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DJERBA: LA FORTALEZA DE LA MUERTE
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La torre construida con
cráneos |
La sangre española, que ha dejado por todos los
ámbitos del mundo señales de su grandeza, tiene en la isla de Djerba testimonio
aún de esa tenaz resistencia que opuso en el siglo XVI al indomable poder de los
turcos, que sin ella quizás hubieran sido otros los destinos de la Europa
Occidental.
Está situada la isla de Djerba al Sur de Túnez, en
el Golfo de Gabes y frente a las costas de la Tripolitania. Tiene una superficie
de 60.000 hectáreas; y, cubierta su mayor parte de olivos y palmeras, seduce de
tal manera su aspecto pintoresco, que pudiera decirse de ella que es un
verdadero oasis en el mar.
Repetidas veces intervinieron los españoles en la
isla, tanto para castigar a los piratas, como para utilizarla como base de
operaciones contra Trípoli.
Pero la expedición que ha dejado memoria en la
Isla; la que la Historia ha sido más pródiga en juicios, muchos de ellos
contradictorios; la que sin duda probó el heroísmo de nuestras tropas, por el
duro y largo asedio que sufrieron en la Isla, fue la del año 1560, de la que
quedan testimonios vivos aún.
Era gran maestre de San Juan de Malta, P.
Parissiote, y, apelando a influencias en la Corte de Francia, logró cerca de la
Corte de España interesar al Rey Felipe a recuperar a Trípoli, caído en poder
del corsario Dragut, aprovechándose a ese efecto encontrarse Dragut en plena
lucha con los berberiscos y hallarse la ciudad mal asistida. Accedió el Rey a la
empresa, nombrando general de la misma a D. Juan de la Cerda, duque de
Medinaceli, virrey de Sicilia.
Se confió la dirección de la Armada a D. Juan
Andrea Doria, sobrino del famoso caudillo Príncipe Doria, que, ya agobiado de
años, le impidió su edad asumir el mando.
Llegó la expedición hacia mediados de Febrero de
1560 á la Isla.
El 7 de Marzo desembarcan las tropas sin oposición
alguna; por el contrario, dos itioros se presentaron al duque haciéndole saber
que se le reconocía como señor en toda la Isla, y al Jeque Mazaud como vasallo
de Su Majestad Católica.
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Antiguo emplazamiento de
la |
Entraron al castillo, que era de fábrica romana,
sobre el cual dispusieron los nuestros obras de reconstrucción de defensa y
ataque, que se llevaron a cabo en poco tiempo. Rodearon la fortaleza de un
amplio foso, quedando una gran parte de ella tal como subsiste hoy día, casi
bañada por el agua del mar.
Entretanto, el turco se armaba con treinta y cuatro galeras, que a toda marcha salían para la isla. Gran decepción sufrieron nuestras tropas al tener conocimiento de ello, y, apenas conocida la noticia apresuraron el embarque, con tal desconcierto y desorden, que apenas si les podían contener sus jefes.
En medio del desorden en que tenía lugar el embarque, pudo avistarse el duque con D. Álvaro de Sande, dándole instrucciones para la defensa del Fuerte. Es de advertir que fue instado repetidas veces D. Álvaro para que siguiera al duque a Sicilia, a lo que contestó D. Álvaro que él entendía era más conveniente quedara al frente de la fortaleza, tanto para el servicio de Dios y de su Rey como por respeto propio, bien seguro que en ella había de sucumbir.
Llegó la Escuadra turca al día siguiente y, bien apercibida del desorden que allí reinaba, se dividió en dos secciones para atacar a la Escuadra y a la gente que huyera a tierra; empezó el combate con los peores presagios para la Armada cristiana, pues varada la galera Real, de la que huyó su gente á tierra, y deshecho el mando en el resto de la Escuadra, toda resistencia fue inútil ante el empuje de los turcos; inútil fue la resistencia de D. Sandio de Leyva, como el resto de la Escuadra, que fue deshecha, cayendo su mayor parte en poder de los turcos, y sólo una parte de ella pudo escapar del rudo combate.
Quedó en el Fuerte D. Álvaro de Sande, el que, a
pesar de los ofrecimientos que le hizo Piáli Bajá, se negó a entregarse,
dispuesto a combatir hasta el último momento. Digno de meritoria es el recuerdo
de aquellos héroes, una gran parte enfermos y berilios, que durante ochenta y un
días, animados por sus jefes, sufrieron todo género de privaciones,
especialmente por la falta de agua, y aún es tradición en la Isla que en ocasión
de que un día, en el poblado que rodeaba la fortaleza, sacaba una mora agua de
un pozo, vio en las paredes interiores del mismo un brazo que extraía agua, y
avisó á los turcos, que redoblaron, en vista de ello, la vigilancia del asedio.
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Obelisco francés
fotografiado |
Finalmente, no teniendo los baluartes ningún cañón en uso; sin agua más que para tres días; habiendo caído sobre ellos más de 12.000 balac y 40.000 flechas; reducida la gente apta para combatir a 8l0 hombres, dirigidos por D. Álvaro salió del Fuerte aquel puñado de valientes, en dos columnas, a un ataque desesperado, decisión heroica, pero inútil, pues las tropas turcas, allí de refresco, arrollaron las dos columnas, matando a los más y haciendo prisioneros al resto. Don Álvaro pudo escapar a las galeras que se mantenían a la sombra del fuerte, pero rendido éste y, presas las galeras, cayó D. Álvaro prisionero con D. Berenguer de Requesens y D. Sancho de Leyva y otros capitanes, que fueron cautivos a Constantinopla.
Algunos escaparon al cautiverio y otros lograron
la libertad. D. Álvaro consiguió su libertad después de un largo cautiverio y
por merced que hizo Selim a Carlos IX de Francia, logrando así volver,
finalmente, a su país. Los turcos con los cadáveres que recogieron hicieron a
modo de trofeo una pirámide, recubierta de cal y tierra, que ha subsistido hasta
la mitad del siglo XIX con el nombre de Bord-er Rious, la "Fortaleza de los
Cráneos”; hasta que, a instancias del cónsul de Inglaterra, logró del Bey que
desapareciera, enterrándose los restos en el Cementerio católico de Houmt-Souk,
la población que ocupa hoy el puerto donde está asentada la Fortaleza.
Francia, quiso honrar la memoria de aquellos
héroes, no solamente conservando en el cementerio de Houmt-Souk los restos que
encerraban la "Fortaleza de los Cráneos”, cuyo emplazamiento está marcado por
una columna conmemorativa rematada por una cruz, sino que al lado del castillo,
y en el sitio en que subsistió durante siglos aquella pirámide de cráneos, ha
levantado un pequeño obelisco con las fechas de la expedición y de la inhumación
de los restos.
La población misma lleva como nombres de sus principales calles los de D. Álvaro de Sande, Leyva, Andrea Doria, con los que ha querido honrar el recuerdo de aquella famosa expedición, símbolo de una sangre que cumplió tan altos destinos.
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