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En el siglo XVIII, todavía continuaban en auge los procesos contra las brujas. Mas bien se diría que la exaltación, la crueldad y el encono con que se las perseguía habían ido en aumento. "Un proceso seguido en Zug, capital del cantón del mismo nombre en Suiza, puede servirnos de ejemplo para corroborar el anterior aserto.

Fue algo muy típico de la persistencia de aquella peste espiritual, porque contenía los elementos todos de la pura y simple creencia en las brujas y porque en él se observaron estrictamente las normas prescritas en el «Martillo de brujas».

Los jueces no conocían a las viejas mendigas y buhoneras acusadas en el proceso. De modo que ni la codicia ni el rencor desempeñaban aquí papel alguno; únicamente se advierte la fiel observancia de las directrices y reglas consignadas en el «Martillo de las brujas».

Las torturadas, que angustiosamente trataban de encontrar la respuesta conveniente dentro de la verdad, fueron martirizadas sin piedad hasta que sus declaraciones llegaron a coincidir con lo previsto para sus respectivos casos en el famoso manual. Los jueces se hallaban todos a merced del prejuicio brujeril, enteramente sugestionados por la obsesión tradicional imperante, sin la menor posibilidad de formar juicio objetivo. Tan poderoso era el influjo de la inhumana atmósfera inquisitorial, que por fuerza hemos de absolverles hoy de la responsabilidad. Ellos mismos eran acaso las primeras víctimas de la monstruosa obcecación colectiva de la época, que les obligaba a actuar de un modo fatal, ineludible.

Pese a su superior cultura y nivel social, más a merced se hallaban ellos del recelo y temor constante a las brujas, extendido a la mayoría de los pueblos europeos como una gran epidemia, que no las pobres y sencillas mujerucas, que en su natural buen sentido y sana comprensión de personas ajenas a la cultura, apenas acertaban a explicarse las enormidades y disparates que los jueces les atribuían y esperaban oír de labios de ellas. Sólo la violencia de unos dolores intolerables las obligaba a verter como a gotas la confesión de hechos y escenas puramente imaginarios.

El 9 de agosto de 1737 se presentaba voluntariamente al tribunal de brujas en Zug una infeliz muchacha de diecisiete años, probablemente víctima de alguna afección mental.

El caso es que se acusó de haber enterrado la Santa Hostia y bailado encima; de haber tomado la forma de perro, de gato, de ratón y de una paloma negra; de haber hechizado y acabado con los animales domésticos de las monjas, prendido fuego a la ciudad de Sursee y provocado una tormenta de granizo. Como cómplices en aquellas atrocidades, acusó a seis pobres mujeres de Zug que ganaban el sustento en humildes labores serviles. Y todavía antes de la ejecución nombró a otras cuatro personas como colaboradoras suyas.

Todas las mujeres acusadas fueron interrogadas en la cámara del tormento y bien pronto confesaron, bajo los efectos del insufrible dolor, lo que de ellas se esperaba. Digo, no todas, puesto que una, Catalina Gilli, se resistió y se encerró en la negativa. Era esta Catalina una mujer de cuarenta años, casada, oriunda de Salenstein, en el cantón de Thurgau.

La voluntariosa, entereza Gilli ha sido, en los trescientos años que duró la vesania de las brujas y sus procesos, una de las pocas víctimas que resistieron todos los tormentos sin traicionar la verdad.

Afines de agosto de 1737 ingresaba en la prisión y era provista de nuevas ropas, en virtud de la creencia de que una bruja podía llevar ocultos en las suyas cabellos y amuletos del diablo, que la preservasen de los dolores de la tortura.

En el primer interrogatorio la intimaron a decir la verdad, invocando lo más sagrado para conmoverla : «En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo y por Su divina Sangre te exhortamos a que pienses en tu alma para no condenarla y en tu cuerpo para no torturarlo sin necesidad, además de que ya por respeto a la Santa Inquisición debieras declarar la verdad».

Como a pesar de todo insistiese en protestar de su inocencia, la echaron en el potro de distensión con la piedra grande a los pies.

Esta piedra mayor del primitivo arsenal de tortura de Zug pesaba dos quintales, mientras que la cabeza de la víctima y sus hombros estaban firmemente sujetos en la armazón superior del potro, provisto de afiladas púas a la altura del cuello.

Le preguntó el juez si no había tenido trato con el diablo, y como ella afirmase que no, la salpicaron toda de agua hirviendo. La torturada lanzó entonces unos gritos, pero a sus ojos no asomó una sola lágrima señal vehemente de culpabilidad para el tribunal.

Viendo que no lograban reducirla, fue devuelta a la mazmorra al cabo de cierto tiempo de aplicación de la tortura.

Tres días más tarde, nuevamente la sometieron a interrogatorio. Y nuevamente la exhortó el juez a que «no se dejase martirizar de aquella manera, cuando estaba en su mano evitarlo con decir la verdad». Pero ella no confesó nada y le fue aplicado el primer grado.

El procedimiento de gradación de la tortura se llevaba a cabo atándole a la víctima las manos a la espalda y colgándola luego de un gancho a una cuerda pendiente del techo, en donde corría por una polea. Seguidamente se le ataba a los pies un peso, que representaba el primero, el segundo o el tercer grado de tortura, según su magnitud.

Kathri Gilli empezó gritando, luego se la oyó resollar penosamente y luego roncar en una especie de manso estertor, interrumpido de cuando en cuando por algunas palabras en voz baja. Finalmente, como si recogiese todas sus fuerzas, estalló en un terrible grito. Lo que no hizo fue confesar culpa de brujería en las tres horas y media que duró esta vez la aplicación del tormento en sus tres grados.

En la octava sesión la interrogaron con aplicación de idéntica tortura, aunque con el aditamento de flagelarle las plantas de los pies con manojos de varas. Inútilmente. Ni en ésta ni en la duodécima, en la que volvieron a tenerla dos horas y media en el potro de hierro y la descoyuntaron hasta el tercer grado, consiguieron confesión alguna.

En la sesión décimocuarta le administraron cientos de azotes con vergas, sin arrancarle otra cosa qué la inquebrantable reiteración:

«Dios sabe que nada de eso es cierto», o bien, «Siempre he sido inocente», o «Nada sé».

Después de este interrogatorio fue devuelta a la cárcel por espacio de un mes. La celda de las detenidas por brujería en la torre de Zug consistía en una caja independiente o exenta, hecha con tableros de encina de ocho pulgadas de anchura. La luz no entraba en ella para nada, y el aire apenas disponía de una rendija de unas pulgadas para penetrar dentro. La jaula no le permitía tenderse ni estar de pie, porque las dimensiones habían sido calculadas a fines de tortura.

Por espacio de once días fue sacada varias horas diariamente para la sala del tormento, y allí torturada según el buen criterio de los jueces. Después de haberlo sido así doce veces, se vio expuesta por tres meses, desde principios de octubre de 1737 hasta fines de enero de 1738, a los fríos rigurosos del invierno dentro de su jaula. Por único alimento, recibía un poco de sopa al mediodía y un trocito de pan a la noche.

Al ser conducida ante el juez el 23 de enero, estaba «completamente encorvada.», y no hizo más que insistir en su inocencia y caerse al suelo luego. Preguntada por los jueces que por qué no podía y no quería mantenerse derecha, no dio respuesta alguna, limitándose a pedir agua con voz que era un débil lamento.

El 29 de enero de 1738 fue hallada muerta en el cajón, echada en un rincón sobre el hombro derecho, con las manos y los pies extrañamente encogidos y un escapulario y un rosario al cuello, sin señales de «suicidio». La apariencia a que había llegado después de tantas y tan largas torturas, casi no era la de una persona humana, sino la de un burujo de huesos y pellejos rotos y desgarrados.  Los señores consejeros municipales de Zug acordaron no declarar a Catalina Gilli bruja probada, puesto que no había sido convicta de ninguna de las acusaciones. Y como tampoco se había dado ella la muerte y la habían hallado con el rosario al cuello, dispusieron que «por eso debe la tal ser llevada hoy a la noche al camposanto, sin toque de campanas ni acompañamiento de velas, y enterrada en la fosa común».


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