que la historia jamás haya visto.» Para la «dieta imperial del honor» se había construido en las afueras de Nüremberg, la casi milenaria ciudad, en el prado de Zeppelin, un recinto monumentalmente decorado con tribunas capaces para 120.000 personas, con columnatas porticadas y el «bloque del Führer». Al tercer día desfilaron por él 45.000 hombres del servicio del trabajo. Con las palas relucientes al hombro, esta masa realizó movimientos de exactitud militar como una máquina de muchos miles de cabezas, para desfilar a continuación, al paso de la oca, ante la tribuna del Führer. Siguieron asambleas y distribución de premios.

A las 10 de la mañana del sábado, el jefe de la organización juvenil dio la novedad de 45.000 muchachos de la HJ (juventud hitleriana) y 5.000 muchachas del BdM (asociación de muchachas alemanas) formados en el estadio, y por la noche desfilaron sobre el prado de Zeppelin 90.000 caciques políticos con sus banderas desplegadas. Cuando hacia las 19,30 cayó la oscuridad, 150 focos de la defensa antiaérea proyectaron hacia el cielo una catedral de luz ideada por Speer. El domingo trajo el paso de 75.000 hombres de la SA (sección de asalto) y 20.000 hombres, de negro uniforme, de las SS (escuadras de protección), a los que se sumaron 10.000 hombres del NSKK (cuerpo de chóferes nacionalsocialistas), además de 2.000 aviadores. Todos juntos desfilaron ante Adolf Hitler y su cuerpo de mando en 36 columnas de marcha de gran profundidad. En el día de la Wehrmacht, el «tercer Reich» mostró sus más nuevas piezas artilleras, carros de combate y máquinas de guerra antiaéreas.

Ante el cuerpo diplomático en pleno demostró la potencia militar de la «nación vuelta a despertar». Todo era uniformidad, coordinación forzosa, concentración de masas, ondear de banderas, música de marchas militares y un ronco griterío de aclamación. Menos de 10 años más tarde, el águila gigante que coronaba la tribuna presidencial había sido derribada a cañonazos por los americanos, las columnatas habían sido dinamitadas y el prado de Zeppelin era un campamento ocupado por tropas extranjeras.

Pero entonces -1936-, en el punto culminante de un imperio aparentemente renacido con todo su poder y vigor, en el año de los juegos olímpicos que se celebraron en Berlín, todo era todavía júbilo y embriaguez.

Dieciocho años antes de esa «dieta imperial del honor», el honor, la nación y el futuro parecían estar perdidos para siempre. De buena fe, creyendo que debía luchar por su vida, el pueblo había seguido la llamada del emperador y de la clase alta militarista, feudalista y capitalista a la primera guerra mundial. Había tomado a cuestas sacrificios enormes, pero había perdido la guerra. Puesto que la ruina militar, económica y política había coincidido en el tiempo con la revolución liberadora, no les había sido difícil a los nacionalistas y militares incorregibles poner en circulación la leyenda de la «puñalada por la espalda» y la sospecha de una conspiración mundial contra Alemania. La república de Weimar, la democracia en suma, apenas podía afianzarse en un país en el que estaban profundamente arraigados el total sometimiento de los súbditos y la glorificación de los héroes. El resto corrió a cargo del tratado de paz de Versalles. Era prácticamente un dictado de los vencedores que echaba todas las cargas sobre las espaldas de un vencido honorable. En 1919 el antiguo enlace y cabo Adolf Hitler está en el hospital militar de Pasewalk, donde se entera de la revolución y del fin de la guerra.

Confiesa: «En aquellas noches creció en mí el odio, el odio contra los autores de este acto...» y se pone en marcha bajo el signo del odio. «Determiné hacerme político.» El tiempo impulsa a las gentes a sus brazos. Caen sobre Alemania levantamientos comunistas, asesinatos impunes de los radicales de la derecha, la ocupación de la región del Ruhr por Francia en 1923, el pago de grandes cantidades en concepto de reparaciones y entregas de materiales impuestas por los aliados, la inflación y la depauperación de muchos. El pueblo busca una salida y exige responsabilidades a los culpables. El gran flautista expone las cosas de modo simplista y sabe traducir las preocupaciones de todos con el tono del honrado y sencillo excombatiente en frases como mazazo s al alcance de todos. «Deshacerse de Versalles», por ejemplo, puede entenderlo la nación entera. Comienza la «época de lucha» de Hitler. E inmediatamente se hace patente su segunda tendencia errónea además del odio que lo impulsa: la ilusión. Una y otra vez confunde sus deseos con lo realmente posible.

Como un aficionado, intenta el 9 de noviembre de 1923, apoyado en unos cuantos cuerpos francos y las vagas conformidades de varios políticos bávaros, el golpe de estado. Quiere iniciar la «marcha sobre Berlín» con unos pocos millares de sus seguidores militantes y fundar el legendario «tercer Reich». Esta marcha sólo conduce de momento desde el Bürgerbraukeller, su cervecería favorita, hasta la Feldherrnhalle, donde termina bajo las salvas de la policía.

La débil democracia le permitió a continuación convertir su subsiguiente juicio en una tribuna propagandística y transformar su «prisión militar honrosa» en Landsberg en un martirio nacional. Después regresa a la política. En adelante actuará de modo «legal., mientras sigue ampliando y reformando sus unidades de combate SA y SS, de modo que los años hasta 1933 están repletos de batallas de matones, manifestaciones callejeras, asesinatos y violencias. En estos años también cobra gran empuje el partido comunista de Alemania, asustando a los burgueses, que finalmente, entre Escila y Caribdis, ponen todas sus esperanzas en el NSDAP (partido obrero nacionalsocialista alemán) y su jefe Hitler, quienes, al fin y al cabo, prometen la libertad, la liquidación del dictado de paz de Versalles y el fin de la corrupción y el terrorismo callejero. Mediante la ayuda de los nacionalistas alemanes, una parte del ejército imperial, los bancos y la industria, los estudiantes y profesores, el «movimiento, se convierte para muchos en la única solución aparente. El presidente imperial Hindenburg nombra canciller al «cabo de Bohemia..

Con ello comienza un nuevo capítulo de la historia. A los regímenes fascistas se añade el tercer Reich.

El 27 de febrero de 1933 arde el edificio del Reichstag, la dieta imperial, en Berlín. Ello se convierte en motivo para la detención de 4.000 funcionarios comunistas, para la prohibición de la prensa socialdemócrata y comunista. La «ley de concesión de poderes, pone en manos de Adolf Hitler tanto el poder legislativo como el ejecutivo: nace con ello el estado de partido único, en el que rápidamente, cada vez más rápidamente, desaparecen el derecho, la personalidad y la libertad.

En 1935 se promulgan las «leyes de Nuremberg» que ponen a los ciudadanos judíos al margen de la ley humana. Entre los bosques y los pantanos, entre vallas de espinos y murallas surgen los campos de concentración. La Gestapo y el SD (servicio de seguridad) ejercen su poder, incontables «jefes» y «jerarquías» controlan las gentes; la prensa, la radio, el cine y el teatro y una interminable serie de manifestaciones obnubilan la opinión pública. El pueblo no sabe su fin.

Se le emborracha con dietas imperiales del partido, marchas, banderas, músicas y triunfos políticos. Se construyen autopistas, fábricas, edificaciones mastodónticas, cuarteles, buques, cañones, aviones y tanques. Y los países democráticos dan, finalmente, a Hitler lo que durante demasiado tiempo negaron a la república; estadistas occidentales le ofrecen sus respetos y firman tratados con él. El mundo va a una catástrofe inconcebible.

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