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De pronto -él mismo me lo contó en aquel lugar, durante una jornada pasada en su compañía con objeto de un reportaje realizado con Alain Decaux para la Televisión-, el general divisó entre los árboles un leve resplandor rojizo: Era el tren de los plenipotenciarios que, frenado suavemente, entraba marcha atrás en el otro tramo del desvío. No sin emoción, el general entró en el vagón vecino, donde se había instalado la habitación de Foch.

-Señor mariscal -le dijo al despertarle-, he aquí Alemania y su destino.

El encuentro había sido filado para las nueve.

-Les esperé ante la puerta del vagón -prosigue el general Weygand- y les vi llegar en fila india por el camino enrejado que unía a ambos trenes. Después les precedí hasta llegar al aposento Que habitualmente nos servia como oficina de trabajo.

“En el salón -escribiría por su parte Erzberger- se había Instalado una gran mesa, con cuatro butacas a cada lado. Poco después hizo su aparición el mariscal foch. Era un hombrecillo de facciones enérgicas y que revelaba a la primera ojeada el hábito del mando.”

Al otro lado de la mesa se colocaron el generalísimo, con el general Weygand a su izquierda y el almirante sir Rosslyn Wemyss a su derecha, y a continuación el almirante Hope. En las dos cabeceras de la meóa se instalaron dos intérpretes, el oficial Intérprete Leperche y el capitán Von Helldorff. Alzóse la voz de Foch:

-¿Cuál es el objeto de su visita?

-La delegación -respondió Erzberger- ha venido para recibir las proposiciones de las potencias aliadas con objeto de llegar a un armisticio.

-No tengo ninguna proposición que presentar.

Intervino entonces el conde Oberndorff, sugiriendo:

-Tal vez seria mejor que la palabra «condición»...

-No tengo ninguna proposición que presentar -repitió, impaciente, el mariscal.

-Hemos venido -dijo Erzberger- de acuerdo con la última nota del presidente Wilson, indicando que el mariscal Foch está autorizado para dar a conocer las condiciones del armisticio».

-En efecto, estoy autorizado para darles a conocer estas condiciones si ustedeó solicitan un armisticio. ¿Piden ustedes un armisticio?

Foch pronunció estas últimas palabras con un tono seco. Al unísono, y con «precipitación», Erzberger y Oberndorff respondieron:

-S1, pedimos la conclusión de un armisticio general.

A una orden de Foeh, el general Weygand se levantó entonces y, con voz tranquila, leyó lentamente las condiciones que obligaban a los alemanes a retroceder más allá a la orilla derecha del Rin y a entregar toda su escuadra, amén de importante material.

-Señores -prosiguió Foch, una vez terminada la lectura-, les dejo ese texto. Tienen ustedes setenta y dos horas para contestar al mismo...

La entrega de numerosos cañones y ametralladoras aterrorizó a Erzberger.

-¡Pero entonces estamos perdidos! ¿Cómo vamos a poder defendernos contra el bolchevismo?

El mariscal replicó con un gesto evasivo. Aquello no le incumbía en absoluto.

-Pero -insistió Erzberger- han de comprender que, al privarnos de todos los medios defensivos contra el bolchevismo causan nuestra perdición y se pierden ustedes a su vez. También les tocará el turno...

Entonces intervino Winterfeld:

-Las condiciones del armisticio Que acaban de sernos comunicadas requieren un -examen atento por nuestra parte. Dada nuestra intención de llegar a la consecución de un resultado, éste examen será realizado can la mayor rapidez posible. Sin embargo, exigirá cierto tiempo, tanto más cuanto Que será indispensable consultar la opinión de nuestro Gobierno y la del alto mando militar. En tales condiciones, pedimos Que el mariscal Foch acceda a consentir Que se ordene inmediatamente, y en todo el frente, una suspensión provisional de las hostilidades.

-Las hostilidades -replicó Foch- no pueden cesar antes de la firma del armisticio.

La última petición de Erzberger -un aumento del plazo concedido de setenta y dos a ochenta y dos horas- fue igualmente denegada. Si el 11 de noviembre, a las 11 de la mañana, los alemanes no habían firmado el convenio, la guerra proseguiría hasta la capitulación del Reich.

La sesión había terminado.

El capitán Von Helldorff, tuvo que partir inmediatamente para llevar las condiciones al Gobierno alemán.

-Se le entregaron uno cuantos bocadillos -me ha explicado el general Riedinger, entonces comandante del 11 Bvreau del Estado Mayor de Foch-. Pero su automóvil tardaba en llegar y el capitán almorzó en el tren con sus compañeros. Cuando emprendió el viaje, me -preguntó si «a pesar de todo» podía llevarse consigo su comida fría. Acepté, desde luego...

Y Von Helldorff, con sus bocadillos en una mano y el texto del convenio de armisticio en la otra, volvió a emprender el camino de La capelle. Tuvo no pocas dificultades para cruzar las líneas, pues el duelo de artillería se había reanudado y sus compatriotas lo recibieron con fuego de fusilería. Se dieron toques de corneta y un avión provisto de una bandera blanca voló sobre las líneas, pero se necesitaron varias horas para que los alemanes tuvieran a bien suspender su cañoneo...

Von Helldorff llegó a A1emanía en plena revolución. A las 8 de la tarde de aquel mismo día 8 de noviembre, el principe de Baden había telefoneado al kaiser:

-Tu abdicación se ha hecho necesaria para cumplir hasta el final tu misión de emperador de la paz... Puede tener un efecto decisivo para las negociaciones y privará de argumentos a los chauvinistas de la Entente... Las tropas ya no son seguras. En Colonia, el consejo de obreros y soldados se ha hecho con el poder. En Brunswick, la bandera roja ondea sobre el castillo. En Munich se ha proclamado la república y en Schwenn se ha reunido un consejo de obreros y soldados. Estamos abocados a una guerra civil. La situación es insostenible. Si la abdicación no tiene lugar hoy mismo, mi colaboración se hace imposible... Ha llegado la hora suprema. Te estoy aconsejando como pariente y como príncipe alemán.

Pero el «-emperador de la paz» trató de demorar su caída, a la que se vio obligado finalmente por el “pariente y principe alemán” quien «dimitió» a su primo el día 9, a las once y media. A Guillermo II no le quedaba ya más Que emprender el camino del exilio.

El día 10, los diarios de París aparecieron con unos titulares Que cubrían toda la primera página: El kaiser ha abdicado.

Erzberger y Oberndorff, Que se paseaban ante su vagón -M. Auguste Petit, conductor del tren del mariscal, me ha narrado personalmente esta anécdota pintoresca-, vieron a uno de los empleados Que estaba leyendo el periódico y le pidieron Que se lo vendíese.

-¡Es mio! -negóse orgullosamente el ferroviario.

Aquel mismo día, como de costumbre cada tarde, los dos trenes fueron, uno después de otro, a repostar agua en la pequeña estación de Rethondes.

-Estábamos en el andén y nos disponíamos a cenar -me ha contado el general De Mierry, entonces capitán- cuando el jefe de estación pidió Que un oficial contestase a una llamada telefónica. Paris deseaba hablar con el Estado Mayor del mariscal, Me apeé -del tren y me fue dictado el siguiente texto, Que acababa de recibir la torre Eiffel:

«El Gobierno alemán acepta las condiciones del armisticio que le fueron presentadas el 8 de noviembre.

>Firmado: el canciller del Imperio.»

Y vino entonces la jornada del 11 de noviembre.

«La sesión comenzó a las dos quince de la madrugada -refiere Erzberger-. Con respecto a cada articulo del armisticio, traté de obtener nuevos atenuantes. Insistí para que fuesen disminuidos los efectivos del ejército de ocupación, pues Foch me había dicho Que situaría cincuenta divisiones en la zona de la orilla occidental del Rin. Fue el articulo 26 (continuación del bloqueo) el Que provocó los debates más vivos. La pugna duró más de una hora. Expliqué Que este articulo equivalía a la prosecución de uno de los actos esenciales de la guerra, una política que, para Inglaterra, había consistido en someter al hambre a Alemania, y demostré que las mujeres y los niños habían sido las principales victimas del bloqueo.

-¡Esta actitud no tiene nada de fair (juego limpio) -terminó diciendo el ministro.

Al almirante Wemyss le sentaron muy mal estas palabras.

-¿Que no es fair? ¿Ha olvidado Que ustedes han estado hundiendo nuestros buques sin hacer distinción alguna?

Finalmente, Erzberger consiguió ciertas ventajas parciales. La Entente se comprometía a reavituallar a Alemania durante el periodo del armisticio y, por otra parte, los aliados dejaban a Alemania cinco mil ametralladoras más de lo previsto.

Eran las cinco y cuarto cuando se pudo proceder a la firma del acuerdo. Sin embargo, decidióse admitir las cinco como hora oficial, de modo que se pudiera ordenar el alto el fuego a las once de la mañana, toda vez que el texto indicaba Que los combates debían cesar «seis horas después de la firma».

-Con objeto de ganar un tiempo precioso -prosigue el general De Mierry- se empezó a pasar a máquina el texto, comenzando por el final.

Las prisas fueron tales Que el papel carbón, mal colocado, reprodujo invertido el texto en el dorso de la hoja. «A las cinco y veinte, los plenipotenciarios pudieron estampar sus firmas en la última hoja, Que trataba del armisticio y de su denuncia si las cláusulas no eran cumplidas.»

Todos se levantaron.

-Nos esforzaremos lealmente en cumplir nuestros compromisos -declaró Erzberger.

Más tarde escribiría:

“Recordé de nuevo las observaciones Que habíamos formulado con respecto a los convenios de armisticio, Y volví a hacer observar Que ciertas cláusulas no eran realizables. Acabé diciendo:

“-Un pueblo de setenta millones de habitantes sufre, pero no muere.»

Eran las cinco y media.

“No nos estrechamos las manos», concluye Erzberger.

Mientras Foch salía en automóvil hacia Paris con objeto de entregar personalmente el texto del armisticio a Clemenceau, el tren alemán partía de Rethondes a las diez cincuenta. Diez minutos más tarde salía el tren de Foch en dirección a Senlis.

-A las once en punto, nuestro tren atravesaba el puente sobre el Oise -me explica el general Weygand-. Las campanas tañían, la guerra >había terminado. Vi a lo lejos, bajo la sombra de los álamos Que bordean el Oise, el tren alemán que se dirigía a Tergnier, semejante a una larga serpiente negra.

Hasta las once prosiguió la batalla. «No sabíamos lo que ocurría -ha escrito el coronel Grasset-,si los del otro lado serían advertidos a tiempo y si los cañones Y ametralladoras dejarían de disparar a su debido tiempo... Las balas seguían silbando peligrosamente sobre los parapetos de las trincheras; los grandes obuses, con sus explosiones formidables, excavaban cráteres... A las diez y cincuenta minutos, varias casas del pueblo se derrumbaron todavía a consecuencia de una salva de obuses de 150.»

El teniente Bonneval, que se hallaba en la orilla del Mosa, me -ha contado que vio, poco antes de laó once, al capitán -de su compañía, agazapado en -el fondo de un hoyo de obús, silbando suavemente al corneta que tenía a su lado, las notas del «alto el fuego» que éste había olvidado por no >haberlas tocado desde las maniobras de 1911.

A las once, en toda la línea de fuego, los cometas saltaron sobre los parapetos y soplaron con todas sus fuerzas. Un segundo más tarde, contestaron las trompetas alemanas. Vino después un toque general: «¡En pie!»

«Todo el mundo se levantó y franqueó los parapetos -prosigue el coronel Grasset- Quedando de pie frente al enemigo. Oyóse entonces un «¡Firmes!», seguido de un resonante toque de saludo a la bandera. Transcurrió un minuto de silencio impresionante, un minuto en el Que todas las gargantas se contrajeron. También los alemanes se habían levantado Y, por primera vez en cuatro años, las doy lineas se enfrentaron sin pretender exterminarse. De pronto, desde nuestras trincheras brotó la Marsellesa, entonada a gritos Por un millar de hombres. Los Que no aullaban hasta cansarse lloraban como niños. Los alemanes se incorporaron a estas manifestaciones y varios grupos de la “Guardia prusiana” cantaron la Marsellesa, himno de la Libertad, agitando sus cascos enfilados en los cañones de sus fusiles y gritando : «Hoch! Hoch! Republik!»

Aquel mismo día, a primera hora de la tarde, un joven alumno de un pensionado del valle de Chevreuse, escaló la tapia y partió rumbo a Paris. Era mi amigo Georges Clemenceau, el nieto del Tigre. Al llegar a la rue Saint-Dominique enteróse de que su abuelo cenaba en el Grand Hotel.

-En el Grand Hotel -me ha referido- me indicaron el salón en que se hallaba mi abuelo. Entré. El me daba la espalda y por una abertura de un cortinaje, contemplaba a la muchedumbre ebria de entusiasmo que cantaba, lloraba y exteriorizaba a gritos su alegría al ver terminada la pesadilla. Al oírme entrar en el salón, dio media vuelta. De sus ojos brotaban gruesas lágrimas. Era la primera vez Que yo veía llorar a mi abuelo. Me abrazó, me besó y después me preguntó con su tono inimitable:

-“¿Qué diablos haces aquí?

»Mientras le contaba mi escapada, observé que su rostro se ensombrecía.

“-En un día memorable como el de hoy, abuelo...

»Pero él ya no escuchaba. Cogió el teléfono y pidió hablar con el director de mi pensionado cuando lo tuvo al aparato, le oí decir:

»-Mi nieto está aquí. Esta noche se queda conmigo, pero el domingo me lo tendrá usted castigado...»

Unos instantes más tarde, apoyado en el hombro de su nieto, el Tigre escuchaba a Marthe chenal, envuelta en la bandera tricolor y cantando la Marsellesa en la de la Opera.

A.C.

Parte 1ª y parte 2ª, extraídas DE “Historia y Vida”, 1968.


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