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Hombres y mujeres, todos
Grandes de España, paseaban por el jardín de la Alameda, curiosos y
encantados. En ese principio del mes de mayo de 1785,la duquesa de Osuna
inauguraba su palacio de verano, y había invitado a las personas de más alta
alcurnia de Madrid. Después de visitar el palacio, hermosas mujeres de sedosos
vestidos y gentiles hombres con trajes a la francesa conversaban entre las
flores mordisqueando golosinas. Flotaba en el aire tibio de la primavera un
perfume de alegría, ya que era bienvenida toda ocasión de escapar de la
etiqueta opresora de la corte.
Se comentaban las comidillas
del día, se observaba y se dedicaban sonrisas encantadoras o miradas viperinas;
las damas se susurraban secretos detrás de sus abanicos. Muchas cabezas se volvían
hacia un hombre de unos cuarenta años, parado junto a la duquesa. Se sabía y
se repetía que era su amante y se censuraba la complacencia del duque de Osuna.
Algunas damas se ofuscaban: el amante no era más que un simple plebeyo,
mientras que la duquesa era varias veces "Grande" de España. Otras
les replicaban:
-Sí, pero no es un hombre
común. Es Goya.
El nombre de Goya se
pronunciaba con admirativo respeto. Desde hacía unos años, el pintor estaba de
moda entre la aristocracia. Tras haber permanecido oscuro y desdeñado mucho
tiempo a pesar de su talento, había tenido la suerte de entrar diez años antes
a la Manufactura Real de Tapices gracias a la protección de su suegro. Allí se
le encargó ejecutar grandes cartones de tapicería. El brillo de sus
composiciones, su equilibrio, la vivacidad de los colores y sobre todo la alegría
que trasuntaban sus cartones llamaron la atención. En 1780 fue nombrado miembro
de la Academia de San Fernando, nominación que le abrió las puertas de la alta
sociedad.
Su suegro, protegido del
conde de Fuentes, ministro del rey, lo había llevado a las reuniones ofrecidas
por el conde. Goya había seducido a todos. Su ardor casi salvaje, su fuerza de
vida, la pasión que le animaba, contrastaban con la desabrida indolencia de los
Grandes. Se le interrogaba, y sus interlocutores pronto eran cautivados por el
entusiasmo con que hablaba de su arte. Los cartones, en los que pintaba escenas
campestres y ligeras, conquistaban a los nobles cansados de una pintura austera
y oscura. Por fin alguien traducía el alma brillante y entusiasta de España.
El pincel de Goya evocaba la naturaleza, el placer, las risas y canciones. Por
el tiempo que duraba una mirada, se eludía el rigor afectado del Escorial, el
mortal aburrimiento del palacio real, la rígida solemnidad impuesta por la
etiqueta.
La pintura de Goya era una
fiesta, representaba la despreocupación, la felicidad, tan raras en la corte.
Recibió el pedido de un
retrato, luego de otro, y se mostró diestro en captar el carácter de sus
personajes. Los pintores que le habían precedido reproducían fielmente las
facciones de sus modelos; Goya plasmaba su esencia. En sus obras aparecían la
nobleza, la bondad, la vulgaridad, la codicia o la ternura, y al contemplarlas
se descubría el alma de su modelo.
El rudo encanto de ese hijo
de un artesano tanto corvo su talento, habían conquistado a la duquesa de Osuna
considerada veleidosa y un poco desatendida por su esposo.
Goya se había impresionado:
la duquesa era deliciosa y sobre todo representaba el mundo que él soñara
durante tanto tiempo sin imaginar que un día podría frecuentarlo. Se estableció
entre ellos una relación mitad amor, mitad amistad.
La duquesa se enorgullecía
de tener como amante al pintor que ella consideraba el más talentoso de su
tiempo y quería que él se encargase de la decoración de su palacio de verano,
lo que también tenía la ventaja de justificar la prolongada presencia del
pintor en la Alameda.
Goya recibía con amabilidad
los cumplidos de los invitados que se le acercaban. Poco mundano por naturaleza,
pronto había comprendido la importancia de contar con brillantes relaciones si
quería ser reconocido. Su infancia pobre, las decepciones y rechazos sufridos
en su juventud le habían dotado de un fuerte deseo de revancha. Ser admisión
entre los Grandes le llenaba de satisfacción; era una parte importante en su
carrera hacia la gloria. Más que la necesidad de dinero motivada por una
familia que comenzaba a hacerse numerosa, le impulsaba una feroz ambición.
Observaba a los invitados. Su
mirada trasladaba sus rostros a una tela imaginaria, buscando descubrir sus
secretos y captar sus almas. De pronto, su mirada se inmovilizó. Una mujer muy
hermosa se acercaba acompañada por un gentilhombre. A Goya le impresionó su
larga cabellera negra con mil rizos que caían en cascada hasta la cintura cpn
exquisita fineza. El rostro terso, de grandes ojos oscuros parecía aureolado de
luz. La joven caminaba, graciosa con su vestido liviano ondulando a cada paso.
Goya se interrogaba
mentalmente: ya la había visto ¿pero dónde? La imagen de una jovencita de
facciones ya esbozadas vino a su memoria. Había sido unos seis o siete años
antes, en la casa del conde de Fuentes cuando acompañara a su suegro. Estaba
entonces aturdido por el mundo que descubría y no le había prestado demasiada
atención. Pero ahora una mujer radiante reemplazaba a la adolescente.
Ella se acercó, besó a la
duquesa de Osuna y se extasió ante el palacio, cuya arquitectura recordaba la
de Aranjuez, recientemente ampliado y embellecido por el rey Carlos III.
La duquesa dijo:
-Pienso que ya conoces a
nuestro ilustre artista.
Volviéndose a Goya, prosiguió:
-Estimado amigo, tengo el
placer de presentaros a Su Grandeza la duquesa de Alba...
Se interrumpió, asombrada.
El pintor miraba a la recién llegada como si fuese un fantasma. Permanecía
anonadado, olvidando su maneras.
-Y bien, amigo mío, ¿qué
ocurre?
Goya se sobresaltó, se
recuperó y se inclinó ante la duquesa de Alba que tenía un brillo divertido
en sus pupilas.
-Vuestros cañones de tapicería
me agradan mucho.
La duquesa de Osuna tendrá
un palacio muy bello -dijo.
-Gracias por hacerme el honor
de alabar mi pintura.
¿Sabe Vuestra Gracia que los
obreros tapiceros no comparten su opinión? Se quejan y me reclaman motivos
menos coloridos.
-No escuchéis a esos
haraganes y pintad a vuestro gusto -intervino la duquesa de Osuna.
La duquesa de Alba quiso
saber cómo eran los decorados previstos por la duquesa de Osuna. Goya replicó
que se estaba impregnando del ambiente a fin de armonizar los temas tanto con el
palacio como con el jardín, que sería lujurioso. La duquesa asintió con la
cabeza, reiteró sus cumplidos a la duquesa de Osuna y acotó:
-Este palacio es tan
agradable que me da deseos de vivir en el campo. Pero Piedralita está frío
todavía, y temo que mi marido, el duque, se enferme.
Explicó para Goya:
-Piedralita está entre las
montañas, el clima es más riguroso que aquí. En cambio, se respira en el
verano.
-Mi muy querida amiga, mi
palacio es tuyo. Ven tantas veces como quieras.
-Con gusto.
La duquesa de Alba se alejó,
acaparada por otros invitados. Durante la conversación. Goya había dominado su
turbación mostrándose afable, sin más. Sin embargo, creyó conveniente
desarmar los posibles celos de la duquesa de Osuna y se adelantó a su pregunta:
-¿Sabéis? Tuve un instante
de sorpresa cuando me nombrasteis a la duquesa de Alba. Recordaba al duque de
Alba como un hombre muy anciano y me llevó un momento comprender que se trataba
del nuevo duque.
La duquesa se echó a reír.
-¡Era eso entonces! Confieso
que me intrigasteis; lo contemplasteis como a un aparecido. Pero, veamos, el
anciano duque, que era abuelo de la actual duquesa, murió hace ocho años.
Desde entonces, su marido, el marqués de Villafranca, ha tomado el título.
-Por un momento lo olvidé.
¡Qué tonto!
-Trabajáis tanto que no tratáis
suficientemente a la corte. Estáis perdonado.
Más lejos, en el jardín, la
joven duquesa de Alba, mientras conversaba con sus amigos observaba con el
rabillo del ojo al pintor. La curiosidad la devoraba:
-¡Así que ese es el célebre
Francisco de Goya!
La duquesa de Osuna, con su
olfato habitual, presentía la gloria y buscaba apropiársela. Eso la irritaba
enormemente.
La duquesa de Alba, a quien
apodaban "la Cayetana" y la duquesa de Osuna eran grandes amigas.
Ambas inteligentes, gustaban de las letras y del refinamiento, eran famosas y
varias veces Grandes de España. La duquesa de Osuna había confeccionado una
lista de catorce mujeres a las que autorizaba a tutearla y a llamarla prima, y
la Cayetana encabezaba esa lista.
Se entendían de maravilla,
unidas por una simpatía mutua, pero esa amistad se acompañaba de una suerte de
rivalidad afectuosa creada por sus similitudes. Era cuestión de ver quién
llevaba los mejores adornos, quién tenía más éxito con los caballeros, pequeño
juego que no alteraba su profundo afecto.
Ninguna de ellas habría
traicionado a la otra ni seducido a su marido, pero quitarle el amante de una
temporada carecía de importancia y sería la broma más encantadora.
Al ver a la duquesa de Osuna
sonreír a Goya, la Cayetana sentía una punzada de celos que conocía bien,
digna de la niña mimada que era. Se le puso en la cabeza que sería divertido
convertirse en la mecenas de Goya. Cuanto más rumiaba la idea, más persuadida
estaba.
Varios de los invitados se
quedarían en el palacio algunos días a fin de gozar de las diversiones
campestres.
Paseaban, conversaban,
escuchaban música por la noche.
La duquesa de Osuna como la
duquesa de Alba tenían debilidad por Haydn, que la orquesta de la primera
ejecutaba con talento. Madrid parecía muy lejos, y se aprovechaba para criticar
a ciertas damas de la corte consideradas atroces impertinentes. Goya sonreía a
todos pero, discretamente, no cesaba de espiar a la Cayetana, admirando su
elegancia, su rostro, sus gestos, la gracia de sus movimientos, el brillo de su
cabellera.
A la duquesa de Osuna se le
ocurrió una idea: propuso ir a merendar a orillas del Jarama. La propuesta
encantó a sus invitados: comer sobre la hierba como campesinos, en una
sencillez bucólica, desataba el entusiasmo. ¡Qué diferencia con la corte! Y,
para ser más naturales todavía, no irían en carroza sino a lomo de burro, lo
que llevaba al colmo la excitación general.
Al día siguiente por la mañana,
la duquesa y sus invitados partieron en fila india hacia el cercano Jarama. Los
lacayos desenvolvieron los paquetes de picadillos, carnes y dulces, pusieron
sobre la hierba cojines y sillones y se dedicaron a tender la mesa a la sombra
de los olivos, mientras damas y caballeros exultaban de alegría. Intepretando
el sentimiento general, una condesa un poco marchita se echó hacia atrás en su
sillón y dijo abanicándose indolentemente:
-¡Ah! ¡Qué hermoso es ser
una campesina! Traedme pues un poco de ese vino de Jerez que mantenéis al
fresco en el río.
El almuerzo fue exquisito, la
duquesa de Alba reía. Y su risa sonaba fresca como un torrente de montaña,
descubriendo unos dientes estupendamente blancos y parejos.
-Señor Goya, ¿no os inspira
esta merienda un cartón de tapicería? -preguntó.
-Puede ser que sí, Vuestra
Gracia. Pienso que una escena tan encantadora adornaría muy bien el palacio de
Su Gracia la duquesa de Osuna.
Después del almuerzo se bailó
alternando minuetos de corte y seguidillas campesinas de ritmo alegre.
Mientras la mayoría de los
invitados se desplomaban en sus sillas, sin aliento, la Cayetana derramaba
vivacidad.
Viendo a su asno, exclamó:
-Voy a dar un trote.
No bien terminó de decirlo,
montó sobre el animal, lo azuzó. Obligada por la rivalidad, la duquesa de
Osuna subió a su vez a su cabalgadura. Siguió una carrera entre las dos
duquesas, alentada por los invitados.
Por desgracia, el asno de la
Cayetana tropezó, la _joven dio unas vueltas en el aire y cayó al suelo. Goya
y los invitados acudieron, asustados. La Cayetana yacía inanimada. Por la emoción
que experimentó, Goya comprendió lo que ya sabía sin atreverse a confesárselo:
estaba locamente enamorado de la duquesa de Alba.
La duquesa de Osuna temblaba
y lloraba, acusándose de haber provocado la caída por esa carrera idiota. Al
fin la Cayetana se movió. La ayudaron a levantarse. No tenía nada, salvo los
miembros doloridos. La duquesa de Osuna hizo venir una carroza, instaló en ella
a su amiga como si estuviese grave, a despecho de sus protestas.
-Pero, querida mía, estoy
bien, no estoy muriéndome, te lo aseguro -repetía.
De regreso en el palacio,
después de tanta emoción, se impuso una bebida reconfortante. Se comentó el
acontecimiento hasta el cansancio. Goya callaba, trastornado todavía por la
escena.
Algunas semanas más tarde,
Goya descubrió sus cartones. Se había negado a mostrar su pintura antes de que
estuviese terminada, y la duquesa de Osuna se moría de impaciencia. Cuando vio
el conjunto colorido, viviente, claro y alegre, lanzó un grito de admiración y
aplaudió:
-¡Es magnífico!
Absolutamente magnífico. Mi palacio será el mejor decorado de España y la
Cayetana enloquecerá de celos.
Mirando desde más cerca,
exclamó de pronto:
-Pero ¿no es este el
recuerdo de nuestra merienda y de la caída de la duquesa de Alba? La reconozco,
es ella.
-En verdad, sí. Ese día fue
memorable y La caída un momento intenso.
-Lo recuerdo como si fuera
ayer. ¿Y este: El columpio, es otro recuerdo, no es cierto? Y la joven que se
columpia también se parece a la Cayetana.
Goya calló, sonriendo. La
duquesa adivinaba. Ella lo miró con una mirada de mujer perspicaz que casi lo
hizo ruborizar.
Después de la cena, ella
inquirió:
-Y ahora, amigo mío, ¿pensáis
quedaros un poco conmigo o regresaréis a Madrid?
-A pesar de la felicidad que
me procura estar a vuestro lada, debo partir. La Manufactura Real de Tapices me
reclama.
-¡Qué pena! En Madrid no
estaremos tan cómodos.
En Madrid, Goya volvió junto
a su esposa, a quien, a falta de amor, dedicaba un tierno afecto. Retomó su
actividad oficial y volvió a frecuentar los salones de la aristocracia.
No bien lo supo de regreso,
la Cayetana lo invitó su palacio de Barquillo. El pintor no se hizo rogar; no
pensaba más que en ella. Por la alegría que siguió a la invitación y la
jovialidad que él manifestaba, su esposa sospechó que estaba enamorado.
Aceptaba, resignada, su posición de mujer engañada, contentándose con traer
al mundo hijos que lamentablemente no vivían mucho, sucumbiendo a una u otra de
las tantas enfermedades infantiles.
El mismo deslumbramiento
embargó a Goya cuando vio de nuevo a la Cayetana; la emoción le entorpecía la
mente y lo paralizaba. Aunque intentó dominarse, ella se dio cuenta y sonrió
maliciosamente detrás de su abanico. Conocía esa turbación. El, súbitamente
torpe, no supo qué decir.
-Vuestra Gracia es la mujer más
magnífica que me ha sido dado contemplar. Encarna la belleza misma.
La Cayetana había escuchado
mil veces palabra; semejantes, pero, viniendo de la boca del retratador, el
cumplído la halagó. Sonrió, divertida por la ingenuidad de ese hombre ya
maduro.
Después de la cena, la
duquesa de Alba ofrecía un concierto a sus invitados. Goya, que apreciaba la
orquesta de la duquesa de Osuna, quedó impresionado por la de la Cayetana,
cuyos músicos eran sin lugar a dudas los mejores del reino. Las sillas estaban
dispuestas en semicírculo, en varias filas. Ubicado de costado, detrás de la
Cayetana, Goya admiraba los largos cabellos rizados que caían sobre un hombro
blanco y terso; adivinaba las mejillas, el cuello, imaginaba la nuca suave, y
apenas escuchaba la música. Se interpretó un trozo de Gluck, luego uno de
Haydn y Goya notó la atención más sostenida de la Cayetana, ferviente melómana.
Pensaba en un retrato de ella, el rostro luminoso, como impregnado de música...
Cuando los invitados se
despidieron, la duquesa le pidió que volviera a visitarla en Barquillo, por la
tarde esta vez, a fin de conversar más tranquilos. Nuevamente el contento
infantil de Goya, que no pudo disimular, le arrancó una sonrisa divertida.
Goya volvió y pronto se
convirtió en un íntimo del palacio de Barquillo. La duquesa le preguntaba mil
detalles acerca de su pintura, sus aspiraciones y demostraba particular interés
por sus hijos. Ella no los tenía y eso la desconsolaba. Se interesaba por su
situación financiera, poco brillante a pesar de la gloria, y le prometió usar
de su influencia para conseguirle encargos lucrativos. Cumplió su palabra:
Su Majestad encargó a Goya
ejecutar cuadros destinados a adornar la habitación de los infantes. Fiel al
espíritu de sus cartones de tapicería pintó Las estaciones. La
frescura y la alegría que expresaban los cuadros encantaron a los niños.
Goya recibió los cumplidos
sonriendo; él sabía que su alegría provenía de las sonrisas que le dedicaba
la Cayetana.
Los duques de Alba pasaban
los veranos en su residencia de Piedralita, situada en medio de la sierra.
Mientras en Madrid uno se ahogaba de calor, el aire de altura era fuerte y sano.
La duquesa sugirió a su marido invitar a Goya, su mujer y sus hijos, arguyendo
que esa estancia fortificaría su salud y permitiría a Goya renovar su
inspiración. Ahora pretendía ser la mecenas oficial del pintor.
El duque aceptó. Sabía cuánto
apreciaba su mujer la presencia de los niños. Goya y su familia se instalaron
en Piedralita. La esposa de Goya se esforzó en no ver la intensa admiración
que brillaba en los ojos de su marido cuando miraba a la duquesa. Pensaba que
ella no podía rivalizar con una de las mujeres más hermosas de la corte; que,
por lo demás, la duquesa no era infiel como la duquesa de Osuna y que la pasión
de su marido era platónica.
Goya, estimulado por la
presencia de la Cayetana pintaba sin tregua. No quería decepcionarla, deseaba
llamar su atención, seducirla con su talento, y ese deseo le estimulaba. Nunca
su pincel había sido más fluido, más suelto, más colorido. En sus telas, los
trabajos del campo parecían alegres como un recreo, los trabajadores respiraban
la alegría de vivir. Después de El verano, que mostraba la cosecha en
colores ocres y dorados plenos de sol, pintó El otoño, que representaba
la vendimia. En este último, los rasgos de las vendimiadoras eran los de la
Cayetana. La mente de Goya estaba tan llena de ella que, casi sin proponérselo,
había reproducido su rostro.
Era una confesión más
sincera que las más grandes declaraciones. La Cayetana lo comprendió y adivinó
las sospechas que sugeriría el cuadro a quienes lo contemplaran. Pero eso la
divertía. Catorce veces Grande de España, no le importaban las murmuraciones
de la corte. Su grandeza la colocaba por encima de la maledicencia.
En otoño, Goya y los suyos
regresaron a Madrid mientras los duques de Alba iban al Escorial, donde residía
el rey todos los años en esa época. El triste y austero Escorial pareció a la
duquesa más sombrío que nunca. Llovía con frecuencia en esa estación y los
altos muros grises evocaban la insipidez de una cárcel. Allí una nadería
parecía incongruente, la corte se moría de tedio.
La Cayetana regresó a Madrid
con alivio, y su palacio de Barquillo le pareció la más deliciosa de las
residencias.
En esa feliz disposición de
ánimo, recibió a Goya con evidente placer. El duque de Alba era de poca salud
y en comparación, el entusiasmo de Goya encarnaba la vida. La Cayetana lo
encontraba encantador; fue sensible más que de costumbre al ardor que lo
animaba y a su adoración. Pronto todo Madrid se preguntó si Goya era el amante
de la Cayetana. La gente espiaba sus miradas, sus gestos, calculaba el tiempo en
que estaban solos exagerándolo más o menos, observaba la actitud a la vez
distraída y feliz de Goya, repetía que ya no veía a la duquesa de Osuna desde
hacía largo tiempo más que como un simple amigo y movía la cabeza con aire
entendido.
El se confiaba a la duquesa
de Osuna, convertida en su amiga. Un vínculo cálido pero desprovisto de pasión
los seguía uniendo. La duquesa era demasiado inteligente para sufrir por su
amor propio herido; siempre había apreciado al pintor más que al amante y
comprendía que su temperamento apasionado no concordaba con su frivolidad de
mujer coqueta. El no le ocultaba su devoción por la Cayetana.
¿Cómo habría podido
hacerlo si sus menores palabras delataban esa devoción? Y, aunque se hubiese
mantenido mudo, sus telas la habrían revelado.
Después de unos dos años,
la duquesa de Alba comenzó a cansarse de su fogoso adorador. Goya estaba
siempre allí, enamorado, ardiente, dispuesto a satisfacer sus deseos, ávido de
ella y de su presencia; disimulaba mal unos celos que ella no soportaba. La
irritación de la joven aumentó, se sentía ahogada. Tenía veintiséis años y
deseos de vivir y divertirse. Espació sus encuentros, inventó mil obligaciones
y buenas razones para verle con menor frecuencia; luego, después de un verano
en Piedralita, dejó de verle totalmente.
Goya sufría, tanto más por
cuanto estaba obligado al silencio. Esposo y padre, no podía confesar su amor
por la Cayetana, aunque nadie lo ignorara. Amargado, se dedicó al trabajo.
Continuaba ejecutando cartones de tapices y retratos de personalidades de la
corte.
En 1789, cuando en Francia
atronaba la Revolución, en España se produjo un gran acontecimiento: murió el
rey Carlos III y le sucedió Carlos IV. Ahora bien, a este, contrariamente a su
predecesor le gustaban las corridas de toros y las puso nuevamente de moda. A
partir de entonces, los domingos los nobles se agolpaban en la Plaza Mayor de
Madrid, cubierta de arena. Se cerraban las calles, y ellos asistían a las
corridas desde los balcones de los edificios que rodeaban la plaza. Goya, atraído
por ese colorido ambiente, no faltaba nunca.
Tuvo la turbadora sorpresa de
ver a la Cayetana cerca del balcón real. Manifestaba gran entusiasmo alentando
a los toreros, levantándose de emoción ante un buen pase y no vio siquiera al
pintor.
Goya regresó a su casa con
el corazón oprimido. Concurrió a las corridas siguientes y volvió a verla
cada vez. Cuando ella lo notaba, le hacía una pequeña señal amiga agitando su
abanico, y eso era todo. Después de la corrida no se dignaba dirigirle la
palabra; en cambio, felicitaba a los valientes toreros, y Goya descubría en las
miradas que les lanzaba una admiración que le hacía arder de celos.
Iracundo, concibió el cuadro
El rapto, en el que los toreros raptaban a una maja cuyas facciones eran
las de la duquesa de Alba.
La palabra majo -maja cuando
se trataba de una mujer- designaba a una persona con la guapeza de la gene del
pueblo más que de la buena sociedad, un tipo de aventurero simpático que se
introducía en todos los medios conservando una suerte de picardía popular y
aspecto de niño bueno. De sus orígenes modestos, Goya guardaba un gusto por la
gente humilde que se expresaba en sus cartones con motivos campestres. Era
afecto en particular al majo. Un personaje alegre, despreocupado, descarado,
pero desprovisto de cálculo y maldad.
Al pintar a la duquesa de
Alba con los rasgos de una maja, recreaba la jovialidad natural de la Cayetana,
pero también le quitaba su condición de Grande de España. Era a la vez una
manera de decirle que apreciaba en ella a la mujer y no a la dama noble, y que
era a esa mujer a quien amaba.
Era también una pica
vengadora de pretendiente rechazado. Le testimoniaba que era indigna de ser
catorce veces Grande de España porque tenía el alma ordinaria y frívola.
La sagaz Cayetana percibió
el reproche velado así como el conocimiento de su personalidad profunda.
Decididamente Goya merecía su reputación de pintor de las almas escondidas
detrás de los rostros. Por fortuna esa ambigüedad le agradó, apreció la
fineza y la perspicacia de Goya tanto como su audacia. ¿Quién más habría
osado pintar como maja a una Grande de España?
Tomó entonces conciencia de
que había extrañado a Goya y lo llamó. El volvió a ella transportado de
dicha y más enamorado que nunca. Con el regreso de su musa, recuperaba su
fecundidad, su inspiración, su aliento, y estaba dispuesto a pintar la alegría.
Parecía como si ella
atrajera la felicidad sobre los que quería, pues Goya recibió el título de
pintor de la casa real.
Gozaba del favor del nuevo
soberano, que apreciaba mucho sus retratos y le encargó el de los infantes. Ese
favor real acabó de abrirle las puertas de la alta aristocracia. A partir de
entonces, todos quisieron poseer su retrato ejecutado por el pintor. Se lo
buscaba, se lo invitaba a los más ricos palacios, se lo alababa, su gloria y su
fortuna llegaban a su apogeo.
Fue entonces cuando la
desgracia le asestó un golpe brutal. Goya sufrió una fulminante congestión
cerebral, y la Cayetana cayó a su vez enferma de un mal misterioso que ningún
médico pudo explicar. La enfermedad los separó.
Goya se recuperó lentamente
de su congestión en Andalucía, sin lograr empero recobrar el oído perdido,
mientras que la Cayetana vivía casi recluida, sea en Barquillo, sea con más
frecuencia en su propiedad montañesa de Piedralita. Se consideraba disminuida y
rehusaba ver al pintor, lo que lo mortificaba profundamente: ¿imaginaba
entonces ella que sólo le atraía su belleza y la consideraba únicamente un
objeto?
Finalmente, unos años más
tarde, la Cayetana, recuperada, organizó una gran recepción para festejar su
restablecimiento e invitó a Goya.
-Vuestro abandono, querida
amiga, me ha herido mucho más que la enfermedad -le dijo él.
Ella tuvo una sonrisa triste
y comprendió entonces la sinceridad y la intensidad de su amor. Se sintió
confundida. Si la dignidad de su rango no la hubiese acostumbrado a mantener
cierta frialdad, se habría disculpado.
-Olvidemos las sombras del
pasado. La ausencia fortalece los sentimientos cuando son verdaderos -le
respondió.
Los años de sufrimiento la
habían madurado; tenía una dulzura reflexiva que iluminaba su rostro. El
observó las finas arrugas que circundaban sus ojos oscuros, el dejo de melancolía
de la sonrisa y declaró:
-El tiempo es vuestro aliado,
pues os ha embellecido aún más.
-¿Quizás ahora me juzgáis
digna de vuestro pincel?
Estaba presente en muchas de
sus telas, pero él tiempo había hecho oficialmente su retrato, retenido por un
pudor de amante, temiendo que su pincel fuese demasiado elocuente.
-Pues bien, comencemos
-propuso él.
Al día siguiente ella posó
para él en el jardín del palacio de Barquillo, hábil manera de reanudar una
relación interrumpida.
La pintó soberbia, un poco
fría, realzando con un cinturón y moños rojos la gracia nívea de su vestido
de muselina blanca que destacaba su opulenta cabellera oscura. Los ojos no sonreían,
pero el rostro seguía siendo amable. Sin embargo, para atenuar la rigidez del
conjunto, pintó a su lado a su perrito favorito.
-Habéis pintado a la duquesa
de Alba, no a la mujer -dijo ella.
-No me atreví.
Ella lo miró fijamente y
aseguró:
-Un día os atreveréis.
Se atrevió dos años más
tarde. Mientras tanto, agotado por un mal inexplicable, murió el duque de Alba.
La duquesa, ahora viuda y cercana a la cuarentena, optó por refugiarse en
Andalucía, en su dominio de Sanlúcar. No pensaba pasar una temporada sino
quedarse a vivir allí. La acompañó pues un considerable séquito. Goya
participaba del viaje. Pese a sus caprichos, una infidelidad más cerebral que
real, la Cayetana sentía afecto por su esposo. Más que nunca tenía necesidad
de la presencia del pintor, de su consuelo y del calor de su apoyo. Ambos se
instalaron lejos de la gente, en el castillo de Medina Sidonia que poseía la
duquesa.
Al fin Goya podía dar libre
curso a su pasión. Sin remordimientos había abandonado a su mujer y al único
sobreviviente de sus veinte hijos, sin apartarse empero de su familia
enteramente. La Cayetana tenía la belleza de la madurez y un deseo de vivir
reprimido durante largo tiempo junto a un marido enfermo. Ahora precisamente que
Goya podía transformar su sueño en realidad, nada ni nadie habría podido
retenerlo en Madrid.
No se separaban, daban largos
paseos en la dulzura de la tarde o se quedaban a la sombra, en la frescura del
castillo durante las horas calurosas.
El la pintó con su vestido
negro de viuda, símbolo a la vez de tristeza y liberación. Y, como una secreta
señal entre ellos, adornó su dedo índice con un anillo en cuyo centro se veía
el nombre de Goya. Hambriento de su presencia, pero incapaz de permanecer sin
pintarla, la dibujaba en un álbum que la mostraba en sus ocupaciones
cotidianas, revelando una elocuente intimidad. La pintaba peinándose ella
misma, enrollando alrededor de sus dedos los suntuosos rizos negros, o hasta con
su falda recogida por encima de la rodilla, impudor capaz de provocar desmayos
en las damas de la corte.
Más tarde, en la primavera
de 1798, un día en que él le repetía una vez más que desnuda le parecía más
bella que una diosa y encarnaba a la mujer en su absoluto, ella sugirió:
-Ya que así me encuentras la
más bella, ¿por qué no me pintas?
Goya quedó estupefacto. Jamás
habría pensado en cometer un acto de tan loca audacia. Balbuceó:
-¿Tú? ¿Desnuda? ¿La
duquesa de Alba desnuda?
Ella hizo la fina sonrisa que
él no podía resistir.
-La duquesa de Alba, no, pero
la maja, sí. ¿,Acaso no soy una maja? ¿Y no pintas a los seres en su
realidad? ¿Qué mayor verdad que la desnudez?
Goya tomó sus pinceles. La
Cayetana desnuda, tendida en su canapé, parecía una mujer a la espera del amor
ofreciéndose a su amante con una gracia soberana que sublimaba el impudor.
Cuando se vio así, quiso que
el cuadro fuese expuesto, para gran turbación de Goya, superado por tanta
provocación, pero encantado de que ella osara confesar de ese modo el vínculo
que los unía.
El escándalo fue inmenso.
Muchos caballeros daban vuelta la cara al solo nombre de Goya, las damas se
ruborizaban, y todo Madrid no hablaba más que de La maja desnuda. El arte no
justificaba tanta indecencia rayana en el insulto, y constituía un delito de
esa grandeza en España.
Goya, divertido, luego
irritado, finalmente exasperado, decidió:
-Voy a hacerles callar. Ya
que ponen en duda el valor de la desnudez en el arte, les mostraré lo
contrario.
Y pintó a la Cayetana
vestida, exactamente en la misma pose y en una tela de las mismas dimensiones de
modo que fuese posible superponerlas. La maja vestida colgada delante de La
maja desnuda, enseguida se descubría el cuadro oculto. A despecho de las
prevenciones, la mirada estaba obligada a reconocer la superioridad del segundo.
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La existencia prosiguió,
apacible. El escándalo bahía desengañado a la Cayetana. La vida mundana y la
corte se convirtieron en una molestia para ella. A las recepciones oficiales
prefería las reuniones íntimas en su palacio en Barguillo, al que había
regresado, pues Goya se vio obligado a volver a Madrid para ejecutar unos
encargos reales.
Los días pasaban dulcemente
entre las visitas de Goya y la de sus fieles amigas, entre las que se contaba la
duquesa de Osuna. Era una felicidad tranquila destinada al parecer a durar
eternamente.
De pronto, en 1802, la
Cayetana cayó enferma y, como suele ocurrir frecuentemente, los médicos
tuvieron que reconocer su impotencia. Parecía ser el mismo mal de diez años
atrás, pero, esta vez, la afectaba de manera fulminante.
Se extinguió el 23 de julio,
aún en todo el esplendor de su belleza. El dolor de Goya fue a la medida de su
amor. Perdía a su Musa, al ser único e irremplazable que había iluminado su
vida y alimentado su talento. Obsesionado por la muerte y por el más allá, sólo
pensaba en el cuadro destinado a adornar la tumba de la duquesa.
La sobrevivió veintiséis años.
Pero una parte de su alma se había ido con la duquesa de Alba. Comenzó a
renegar de ese mundo de la aristocracia que había sido el de la Cayetana.
No podía amar puesto que
ella ya no estaba, y de pronto veía a ese mundo pequeño, mezquino, corrompido
por celos y frívolas pretensiones, Sobrevino la invasión napoleónica, y Goya,
marcado por ella, pintó temas políticos o históricos que mostraban "los
desastres de la guerra". Pintar el drama concordaba con su sufrimiento
interior.
El tiempo, con su paso, no
suavizaba la crueldad de su pérdida, todo lo contrario. Sin la luz de la
Cayetana, el mundo se ensombrecía y él caía en una noche sin esperanzas. Se
retiró a su casa de Carabanchel dejando de salir y de mezclarse con la corte.
Traducía sus tinieblas en telas "negras" en las que se agitaban
monstruos y brujas que ilustraban la abyección del alma humana.
Buscaba desesperada e inútilmente
el olvido. Lo esperó de un viaje a Francia, pero el exilio no lagró ahorrar su
pena.
La muerte de la Cayetana
representaba la más dolorosa de las amputaciones y sólo aspiraba a encontrarse
con ella.
De su obra, abundante en
extremo, La maja desnuda sigue siendo el más célebre de sus cuadros y es
considerada su obra capital. Más allá de su genio pictórico, la expresión de
ese amor intenso de extraordinaria ternura es lo que emociona y le confiere un
lugar aparte en la historia de la pintura.
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