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UNA EPIDEMIA QUE SALVÓ VIDAS
La
tarde del 26 de agosto del año 2000, una procesión de dignatarios salió de la
imponente iglesia de ladrillo rojo de Rozwadów, en Polonia, entre sonoras
campanadas y alegres acordes de órgano.
Al final de la procesión iban charlando
animadamente dos ancianos, uno todavía lleno de vitalidad y el otro de aspecto
más frágil. Casi medio siglo después de partir de su Polonia natal, estaban de
vuelta para recibir un homenaje por el valor demostrado durante la guerra.
Casi todos en esa población agrícola los conocían:
eran los doctores Eugeniusz Lazowski y Stanislaw Matulewicz, y muchos les debían
la vida. Eran los autores de una de las proezas más ingeniosas -y temerarias- de
la Segunda Guerra Mundial: Una epidemia simulada.
La historia comienza en 1940, casi un año después
de que los alemanes invadieran Polonia. En el este del país los nazis ya
comenzaban a construir los campos en que habrían de perecer tantos judíos y
gitanos. Al oeste, en la propia Alemania, una vasta red de minas, granjas y
fábricas de armamento exigía mano de obra para mantener la guerra.
El método alemán para reclutar trabajadores
polacos era brutal y sencillo: soldados armados hasta los dientes cercaban los
pueblos de noche, irrumpían en las casas y secuestraban sin distinción a toda
persona en edad de trabajar. Diezmados por una disciplina inhumana, las
enfermedades, la desnutrición y los bombardeos de los aliados, muy pocos
regresaron.
Fue en ese tiempo de calamidad cuando Eugeniusz
Lazowski, médico de 26 años, de baja estatura y de carácter bromista, se fue a
vivir con su esposa a un apartamento de dos habitaciones en Rozwadów. Era
natural de Varsovia, estaba recién casado y hacía pocos meses que se había
licenciado como médico. No temía que lo deportaran porque los alemanes
necesitaban supervisión sanitaria en los territorios que ocupaban. Para
salvaguardar la integridad física de sus soldados, obligaban a los médicos
polacos a mantener una estrecha vigilancia de la salud y pública e informar de
cualquier brote epidémico grave, sobre todo
de tifus, enfermedad transmitida por los piojos, que proliferan en las
condiciones de la guerra.
Los alemanes tenían terror al tifus. Aunque a
principios de la Segunda Guerra Mundial lo habían erradicado casi totalmente de
su país, ese mismo logro redundaba en su perjuicio: sus soldados no habían
formado anticuerpos contra la enfermedad, lo cual los dejaba prácticamente
indefensos ante un contagio.
Hacia finales de 1941 Lazowski se encontró con el
primer caso de la enfermedad: un joven que se encontraba parcialmente
inconsciente, aquejado de una fiebre de 40°C y con el cuerpo cubierto de las
manchas rojas características de la enfermedad. El médico le tomó una muestra de
sangre y la envió al laboratorio, que estaba supervisado por alemanes, para que
la analizaran y, si el resultado era positivo, confirmaran el diagnóstico.
En aquella época el método habitual para
diagnosticar el tifus era la reacción de Weil-Felix, que consistía en mezclar un
reactivo llamado Proteus Ox-19 con una muestra de suero sanguíneo del paciente.
El resultado era positivo si el reactivo hacía que el suero se aglutinara y
enturbiara. Como sólo se podían obtener resultados concluyentes a 38°C, los
laboratorios estaban equipados con complicados termostatos.
Después de poner la muestra en el correo, Lazowski
fue hasta el pueblo de Zbydniów para visitar al doctor Stanislaw Matulewicz,
quien había sido su compañero en la facultad de medicina de la Universidad de
Varsovia.
-Stasiek -le dijo al llegar-. Creo que me he
encontrado con un caso de tifus epidémico.
-Yo también -respondió Matulewicz-. Sólo que yo no
tengo ninguna duda de que es tifus.
Puso entonces a hervir un poco de agua sobre su
mesa de trabajo. Con un termómetro común, tomó la temperatura cerca del agua:
demasiado caliente; alejó el termómetro del mechero: demasiado fría. Volvió a
acercarlo y alejarlo varias veces hasta encontrar el punto exacto, y allí trazó
una línea.
-Treinta y ocho grados -dijo- Aquí puse la
muestra. La prueba dio positivo: el suero se aglutinó.
Matulewicz, que era especialista en medios de
diagnóstico, le tenía reservada una sorpresa todavía mayor a su amigo.
-¿Qué ocurriría si en vez de mezclar el Ox-19 con
una muestra de sangre se lo inyectáramos a una persona sana? -le preguntó- Si
luego le tomáramos una muestra e hiciéramos la reacción, ¿se confirmaría el
diagnóstico de tifus?
-No lo sé -respondió Lazowski desconcertado.
-Pues yo sí -dijo su colega-. Ya he hecho la
prueba.
-¿Y no hay peligro de contagio?
-Ninguno, porque el reactivo está preparado con
bacterias muertas -explicó Matulewicz- A pesar de todo, la reacción da positivo.
Seis días después la repetí y obtuve el mismo resultado.
Matulewicz había descubierto cómo hacer que la
reacción de Weil-Felix arrojara un resultado positivo en el suero de una persona
sana. Y tal vez nadie en el mundo lo sabía, excepto dos jóvenes médicos en una
casa rural de Polonia.
Algunos días después Lazowski recibió un telegrama
urgente del laboratorio: la reacción de Weil-Felix había dado positivo. De
inmediato se prohibió al paciente y a cualquier miembro de su familia poner pie
en suelo alemán. Así fue como empezó el gran engaño del tifus.
Para comenzar, los médicos eligieron pueblos
enclavados en el bosque y poco frecuentados por alemanes. Durante el invierno de
1941-1942, indujeron la reacción positiva en algunas personas para no despertar
sospechas. Sea como fuere, los alemanes registraron sin falta los casos
notificados por sus laboratorios, mantuvieron en cuarentena las casas afectadas
y restringieron los movimientos de los "infectados".
Las epidemias de tifus tienen altibajos; en tiempo
frío, el hacinamiento de la gente favorece la proliferación de los piojos y la
propagación de la enfermedad, pero en el verano, cuando la gente pasa más tiempo
al aire libre, disminuyen los piojos y con ellos las infecciones que transmiten.
Por eso, en el verano de 1942 los médicos inocularon a menos pacientes. Los
alemanes se tranquilizaron al notar la consiguiente reducción del número de
casos.
En otoño, él y Matulewicz volvieron a ponerse
manos a la obra, esta vez con más ahínco aún. Lazowski buscaba sin cesar
enfermos de gripe o que tuvieran síntomas parecidos a los del tifus incipiente:
dolor de cabeza, fiebre, escalofríos y dolores musculares. Tras advertirles de
que quizá padecían la enfermedad, les ponía una inyección diciéndoles que era
para aumentarles la resistencia, y finalmente les tomaba una muestra de sangre.
Matulewicz era más temerario en aquella campaña de
inoculación clandestina. Si no encontraba pacientes aquejados de fiebre y dolor
de cabeza, él mismo se los provocaba administrándoles una mezcla del reactivo y
ciertas bacterias Que causaban los mismos efectos, pero de manera inofensiva y
pasajera.
Aun así, ambos sabían que estaban jugando con
fuego, y no le revelaron a nadie su secreto, ni siquiera a sus esposas. Durante
el viaje a Varsovia, Lazowski incluso consiguió una cápsula de cianuro y empezó
a llevarla siempre consigo para no confesar si lo torturaban.
En la primavera de 1943 la región se llenó de
temibles avisos en alemán: Achtung, Fleckfieber ["¡Cuidado, tifus!"] En las
cercanías de Stalowa Wola la "epidemia" avanzaba de casa en casa, y los avisos
de cuarentena se multiplicaron hasta que se aisló una zona de 12 poblaciones y
8.000 habitantes.
Los alemanes eludían cuidadosamente esos sitios.
Así, cesaron las redadas nocturnas y mies de personas se salvaron de la
deportación. Por entonces la balanza de la guerra empezaba a inclinarse contra
los alemanes, que, tras la batalla de Stalingrado, se volvieron más despiadados.
Matulewicz huyó con su mujer.
Lazowski, en cambio, se quedó en Rozwadów. En el
verano de 1943 suspendió las inyecciones, pero apenas llegó el otoño, las
reanudó. Por fin, al jefe de la Gestapo (a policía secreta nazi) destacado en
Stalowa Wola le pareció sospechoso que sobreviviera tanta gente y, en febrero de
1944, citaron a Lazowski a comparecer ante un grupo de médicos alemanes en el
pueblo de Turbia.
Escapó de la muerte gracias a un ingenioso ardid:
intuyendo que los alemanes sospechaban que estaba usando sangre de verdaderos
enfermos y dividiéndola en varios lotes para enviarlos al laboratorio con
distintos nombres, dejó que ellos mismos tomaran las muestras.
Sin embargo, se aprovechó de la manía higiénica de
los médicos: los llevó a las casas rurales más sucias, y no dejaba de
advertirles que no se acercaran demasiado a los ocupantes porque podían estar
infestados de piojos.
Sus advertencias surtieron el efecto esperado. Los
inspectores tomaron las muestras, nerviosos, y se marcharon sin hacer exámenes.
En su prisa por irse, olvidaron pedir a los pacientes que se quitaran las
mugrientas camisas y no notaron que ninguno tenía manchas rojas en el cuerpo.
Las muestras de sangre se enviaron al laboratorio
y el diagnóstico oficial fue el mismo: reacción de Weil-Felix positiva.
Después de la guerra, ambos médicos partieron de
Polonia: Lazowski, a EE UU, donde se hizo pediatra; Matulewicz, primero a
Bélgica y luego a Zaire, donde se convirtió en radiólogo de primera línea.
Pasaron los años y Lazowski se enteró del paradero de Matulewicz.
Tras entablar correspondencia, en 1977 narraron el
engaño del tifus en la revista mensual de la Sociedad Estadounidense de
Microbiología. Sin embargo, ninguno volvió a Polonia hasta que Ryan Bank, un
joven cineasta de Chicago, los reunió en Rozwadów a fin de grabar un documental
para la televisión. En una cena de gala hubo flores y brindis en honor de los
médicos.
"No soy ningún héroe", dijo Lazowski. "Las
circunstancias me obligaron a improvisar".
Rudolph Chelminski
Publicado originalmente en Reader's Digest
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