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En
el siglo II antes de Jesucristo vivían en Alejandría dos hábiles
mecánicos y constructores de máquinas:
Ctesibio y su discípulo Herón.
Las siguientes líneas de un escritor de Alejandría muestran lo que
era la mecánica en aquella época:
«Para la vida práctica las
artes principales son las siguientes: el arte de las garruchas, pues
este tipo de polea permite levantar pesadas cargas que de otro modo
seria imposible mover, y esto con poco esfuerzo; después el arte de
aquellos que construyen mecanismos de proyección, porque son útiles
en tiempos de guerra, ya que las máquinas del género de las
catapultas lanzan a gran distancia proyectiles de piedra, de hierro o
de otros materiales; y, finalmente, el arte de aquellos que pueden
llamarse con toda propiedad constructores de máquinas, pues con la
ayuda de los mecanismos hidráulicos que construyen elevan el agua a
grandes alturas. Reciben el nombre de físicos estos artistas, de los
cuales algunos utilizan la teoría del aire, como Herón en su "pneumática";
otros se esfuerzan, con la ayuda de cuerdas e hilos, en imitar los
movimientos de los seres vivientes, como lo demuestra Herón en su
teoría de los autómatas; otros construyen autómatas movidos por el
agua, como indicó Arquímedes, o clepsidras como las diseñadas por
Herón; físicos son igualmente los que saben construir globos y
representan el movimiento del cielo por un movimiento en círculos
regulares del agua.»
Herón, el genial inventor,
concibió y describió más de sesenta aparatos mecánicos. Es curioso
que la mayor parte fueran destinados a la magia y que sólo cuatro
sirvieran para usos profanos: la ventosa, la bomba de incendios, la
clepsidra... y el W.C.
En su libro Los ángeles de
metal, Kiaulehn describe así algunas máquinas utilizadas para el
culto:
«Con sus autómatas movidos
por vapor, Herón había convertido los templos en lugares de
misterio. Cuando los fuegos sagrados habían sido encendidos sobre el
altar, una trompeta de piedra daba una señal y los fieles acudían.
Entonces, cuando se habían
congregado ante el templo, podían ver cómo las grandes puertas se
abrían por si solas. Y cuando penetraban en el santuario, tras hacer
girar las ruedas de bronce que se encontraban a la entrada -pues los
antiguos creían que tocar el bronce purificaba al hombre- caía una
fina lluvia de agua perfumada mientras unos pájaros de bronce abrían
los picos y dejaban oír un canto sobrenatural.
Los sótanos del templo
estaban ocupados por equipos de poleas, saltos de agua, ruedas
dentadas y conductos de vapor que servían para crear estos milagros.
En el fondo del templo ardía la llama de los sacrificios, sostenida por las manos de los sacerdotes inmóviles. Los sacerdotes eran de bronce, y sus manos de metal podían introducirse en la llama sin que sintiesen nada. Al final del servicio religioso una fina lluvia les caía de los dedos y apagaba la llama.»
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Una de las pocas máquinas que nos han llegado de Herón. En el recipiente central el agua era calentada por la hoguera. El vapor subía por los conductos hasta la esfera. Al salir a presión, por los delgados agujeros de los pequeños tubos, la hacía girar a una velocidad sorprendente. La idea aplicada a la "magia" de Herón, permitía que el artefacto tirara de una cuerda o una cadena con más poder que los músculos de muchos esclavos. |
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Todos estos grandes autómatas
de Herón estaban completados por cierto número de instrumentos de
magia, que sólo podían utilizar los sacerdotes. Con este fin Herón
construyó una jarra mágica que llamó «prochyte», que permitía
escanciar vino rojo o vino blanco a voluntad. La jarra mágica de Herón
ha permanecido en el misterio durante siglos enteros, pero hoy día
los prestidigitadores admiran al público escanciando de una misma
jarra café o leche, o ambos líquidos mezclados.
Pero ¿cómo se las compuso
Herón para que los sacerdotes de bronce apagasen, por medio de una
lluvia vertida por sus dedos, el fuego del altar? El altar, lo mismo
que las estatuas de los sacerdotes, estaba hueco y colocado sobre un
pedestal también hueco; éste era un recipiente de agua. La separación
entre las estatuas, el altar y el pedestal estada dotada de agujeros
por los cuales pasaban tubos que terminaban en las manos de las
estatuas de los sacerdotes. Antes que los servicios religiosos
comenzasen el recipiente estaba lleno de agua; cuando se encendía el
fuego sagrado calentaba no sólo el altar, sino también el agua
colocada en el recipiente del pedestal. Herón calculaba que el aire
contenido en el altar, calentado por la llama se dilatara de tal
suerte que rechazaría el agua en los tubos hasta las manos de los
sacerdotes, y de éstas caería sobre el fuego.
De acuerdo con este mismo
principio, Herón había ideado la máquina destinada a abrir y cerrar
automáticamente las puertas del templo. Éstas se movían sobre ejes
que atravesaban el suelo y alcanzaban los sótanos. Alrededor de estos
ejes estaba arrollada una cadena, uno de cuyos extremos sostenía un
peso y el otro estaba unido a un recipiente; este recipiente lleno era
más pesado que el contrapeso unido al otro extremo de la cadena. Al
llenarse el recipiente arrastraba la cadena de tal modo que hacía
girar los ejes, y las puertas se abrían. Este recipiente se llenaba
automáticamente a través de un tubo acodado, una de cuyas
extremidades partía de un recipiente en comunicación a su vez con el
altar vacío. Cuando ardía el fuego sobre el altar, el aire que
contenía se dilataba y comprimía el agua, que se vertía en el
recipiente fijado a la cadena. Por el contrario, una vez extinguido el
fuego, el aire recobraba su volumen normal y el agua era espirada por
el recipiente, que, aligerado, resultaba menos pesado que el
contrapeso fijado a la cadena, y los ejes giraban en sentido inverso,
cerrando las puertas del templo.
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