VISITA A NUESTROS PATROCINADORES

 

EDITORIAL

HUMOR

COLABORA

E-MAIL

VOLVER A ARMAGEDÓN

BUSCAR

CURIOSIDADES

FORO

IMÁGENES


LA ABOLICIÓN DE LA ESCLAVITUD


En el sur de Norteamérica -de Luisiana a Virginia y de Carolina a Misisipí- había surgido después de la primera colonización por ingleses y franceses una organización económica feudal con grandes plantaciones. En las inmensas plantaciones se cultivaba sobre todo el algodón y el tabaco, cultivos que se realizaban mediante el suficiente número de esclavos. Los barcos provenientes de África o las Indias Occidentales que atracaban en Charleston o Norfolk descargaban su carga en muelles americanos, Y sobre los caliginosos campos trabajaban sudando y cantando nostálgicas canciones hombres y mujeres negros.

Una ley de Virginia decía que un esclavo cimarrón capturado por los gendarmes debía ser azotado en primer lugar, a continuación debía ser entregado al distrito vecino, donde se le volvía a azotar; de este modo iba de mano en mano hasta que llegaba a su plantación de origen, donde su amo podía castigarlo a discreción. Había perros de presa y brutales cuadrillas para perseguir a los huidos.

Mientras los dueños de las plantaciones vivían en un lujo increíble en sus mansiones principescas, los esclavos eran encerrados, un poco más allá, como ganado en sus barracones. Se criaban negros, puesto que representaban un valor, y se vendían mujeres, niños y hombres, sin considerar los lazos familiares, según la voluntad y la demanda.

La esclavitud ha existido siempre: desde que el hombre descubrió que su prójimo es el más rentable objeto de explotación que produce incesantemente bienes y servicios. Todos los pueblos antiguos han esclavizado a los prisioneros de guerra, los deudores, los hijos excedentes de la gente pobre, a los vencidos o a los extranjeros. En aquellos tiempos no había otras fuentes de energía que el viento, la fuerza hidráulica o la fuerza animal.

La más fácil de explotar en la economía y producción antiguas era sin embargo la fuerza del esclavo. En el derecho romano se considera al esclavo «res mobile» -«bien mueble»- y sólo unas leyes más humanas del emperador filósofo Adriano dieron al esclavo cierta protección legal.

El cristianismo cambió poco o nada en este estado de cosas; durante toda la edad media hubo esclavitud o semiesclavitud con la servidumbre de la gleba y la explotación de los siervos. En 1442, con el avance de los portugueses en África, esos hábiles comerciantes descubrieron el mercado del «marfil negro» y comenzaron a transportar más y más negros.

El descubrimiento y conquista de América convirtió la sometida población india de las islas, más tarde de México, Perú y Venezuela, en acémilas de los plantadores o dueños de minas cristianos. Por compasión con la débil población india, cuyos miembros morían como moscas, el obispo Las Casas sugirió en 1517 a Carlos V la importación de negros a América. Nació el «comercio de esclavos», en el que participaron flamencos, genoveses, franceses y pronto también ingleses. Los británicos navegaban por la «ruta del oro». Los barcos salían de Bristol o Liverpool cargados de telas, cuentas de vidrio, navajas o espejos. Llevaban su mercancía a la costa de Marfil, donde cedían sus mercancías con un beneficio del 300% a caciques negros o traficantes árabes. A cambio, éstos llevaban a los mercaderes la población de pueblos y regiones enteras. Encadenados en el entrepuente, de apenas un metro de altura, la carga de mercancía viviente se llevaba a las islas de las Indias Occidentales. Allí se vendían los supervivientes, a su vez con el 400-500 % de beneficio. A cambio de este dinero, los barcos cargaban caña de azúcar, algodón, especias y otras mercancías coloniales y llevaban esa mercancía a Bristol, donde producían una vez más el 500 % de beneficios. En el tráfico de hombres -que no excluía a los míseros inmigrantes de raza blanca: obreros galeses, pastores escoceses o campesinos irlandeses- participaban también, con grandes beneficios, desde principios del siglo XVIII, los plantadores americanos.

Hombres de ideas libertarias, sobre todo los cuáqueros, protestaron muy pronto contra este tráfico inhumano e impusieron en 1807 el “Abolition Act”, una ley contra la trata de negros de los británicos. A partir de entonces ya no se importaron los esclavos negros de África o las Indias Occidentales, sino que se «criaban» en las propias plantaciones. En el año 1848 se prohibió también a los franceses el tráfico esclavista. En España, la abolición rigió en 1870, en 1873 para Puerto Rico y en 1880, para Cuba.

Las ideas de libertad y de derechos humanos, pero también la creciente posibilidad de sustituir el trabajo humano por máquinas o negros por proletarios (que en caso de disminución de ventas se podían abandonar tranquilamente a su propia suerte) hicieron abrirse la sociedad gran burguesa-feudal a la liberación de sus esclavos. Era más fácil hacer funcionar una máquina de vapor... Sólo que todavía no se habían inventado las numerosas máquinas cultivadoras y cosechadoras para la agricultura latifundista, por lo que el sur norteamericano se aferró todavía a su economía esclavista.

El 28 de agosto de 1833 se promulgó una prohibición definitiva de esclavitud y trata de esclavos para el imperio británico. En Estados Unidos siguió en 1862 la proclama de Abraham Lincoln, por la cual se declaraba libres a todos los esclavos, también los de los estados sureños. A causa de esta cuestión (entre otras), estalló la guerra civil americana entre los estados federales y los confederados; la ganaron los estados norteños, de modo que la esclavitud quedó abolida. Hacia fines del siglo XIX estaba prohibida oficialmente en casi todos los estados del mundo; aunque es cierto que, tras los pasos del creciente gran-capitalismo y de la rápida maquinización de la industria, ocupó su lugar el proletariado.


EDITORIAL

HUMOR

COLABORA

E-MAIL

VOLVER A ARMAGEDÓN

BUSCAR

CURIOSIDADES

FORO

IMÁGENES


Reservados todos los derechos. Prohibida la reproducción parcial o total. Fotomontajes, textos e imágenes procedentes del archivo del Grupo Editorial Bitácora, Publicaciones electrónicas. Envíenos un e-mail y solicite autorización.
© Grupo Editorial Bitácora