ESPÍAS ESPAÑOLES EN LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL
Los que,
en España, se enrolaron al servicio de uno u otro beligerante; para éstos no
había peligro alguno, salvo el de no cobrar su mesada, no muy crecida
probablemente. No es ningún secreto que fueron numerosos y, en su mayor parte,
impulsados por las «filias» y las «fobias», tan pintorescas, que hicieron furor
en nuestro país en los años de la Gran Guerra. Era espectáculo digno de verse
aquellas discusiones furibundas (España, en el fondo, está reflejada en el
público apasionado de una plaza de toros) entre aliadófilos y germanófilos. Los
intelectuales, o por mejor decir, los que se creían con derecho al titulo de
tales, que solían y suelen estar muy lejos de merecerlo, se pusieron al lado de
lo que se convino en denominar partido de «defensa de la democracia», pese a las
brutalidades del Imperio de los Zares (casi tan grandes como las de sus
sucesores los bolcheviques), las arbitrariedades de la liberal Inglaterra y los
actos dictatoriales, que nunca reprobaremos, del «tigre» Clémenceau. Pero había
que convenir en que la democracia era privativa del grupo puesto al servicio de
la Gran Bretaña y es harto conocido que los lugares comunes han sido siempre los
que mayores daños han causado en el curso de la historia.
Los españoles, precisamente por virtud de las «filias» y las «fobias», somos demasiado aficionados a mezclarnos en las contiendas con un apasionamiento digno de mejor causa. Si el mismo Káiser, el Rey Jorge V, o Poincaré, se hubiesen dado una vuelta por nuestra España en los días trágicos de la Primera Guerra Mundial, es posible que hubiesen regresado a sus lares hondamente asombrados del frenesí con que eran defendidos sus intereses internacionales. Empero, nadie tenía un interés directo en la victoria de cualquiera de los bandos adversarios.
Un día del mes de junio de 1916, entró en el puerto de Cartagena el submarino alemán «U 35», al mando de Arnould de la Periére, de los «ases» de la guerra submarina -el primero de ellos, al totalizar sus hazañas- con el fin de transportar unas medicinas y, desde luego, de ponerse en contacto con los alemanes residentes en España, propósito perfectamente licito al que no se oponía ninguno los tratados internacionales vigentes. El producido por las discusiones en esa «callecica Mayor» cartagenera, que es como el salón familiar de todo nacido en la bella ciudad que Asdrúbal fundara un día, para posterior desesperación de los oficiales de Marina fue algo enorme. Aliadófilos y defensores de Imperios Centrales se enzarzaron en largas polémicas. Los únicos que las presenciaban serenos eran los propios alemanes, dedicados a resarcirse de las abstinencias estomacales a que se veían obligados por el bloqueo británico, tan humanitario como salvaje era el torpedear los barcos que transportaban aprovisionamientos de todo género para los que pretendían aniquilar a Alemania.
Los españoles que ejercieron el espionaje tierras extrañas no fueron muchos, mas de ellos, como veremos un poco más alguno de ellos alcanzó un grado preeminente en los servicios secretos y, según propia afirmación, sin perseguir ni obtener provecho material alguno, no obstante haber corrido serios peligros en el empeño de la misión que voluntariamente se impuso y que estimaba románticamente como un deber. No es posible explicar esta afirmación, hecha repetidamente en sus memorias.
El «Iqtelligence Service» inglés fue en 1916, de que debía desembarcar en breve, un puerto nacional, cierto español llamado Adolfo Guerrero, que había salido de París con objeto y que parecía sospechoso. La policía del puerto en cuestión recibió órdenes de dejarlo entrar en territorio británico y seguir cuidadosamente sus huellas.
El tal Guerrero decía ser redactor del diario «El Liberal», de Madrid, cuyo director le había encargado enviase artículos desde Inglaterra.
Tras él y con intervalo de unos días llegó una bailarina, llamada Raimunda Amarandain y conocida en el mundillo frívolo de las variedades con los nombres de «Aurora de Bilbao» o «La sultana». Como carecía de contrato para exhibir su arte y sus formas, su amigo le pudo encontrar una colocación en el despacho de un comerciante, español, domiciliado en la calle Fenchurch, en calidad de no se sabe exactamente qué. Guerrero aseguraba que en «El Liberal» le pagarían dos esterlinas por cada artículo que publicase y solamente envió dos en el plazo de tres semanas; la policía británica dedujo bien pronto que no era cantidad suficiente para sostener el lujo de la «Aurora de Bilbao».
Pasaron unas semanas hasta recibir informes fidedignos acerca de la actividad de Guerrero en España; las autoridades diplomáticas en nuestro país aportaron pruebas fehacientes relativas a su constante contacto con personalidades germanas, bien significadas en el servicio alemán en España, y todo ello, unido a la afirmación del director del referido diario madrileño de no conocer a Adolfo Guerrero, hicieron que éste diera con los huesos en los calabozos de Scotland Yard, en la mañana del 18 de febrero de 1916.
El proceso se llevó a cabo con la rapidez acostumbrada y Guerrero fue condenado a muerte; era un muchacho de buena familia, según pudo averiguar el embajador inglés en Madrid. Guerrero viéndose perdido, escribió prometiendo revelar toda la organización del espionaje alemán en España si se le indultaba de la última pena. Su narración estaba tan llena de fantasías que sus jueces se dieron cuenta en seguida de que sólo era un expediente para ganar tiempo. Aseguraba ser Víctor Cumantas, número 154, o sea el espía alemán que hacía este número entre, los enviados al Reino Unido.
Su misión era la de merodear por los muelles de los grandes puertos mercantiles ingleses y avisar la salida de los buques para que fuesen torpedeados por los submarinos alemanes. La manera cómo había de comunicarlo, así como su probable destino -datos esenciales para apostarse los submarinos en la derrota del buque- es cosa que no pudo, o no supo, explicar. Su retribución se había estipulado en 50 libras semanales, más una prima determinada por cada vapor hundido, según sus indicaciones, a tenor de la importancia de buque y de su cargamento. Y lo más chusco es que ignoraba en absoluto el inglés y el alemán.
Una vez oídas sus declaraciones y viendo que no revelaba en ellas la trama alemana en España, conforme había prometido, se confirmó la pena de muerte. La circunstancia más curiosa para los ingleses fue la de encontrar en su poder una carta en la que se le citaba en cierta casa -Stoockwell road, Brixton- en la que ya habían sido detenidos otros dos espías. Las fuertes presiones del embajador de España en Londres y la intercesión del de Inglaterra en Madrid, lograron la conmutación de la pena capital por la de trabajos forzados a perpetuidad.
Ignoramos la suerte corrida posteriormente por Adolfo Guerrero. En cuanto a «La Sultana» fue simplemente expulsada de Inglaterra y suponemos que seguiría bailando por los escenarios.
Más peligroso, es decir peligroso sencillamente, puesto que el anterior no parece lo fuese mucho, fue el catalán Jaime Mir, residente en Bélgica desde los años anteriores a la contienda.
Casado y establecido definitivamente en su nueva patria de adopción, al estallar el conflicto se creyó en el deber de ayudar a los belgas, con ese entusiasmo que suelen poner muchos españoles en lo que no les atañe. Fue nombrado correo diplomático de los Estados Unidos, circunstancia bastante extraña en un país donde, quizá por la falta de tradiciones, se padece un agudo nacionalismo. El caso es que, provisto de un pasaporte diplomático, pudo cruzar una y otra vez la frontera holandesa. Muchos belgas que deseaban emigrar de su tierra, invadida por las tropas germanas, para alistarse en las filas propias y contribuir a la heroica defensa de su país, pudieron llevar a cabo sus propósitos, merced a los buenos oficios de Mir. Con un cochecillo de dos ruedas, provisto de un doble fondo en la parte inferior de su caja, con la banderita norteamericana flameando en el pescante y atiborrado de documentos comerciales que justificaban sus idas y venidas a Holanda, con el objeto teórico de aprovisionar Bruselas de los víveres que entraban en su tráfico, Jaime Mir multiplicó sus viajes con audacia creciente.
Billetes del banco belga, cuya importación estaba prohibida por los invasores y que los organismos nacionales necesitaban para pagar a sus obreros que se negaban a admitir el papel moneda enemigo, pasaron en cantidades crecidas en el cochecillo de Mir. Documentos, planos de todo género entregados por sus colaboradores en territorio neutral, órdenes secretas del gobierno belga, informaciones del Ministerio de Ferrocarriles, interesado en conocer el estado de sus líneas en manos de los alemanes y su deterioro por el uso intensivo obligado en una guerra, todos los detalles imprescindibles, en fin, para las decisiones de la reacción contra el extranjero, fueron objeto de las misiones del español. Los alemanes fueron sintiendo cómo aumentaban sus sospechas primero y su franca desconfianza después, hacia las idas y venidas de este hombre que era español, correo norteamericano y que franqueaba siempre la frontera en su coche y nunca por las estaciones ferroviarias, donde la vigilancia, naturalmente, era más extremada. Comenzó la observación y se le tendieron varios lazos, de los que supo salir airoso.
Varios de sus compañeros de la banda, organizada en Holanda y Bélgica simultáneamente, cayeron en poder de las autoridades de ocupación y sentenciados a penas muy severas, alguna de ellas la suprema. Jaime Mir continuó imperturbable sus viajes.
Un día, un individuo -«55 T»- vino a visitarlo en nombre de uno de sus colaboradores establecido en Rotterdam. Las pruebas aportadas como documento de identidad (copias de cartas enviadas por el mismo Mir, fotografías en que el misterioso emisario aparecía acompañado por los corresponsales de Mir en Holanda) eran tan concluyentes que Jaime no puso obstáculos en ir hasta Lieja acompañado por «55 T». Y su sorpresa no tuvo límites cuando, al apearse del tren, fueron recibidos por agentes alemanes. A los diez minutos de su llegada estaba incomunicado en una celda.
Las pruebas se acumularon rápidamente sobre el detenido; el emisario era un belga traidor, al servicio de los enemigos de su nación y conocedor de los detalles de los manejos del español. Al incoado en Lieja siguió otro, más detallado, se formó en Bruselas y el resultado fue que consejo de guerra condenó a Jaime Mir a penas de muerte, más otras menores, pero severas de no haber debido ser precedidas la ejecución.
Tras largas angustias y sinsabores, en tiempo en que los alemanes intentaron darle confesiones, ya que en las vistas del ceso no se le pudo hacer que admitiese los que se le atribuían, por todos los medios, incluso el dejarle ver sus hijos en la prisión mientras se le hacían reflexiones acerca del desamparo que habían de quedar si se obstinaba en su mutismo, y el anunciarle la detención de su mujer. Mir fue indultado por gestiones de una alta personalidad española y por el reconocimiento del Emperador de Alemania a la neutralidad nuestra. Conmutada la pena de muerte por el de trabajos forzados a perpetuidad, Mir fue conducido al presidio de Rheinbach, donde de dedicarse, con los demás penados, a la fabricación de canastas y zapatillas.
El fin de la guerra fue la señal de su liberación, tras no pocos sufrimientos; el 15 de diciembre de 1918 llegaba a Bruselas. Durante toda su actuación dio muestras de un valor y serenidades nada comunes, que fueron las que, en realidad, le sacaron de las situaciones dificilísimas en que se vio envuelto.
Como quiera que nada percibiera por sus servicios a Bélgica, según aseguraba él mismo el sus memorias, es doblemente sorprendente esté fervor por servir a un país que no es el suyo.
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