En
la dispersión de los años fuera de su foco de origen, las tierras nórdicas
y el Báltico se convierten, de acuerdo con el pensamiento del nazismo, en
la “vagina gentium” de las diversas ramificaciones de la raza
de los elegidos, la de los iluminados hijos de Buda. En esta tradición
del arianismo, que identifica la lengua lituana como gemela del sánscrito,
la lengua sagrada de los brahamanes, paralelamente a Alemania, se
desarrolla en Italia un núcleo esotérico, el grupo UR, dirigido por el
barón Julius Evola, a quien Mussolini convierte pronto en su consejero
oficioso en “materia de romanidad”.
Director
desde 1936 del CAUR (Comité de Acción para la Universidad de Roma),
institución similar al Welddienst nazi, Julius Evola enuncia la exacta
significación del conocimiento, cuyo sentido, en Occidente, se ha perdido
a través de siglos de esoterismo vacuo: “La doctrina del despertar es
el sentido efectivo de lo que comúnmente se llama budismo. El término
"budismo", derivado de la significación palí de Buddho (en sánscrito
Buddha) dado a su fundador, es menos un nombre que un titulo. Buddho, de
la raíz Budh, significa el despertado. Se trata, pues, de una designación
que se aplica a cualquiera que haya llegado a esta realización
espiritual, analógicamente asimilada al hecho de despertarse, de un sueño,
doctrina que fue anunciada al mundo indo-ario por el príncipe Siddhartha.
El budismo, pues, en sus formas originarias, presenta para nosotros estas
características:
1.
Comprende un sistema completo de conocimiento.
2.
Es objetivo y realista.
3.
Es de espíritu puramente ario.
4.
Pertenece a la humanidad actual.
Julius
Caesar Evola, el noble romano que se negaba a ser fotografiado, continúa
siendo el filósofo más enigmático de nuestro tiempo. Fue un habitante
forzado de su austero palacio romano, paralizado a causa de una herida en
la columna vertebral, el “anti Wilhem Reich italiano” expone en su Metafísica
del sexo las más extremistas y reaccionarias ideas que, por supuesto,
exaltan hasta el paroxismo a las juventudes de izquierdas.
Oficial
reservista durante la Primera Guerra Mundial, Evola es a sus veinte años
un joven intransigente y turbulento, excesivo y obstinado, cuya principal
ocupación es correr tras las mujeres atractivas.
Poeta
mimado por el éxito en los años de 1920, participa en el dadaismo y en
los demás movimientos de vanguardia. Desde antes de la fundación del
grupo UR, parece ser que se entrega a la práctica de la magia negra en el
tenebroso palacio del corso Vittorio Elnmanuel, donde realiza cada semana,
ceremonias de misas negras.
Preferido
de ciertas revistas femeninas, escribe Julius Evola en La tradición hermética:
“Por definición, el iniciado es un ser oculto y su vida no es visible
ni penetrable. Llega por el lado opuesto al que se dirigen todas las
miradas y toma por vehículo de su acción sobrenatural lo que parece más
natural. Se puede ser su amigo, su compañero o su amante; se puede creer
ser dueño de todo su corazón y toda su confianza. Sin embargo, él
permanecerá más allá de aquello que se le conoce. Sólo se
apercibir ese otro cuando se haya entrado en su reino. Entonces se
tendrá quizá casi la sensación de haber bordeado un
abismo”.
Para
Evola -interpreta Elisabeth Antebi-, el kshatrya domina el brahaman.
Concibe el mundo y el hombre como principios temarios, trinidad que se
reencuentra en los evangelios donde el demonio tienta primero el cuerpo de
Cristo, después su alma, y por fin su espíritu. Esta idea encontrará
un eco siniestro en la doctrina de la sangre y de la raza.
En
la parábola de los Reyes Magos, el nahanga ofrece a Cristo el oro y lo
saluda colmo rey (cuerpo), el mahatama le ofrece el incienso y le saluda
como sacerdote (alma), y el brallatma le ofrece la mirra(bálsamo de la
incorruptibilidad) y le saluda colmo profeta o maestro espiritual por
excelencia.
Todo
parece indicar para Evola el poder del kshatrya y la preeminencia del
poder real sobre el poder sacerdotal; Cristo nació en la tribu real de
Jud y no en la sacerdotal de Levi. Por otra parte "no se puede
considerar como un azar que la tradición herméticoalquimica haya sido
llamada el arte real y haya escogido como principal el símbolo real y
solar el oro". La edad de oro corresponde a la realeza, la edad de
plata al sacerdocio, la edad de bronce a la violencia y la guerra, y la
edad de hierro (la nuestra), a la civilización profana.
En
El misterio del Grial y la idea imperial gibelina, Evola hace del rey
Arturo el oro que en las tradiciones del folklore celta representa la
fuerza vital en relación con la constelación polar. El elemento polar o
hiperbóreo y el elemento real convergen en la persona de Arturo, pontífice
de la Tabla Redonda cuyos doce caballeros no identifican a los apóstoles
sino a los doce signos del Zodiaco.
Merlín
es el padre espiritual y trascendente, mientras el Grial aparece no como
el templo, sino como un castillo, lo que nos devuelve a la tradición búdica
de
la casta de los guerreros, y no de los sacerdotes, que son justamente
aquellos capaces de “cabalgar el tigre”.
“He
querido mostrar -dice Evola- que en la Edad Media, en la literatura
caballeresca y sobre todo en el ciclo de la Tabla Redonda, se aspiraba a
recrear la unidad primordial -bajo el signo de la realeza y la acción-, y
que la razón más profunda de la lucha entre el Imperio y la Iglesia no
es únicamente, como asegura la historia, una cuestión de primacía
temporal, sino la pretensión que ha tenido la Iglesia de ser soberana, y
la que ha tenido el Imperio, como lo señala Dante, de arrebatar a la
Iglesia su dignidad sobrenatural. La historia del Grial es esencialmente
hiperbórea y precristiana, contrariamente a lo que han sostenido autores
como Wagner”.
En
una entrevista concedida a Elisabeth Antebi, Evola se proclama kshatrya,
un guerrero, un hombre de acción, en contra del brahaman que podría,
ser, por ejemplo, René Guénon, de quien tanta influencia había
recibido. “Así, Guénon admite que originariamente en el poder, realeza
y sacerdocio se confunden. Es un fenómeno que se ha conservado en países
como el Japón. Después constata, y yo estoy de acuerdo con él, que a
partir de un cierto momento esos dos polos se separaron. Pero para él, la
condición normal sería la reintegración en el
seno
de la antigüedad primordial por el trueque de la realeza recibida, como
de una autoridad superior, el carisma de la casta sacerdotal, de la
Iglesia cristiana. Aquí, no estoy de acuerdo”.
“Para
mí, la acción puede integrarse de una manera autónoma en la vida
espiritual. Estas ideas están contenidas en una de mis obras más
importantes, Rivolta contra il mondo modemo, aparecida en 1934, en Italia,
y un año más tarde en Alemania”.
“He
tenido ocasión de replantear todas las luchas entre las fuerzas que se
relacionan por una parte a la tradición real, por otra parte a la tradición
sacerdotal”.
En
Rebelión contra el mundo modemo, Evola establece un análisis
comparativo de los textos sagrados de las tradiciones de Extremo Oriente,
de Egipto, de la Europa medieval, y del Perú, donde encuentra cierta
coincidencia con la mitología de los pueblos del norte de Europa, y traza
una suerte de Metafísica de la historia, desde sus orígenes hasta
nuestros días, buscando lo que podría denominarse enseñanza impersonal
que despierte al individuo en lugar de una enseñanza de progreso, que es
“un mecanismo de involución y no de evolución” al que el hombre está
engranado. Así, en su Metafísica del sexo, establece que no es el hombre
quien desciende del mono, sino que “es el mono quien desciende del
hombre por involución”.
Tras
precisar que el grupo UR (denominación derivada de la raíz de la palabra
fuego puro, en griego, y que coincide con la partícula que en lengua
alemana significa primordial), Evola establece, respondiendo a una
pregunta de Elisabeth Antebi, cuáles fueron sus relaciones con el
fascismo:
“A
diferencia de Guénon, yo no me he limitado a exponer doctrinas
tradicionales, sino que he buscado cuáles podían, ser sus cotas en la
realidad. Guénon era un prudente, un contemplativo que se oponía a toda
academia establecida, pero que hubiera podido entrar en la Sorbona. He
buscado, pues, las consecuencias a extraer de las doctrinas tradicionales
en el sentido de una organización social y política del Estado. En este
aspecto, se podría considerar Rivolta contra il mondo moderno como el
texto fundamental de la Weltanschauung de un fascismo purificado”.
En
los años treinta había publicado un panfleto lleno de phatos
revolucionario y anarquista, el Imperialismo pagano, aparecido con el Apéndice
polémico sobre la reacción del partido güelfo. Planteaba este
dilema al fascismo: “O bien ustedes bromean y hacen retórica, o bien
son serios cuando quieren plantear la idea de
"romanidad"
(de tradición romana), como el alma de su movimiento. Si tal es el caso,
deben regular la cuestión del cristianismo en la medida en que la moral
de ustedes se acoja a las realidades paganas, incompatibles con una visión
católica de la vida”.
Este
panfleto desencadenó el escándalo. El Ossérvatore Romano, órgano
del Vaticano, pidió explicaciones al fascismo; una revista católica
publicó en folletón una Respuesta a Satanás. “Después de todo
este revuelo, en el extranjero comenzaron a interesarse por mí creyendo
que yo era la eminencia gris del fascismo...
“Precisamente
es en Alemania -sigue Evola más adelante- donde el libro tuvo más
clamor. La situación era muy diferente. Serían demasiadas las cosas a
decir sobre las fuerzas en presencia en el momento de la génesis del
nacionalsocialismo. El punto principal era que la cultura alemana, fuera
de un cierto aspecto académico y pedante, estaba sensibilizada al mito,
al símbolo, contrariamente a los italianos, que eran racionalistas y católicos.
En Italia, en el siglo XVIII, sólo el filósofo Gian-Battista Vico fue
una excepción. Mientras que en Alemania el romantismo había preparado el
terreno. Influían también los restos de una sociedad feudal, el
prusianismo y sus ambiciones, la nostalgia del Deutsche Ritterorder de los
caballeros teutónicos. Estos medios se interesaban tanto más en mis teorías
porque yo elaboraba la idea de una raza primordial, boreal más que aria,
puesto que "ario" es un término de vocabulario filosófico”.
En
su Síntesis de una doctrina de la raza, Julius Evola establece
cuatro tendencias únicas: la telúrica, la dionisíaca, la lunaria y la fáustica
(titánica y nietzsheana), la raza de los señores, que, verdaderamente,
no identifica con el pueblo alemán, a cuyos soldados, pese a que tuvo
ocasión de visitar los secretos junkers, Evola no los ve como “gigantes
rubios”, sino como “pequeños palurdos” que ni siquiera tenían los
ojos azules, y entre los cuales, su máximo exponente, Himmler “era feo,
bajo, con la nariz respingona sobre un rostro mongólico”.
Intransigente
con las ideas dominantes hoy, considerándose a sí mismo con orgullo como
la bestia negra número uno del comunismo y la democracia,
Julius
Evola, que fue herido en Viena en 1944, en el transcurso de un bombardeo,
sigue siendo el espíritu maléfico de todas aquellas ideas que pregonan
el progreso.
A
su regreso a Italia en 1948, el “viejo lobo” escribe un nuevo
evangelio fascista, el Oriartamenti, y reemprende su actividad
escribiendo artículos y libros en los que se ensaña con todos los tabús
de nuestro tiempo. Opuesto a la emancipación de la mujer, entre tantas
otras cosas, considera que si para conseguir ser dueño de sí misma la
mujer debe virilizarse y sacrificar su femineidad, es preferible lo que él
llama el ideal de mujer, la judía: “La mujer miente como el judío y,
en consecuencia, ninguna mujer es más mujer que la mujer judía”. En el
Ordine nuovo, portavoz de sus ideas lo mismo que Il reactonario,
su revista clandestina, se opone a toda experiencia democratizadora, en
especial las propugnadas por Reich en su Revolución sexual, pues tales
experiencias suponen, al pretender democratizar el sexo, hacer del amor un
producto de consumo de las masas, cuando el amor debe ser un impulso “mágico
y sagrado, pues la magia, lo mismo que el sexo, al que está íntimamente
ligada, es algo que, de democratizarse, dejaría de ser magia. No es
suficiente, dice Evola, “liberar el sexo, sino liberarse del sexo”.
Utilizado
por el Duce sin ser fascista y por el Führer sin ser nazi, el barón
Julius Evola, último quijote, ha hecho del mundo un balón dialéctico y
se entretiene dándole patadas; quizá, pese a su burlona trivialidad, la
actividad más seria que hoy pueda ejercerse.
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