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Hylas
y las ninfas del agua |
El Olimpo representa el mayor
espectáculo de la sexualidad libre de los griegos: desde Zeus, que no desdeña
la bestialidad del toro y del cisne provocando la alegría inhumana de Europa y
Leda, hasta el pobre Príapo, el más plebeyo de los subdioses, todo el panteón
helénico ofrece la vida amorosa de uva civilización refinada y equilibrada,
que sabe conciliar el espíritu de Eros con el sexo de Príapo. De aquí,
seguramente, surgen todas las acepciones clasificadas sobre el Amor, que un
estudio a través de la Historia y del mundo, mostrarían como soluciones que
los hombres supieron encontrar a sus aspiraciones creadoras, a sus angustias, y
a sus intuiciones destructivas.
En la religión griega puede
encontrarse toda una mezcolanza de dioses, semidioses, héroes y hombres que
constituyen la herencia de los pueblos mediterráneos: herencias asiáticas y
prehelénicas que se incrustaron en Grecia sin perder nada de su origen, pero
que adquirieron toda una perdurabilidad de forma, de concepción y hasta de
idea.Al lado de la costumbre sagrada de la prostitución, procedente de
Babilonia, Sumeria, Jerusalén o Menfis, se encuentra el contraste del culto a
la virginidad, también nacido en Oriente. El padre adquiere el derecho a vender
su hija, si no es pura. La pérdida de la virginidad es una forma latente de
muerte, de aquí la leyenda de Artemisa o Diana, que debía permanecer virgen.
Acteón, yendo un día de
caza, sorprendió a la diosa en el baño. Artemisa, ofendida por haber sido
desflorada su desnudez, lo metamorfoseó en ciervo y sus ochenta perros lo
devoraron. Esto no impidió que la diosa de la Doncellez y la Castidad diese
cincuenta hijos a Endimión y otorgase sus favores a Orión y a Pan, aun cuando
este último los obtuvo a la fuerza. Tuvo un séquito de sesenta hijas de Océano,
y todas las jóvenes que deseaban acompañarla debían hacer voto de castidad.
Sus sacerdotisas eran vírgenes y cuando una se casaba, debía dejar su puesto.
La leyenda de Calipso, tan representada en la pintura, cuenta cómo fue seducida
por Júpiter y al ser descubierto su desliz, para que no vieran su abultado
vientre se negó a ir al baño con sus compañeras; Artemisa la expulsó de su séquito.
También de Extremo Oriente
llegaron formas míticas concretadas en el fruto de los amores de Hermes y
Afrodita, más conocido a partir de Plinio, en su Hisioria Natural, como el
Hermafrodita. La graciosa leyenda de este personaje y la ninfa Salmacis,
relatada por Ovidio, pinta el hermafroditismo como la expresión de una
intensidad amorosa en virtud de la cual el amante tiende a infundirse en el
cuerpo del amado y luego a identificarse con él, de lo que resulta, incluso somáticamente,
una unidad.
Hermafrodita es un joven
adolescente; llega a un lago cuyas aguas son límpidas hasta el fondo. Allí
vive Salmacis, joven náyade voluptuosa, que se deleita mirándose en el agua,
engalanándose con flores y arreglándose primorosamente el velo. Al ver al
muchacho se queda admirada y exclama:
“Tú, feliz si eres mortal
y feliz la mujer que te ha nutrido en su seno, pero mucho más feliz tu amada,
si la tienes, y la que será honrada con tu antorcha nupcial, pero si ella no
existe aún, yo te llamo; te deseo y quiero compartir contigo mi lecho”
El
joven Hermafrodita, que ignoraba el amor, se puso encarnado e inició la fuga;
ella, entonces, se alejó para no intimidarlo más; él se desnudó y jugó con
las olas, echándose al agua. La ninfa, presa de deseo, lo abraza, oprime los
graciosos miembros que se debatían y que, temiéndola por su amor, no la querían;
invoca a los dioses:
“Criaturas del Cielo, oíd
mis votos: Que no pueda este joven separarse de mí, ni yo de él”
Los dioses la escucharon, se
apiadaron de su amor y conjuntaron sus cuerpos; ambos crecieron unidos bajo el
aguijón del tiempo, como si fueran la rama de un mismo árbol, pero
participando de su doble naturaleza. Y así nació Hermafrodita, que en el siglo
II a, de J. C. el escultor Policleto representó en un joven hombre-ninfa en
actitud ensoñadora. Modelo que fue copiado en serie en Alejandría y adaptado
al gusto del tiempo. El Renacimiento también le puso su golpe de gracia y lo
instaló en un voluptuoso almohadón; postura en la que se exhibe al público en
el Museo del Louvre, en el de las Termas de Roma y en otras salas.
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Hermafrodita
dormido |
Pero en Grecia no todo fueron
leyendas mitológicas. El sexo es algo que formaba parte importantísima en la
vida de los griegos, y tal vez por ello el sobrante lo dedicaban a rellenar
tantos amores y amoríos de sus dioses.
Desde los tiempos homéricos
hasta el siglo V a. de J. C. la política de población conoció en Grecia
buenos y malos días.
La familia llegó a ser el
fundamento de la sociedad, pero en la esfera sexual tuvo las mayores variantes
imaginables. En la civilización cretense, la mujer disfrutaba de gran libertad;
podía frecuentar banquetes, representaciones teatrales y jurídicamente se
igualaba al hombre. Los más recientes hallazgos arqueológicos señalan esta
historia narrada por Homero como la civilización minoica: un pueblo alegre y
feliz que disfrutaba pacíficamente de la vida; sus hombres iban generalmente
afeitados y usaban el cabello largo; y las mujeres se pintaban los labios y los
ojos, además de lucir complicados peinados. Las pinturas representan a estas
mujeres, hermosas y seguras de sí mismas, llevando el pecho al descubierto y
luciendo con garbo y orgullo una cintura de avispa.
Homero habla de la fecundidad
de estos individuos. El matrimonio, lazo de unión de toda la vida social, se
hallaba bajo la invocación de la Madre Tierra. Hombres y mujeres acudían a los
lugares de adoración -la cumbre de una montaña, un bosquecillo o una gruta,
como la caverna de Psychro-, donde sacrificaban animales y depositaban ofrendas.
Esto también permitía que
lo sexual fuese una necesidad natural satisfecha libremente. Los jóvenes se unían
en los campos, sobre la hierba o el trigo recién segado.
La familia evolucionó.
Desaparecida la civilización minoica a causa de un terremoto, continúa sobre
ella la micénica, a quienes Homero llamó aqueos, La forma de unión más
primitiva de esta cultura es la de la esposa aportando una esclava que será la
concubina de su futuro marido en el caso de que ella sea estéril. Así, la
mujer depende del marido y cuando éste muere, el hijo puede disponer de ella,
venderla o devolverla a su antigua casa.
De este período micénico de
hombres fogosos, viriles y belicosos, al decir de Homero, que en sus comienzos
se unió al floreciente minoico, quedan claras referencias de una exuberante
sexualidad. Los guerreros y navegantes, convertidos en héroes de la historia
griega, dan buena muestra de ello:
Príamo, rey de Troya, tuvo
15 hijos y 12 hijas; Néstor, el gran príncipe, 6 hijos y numerosísimos
nietos; Eole reunió 12 hijos casados. Alcínoo, padre de Nausica, que acogió a
Ulises, tuvo 5. Pero no es sólo esto, sino que sus amores fueron normales,
heterosexuales. Todos los personajes de la Ilíada presentan una sexualidad
apasionada y desbordante, Es la época en que la captura de hermosas esclavas
constituye un símbolo de nobleza; el momento en que la esposa empieza a
considerar injurioso el mantenimiento de la concubina en el domicilio conyugal.
El instante en que Andrómaca no sólo llora la muerte de Héctor, porque se
queda viuda, sino también por la pérdida irreparable que esta muerte
representará para su hijo, que deberá crecer sin la presencia del padre. El
momento en que Ulises mata a todos los pretendientes de su mujer y hace ahorcar
a todas las esclavas que han compartido sus lechos con ellos.
Pero a partir del siglo V las
cosas iban a cambiar mucho, Esparta, que disponía de buenas tierras, se
encuentra extremadamente pobre; criar un hijo es un verdadero problema, los
hermanos comparten una sola mujer y el hambre sigue amenazando a la sociedad y
al Estado. Atenas, por el contrario, no impone medidas eugenésicas, y los
ciudadanos pobres reciben ayuda del erario público. A mediados de siglo la
población se eleva a 200.000 habitantes.
Este incesante crecimiento
acarreó sus males, aparte de la creciente rivalidad entre estos Estados: los
hijos se casaban tarde y las hijas, por consiguiente, encontraban dificultad en
casarse. Los varones de familias ricas buscaban compañeras en las capas bajas,
y cuando les llegaba el momento de casarse se quedaban con sus amigas. La idea
era muy democrática, pero el Estado tuvo que intervenir para lograr el
equilibrio de clases. Pericles, el aristócrata de irreprochable reputación,
casado a los cuarenta años con dama de alta alcurnia y padre de dos hijos, lanzó
la ley: nada de matrimonios entre miembros de diferente clase social. Esto
permitió la celebración de matrimonios consanguíneos que excitaban el
desmenuzamiento de las fortunas.
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Aspasia
y Pericles |
Pero Pericles, el gran político
de su siglo, tuvo la debilidad de enamorarse de Aspasia de Mileto. Y los poetas
griegos, que nos cuentan, al contrario de la arqueología, toda la historia con
motivaciones eróticas, nos hablan de Aspasia como de una hetaira conocidísima.
Aspasia era muy bella y
espiritual. Se dice que enseñó elocuencia a Pericles y su casa se convirtió
en el centro de reunión de los filósofos griegos. Procedía de Mileto y su
padre era, por tanto, un simple extranjero. Este hecho impediría que Pericles
se casase con ella; era la antítesis de lo que recomendaba la ley. Pero
Pericles repudió a su legítima esposa y vivió muchos años con Aspasia, y los
nobles ciudadanos y sus esposas los trataron y agasajaron como si no existiese
tan anómala situación.
Los poetas, dados a la
ocurrencia, atribuyen a Aspasia el motivo de dos guerras. Pericles atacó Samos
para vengar a la ciudad de Mileto, patria de su amada hetaira; y Arsitóganes
también escribe en los Acarnianos:
Unos jóvenes, excitados por
el vino, van a Megara y raptan a la hetaira Simete. Los de Megara, irritados,
raptan a dos de las pupilas de Aspasia y, de esta forma, tres prostitutas son la
causa de la guerra del Peloponeso.
Pero las verdaderas causas
hay que buscarlas en la desmesurada importancia de Atenas, su afán de expansión
y la envidia de sus atascados vecinos: Esparta era conservadora y no quería
evolucionar, por lo que quiso dar un correctivo a la democrática y ambiciosa
Atenas. Todo esto hizo palidecer un poco la estrella de Pericles; sus
conciudadanos empezaron a señalar el adulterio de Pericles, y sus dignas
mujeres a escandalizarse con Aspasia. Bajo el pretexto de ejercer secretamente
el proxenetismo se planteó contra ella una acusación. Pericles, con lágrimas
en los ojos, suplicó a los jueces y logró que fuera sobreseída la causa; pero
la sociedad burguesa se había vengado de aquellos que vivían al margen de su
moral. La familia venció al sexo, y la casa y el hogar volvieron a ser puros,
pero el hombre continuó disponiendo de cuantas hembras quiso y pudo fuera de
casa.
Muerto Pericles, la causante
del fin de su carrera política, Aspasia, casó con Lisicles, rico comerciante a
quien ayudó a triunfar en las lides políticas. Aspasia, para no perder la
dorada vida de su juventud, fundó una «Academia de Elocuencia y Arte Amatorio»,
a la que iban a aprender cuantas jóvenes deseaban ser hetairas. Una de sus más
célebres discípulas fue Lais de Corinto.
La posición de la mujer en
la democrática Atenas no quedó recluida al hogar, como podría suponerse.
Llevaba una vida retirada, pero consciente de su rango. Acudía a las
representaciones de teatro en Dionisios; mandaba a sus servidores a comprar las
cosas, y gozaba del respeto y la libertad, aunque no siempre del marido, quien a
consecuencia de sus uniones extraconyugales no solía ser un amante ardiente.
Las mujeres casadas no podían asistir a los Juegos Olímpicos, y no porque los
atletas saliesen completamente desnudos -las chicas solteras los presenciaban-,
sino porque resultaban fiestas populares en la que todos se daban a la juerga
desenfrenada. Además, los Juegos pasaban por Corinto, la ciudad de los placeres
extraconyugales.
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Ritos de Eleusis |
En contraposición, no se
miraba mal que las mujeres echasen un vistazo al carnaval de Dionisios, centrado
en el culto fálico; y en septiembre, hombres y mujeres acudían a los misterios
de Eleusis, que tras los diversos ritos desembocaban en noches de orgiásticas
danzas y diversiones.
La guerra entre Esparta y
Atenas lleva a los hombres al combate, las mujeres se quedan solas y muchos
matrimonios naufragan en el adulterio. Eurípides, el poeta de moda, se pone a
defender a las pobres y calumniadas mujeres. Los hombres, dice, tienen el mérito
de arriesgar su vida por la patria, pero dar a luz es mucho más duro y cruel
que ir tres veces al combate. Aristófanes, en su Lysistrata, enseña a los
atenienses lo que puede ocurrir si las mujeres se rebelan y cierran las puertas
de sus alcobas a los maridos con permiso, para obligarles a hacer la paz. Pero
es Hipócrates el primero que esboza un cuadro clínico de la «histeria» de la
mujer.
No hay que tratarlas con
rigor, están enfermas, su insatisfacción sexual las desequilibra: el útero no
está regado con la frecuencia debida por la esperma y, provoca una excesiva
presión de la sangre en las partes superiores del cuerpo; la mujer se pone
nerviosa y experimenta ansiedad. Afortunadamente, la enferma puede curar si su
histeria no está muy avanzada; de aquí procede el que 2.000 años más tarde
todos los discípulos de Hipócrates y el vulgo sigan predicando: Que se case y
la enfermedad desaparecerá, en todas las manifestaciones histéricas.
El mal, sin embargo, tenía
raíces más profundas. Se vio al terminarse la guerra: las mujeres seguían
apasionándose por los hombres, pero los atenienses, derrotados, ya se habían
acostumbrado a dos formas anormales de sexualidad, la prostitución y el
homosexualismo.
La prostitución tomó auge y
preponderancia inusitada en Grecia después de que las civilizaciones antiguas
aprovecharon la esclavitud como válvula de escape para su sexología.
Aquí nació el mito tan
explotado actualmente de la mujer-objeto o el sexo-objeto. A caballo de esto y
la cortesana sagrada, surge la hetaira, la mujer que hace de la práctica del
amor un arte. Incluso escriben sus tratados como el Artyanassa, vieja servidora
de Helena, el de Filenis de Samos y los de Elefantis, cuyos libros sabios se
alineaban en el dormitorio de Tiberio, según cita Suetonio, «para que cada
figurante siempre encontrase el modelo de posturas que debía ejecutar»
En el siglo iv a. de J. C.,
las hetairas hicieron tanto ruido al lado de los filósofos, políticos y
poetas, que se diría que ninguna otra mujer ocupase los ocios de los griegos.
Friné, la inmortalizada en el mármol por Praxíteles para la estatua de
Afrodita, fue una de ellas. Al parecer nació en Tespia, Beocia, y en sus
primeros años se dedicó a cuidar cabras. Como era hermosa, inteligente y sin
escrúpulos, reunió una pequeña fortuna y se trasladó a Atenas, donde
deslumbró a la par que escandalizó a los griegos.
Friné se hizo célebre en
seguida gracias a idear un espectáculo que puede ser el antecedente más remoto
de las actuales sesiones de strip-tease. Cuando se celebraban las fiestas de
Neptuno se situaba en lo más alto del templo. Allí, ante todo un pueblo ávido
y excitado, permanecía un instante completamente inmóvil; luego, muy
lentamente, bajaba la escalinata, despojándose, prenda a prenda, de las escasas
ropas que la cubrían. Una vez completamente desnuda, corría hacia la playa, se
sumergía en el mar y surgía de las aguas como nueva Afrodita recogida por las
Horas.
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Las ninfas
de Diana |
Pasó a la historia por la
defensa que de ella hizo Hipérides.
Fue acusada por Eutias, un
galán desdeñado por ella, de haber hecho una sacrílega parodia de los
misterios de la diosa Demeter. Este delito equivalía a la muerte, pero Hipérides
pidió a los jueces que se dignasen contemplar a la acusada:
“Comprenderíais ¡OH,
jueces! Que una belleza tan sobrehumana no puede ser impía.
El tribunal aceptó y Friné
apareció ante los jueces vistiendo una liviana y transparente túnica. Se dice
que Hipérides rasgó la túnica que cubría a la hetaira y exclamó:
«¡ Ved! ¿No os dolería
lanzar a la muerte a la misma diosa Afrodita?» Y los jueces, después de
contemplarla, «se sintieron temerosos ante la deidad y no se atrevieron a dar
muerte a la sacerdotisa de Afrodita».
Otra famosa hetaira, capricho
de Demóstenes, amante de Alcibíades y de Aristipo, discípulo de Sócrates,
fue Lais de Corinto. Se dice que era huérfana, que un comerciante la recogió a
los pocos meses de edad y la mandaba cada día a vender coronas de flores ante
el templo de la diosa Hera. A los diez años, la vio ante el templo el escultor
Apeles quien la tomó de modelo para una estatua de Afrodita. Luego la llevó a
Atenas en donde Lais se hizo famosa al ser aceptada en las alcobas más
importantes cuando sólo tenía dieciséis años. Sintió deseos de regresar a
Corinto, y así lo hizo. Nada más llegar, como correspondía a su condición de
hetaira, fue a ofrendar una corona de flores a Afrodita. Aquel día el templo
estaba lleno de prostitutas rogando a la diosa que alejara la guerra que
amenazaba la ciudad.
Los cronistas afirman que
cuando Lais entró en el templo, todas las cortesanas le abrieron paso,
impresionadas por su belleza. Una vez depositada la corona de flores a los pies
de Afrodita, la hetaira se despojó de la túnica que la cubría y también la
ofrendó. Entonces los reunidos pudieron ver a una mujer tan fascinante que,
entusiasmados, se la llevaron a hombros.
Lais se convirtió en la
reina de las hetairas de Corinto. Miles de adoradores la asediaban, y ella
escogió a un viudo muy rico y bastante viejo, que prometió hacerla su
heredera.
Las lecciones que había
recibido de la famosa Aspasia la ayudaron a llevarlo a la tumba, y pronto quedó
viuda, joven y con una de las más grandes fortunas de Grecia. Esto le permitió
fundar un «Jardín de Elocuencia y Arte de Amor» en Corinto, del cual los
griegos decían: «Atenas puede vanagloriarse del Partenón y Corinto del jardín
de Lais». En él se celebraban las más fastuosas reuniones, y se paseaba Platón
instruyéndola en los secretos de la filosofía.
Epícrates señala que la
vejez de Lais, después de su gran fama, fue trágica: «Detenía al primero que
pasaba para beber con él. Una estera, una moneda de tres óbolos ya son una
fortuna para ella: jóvenes, viejos, libres y esclavos, todos pueden obtener sus
favores. Lais tiende la mano por un óbolo».
Aún hay más: la bienamada
Glycera, que se convirtió en musa del poeta cómico Menandro; la hetaira
Leontion, que gozó de la vida en compañía del filósofo Epicuro. Y en la época
de Alejandro Magno, la famosa Thais de Atenas acompañó al gran caudillo en sus
incursiones por Persia y la India; Luego pasó a las manos de su general
favorito Tolomeo y con éste subió al trono de Egipto, convirtiéndose así en
antepasada de Cleopatra. Su compañera y compatriota Lamia llegó a la cima de
esta jerarquía al convertirse en diosa por voluntad de su amante el gran
Demetrio Poliorcetas, que la instaló en la Acrópolis e hizo que todos los
ciudadanos de Atenas, degenerados y temblorosos, le erigiesen un altar como
Afrodita Lamia.
Las hetairas tienen fama de
haber conquistado a los hombres por su espíritu más que por sus encantos físicos;
pero es indudable que estas mujeres constituían una auténtica excepción; la
generalidad actuaba y vivía como las prostitutas de todo el mundo. La gran masa
de los hombres griegos no buscaban en ellas más que la satisfacción carnal de
sus apetitos. Por eso, además de esta elite, había una prostitución para la
clase media que se desarrollaba en lugares de placer, algo por el estilo a un
hotel y un restaurante, en donde las bailarinas, las tocadoras de flauta y las
acróbatas daban toda clase de placer a los hombres.
Otra prostitución para las
clases más bajas se desarrollaba en burdeles especializados; y los de peor fama
del mundo se encontraban en el barrio bajo y las calles del Pireo. Sólo
Corinto, cuyo culto a Afrodita se asociaba con la explotación de un burdel, ganó
en fama al inframundo prostibulario de Atenas. Estrabón, que vivió en tiempos
del emperador Augusto, pretende que en el templo de Afrodita ejercían su oficio
más de un millar de prostitutas.
El otro aspecto perverso de
la sexualidad griega se centró en la homosexualidad. Los hombres adultos tenían
el derecho a prostituirse, y si su cliente era extranjero, se podían alquilar
en calidad de mancebos por un buen salario.
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La homosexualidad masculina
estaba muy extendida en la antigüedad por todos los países del Mediterráneo,
pero la razón de que adquiriese tal carta de naturaleza en Grecia es un enigma
fisiológico y psicológico. La vida sexual debió de ser la consecuencia de una
violencia, escondida bajo el manto de la educación y suavizada por las ventajas
de las comodidades materiales. Sus inicios aparecen en los fines del siglo VII
a. de C. y con unas características inconstantes se desarrolla en tres períodos
conocidos y bien definidos: un período presocrático y poético con Píndaro,
Teoñis y Solón incluido; un período filosófico con Sócrates y Platón; y un
tercer período postaristotélico, donde la gran filosofía de los siglos v y iv
a, de J. C, se mezclan con la poesía decadente y la novela.
Los hijos de Pisístrato se
ven complicados en un turbio asunto de homosexualidad: Harmodios y Aristogiton,
matadores del tirano y sus amigos, constituían una pareja de amantes. El propio
Solón, hombre de valía, se manifestaba partidario del amor entre hombres. Según
Plutarco cantó el amor a los muchachos de la siguiente forma:
“Amarás a los muchachos
hasta que un pelo escaso les cubra la barba. Hasta entonces gustarás de su
dulce aliento y sus musíos”
Solón, que fue amante de Pisístrato
y que cantó los rostros imberbes, estableció leyes para proteger a la juventud
contra la corrupción que amenazaba por todas partes. Algunos textos condenan la
homosexualidad practicada entre hombres libres y esclavos; y otros inducen a los
hombres maduros a alejarse de los lugares en que se desnudan los jóvenes
atletas. Cien años más tarde, dos hombres de Estado, el virtuoso Arístides y
el valiente Temístocles aparecen disputando el amor del joven y bello
Stesileo's.
En la homosexualidad griega
hay que distinguir dos tipos: el militar y el pedagógico. En el primero se
trata de la erotización de una camaradería entre jóvenes de edad parecida; en
el segundo, hay una relación de maestro a discípulo, cuya repercusión sobre
el pensamiento y las costumbres ha sido más importante.
Desde Alejandro hasta
nuestros días, pasando por Julio César y otros famosos nombres de la Historia,
la homosexualidad se ha refugiado y ha reinado en la milicia. Esto no quiere
decir que grandes jefes hayan dejado de ser buenos esposos y excelentes padres,
lo cual lleva a suponer que a menudo sólo es una homosexualidad de compensación,
debida a una vida alejada de las mujeres, o a una ambivalencia cuya genitalidad
desbordante no repara en la clase de objeto que la satisface.
Los filósofos griegos
cantaron e idealizaron el tema de los amores guerreros, y bajo este aspecto han
presentado hechos que son difíciles de aceptar en una lógica de actuación,
como afirmar que un ejército de amantes y amados, de erastas y erómenos,
resulta invencible; o que el amado, caído en el suelo por el golpe enemigo,
ruegue a su adversario que le permita volverse antes de recibir la muerte, para
que el amante no vea el ultraje de la herida. Estas cosas podrían admitirse si
los campos de batalla no fuesen lugar de violencia y la lucha se desarrollase
como la conversación de una comedia de Oscar Wilde.
Sucede que los filósofos,
como los políticos, y en general esa reducida y distinguida clase que dio pie
al florecimiento descarado de la pederastia, la formaban hombres. Estos hombres
habían relegado a sus esposas al gineceo y no las dejaban participar en las
fiestas públicas ni privadas. La esposa educa a los hijos pequeños, pero luego
le son arrebatados para confiarlos a pedagogos. Esto respecto a Atenas; en
Esparta, el encuadramiento y formación militar de los muchachos aún aumenta más
la separación de madre e hijo, y sólo deja aquélla como una máquina de hacer
soldados.
Los matrimonios griegos eran
tibios. Los maridos se aburrían en sus casas y no les importaba que sus mujeres
lo supiesen. Ellas, que iban al matrimonio como cándidas e infelices palomas
-muchas se casaban antes de los 15 años-, se volvían ariscas, desagradables y
venenosas. La antigua literatura está llena de quejas sobre las esposas
insoportables.
Hesiodo la considera un
castigo impuesto al hombre por robar el fuego sagrado, y la relega a la categoría
de animal de trabajo. Demóstenes, que no desdeñaba el amor a los muchachos,
decía: «Tenemos cortesanas para el placer, concubinas para que nos cuiden y
esposas para que nos den hijos legítimos». Aristóteles también proclamó la
inferioridad de la mujer desde el punto de vista biológico. Y Sócrates, que
tenía una esposa como Itantipa, escapaba de casa y pasaba las noches con sus
alumnos.
Así, pues, los hombres
forman sus clanes, y todas las actividades de los atenienses se llevan a cabo en
círculos educativos, en gimnasios, en círculos políticos, en reuniones filosóficas
y literarias, y en banquetes. Cierto que en ellos había mujeres, pero no eran
sus esposas: sólo cortesanas, bailarinas, tocadoras de flauta y de crótalos.
Vistas las cosas de ese modo,
se comprende que en el mismo momento histórico adquirieran preponderancia las
hetairas por un lado, la homosexualidad masculina por otro, y el tribadismo o
las lesbianas en tercer renglón.
Sócrates no escribió ningún
libro. Sin embargo, uno de sus alumnos aventajados, Platón, lo inmortalizó al
copiar o transcribir el nuevo estilo de sus discursos filosóficos. Platón, un
artista de insuperable talento, fue un homosexual reconocido; recomendaba la
abstención camal, pero se sabe que Aster, Dionisio, Fedro y Alepsis fueron
amados suyos. Sin embargo, de Sócrates, de quien se dice que fue amado de
Arquelao, ninguno de sus contemporáneos le acusa de practicar la pederastria
carnal. Es más, Platón, en Cármides, cuenta que para hacer sitio al joven en
el banco del gimnasio, Sócrates empuja a todos y consigue que Carnlides se
ponga a su lado, luego le aparta el himatior y lo que descubre le excita muchísimo:
«Estaba ardiendo; no sabía lo que me hacía».
Y Sócrates, tan ocupado en
las cosas del alma, se siente dominado por el cuerpo de Carmides, pero, con esos
cambios tan bruscos en la ironía socrática, el incidente sólo le sirve para
lanzarse a considerar el tema de la sabiduría. Lo cual acude a apoyar la imagen
que de él ofrece Jenofonte en El banquete:
Sócrates acepta en su lecho
a Alcibíades, le gusta notar su emoción, pero no le da nada, y Alcibíades
expresa su decepción diciendo: “Sabedlo todos ¡Por los dioses y por las
diosas! Después de haber pasado toda la noche a su lado, me levanté como si
hubiera dormido con mi padre o con mi hermano mayor.
El Banquete, de Platón, que
por su importancia filosófica eclipsó el de Jenofonte, ha alcanzado la
reputación de ser la apología del amor puro, del amor que renuncia a los goces
sexuales; por esta razón nació la expresión de «amor platónico» que, por
obra y gracia de algún misterio, se ha ido tergiversando hasta casi representar
el ridículo. Platón, cuando habla del amor por boca de Paüsanias, hace una
diferencia clara y precisa. Existe un amor «celeste» puesto bajo la hija de
Uranos, y otro vulgar, Pandemo, hija de zeus y Dione.
El amor de Afrodita Pandemo
es verdaderamente vulgar y carece de regias; es el amor con que aman los hombres
vulgares. El amor de esas gentes se dirige tanto a las mujeres colmo a los
muchachos, al cuerpo de aquellos a quienes aman y no a sus almas, y por último
a los más necios que puedan encontrar, porque no se fijan más que en la posesión
y no se inquietan por la honestidad; así les sucede actuar sin discernimiento,
tanto si está bien como si está mal; porque tal amor procede de la diosa que
es Trucho más joven de las dos y que tiene su origen en la mujer y el hombre.
El otro, por el contrario, es el de la Afrodita Urania que no procede más que
del sexo masculino, y este amor es el de los muchachos, quien es la más vieja y
desconoce la violencia. Por eso a los que el amor celeste inspira, ponen su
ternura en el sexo masculino, naturalmente más fuerte e inteligente; e incluso,
entre ellos, se puede reconocer a los que impulsa este amor en los que sólo
aman a los que aún son muchachos y empiezan a tener entendimiento, lo que
sucede en la época de la pubertad.
Por lo tanto, si la mujer
queda excluida y sólo ese «amor celeste» se ha convertido en el uranismo,
gracias a la hija de Urano, es absurdo que una mujer hable de sus amores piatónicos
con un hombre, como suele decir el vulgo.
Los hechos revelan que el
amor por los adolescentes era el más extendido de la homosexualidad. Los
hombres sostenían verdaderas relaciones con jovencitos de 13 a 17 años; con el
pretexto de educar a la juventud, muchos consiguieron que los adolescentes
cayesen en sus redes. La esperanza de satisfacer la libido sensual predominaba
sobre el desinterés de la amistad, aun cuando tal comportamiento resultase casi
lícito y nada censurable al considerarlo como una atracción desinteresada y
espiritual del hombre hacia el joven, y viceversa.
Cuando un hombre honrado,
enamorado del alma de un joven, aspira a hacer de él un amigo sin mácula y a
vivir con él, lo elogia y ve en esa amistad la más hermosa manera de educar a
un joven. Pero si alguno parecía estar enamorado solamente del cuerpo, lo
declaraba infame y por ello no tenían los amantes menor retención en su trato
con los muchachos que los padres con sus hijos y los hermanos con sus hermanos.
Esto muestra la gran ambigüedad
que existía en todo lo concerniente al amor en Grecia. Se reconoce la
legitimidad de un amor casto entre muchachos; y hubo parejas célebres y
altamente admiradas. Píndaro fue uno de los que más se acercó a esta clase de
amor. Sin embargo, hay que desembocar en las palabras de Marrou al pensar que el
amor prudente autorizaba besos, tocamientos y cosas más precisas.
No es necesario tener una
concepción jansenista de la naturaleza para prever que estas frágiles barreras
no debían resistir mucho al desbordamiento de la concupiscencia carnal. Por
eso, junto a estas relaciones de nivel elevado, existían otras más ínfimas en
las que no podían ocultarse los instintos sexuales, y en las que el deseo
impulsaba a los hombres tras de los jovencitos. Por eso, a despecho de las
leyes, varones prostituidos ofrecían sus servicios con la ayuda de
intermediarios.
En Atenas y en otras ciudades
y puertos, existían burdeles con jovencitos. El hermoso adolescente Fedon de
Elis fue vendido a un burdel después de ser hecho prisionero, y Sócrates pagó
la suma requerida para libertarlo.
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Safo en una representación del siglo XIX |
Una de las mayores
singularidades de la historia de la filosofía radica en que el interlocutor del
sabio, en su incomparable diálogo sobre la inmortalidad del alma, es un joven
prostituido.
La indulgencia de los griegos
por la pederastia se extendía igualmente al capítulo femenino, cuando lo
espiritual aparecía en primer plano de las relaciones.
En los principios del lirismo
griego aparece la figura trágica de Safo, nacida en Eresos, en la isla de
Lesbos, La «décima musa», fue para los griegos un milagro apenas
comprensible. Iniciadora de un círculo de muchachas que, consagradas al
servicio de las musas, se preparaban para su ulterior misión de mujeres, se
convirtió en la alegoría y símbolo de la homosexualidad femenina, en el
safismo, o amor lesbiano.
Muchas jóvenes, al parecer,
tomaron rumbo equivocado en su modesta Academia. La propia Safo acabó enamorándose
de una de sus alumnas, pero su amor no fue correspondido, como tampoco lo fue su
amor por su amigo místico Faon. Desesperada por tanto fracaso, se arrojó al
mar. Mientras vivió Safo, el lesbianismo se puso de moda y ofreció a los
amantes de la comedia y la burla abundantes motivos de diversión. Pero una vez
muerta no se volvió a oír hablar en Lesbos ni en el resto del territorio
griego de notables casos de homosexualidad femenina. A las mujeres que se
entregaban a tales desviaciones se les daba el nombre de tríbadas (del griego
tribo, frotar), pero Luciano, el poeta griego de la época romana, las calificó
de lesbianas por vez primera, y luego Marcial y Juvenal se encargaron de
detallar estos amores lesbianos, de mujeres que no querían saber nada de los
hombres.
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