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Los esforzados generales
alemanes Paul von Hindenburg, Erich von Ludendorff y August von Mackensen
planearon la destrucción de la resistencia rusa en 1915 para poner fin feliz a
la guerra en el Frente Oriental. Parecían favorables las posibilidades de un rápido
triunfo alemán.
Al Alto Mando alemán le
importaba muy poco que 6.000.000 de rusos llevaran uniforme. El Servicio de
Inteligencia alemán sabía que tan colosal ejército era sólo un gigante de
papier-maché (papel mascado). Uno de cada tres soldados rusos carecía de
rifle. La artillería zarista tenía escasez de bombas.
Los rusos sufrían carestía
de todas las necesidades militares, desde herraduras de caballos a vendajes.
Empero el espíritu y la
moral del soldado ruso medio se mantenían elevados. Un soldado ruso escribió a
su familia: «Cogeré un rifle para mí en el campo de batalla. Si no lo
encuentro, lucharé a pedradas.» El poder casi místico del «Padrecito»
hechizaba a las masas componentes del pueblo ruso, en cuya mayoría eran
campesinos analfabetos, tan hundidos en la ignorancia y la superstición que
cierto escritor ruso les llamó «El Pueblo Negro».
Aunque se le utilizaba como
carne de cañón, «El Pueblo Negro» conservaba una devoción fanática hacia
su zar. Sin embargo, no todos los rusos estaban prendados de su monarca. Los
obreros industriales, relativamente pocos, que había en Rusia estaban
adoctrinados por filosofías radicales y revolucionarias. Entre ellos figuraban
los mencheviques (socialistas), los bolcheviques (comunistas), los anarquistas,
sindicalistas y nihilistas.
La clase obrera rusa tenía
una larga tradición de lucha contra la opresión zarista. En época tan
reciente, como 1905, había existido una malograda revolución destinada a
derrocar al zar. Aunque muchos jefes de la revuelta de 1905 fueron encarcelados
o desterrados a Siberia, el espíritu de rebelión seguía latente. Incluso en
el ejército los radicales del ala izquierda mantenían su agitación. No todos
los rusos iban a ciegas a morir en los campos de batalla.
El zar Nicolás era hombre de
voluntad débil, dominado fácilmente por personas de espíritu más fuerte.
Estaba rodeado de consejeros ineptos que aplaudían y aprobaban todos sus
movimientos. Aparte de estos aduladores, el zar estaba sumamente influenciado
por un hombre extraño y perverso, un falso monje llamado Rasputín, quien
ocupaba una posición única en la casa real. Con astucias e intrigas, Rasputín
convenció a la zarina, mujer puco inteligente, de que era poseedor de poderes
curativos divinos y de que en realidad fue él quien curó al hijo pequeño de
la zarina cuando el chiquillo estuvo gravemente enfermo.
A partir de entonces, Rasputín
fue indispensable en palacio. El zar le pedía consejo, así como los ministros
reales. Numerosos rusos patriotas y sensatos, creían que Rasputín era un
agente alemán que había logrado introducirse en los puestos más elevados,
traicionando a Rusia día a día. Pero cuando estos rumores llegaron a oídos
del zar y de la zarina, ninguno de los dos quisieron prestarles atención.
Por consiguiente, a comienzos
de 1915, Rusia, gobernada por un zar abúlico, no estaba preparada para el
ataque alemán. Mientras los soldados campesinos, miserablemente equipados
esperaban al enemigo, Rasputín vivía rodeado de lujo exótico. Era en la corte
un huésped favorito, capaz de arruinar la carrera de cualquiera sólo con
insinuárselo al zar o a la zarina.
Y mientras los soldados iban
al frente sin armas adecuadas, sin ropas ni alimentos, la familia real y los
cortesanos daban fiestas al estilo de potentados orientales. Se decía que los
restos de comida echados a la basura después de un solo banquete real podían
haber alimentado durante una semana a un regimiento entero en el campo de
batalla.
En un clima inclemente, las
fuerzas rusas mejor equipadas atacaron a las tropas austrohúngaras en los
montes Cárpatos. Tan rápidos progresos hizo esta ofensiva que parecía
probable una invasión de las llanuras húngaras.
Este momentáneo triunfo ruso
fue de corta duración. El primero de mayo, los alemanes acudieron en apoyo de
los desventurados húngaros. Los violentos cañonazos aniquilaron las líneas
rusas cerca de Cracovia, Polonia, y empezó una furiosa ofensiva.
Los rusos no pudieron detener
al enemigo. Algunas tropas zaristas se rindieron por regimientos y divisiones,
mientras que otras lucharon valientemente hasta su exterminio.
Los ejércitos del Kaiser
continuaban acosando incesantemente. A comienzos de agosto, los alemanes tomaron
Varsovia y cayeron Vilna y Kovno, Brest-Litovsk y otros centros importantes. Al
llegar el invierno, los alemanes ocupaban toda Polonia y los Estados Bálticos.
Más de un millón de rusos fueron capturados y otro millón murió en el
combate.
No es extraño que Von
Hindenburg, Von Ludendorff y Von Mackensen sonrieran satisfechos ante los
resultados de su gran ofensiva.
Un corresponsal de guerra
berlinés escribió: «En breve nuestros valientes soldados desfilarán por
Petrogrado. Los rusos están conquistados... Jamás se recuperarán para volver
a la lucha...» .
Más de cien años antes,
Napoleón también se equivocó al juzgar a los rusos. Veintiséis años más
tarde, en 1941, otra generación de alemanes debía cometer el mismo error.
Nadie, al parecer, comprendió realmente la tremenda voluntad, el gran espíritu
del pueblo ruso.
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