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EL ENFRENTAMIENTO DEL PAPA Y EL EMPERADOR


En los anales de Lampert von Hersfeld se puede leer acerca de la peregrinación de penitencia de Enrique IV a Canossa: «El castillo estaba rodeado de una triple muralla. Enrique pudo entrar hasta la segunda ronda, mientras todo su séquito se quedó fuera. Tras la segunda muralla dejó todos sus ornamentos reales y sin mostrar ninguna magnificencia, con los pies descalzos, en la camisa de lana del penitente, ayunaba de la mañana a la noche y esperaba la sentencia del papa romano. Lo hizo el segundo y tercer día. Sólo al cuarto día pudo aparecer ante el papa...»

En estos tiempos alcanzó su punto culminante la prueba de fuerza entre el rey alemán y emperador electo y el papa. Los nacionalistas de todos los tiempos siem-pre han considerado los sucesos del castillo de Canossa una vergüenza e ignominia para la monarquía; los cronistas eclesiásticos en cambio ven en ellos un hábil engaño real.

Una historiografía reciente más objetiva valora, en cambio, la marcha a Canossa del rey Enrique IV como el inicio de la acción realmente diplomática y del pensamiento de estadista en la vida de este soberano contradictorio e inestable de la casa Salia. Pues con la humilde jugada de Canossa, el rey arrebató los triunfos de manos del papa. No se dirigía a su contrincante político, sino al sacerdote, y sabía que un hombre de la seriedad y piedad de Gregorio VII se vería obligado a actuar como sacerdote, no como político. Pero en el momento en que el papa absolvía a Enrique, pecador arrepentido, de la excomunión y la maldición, le de- volvía la dignidad real, la libertad de  acción y el poder.

Un año antes, en la apasionada lucha con la Iglesia, el rey germánico Enrique declaró depuesto al papa Gregorio VII, llamándole «monje Hildebrando falsario y corrupto». Entonces lo había alcanzado desde Roma la excomunión. Un rey excomulgado: eso significaba la disolución de la obligación de vasallaje y obediencia para príncipes y súbditos, más aún, la maldición para todo aquel que se pusiera de lado del excomulgado. Y los duques germánicos en seguida habían aprovechado egoístamente la ocasión para rescindir el vasallaje al joven rey si no se libraba de la excomunión en el corto plazo de un año.

El rey pasó el duro invierno de 1076/77 en la ciudad de Worms, uno de los pocos lugares que le habían seguido siendo fieles. Su séquito se componía de tan sólo unos pocos siervos eslavos. Berta. su esposa, se mantuvo a su lado; ella y su pequeño hijo también siguieron al excomulgado cuando se dispuso a viajar a Italia para lograr la absolución del papa antes de la previsible dieta imperial (que traería consigo la deposición definitiva del emperador.

El invierno era tan frío que el Rin se heló en muchos lugares. Guiada por pescadores, campesinos y cazadores, deslizándose sobre pieles de vaca por los glaciares de los Alpes nevados, la familia real superó todas las dificultades.

A principios de enero llegó a la Italia Superior.

Inmediatamente se alzó la nobleza lombarda y acudió con sus potentes mesnadas en auxilio del futuro emperador. Los señores podestás y capitanes en sus castillos y ciudades de la Italia Superior poseían todos sus lucrativos feudos merced al derecho de conquista, que habían traido al país los germanos; el papa, en cambio, significaba para ellos el peligro del retorno a la antigua ordenación urbana romana, al poder de la clerecía. Mas entonces Enrique IV actuó realmente como estadista: rechazó la ayuda. Sabía que el centro de gravedad del poder estaba en los territorios germánicos y en las mesnadas de los duques. Nunca podría ser emperador contra la voluntad de los alemanes. Mas para ello debía conseguir el perdón del papa, y para eso no debía aparecer ante él con un ejército.

El papa Gregorio VII, que precisamente había estado en camino hacia la dieta imperial en Alemania, huyó ante la noticia de la llegada del rey a la fortaleza toscana de Canossa, que pertenecía a la margrave Matilde de Tuscia, seguidora suya. Quedó muy sorprendido al ver que Enrique IV se presentaba con muy corto séquito y como penitente. Como sacerdote, ¿podía negar al penitente el perdón y la readmisión en la grey de los creyentes? Gregorio no tenía alternativa; absolvió al rey Enrique de la excomunión.

Después de que el rey Enrique IV hubiera reconquistado y afirmado su base germánica volvió a marchar, en 1081, a Italia a la cabeza de los ejércitos alema-nes. Esta vez marchó hacia Roma con todo ,su poderío militar, y Roma le abrió sus puertas en 1084. El antipapa Clemente III coronó emperador a Enrique IV. El papa Gregorío VII había huido con sus cardenales al castillo de Sant Angelo.

Pero desde el sur llegaban auxilios para el papa. Pocos años atrás, los papas habían legalizado las correrías de los normandos por la Italia Meridional al conceder a Robert Guiscard sus conquistas en el sur de Italia como feudo papal. Porque eran más fáciles de defender los militarmente débiles estados pontificios si al peso germánico en el norte de Italia se oponía un contrapeso normando en el sur.

Ahora el terrible normando entraba en Roma mientras los tudescos abandonaban el campo, y el papa, gravemente enfermo, tuvo que Ver cómo Roma era terriblemente saqueada, incendiada y arrasada; cómo las romanas hermosas eran arrastradas como esclavas por los normandos y sus tropas auxiliares sarracenas por delante del castillo de Sant Angelo. Cuando Robert Guiscard abandonó Roma, Gregorio VII se tuvo que ir con él; los enfurecidos romanos probablemente se hubieran vengado en él y lo habrían matado.

El gran papa, a cuyos pies había estado una vez como penitente el rey teutónico Enrique IV, huyó al silencio de Montecassino con sus hermanos benedictinos, de entre cuyas filas había salido. Pocos meses más tarde muríó en la extraña Salemo (1085), vencido y sin embargo vencedor.

Mas tampoco la lucha del emperador Enrique IV había terminado. Una y otra vez había alzamientos, rebeliones de los príncipes germánicos, resistencia contra el veredicto imperial. Uno detrás de otro se le enfrentaron sus dos hijos –Conrado y Enrique V-. Al final de su vida estaba una vez más excomulgado. Murió en 1106 en Lieja, cuando estaba a punto de atacar decisivamente a su hijo y sucesor (Enrique V).

¿Qué se debatía en la apasionada lucha que agitaba todo Occidente? Generalmente es llamada la «lucha de las investiduras», porque se trataba del derecho de investir los grandes dignatarios eclesiásticos. En realidad se trataba de una prueba de poder entre las dos espadas: la religiosa y la mundana, entre el poder espiritual y religioso de la Iglesia y el terreno de los emperadores soberanos. Las raíces retroceden a la construcción del imperio por Otón 1 el Grande. Ese emperador sajón había tenido que comprobar duramente cómo los duques tribales teutónicos y los potentados locales, apoyados en sus mesnadas, sus vasallos y sus súbditos actuaban contra el emperador y el imperio y cómo lo único que les importaba era la ampliación de su poder territorial local.

Pero como el poder imperial no descansa-ba en una tributación general o un ejército permanente, sino en los contingentes de los señores locales y terratenientes, Otón I tuvo que crear un contrapeso frente a los príncipes. Lo halló en los señores eclesiásticos. Un obispo o un abad también eran señores territoriales, pero no dejaban tras sí herederos físicos legales, de modo que su territorio revertía después de su muerte al imperio. Pero en cuanto Otón I y sus sucesores cedieron más y más territorios y feudos a los príncipes de la Iglesia, éstos no sólo se hicieron independientes de la corona, sino también cada vez más magníficos.

Pero un obispo o un abad tenía dos funciones: por un lado era señor feudal, pero por el otro sacerdote y portador de una misión espiritual. Lo uno lo recibía del emperador, lo otro de Roma. La alta nobleza comprendió, al igual que la Iglesia, su ocasión.

Los hijos segundones de la nobleza, los lobos de las estirpes feudales, se cubrieron con la piel de oveja de las dignidades eclesiásticas y se hicieron –generalmente con muy pocos o casi nulos estudios- abad u obispo.

El principado eclesiástico se convirtió en un tráfico con el poder, la ordenación y la dignidad.

Una alta clerecía de esta clase ya no estaba dominada por el verdadero espíritu de Cristo y la religión. Comenzó una época de decadencia de la Iglesia con una interminable lucha por feudos, beneficios, tierras y privilegios, en resumen: su mundanización.

Contra esa evolución se había formado un movimiento de reforma de rápido desarrollo, cuyo punto de partida y sede principal fue el monasterio de Cluny, al norte de Lyon. El monje Hildebrando (como se llamaba propiamente el papa Gregorío VII) era un discípulo de los cluniacenses. Fue al destierro de Colonia junto con el papa Gregorío VI, depuesto por Enrique III; más tarde entró en la curia romana, que reformó y afirmó.

Cuando en 1073 fue elegido papa por el recién fundado colegio cardenalicio, tomó significativamente el nombre de Gregorio VII, lo que ya era una declaración de guerra.

Prohibió la investidura o el nombramiento de altos dignatarios eclesiásticos por el emperador y reclamó ese derecho para la Iglesia.

Con ello se había hecho inevitable el enfrentamiento. Bajo el emperador Enrique V se llegó tras negociaciones de años de duración y muy complicadas, finalmente, al concordato de Worms de 1222, que determinaba que los obispos y abades serían investidos primero por el papa con el anillo y el báculo y que sólo entonces el rey o el emperador los enfeudaría con las «regalías», los derechos mundanos y las tierras. La Iglesia se había impuesto en su mayor parte sobre el poder imperial. Un resultado marginal sobreviviente de la lucha de las investiduras fue la posición semisoberana de los señores feudales.


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