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Primera parte |
Al
amanecer del día 7 de noviembre de 1918 –era una madrugada fría y
húmeda-, el capitán médico Artaud se presentó al capitán
Lhuillier, que mandaba un batallón del 171 regimiento de infantería
cuyo puesto de mando se había establecido en primera línea, no lejos
de la carretera de La Capelle a Chimay. Iba a comunicarle que no le
quedaban ya camilleros, ya que todos ellos estaban muertos o heridos,
o habían sido hechos prisioneros. Los dos hombres se miraron
angustiados.
En
aquel instante llegó un parte del estado mayor. Lhuillier lo abrió y
leyó:
“Los
parlamentarios que vienen a solicitar el armisticio se presentarán por la carretera de La Capelle a partir de
las ocho. Hay que tomar inmediatamente todas las disposiciones para
facilitar su entrada en las líneas francesas.”
Lhuillier
alzó la cabeza, con los ojos brillantes y un corazón que latía
bruscamente. Por último, con la voz quebrada por la emoción, dio una
explicación:
-Artaud,
ya no necesitará mas camilleros.
Aquella
misma noche, a la una y veinticinco de la madrugada, el comandante
Riedinger –ascendió después a general- había ordenado enviar el
telegrama siguiente:
“Del
mariscal Foch al alto mando alemán. Si los plenipotenciarios alemanes
desean ver al mariscal Foch para solicitar un armisticio, se presentarán
ante las avanzadillas francesas por la carretera Chimay, Fourmies, La
Capelle. Se darán órdenes para su recepción y para que sean
conducidos al lugar fijado para el encuentro.”
El
cuartel general alemán, situado entonces en Spa, captó a las dos y
media el mensaje de la torre Eiffel. A primera hora de la mañana,
Hindenburg lo entregó al secretario de Estado Mathias erzberger, que
acababa de llegar con el tren de Berlín. El elegido para ocupar la
presidencia de la delegación alemana en las conversaciones sobre el
armisticio era un hombre bajito y grueso, de rostro redondo, nariz
cabalgada por unas gafas, y aspecto general bastante vulgar. Tras
haber sido diputado en el Reichtag, ministro de Hacienda del imperio y
fogoso belicista, convirtióse en el autor de una frase que debería
perseguirle hasta el día de 1921, en que murió asesinado:
-Nadie
debe inquietarse en cuanto a quebrantar el derecho de los pueblos o
violar las leyes de la hospitalidad.
Su
sorpresa fue mayúscula el día 6, al mediodía, al enterarse de que
había sido designado por el Gobierno imperial para poner la suerte de
su país en manos de los vencedores. La víspera, al igual que sus
colegas del ministerio, había podido oír al general Groener,
“primer maestre general”, describiendo la situación en los
siguientes términos:
-En
resumen, es preciso reconocer que la situación militar ha empeorado.
Si nuestro ejército aún no ha sido derrotado, ello se debe al espíritu
de heroísmo y de fidelidad al deber que reina todavía entre la mayoría
de nuestras tropas. La opinión del mariscal Hindenburg, como la mía,
es la siguiente: el peor enemigo contra el que el ejército debe
defenderse es la desmoralización causada por las influencias
internas. Es el bolchevismo cada vez más amenazador.
“La
resistencia que el ejército puede oponer a nuestros enemigos del
exterior sólo puede tener breve duración, debido a su gran
superioridad numérica y a la amenaza procedente de Austria-Hungría.
No es posible indicar con precisión cuánto puede durar esta
resistencia, ya que depende únicamente, por una parte, de la actitud
del interior del país, y por otra de las medidas adoptadas en los ejércitos,
así como del estado moral y material de las tropas.
Ese
estado moral empezaba a dar síntomas de serio quebrantamiento. Desde
hacía un mes, desde el 6 de octubre precisamente, día en que el
canciller Max de Baden había pedido a Wilson la conclusión de un
armisticio, las tropas alemanas estaban siendo hostigadas por la
contraofensiva aliada. Los ejércitos del mariscal Hidenburg retrocedían
sin cesar, y el final parecía tanto más próximo cuanto que un
viento de rebelión soplaba sobre todo el imperio alemán. Aquel mismo
5 de noviembre, los marineros del Kiel se habían amotinado.
La
revolución que, cuatro días más tarde obligaría al Kaiser a
abdicar, se había puesto en marcha. “ Nada la detendría –escribió
después Hindenburg-. Sólo por una verdadera casualidad, el general
Groener pudo escapar de los revolucionarios en su viaje de regreso al
gran cuartel general. La fiebre empezaba a sacudir todo el cuerpo de
nuestro pueblo.”
Únicamente
el consejo de gabinete presidido por el príncipe de Baden, no
experimentaba el aumento de esta fiebre. El día 7
seguían discutiendo seriamente –e interminablemente- acerca
de la oportunidad de sufragio femenino, mientras la Alemania imperial
se hallaba ya en plena descomposición...
Aquel
mismo día, en Spa, el mariscal Hindenburg recibió a Erzberger y le
manifestó:
-Es
la primera vez en la Historia que los políticos, y no losa militares,
firman un armisticio.
Parece
como si esta anomalía le sorprendiese más que la disgregación de su
ejército, pero se inclinaba, “puesto que el gran cuartel ya no podía
dar más directivas políticas”.
-Id
con Dios –añadió- y tratad de obtener cuanto podías para nuestra
patria.
Al
mediodía, el secretario de Estado subió al primero de los cinco
coches puestos a su disposición. Le acompañaba el general mayor von
Winterfeld, ex agregado militar en París; el embajador conde
Oberndorf; un intérprete, el capitán Von Heldorff; y un estenógrafo,
el doctor Blauert.
“Apenas
habíamos dejado atrás Spa –explicará el ministro- mi automóvil
sufrió una un accidente. Al tomar un viraje se lanzó contra una
casa. El auto que me seguía chocó también contra el mío. A pesar
del choque, la cosa no revistió gravedad y proseguimos el viaje en
los coches que nos quedaban. El viaje fue lento debido a los grandes
contingentes de tropas alemanas que marchaban hacia retaguardia.
Alrededor de las seis, cuando ya oscurecía, llegamos a Chimay, donde
el general alemán me hizo comunicar que no podía proseguir mi
camino.
“Para
asegurar la retirada del ejército alemán, las carreteras han sido
bloqueadas con árboles.
“Insistí
en que debía continuar el viaje y un destacamento de zapadores
desembarazó la carretera de árboles y minas...”
En
el mismo instante, detrás de las líneas francesas se desarrollaba
una escena análoga. El comandante de Boubon-Busset, que había sido
designado para recibir a los parlamentarios, se afanaba a su vez para
llegar a tiempo al punto de cita de La Capelle. “Los alemanes
–explicará después-, al batirse en retirada, habían hecho saltar
las cruces de caminos con objeto de paralizar nuestro avance. Mi coche
se detuvo de pronto ante una enorme excavación que bloqueaba la
carretera.
“Un
teniente de zapadores, con unos cincuenta hombres, trataba de
rellenarla y me dijo, riéndose:
“-Mi
comandante, supongo que no tiene usted la intención de pasar. Nos
quedan aún varias horas de trabajo.
“-Pues
es preciso que pase y va a ver cómo lo consigo.
“Llamé
entonces a los zapadores, y blandiendo la orden que habían recibido,
les dije:
“-Voy
a buscar a los parlamentarios alemanes que han de firmar el
armisticio. Si no paso, se demorará el final de la guerra. Y ahora.
¡A trabajar!
Con verdadero entusiasmo se colocaron dos grandes vigas debajo del
chasis y veinte zapadores levantaron el automóvil que, gracias a esta
camilla improvisada, pasó sin dificultad por encima del embudo.
Alrededor
de las cinco de la tarde, se vio aparecer a un jinete alemán portador
de una bandera blanca y precedido por un corneta. Era un teniente de
Estado Mayor montado en un caballo enjaezado como si fuese a pasar
revista y con la grupa adornada por una soberbia gualdrapa a cuadros
que dejó estupefactos a los “pollus” cubiertos de barro...
El
teniente venía a anunciar el retraso de los plenipotenciarios y a
comunicar que éstos no llegarían hasta la noche. En efecto, hasta
las ocho no se oyó, a lo lejos, el toque de alto el fuego. Al poco
rato, dando tumbos por la carretera destrozada, el convoy alemán, con
los faros encendidos y perforando la noche lluviosa y la niebla, se
detuvo ante las avanzadillas. Cada uno de los tres automóviles
enarbolaba una bandera blanca, confeccionadas con sábanas requisadas
en casa de Mme. Séller, una habitante de Fourmies.
El
capitán Lhuillier se adelantó y subió al primer coche, el cabo de
trompetas Séller ocupó el puesto de corneta alemán y, a los
compases del toque de firmes y del toque del regimiento, el convoy se
alejó a escasa velocidad en dirección a La Capelle. “Las calles
–escribió Erzberger- ostentaban todavía indicaciones en alemán.
En un impresionante monumento podía leerse en gruesos caracteres,
Kaiserliche Kreis, pero encima flotaba la bandera francesa”.
El
convoy se detuvo ante una torre donde esperaba el comandante de
Bourbon-Busset. El general Von Winterfeld, muy mundano, presentó sus
compañeros a los oficiales. Erzberger sorprendió a todos los
asistentes con su desenvoltura: “Parecía un viaje al que una simple
avería de su automóvil le hubiese permitido estirar un poco las
piernas.”
Se
adelantaron unos automóviles franceses. Acompañados por varios
oficiales, los alemanes se acomodaron en ellos y el convoy partió a
moderada velocidad hacia San Quintín, mientras un bromista
–seguramente un parisiense- gritaba:
-Nach
Paris!
En el presbiterio de Homblires fue servida un frugal comida. “Después de una hora de de descanso –narra Erzberg-, seguimos nuestro viaje pasando por Chauny, que estaba totalmente destruido. No quedaba ni una sola casa en pie. Era como una hilera continua de ruinas. A la luz de la luna, aquellos muros solitarios adquirían un aspecto fantasmagórico. No se veía ni un alma en los alrededores.”
El
convoy prosiguió su camino hasta que, de pronto, se detuvo en pleno
campo.
-¿Dónde
estamos? –preguntó Erzberger.
-En
Tergnier –respondió el comandante de Boubon-Busset.
-Pero
si no hay casas...
-En
efecto, aquí había una ciudad. Fue destruida científicamente por
los soldados alemanes cuando la retirada de 1917 y, como puede usted
ver, no queda ni rastro de las casas.
Erzberger
enmudeció, pero unos minutos más tarde, en la estación –o mejor
dicho, en lo que había sido un emplazamiento- subió al antiguo vagón
salón de Napoleón III y se repuso de sus emociones, bebiendo un vaso
de coñac. El tren se puso en marcha. ¿Adónde se les llevaba?
Todos
se negaron a contestarles.
El
8 de noviembre, a las siete de la mañana, desde uno de los sectores
de un desvío ferroviario, en pleno bosque de Compiègne, en las
encrucijadas de Rethondes, el general Weygang acechaba la llegada del
tren alemán. Se hallaba junto a la ventana del vagón oficina de del
estado mayor del general Foch, un vagón restaurante de la Compagnie
des Wagons-Lits (El actual “vagón del armisticio” es una réplica
del famoso 2419 que los alemanes se llevaron en 1944 y que fue
destruido en la estación de Berlín por un bombardeo aliado. Sin
embargo, los muebles y los accesorios que se les pueden ver hoy en
Rethondes son auténticos).
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