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La angustia puede precipitar en la histeria de masas a pueblos enteros, proclives siempre, como sabemos por la historia, al contagio y a la floración de las alucinaciones ideológicas. Cuando un incontrastable miedo colectivo llega a imponerse como elemento predominante de un ambiente, lo mismo que antaño ocurrió, puede también hoy estallar de pronto la exasperación de las masas igual que un incendio y extenderse como una epidemia.

El ejemplo clásico del comportamiento de la masa bajo la presión de un pánico muy difundido; lo tenemos en el gran estallido de furor disciplinante en la Europa del siglo XIV. Por la época social revolucionaria de mediados de aquel siglo, cuando lo mismo se esperaba el milagro de la pobreza, que el fin horrendo por la «muerte negra», pasaron los disciplinantes, flagelantes o hermanos penitentes -como se les llamó- cantando y azotándose a través de Europa, en un loco intento de conjurar el general infortunio a fuerza de penitentes histerismos.

Hace seis siglos que la Humanidad se sentía amenazada de definitivo aniquilamiento. En pocos años perecieron más de la mitad de los seres humanos. Desaparecieron veinticinco millones de europeos de los cien con que contaba el Continente. De China a Egipto; de España e Italia hasta Rusia; de los Balcanes a Islandia y Groenlandia, algunos cientos de millones de personas sufrieron la tortura de una agonía de veinticuatro horas bajo los efectos de la peste, y los supervivientes cayeron en la anarquía y en la barbarie.

Un insignificante elemento vegetal unicelular de dimensiones microscópicas, más débil que el hálito de un suspiro, pero más potente en sus efectos que un cataclismo, pasó como un huracán de muerte sobre la tierra. Transportado por las pulgas de las ratas, viajaba con las que huían de las comarcas chinas, asoladas por el hambre, siguiendo las grandes rutas de las caravanas a través de la India hasta el Golfo Pérsico, y por los desiertos de Bagdad hacia Egipto. Otra de las columnas de ratas emigrantes -y no había rata que no llevase sus parásitos inoculadores de las bacterias febriles- emprendió un viaje de diez mil kilómetros hasta los mares Negro y Caspio, con alto provisional en Constantinopla. De aquí y de Egipto zarpaban para Europa barcos portadores de los funestos gérmenes. Al cabo de pocos días, ya las invisibles bacterias, difundidas en la sangre de las pulgas de rata y en los excrementos de las contagiadas, acusaban su increíble virulencia y poder de difusión.

Las personas atacadas aparecían cubiertas de ampollas y placas sanguino-purulentas, con infartos pulmonares también supurantes, o afectadas de desintegraciones celulares. En todo caso la carencia de oxígeno se traducía en una coloración oscura de la piel, a la que se debió el nombre de -«muerte negra» dado a esta epidemia.

Cuando Sicilia e Italia habían quedado asoladas y Juan Boccacio había conocido en Florencia la peste, -de la que nos ha dejado en el «Decamerón»- uno de los más clásicos relatos, hacía ya tiempo que arribaran a Marsella barcos infectados, resultando luego inevitable que la navegación la difundiese por el valle del Ródano y por Aviñón, residencia papal, hasta París. El 7 de julio de 1348 entraba en dique en Weymouth un barco, y desde aquel día saltaba la «muerte negra» a tierra, Inglaterra adelante, extendiéndose por Escocia, Gales e Irlanda. Pronto se dejaron ver por el Atlántico del Norte barcos errantes, marchando a la deriva, sin un ser viviente a bordo. Una de esas naves fantasmas fue a encallar ante Bergen, llevando la peste hasta aquel punto remoto.

La conciencia escatológica del Occidente cristiano pareció haber presentido la espantosa catástrofe. Las “res nossimae” y “ultimae” del individuo y de la comunidad humana, el desenlace final, se consumaba en forma bien distinta de la solemne y grandiosa antes soñada. La imagen de Dios -que por tal se tenía el hombre- estaba descomponiéndose, resolviéndose en una hedionda carroña, abrasándose en el infierno solitario de una lenta agonía de veinticuatro horas. Los mismos sacerdotes se hacían duros con el moribundo, y aún los leprosos le huían.

Por fuerza debía tener esta peste un origen excepcional, cuando la catástrofe alcanzaba aquellas proporciones monstruosas, de las que no había memoria. Nunca, en efecto, se había presentado una epidemia con tan saña y encono que amenazase nada menos que la existencia humana sobre la tierra. Las que la gente recordaba, habían costado sin duda muchas vidas; pero no admitían comparación. Con el ocaso de Roma, por ejemplo, también sus termas se habían desmoronado; y las calles de la Edad Media apestaban de basuras y casi apestaban las gentes, que no se bañaban y se mudaban la ropa más de tarde en tarde, porque el cuerpo era sencillamente objeto de desprecio.

Pero los hombres de ahora respondían al reto de la Naturaleza con una catástrofe más, dependiente exclusivamente de ellos, ya que se trataba de una vesania, de una histeria pánica, sedienta de dolor. A la crueldad de la naturaleza se le oponla otra crueldad, una tortura inferida por la libre voluntad del hombre. Este se sentía culpable y esperaba prevenir y eludir el castigo, tomándole a Dios, por así decirlo, la delantera en aplicarse el azote que le arrebataba de la mano.

Ya cien años atrás habían existido congregaciones de disciplinantes, que en las procesiones públicas se azotaban hasta hacer saltar la sangre. Pero las salvajes orgías de flagelantes por la época de la peste en el siglo XIV excedían toda medida; tanto, que acabaron con el orden cívico y eclesiástico y se convirtieron en culto de las tinieblas y del desmán. Los más radicales entre los hermanos penitentes introdujeron un año después el bautismo de sangre del azote, en lugar de los Sacramentos de la Iglesia, y proclamaron a ésta como la personificación del Anticristo. Bajo el flagelo de la peste y la angustia había nacido una nueva calamidad síquica: la histérica conmoción de masas de los flagelantes. Estos no tardaron en verse, a su vez, perseguidos como oposición político-social y sometidos a la fuerza; pero el feudalismo también recibía con ello el golpe de muerte. En medio de unos cultos bárbaros, de persecuciones de judíos, de alucinaciones mágicas y brujerías y exorcismos parecía revestirse justamente la general histeria del carácter de fenómeno precursor de algo grande: de una firme conciencia de misión social y dignidad colectiva. Una universal convicción de la santidad de la autodefensa, fue su incontrastable consecuencia.

Segunda parte

 

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