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El 14 de marzo de 1823, se producía en una casa de labradores de Wildensbusch, al norte del cantón de Zurich, un gran alboroto, perceptible desde todo el pueblo. A eso de las diez de la mañana oían los vecinos, más que extrañados, sobrecogidos de religiosa emoción, el eco de saltos y de golpes que, entre fuertes gritos, llegaba del piso alto de la vivienda aldeana.

A juzgar por todas las apariencias, en la casa propiedad del honrado labrador Peter se estaba trabando una lucha terrible. Entre chillidos penetrantes y coléricas voces de mujer, se distinguía el estrépito de recios golpes, que hacían temblar la casa. Parecía que estuviesen haciéndolo todo trizas en ella con hachas y martillos, pues saltaban los cristales de las ventanas, caían rotos sus bastidores, y al cabo de dos horas de pelea, hacia el mediodía, hasta las tablas del suelo saltaban al patio en menudas astillas.

La voz aguda de "santa Greta", la hija del labriego Peter, bien conocida de todos, sobresalía clara dela ruidosa batahola, dominándola insistente.

"¡Duro! -chillaba- dadle firme, que es un bribón, un malvado; pegadle, por Dios, sin tregua hasta sudar sangre."

Hacia las cuatro de la tarde pudo verse cómo caían al patio trozos considerables de maderamen, y desde enfrente de la casa se oía perfectamente el ruido causado por un desplome parcial de la buhardilla en el interior de la vivienda. A todo esto, la gente no se movía, sobrecogida de religioso temor, que la tenía paralizada ante el largo y estruendoso espectáculo. Todo el mundo sabía allí que Margarita Peter luchaba en aquel momento a vida o muerte con el infernal enemigo.

Greta, bella, inteligente y vivaz, ya en su primera juventud había sobresalido netamente entre todos sus hermanos y hermanas. Habiendo oído hablar, a los quince años de su edad, de las hermandades de los "despertados", se sintió fuertemente atraída por las incesantes peregrinaciones de aquellos sectarios a través de Buch, Beggingen, Turgovia, Sehaffhausen y Zurich.

Su inquietud la llevó a la escuela del enrevesado místico Jakob Ganz, que entonces inundaba las parroquias y aldeas de Aargau con sus escritos religiosos, propios más bien de un mentecato aficionado al estilo arcano. Bien poco tardó la discípula en adquirir soltura en todas las materias religiosas, al tiempo que cobraba fama de santidad y veía popularizar su remoquete de "Santa Greta" a fuerza de visiones, de luchas con Satanás y de victorias exorcistas, obtenidas en numerosos casos de posesos. Para mayor halago de su amor propio, tampoco tardó en ver satisfecho su ambicioso antojo de trabar conocimiento con Bárbara Juliana von Krüdener, dama de noble cuna, ocupada en agobiar al norte del país (Suiza) con sus predicaciones. La Krüdener le dio el espaldarazo sin reparo, habilitándola para luchar con los endriagos de sus místicos delirios.

Pero cuando esto sucedía, ya Margarita Peter había pasado de doncella a mujer por obra y gracia de la devoción del zapatero de Illnau Morf, que por cierto estaba casado. Este sujeto le inspiró, cuando aún vivían separados, la idea de las famosas "cartas espirituales" o "correo del alma", que habían de servirle para dar salida a sus efusiones literarias. Para conocer el estilo y aun la materia, véase la carta siguiente:

"¡Ah! ¿Por qué habrás llegado a serme tan indeciblemente amable? ¿Por qué te amará tanto en mí el Amor? El viernes, después de nuestra despedida, me he ido al mismo monte, y allí tuve que quedarme tiempo y tiempo mirando a tu aldea, para volver a caer luego, una y otra vez, en el mismo inefable estado de ensoñación. ¡Oh! tú, corazón mío, hijo del mismo Amor, sin duda engendrado por Dios, que es la suma expresión del amor. Por eso no me puedes ser nunca arrebatado por el Amor, ¡niño mío! ¡Oh! siempre amado ensueño mío, entre miles y miles reservado para mi dicha ¡Ah! ¿Cómo habré de hablar contigo? O ¿qué es lo que tengo que hacer contigo, prenda mía y mi vida entera?"

Realmente, tardó bien poco en saber cómo tenía que hablarle y lo que tenía que hacer con él, ya que, sin pararse poco ni mucho en la presencia atormentada de la esposa del zapatero, que no sentía especial devoción por la "Santa", vivió catorce meses con el matrimonio en el taller y allí alumbró a un niño, que la esposa de Morf hizo pasar por suyo, para que su marido no anduviese en lenguas y quizá también para salvar su amor propio.

A todo esto, Greta había llegado a los veinticuatro años de edad convertida en una espléndida mujer, y con los años, también sus visiones y su renombre y fama habían aumentado. En una ocasión llegó a aparecérsele un ángel, para revelarle que ambos, el zapatero y ella, iban a ser arrebatados a los cielos en vida, renovando así la Asunción. Persuadida de ello, se vistió sus mejores galas y le ordenó al amado que hiciese lo mismo. Así endomingados, esperaron todo un día la hora de la partida para la patria celestial, sin que se produjese la más leve novedad ni la ley de gravedad dejase de importunarlos. Amargamente defraudada, se volvió Margarita Petera su aldea de Wildensbusch, en donde siguió recibiendo durante tres años, de 1819 a 1821, el torrente de peregrinos que, a pie, a caballo o en elegantes coches, llegaban a su puerta en busca de la salvación, Todo el mundo, labriegos, caballeros y distinguidas damas anhelaba participar en las visiones y en las luchas con el Enemigo que la "Santa" sostenía.

Cada día más entregada a los éxtasis violentos, a los accesos de soberbia, sentía que la reverente admiración tributada por toda aquella gente apenas servía de lenitivo a su ardiente inquietud, más bien cansada y aburrida de tanto incienso monótonamente quemado ante ella. Tenía que suceder algo extraordinario, estremecedor, que conmoviese el mundo entero, si había de hallar satisfacción aquel desatinado orgullo en que se consumía.

Fue la criadita Jágglin, de la casa paterna, la que vino a sacarla de la congojosa situación, al inspirarle la idea salvadora. La Jágglin era una chica que en sus ataques histérico-epilépticos se arrancaba los cabellos y entraba en espasmos y convulsiones de tal violencia, que no bastaban a veces cuatro personas para sujetarla. "Santa Greta" cayó pronto en la cuenta de lo que allí pasaba. El diablo codiciaba, por lo visto, aquella alma con especial apetencia, y en cuanto la poseyese quedaría roto el registro de culpas de la muchacha. También Johannes Moser, cuñado de Greta, tuvo una visión semejante, en la que claramente se le presentó toda una serie de tachaduras rojas trazadas en medio de la lista de pecados de la muchacha.

En casa del labrador Peter había una nutrida concurrencia de parientes y conocidos: estaban el padre, el hermano de la "Santa", Gaspar y sus hermanas Isabel, Bárbara, Magdalena y Susana, juntamente con sus cuñados Juan y Conrado Moser, su amiga Ursula Küding y los dos sirvientes Enrique Ernst y la Jágglin. El último día, fecha de la sangrienta tragedia, aún acudió desde Illnau el zapatero Morf. Todos ellos llevaban ya tiempo entregados a la seducción místico-milagrera de Greta y eran otros tantos juguetes en manos de la posesa. Tan pronto como ésta viera en poder del diablo la lista de pecados de la criada, había recibido asimismo la inspiración de lo que había que hacer para arrancársela, riñendo con el sanguinario Enemigo el último combate.

Desde aquel día no quiso recibir más visitas, a pesar de que se agolpaban en la piaza principal de Wildensbusch los peregrinos, los caballos y los coches en que iban llegando los devotos demás distinguida condición social. En el recogimiento contemplativo de "Santa Greta" sólo tomaba parte su hermana Isabel. La mística había adoptado un aire sombrío y andaba a vueltas con la nueva obsesión de que habría que derramar mucha sangre para salvar las almas.

Por fin, el 13 de marzo de 1823, reunió la visionaria a cuantos se encontraban en la casa, y les confió la revelación de la lucha con el Enemigo. Una vez puestos a ella, la llevaron con denuedo suficiente para no dejar títere con cabeza en el piso alto y en gran parte del resaltante maderamen de la construcción.  Había comenzado la terrible contienda a las diez de la mañana, y a las ocho de la tarde se hallaban los combatientes, furiosos aún, pero agotados.

Sólo Greta seguía incorporada en el lecho, a medias indemne entre un cúmulo de escombros, y animaba, erecta y retadora, a los desfallecidos a sacar fuerzas de flaqueza y seguir. en la brecha. Su voz se había vuelto más cálida, aunque manteniendo todavía el volumen suficiente para poder ser oída desde la calle:

"¡Miradlo allí, al maldito verdugo de las almas!" -chillaba, señalándole a la caterva frenética el lugar adonde debía dirigir sus ataques. Pero entre toda la hueste jadeante y ciega de furor, ya solamente Johannes Moser se sentía con fuerzas para levantar el hacha y descargarla sobre la pared "¡Duro con el malvado, con el protervo enemigo de nuestras almas!", farfulló aún antes de desplomarse sobre el lecho como un muñeco roto.

Cuando se hubo recobrado, mandó a todos que se arrodillasen para orar y que se disciplinasen mutuamente. Por su parte, descargó con enérgica rapidez la mano abierta sobre el cuerpo de su hermana, a fin de desterrar de él al viejo Adán del pecado y purgarlo para siempre de resabios originales.

Estaba en esto, cuando, al fin, intervino la autoridad, al cabo de diez interminables horas de escandaloso estrépito impune. La policía forzó la puerta, irrumpiendo en lo que aún restaba de la habitación, y se llevó detenidos por toda la noche a los parientes más cercanos ya los vecinos de la casa, echando a los demás a sus domicilios.

A la mañana siguiente, sin embargo, volvían a encontrarse reunidos los doce catecúmenos, que subrepticiamente habían podido filtrarse en la casa: la familia Peter con los criados, porque quedaron en libertad, y "los demás, porque se habían ingeniado para entrar de nuevo en Wildensbusch sin ser vistos.

A Greta la esperaba el manicomio con toda seguridad. Pero antes de que su ingreso en él pudiese tornarla inofensiva, todavía supo convencer a sus leales de que, justamente, ahora, en esta hora crítica, sólo mediante el derramamiento de sangre podría obtenerse la redención de muchas almas y la más rotunda victoria sobre Satanás. Para más obligarles, hizo saber que personalmente había respondido de un gran número de almas, y que por eso tenía que golpearse y todos los demás deberían imitarla y martirizarse.

Primeramente se golpeó el propio pecho y la frente, la desquiciada Greta. Luego, como viese que no hacía manar la sangre, tiró de su hermano Gaspar hacia la cama y le descargó una porra de hierro sobre la frente y el pecho. La sangre corrió ahora abundante, sin que el herido hiciese resistencia alguna, pues creía que no podría defenderse de las sobrenaturales fuerzas de su hermana.

"¡Mirad, mirad cómo saca los cuernos el diablo por la cabeza de Gaspar! ¡Y por el pecho también, cómo empiezan a salir!", exclamaba entusiasmada. Los circunstantes se quedaron convencidos y la criada se llevó entonces a Gaspar medio desmayado.

Después tomó la "Santa" un mazo de madera de entre los variados instrumentos contundentes que había tenido la previsión de hacer reunir a su alcance, y golpeó con él las cabezas de su hermana Isabel, de su cuñado Moser y de su amiga Ursula Kündig hasta hacer brotar la sangre en ellas. En esto su padre, el viejo Peter, se alejó de allí, harto al fin de tanto martirio. Temerosa Greta, por este y otros indicios, de que su poder fuese a desvanecerse, persuadió como mejor supo a sus partidarios de que todavía tenía que correr más sangre para salvar a todas las almas por las que había salido fiadora ella.

"¿Estáis dispuestos -preguntó- a ofrendar vuestras vidas por la salvación de tantas pobres almas?" "Sí", le contestaron todos, aunque fueron las primeras y más resueltas su amiga Kündig y su hermana Isabel.

Greta designó a ésta para el sacrificio propiciatorio, le golpeó la cabeza con el mazo de madera, la tendió atravesada sobre la cama y requirió a los presentes para que siguiesen golpeándola hasta dejarla muerta. Viendo que su amiga Kündig se resistía de pronto a quitarle la vida, prometió Greta:

"Yo resucitaré a mi hermana, lo mismo que tengo de resucitar yo misma. Tienes que hacerlo, pues, porque así lo quiere nuestro Padre Celestial" Ante la categórica promesa, aceptó la amiga Kündig y descargó sobre Isabel una barra de hierro cuantas veces necesitó para dejarla exánime. Greta, en tanto, sentada junto a la hermana, se daba de cabezadas contra los largueros de la cama. La sangre que de las heridas le manaba, la hizo recoger en una escudilla y rogó a Ursula Kündig que la hiriese más todavía, porque la sangre que había vertido y esperaba verter aún, iba a servir para la salvación de muchas almas. La Kündig obedeció: con una navaja de afeitar le hizo una incisión circular en torno al cuello y dos en cruz sobre la frente, sin que la "Santa" moviese un músculo de su rostro ni dejase escapar una sola queja por efecto del dolor.

No contenta con esto, pidió luego que la crucificasen, e hizo llevar allí los clavos y colocar sobre la cama restos de los tablones rotos del piso para que le sirviesen de cruz. Otra vez tuvo la Kündig que encargarse del papel de sayón, ayudada por Susaria, hermana de la crucificada. En primer lugar, le hincaron los clavos en las manos y en los pies, luego en las articulaciones de los codos, y, por último, le atravesaron los pechos con otros dos clavos. Durante toda la sangrienta farsa, estimulaba Greta a sus verdugos, diciendo: "Dios infunda a vuestros brazos fuerza. No siento dolor alguno. Nunca he experimentado sensación más placentera. Tú sé fuerte, Ursula, para que Cristo salga vencedor de Satán" Luego que estuvo crucificada, rogó que le hincasen un clavo más en el corazón, o que le partiesen la cabeza. Ursula trató de hacer penetrar en ella un cuchillo, pero la hoja se dobló. Quiso entonces Greta que la golpeasen simplemente hasta rompérsela y dejarla sin vida, a lo que la amiga, hastiada de tanta sangre, ya no accedió. En cambio, Conrado Moser, que hasta aquel instante no tomara parte en la carnicería, cogió una barra de hierro y le hundió el cráneo con ella. Con unos breves estertores, entregó su espíritu la "Santa". Ultimado este sacrificio, se dio entrada en la casa a los que fuera habían esperado, los cuales, "espantados del aspecto horrendo de los cadáveres, se tranquilizaron, sin embargo, al saber que todo se había hecho por orden terminante de "santa Greta"", según cuenta la crónica.

Cuanto restaba ahora era esperar la anunciada resurrección de las dos hermanas, y a ello se pusieron todos con plena confianza.

Sólo el criado Enrique Emst y Ursula Kündig sintieron el escrúpulo de que tal vez los clavos aumentasen la dificultad de resucitar.

Para allanar los caminos del milagro entraron de noche en la pieza y a la luz vacilante de una vela arrancaron de la cruz a la mártir, colocando con cuidado a las dos hermanas sobre la cama y, así, bien juntas, las cubrieron con un sudario.

Finalmente, como la resurrección no sobrevino, poco se hizo esperar el descubrimiento de los hechos y el castigo de los culpables. Todos ellos expiaron sus crímenes con largas penas de correccional.


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