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LA LEYENDA DEL GENERAL CUSTER |
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general George Armstrong Custer era conocido por los indios como Pahuska, "el de
los cabellos largos", la causa de la melena de color pajizo de la que el general
estaba tan orgulloso. Pero, entre los indios de las praderas norteamericanas,
era mejor conocido como un cruel genocida, como un aniquilador de tribus
enteras.
Custer, que estaba al frente del famoso Séptimo de
Caballería, se ganó su sangrienta reputación en 1868, cuando fue enviado por el
general Philip Sheridan -el "Oso Enfadado" de los cuarteles fronterizos- a
sojuzgar a los indios de las praderas que se negaban a concentrarse en las
reservas que el gobierno había establecido para ellos. Por qué se eligió a
Custer para esta importante misión es un tema que se presta a conjeturas. Pues
la carrera de Custer como soldado había sido muy irregular.
Custer nació el 5 de diciembre de 1839 en New
Rumley, Ohio. Se graduó en la Academia militar estadounidense de West Point, y
gracias a la guerra civil -en la cual se distinguió en la persecución del
general Robert E. Lee, comandante en Jefe de la Confederación-, alcanzó el grado
de general de brigada a la temprana edad de 23 años.
A Custer se le subió el éxito a la cabeza. Se
convirtió en un vanidoso, en un extravagante buscador de glorias. Se dejó crecer
su rubia cabellera hasta los hombros y cubrió con sus propios retratos las
paredes de su habitación. Cuando la guerra civil terminó, en 1865, el ego del
general de brigada Custer se sintió gravemente herido, al ser rebajado al grado
de capitán. Se convirtió en el hazmerreír de sus hombres, pero en el lapso de un
año, había hecho méritos suficientes para recobrar el grado de teniente coronel.
Entonces, su desmesurado amor propio casi lo llevó
a la perdición. Sin consultar a sus superiores, decidió tomarse unas vacaciones
y abandonó su campamento para visitar a su esposa, Libbie. Se le sometió a una
corte marcial y fue suspendido de empleo y sueldo por un año. Dedicó su tiempo
libre a escribir acerca de sus propias aventuras, en los más heroicos términos.
También contrajo deudas que, como luego era trasladado de fuerte en fuerte, al
parecer nunca lo alcanzaron.
En 1868 fue reintegrado al servicio activo y se le
confió una misión especial. Una misión que requería tacto, diplomacia y
compasión. El recientemente promocionado general George Armstrong Custer, de 28
años de edad, no poseía ninguna de esas virtudes; sin embargo, fue enviado a
resolver de una vez por todas los problemas de los indios de las praderas.
Los indios, principalmente los cheyenes y sioux,
habían sido gradualmente empujados hacia el Oeste durante decenios, debido a la
avidez de tierras que inflamaba a los blancos. Pero en la década de 1860, el
proceso se había acelerado, debido a las correrías de indios cazadores de
búfalos, que planteaban problemas a las autoridades, a pesar de los tratados
sobre el uso de las tierras que permitían a los indios esta libertad de
movimientos. Ahora, las autoridades querían las tierras donde habitaba el
búfalo.
Se decidió que esos indios, que hasta ahora no se
habían establecido en reservas para subsistir con las magras limosnas del
gobierno, debían ser obligados a someterse. Se consideró que Custer era el
hombre indicado para conseguir ese objetivo.
Durante el otoño de 1868, un viejo y pacífico jefe
indio, llamado Black Kettle, es decir "Olla Negra", líder de los cheyenes
meridionales, se estableció con su tribu a orillas del río Washita para pasar el
invierno, a unos 150 km de la avanzada militar más próxima que los blancos
habían implantado, el Fuerte Cobb. El jefe indio solicitó que se permitiera a
las 200 familias que integraban su rama tribal trasladarse para pasar el
invierno bajo la protección del fuerte; pero la petición fue denegada. El
general William Hazen, comandante del fuerte, les dijo a Black Kettle y a su
delegación que debían volver al río Washita, donde se les permitiría permanecer
hasta que las nieves se fundieran.
Esta promesa no significaba nada. Porque en el mes
de diciembre de 1868, Custer fue enviado para castigar de modo ejemplar al
pueblo de Black Kettle. Una neblinosa mañana, antes de que amaneciera, Pahuska
el Melenudo ordenó a sus hombres que rodearan el campamento indio. Cuando los
soldados aparecieron através de la niebla, Black Kettle tenía ensillado su
caballo y salió a parlamentar con ellos. El jefe indio ignoraba que la misión de
Custer consistía en "ir al río Washita, al asentamiento invernal de las tribus
hostiles, y allí destruir sus aldeas y caballos, matar o colgar a todos los
guerreros y traerse consigo a las mujeres y a los niños"
Black Kettle había sobrepasado apenas el perímetro
del campamento en su misión de paz, cuando se produjo la carga de la caballería.
De acuerdo con la leyenda india, resultó muerto de un disparo cuando levantaba
su mano para detener a los soldados que se aproximaban. Custer fue el
organizador de la matanza que siguió. Sus órdenes consistían en matar a los
guerreros, pero la ejecución fue indiscriminada. Murieron más de 100 cheyenes,
de los cuales sólo una décima parte eran guerreros. El resto eran mujeres, niños
y ancianos. También fueron exterminados cientos de caballos, para que los
sobrevivientes no tuvieran posibilidades de escapar. Y unas 50 mujeres y niños
fueron tomados prisioneros.
El miedo y el odio a Custer se extendió entre las
tribus, y fue alimentado, a través de los meses siguientes, a medida que Custer
emprendía despiadadas campañas contra los indios de la zona. Entonces fue cuando
Custer, el hombre elegido por Washington para transformar el Oeste en un lugar
seguro para los cristianos civilizados, se convirtió en el hombre que, mediante
traiciones y matanzas, obligó a rendirse a un jefe tribal tras otro. Hasta que
se enfrentó con Sitting Bull, "es decir, Toro Sentado".
Tatanka Yotanka, o Sitting Bull, era el líder de
los hunkpapa, la más belicosa e independiente rama de la nación sioux. Sioux
significa también Dakota, y fue en Dakota, en las vecindades de Montana, donde
Custer descubrió que no era invencible.
En 1868, las Colinas Negras de Dakota fueron
concedidas para que los indios vivieran allí siempre. Muchas tribus consideraban
las colinas, las "Paha Sapa", como lugares sagrados y como centro del mundo del
espíritu. En 1868, el tratado fue aceptado por los blancos porque consideraban
inservibles esas tierras. Pero ya no estaban de acuerdo seis años después,
cuando Custer dirigió una expedición a las colinas e informó a su regreso:
"Están llenas de oro, desde las raíces a los pastos" Inmediatamente, el tratado
quedó de lado, y Custer presionó para abrir el camino a las riquezas de las
Colinas Negras. Los indios llamaban a ese camino "La ruta de los ladrones" Una
comisión fue enviada desde Washington para negociar con los sioux, arapahos y
cheyenes, que reclamaban para sí las Colinas Negras. Pero los indios se negaban
a vender su tierra sagrada o a cambiarla por otro territorio. Toro Sentado les
dijo a los comisionados del gobierno: "No queremos vender nuestras tierras, ni
siquiera una pizca de polvo de ellas. Las Colinas Negras nos pertenecen. No
queremos al hombre blanco aquí. Si el blanco trata de tomar las colinas,
lucharemos"
Incapaz de obtener las Colinas Negras por medio de
las amenazas, el blanco trató de jugar sucio. El departamento de Guerra promulgó
un ultimátum, por el cual todos los indios que no estuvieran en sus reservas
oficiales a fines de enero de 1876 serían considerados hostiles. Se agregaba que
"serían enviadas fuerzas militares para obligarlos a acatar esta orden". Toro
Sentado recibió la noticia del ultimátum sólo tres semanas antes de la fecha
tope, y protestó, afirmando que su tribu no podía ni pensar en movilizar su
campamento en pleno invierno. El 7 de febrero, el general Sheridan -el hombre
que una vez declarara que "el único indio bueno es el indio muerto"- recibió la
orden de atacar. Y el hombre al que eligió para asestar el mayor golpe contra el
enemigo más formidable, Sitting Bull, era su leal verdugo, el general Custer.
Durante
los primeros meses de 1876, tropas ambulantes de soldados expulsaron a tribus de
indios pacíficos que habitaban el río Powder y la cuenca del río Tongue, cerca
de la frontera entre Montana y Wyoming. Con sus tipis incendiados, sus caballos
muertos y poca ropa de abrigo, los grupos dispersos de sobrevivientes, dirigidos
por Toro Sentado, se reunieron en bandas andrajosas pero llenas de orgullo en el
Valle de los Grandes Pastos, en Little Bighorn.
A medida que las intenciones del ejército se iban
haciendo más obvias, todo indio que no formaba parte del campamento de Little
Bighom quedaba aislado y amenazado. Miembros de las tribus que, previamente,
habrían elegido permanecer completamente ajenos a la alianza, se unieron al
núcleo de Toro Sentado. Incluso indios que desde hacía tiempo se resignaban a la
vida en las reservas desertaron de ellas a millares para congregarse en el valle
de Little Bighorn.
El explorador blanco Lewis Dawitt afirma que "Toro
Sentado tenía un gran poder entre los sioux. Sabía cómo conducirlos; muchas
veces les dijo a sus hombres que él no estaba hecho para ser un indio de las
reservas. El Gran Espíritu, decía, lo había hecho libre para ir adonde deseara,
para cazar el búfalo y para conducir a su nación".
Hacia junio de 1876, en el valle estaban reunidos
los hunkpapas de Toro Sentado, los oglalas de su aliado Crazy Horse, el célebre
Caballo Loco; los sioux llamados Pies Negros "Blackfoot", los arapahos, los
sansarcs, los brules, los minneconjous y los cheyenes. Formaban un bosque de
tipis y de tiendas improvisadas, que se extendía a lo largo de 5 km sobre la
orilla oeste del río Little Bighorn. Por lo menos había 10.000 indios, de los
cuales unos 3.000 o 4.000 eran guerreros.
Todos sabían que la gran batalla estaba cerca. Era
la última ocasión que se ofrecía a los sioux para conservar la tierra de sus
ancestros y de sus dioses. Por lo tanto, celebraron la danza del sol.
La danza constituía la mayor celebración que la
nación sioux conociera jamás. El pasto de primavera estaba exuberante, y
abundaban los búfalos, de manera que llenaron sus estómagos, bailaron y probaron
su coraje. Toro Sentado, en cuyo cuerpo se veían las numerosas cicatrices
dejadas por anteriores danzas del sol, tenía 50 heridas en carne viva, en cada
uno de los brazos; era su manera de celebrar esta ocasión. Bailó sin parar
alrededor de la vara sagrada, contemplando constantemente el sol. Al caer la
tarde, Toro sentado continuaba danzando aún, y bailó toda la noche, hasta el día
siguiente. Después de 18 horas de baile, se desmayó.
Cuando lo reanimaron, narró a su nación que había
tenido una visión maravillosa: había visto a los soldados blancos "caer como
saltamontes" en su campamento, mientras una voz le decía: "Te regalo esta
victoria, porque ellos no tienen oídos"
¡La victoria estaba asegurada!
Custer también tuvo visiones: las visiones de su
propia gloria.
Mientras los sioux cumplían la danza ritual del
sol, Custer se dirigía desde el Fuerte Abraham Lincoln hacia Little Bighorn, en
el extremo este de Dakota del Norte. En el campamento, todas las noches se
sentaba a escribir mensajes de autofelicitación, que dirigía a un periódico de
Nueva York. También confiaba sus pensamientos "privados" a su diario: con la
idea, por supuesto, de que fueran rescatados más tarde por la posteridad.
Custer escribió por entonces: "Durante largos años
del pasado, todos mis pensamientos fueron ambiciosos. Pero no de riquezas, no la
ambición de ser sabio, sino de ser grande. Deseo unir mi nombre a actos y a
hombres que sean un sello de honor, no sólo para el presente sino también para
las futuras generaciones"
Éste era, pues, el hombre que llegó al valle del
Little Bighorn, al otro lado del río, frente al campamento de Toro Sentado, la
noche del 24 de junio de 1876. Solamente acompañaban a Custer 611 hombres, 12
escuadrones de la caballería estadounidense: sólo una pequeña parte de la fuerza
ofensiva que disponía. Porque, de acuerdo con su conocido estilo de mando,
Custer había dejado atrás todas las otras unidades, y se encontraba muy
adelantado en el campo, listo para entrar en batalla.
Muy rezagado hacia el sur se encontraba el general
George Crook, comandante de un regimiento de 1.000 soldados, con 250 crows y
shoshonis, indios enemigos de los sioux y procedentes del fuerte Fetterman.
Habían sido retrasados, y casi derrotados, por una
emboscada que prepararon los oglagas de Caballo Loco, que cumplieron una
arriesgada salida de su campamento a fin de interceptar a los blancos en el
valle del río Rosebud. En realidad, las fuerzas, bajo la conducción improvisada
de Crook, podrían haber sido arrasadas por los sioux de no haber contado con la
bravura de sus aliados indios. De todas maneras, la columna de Crook quedó
desintegrada y sin posibilidad alguna de reunirse con las otras fuerzas que
convergían sobre Little Bighorn.
Custer no sabía nada de esto. Lo que sabía, en
cambio, era que estaba muy adelante de los otros oficiales, que competían con él
por la gloria de aniquilar a los indios "hostiles" Estos oficiales eran el mayor
general John Gibbon, que había marchado hacia el este desde el Fuerte Ellis, y
el general Alfred Terry, que salió hacia el oeste desde el Fuerte Abraham
Lincoln, con la intención de reunirse con Gibbon en el río Yellowstone.
En aquel momento, los dos estaban remontando el
Little Bighorn con una fuerza que, en total, reunía a 1.500 hombres. Terry era
el superior inmediato de Custer, y los dos generales deberían haber cabalgado
juntos. Pero Terry, que carecía de experiencia en la lucha contra los indios,
había cedido a las súplicas de Custer para que le permitiera adelantarse y hacer
un reconocimiento del campamento sioux. Temeroso de que alguien pudiese alcanzar
antes que él el asentamiento, Custer rechazó la oferta de Terry, consistente en
que se llevara más hombres y armas Gatling. En cambio, Custer se adelantó a
todos y se jactó: "Yo puedo derrotar a todos los indios del continente con el
Séptimo de Caballería"
La confianza que Custer tenía en sí mismo no lo
abandonaba ni por un solo instante. Condujo a los doce escuadrones que comandaba
sin compasión ninguna (los hombres recorrieron 100 krn en solamente dos días) y
no se perturbó siquiera al descubrir la verdadera magnitud de la fuerza que
estaba buscando para enfrentarse en batalla. El primer indicio acerca del
poderío de los sioux se produjo cuando los hombres de Custer hallaron las
huellas dejadas por los indios al trasladar de sitio el campamento, unos pocos
días antes. Las huellas dejadas por los cascos de los caballos y el arrastrar de
los palos de sus tipis cubrían casi dos kilómetros de ancho.
El segundo indicio provino de los propios
exploradores indios empleados por Custer. Le suplicaron que esperara dos días
más, para que Terry y Gibbon llegaran, antes de comenzar el ataque. Pero el
comandante Pahuska, arrogante y ansioso de gloria, no podía esperar. Y la
vanidad fue su perdición.
El
plan de Custer consistía en separar sus 12 escuadrones en tres batallones, que
podrían lanzar ataques simultáneos sobre el campamento indígena desde diferentes
direcciones. Por lo tanto, al amanecer del 25 de junio, puso al capitán
Frederick Benteen al mando de tres compañías y encargó otras tres al mayor
Marcus Reno; el propio Custer se encargó del mando de cinco compañías, y dejó
las restantes al cuidado de los pertrechos.
Los exploradores de Toro Sentado vigilaban
cuidadosamente, escondidos tras los peñascos, el lento avance de Custer y su
cuerpo principal, compuesto por 225 hombres que se movían por el valle del río.
Custer buscaba un lugar apropiado para vadear el río y atacar por sorpresa la
aldea. Pero los indios sabían que no encontraría ningún vado.
Al otro extremo del campamento, la vigilancia
india se relajaba un poco. Mientras toda la atención de los hombres de Toro
Sentado se centraba en el cuerpo principal de la caballería, el modesto batallón
mandado por el mayor Reno, compuesto por 140 soldados, atacó, de acuerdo a los
planes, la retaguardia indígena, tomando por sorpresa a los guerreros de Toro
Sentado. Mientras dirigía la carga, Reno confiaba completamente en que Custer
hubiese atacado al mismo tiempo por el otro lado de la aldea. No tenía ninguna
forma de saber que el batallón de Custer todavía estaba tratando de sortear el
obstáculo del río, a unos 6 km de distancia.
Reno sorprendió en sus guaridas a los oglalas, a
los hunkpapas y a los sioux blackfoot, que estaban concentrados en el extremo
sur del enorme campamento. Las mujeres y los niños huyeron de sus tipis bajo una
lluvia de balas. Un joven hunkpapa llamado Gall, un huérfano adoptado por Toro
Sentado, que lo designó su ayudante de campo, vio derribar a su mujer y a sus
hijos antes de que pudiese replegar a sus guerreros para un contraataque.
Gall y sus hombres rodearon el flanco de Reno;
cuando la caballería vaciló unos instantes y ya no pudo arremeter, los hombres
de Gall la sorprendieron por detrás. Superados en táctica y en número, los
soldados de Reno -que ya estaban exhaustos por la marcha forzada- se retiraron
hacia la relativa seguridad del bosque cercano, buscando un refugio hasta que el
ataque de Custer hubiese aplacado la violencia desplegada por los indios.
Pero Custer todavía no atacaba. Tampoco lo hacía
la tercera columna, a las órdenes del capitán Benteen, que aún se encontraba a
algunos kilómetros de su objetivo. Después de solamente treinta minutos de
combate, la retirada del mayor Reno se convirtió en una aplastante derrota.
Ahora los indios quedaban libres para concentrar toda su atención en el odiado
Pahuska.
Toro Sentado permanecía frente a su tipi, y
dirigía la batalla mediante una serie continua de mensajeros a caballo. Gall,
Caballo Loco y el jefe de los cheyenes, Dos Lunas (Two Moons), galopaban de
continuo los cinco kilómetros de extensión que tenía el campamento, concentrando
a los guerreros para la batalla que estaba a punto de comenzar. Caballo loco
gritó: "jHoka-hey! Hoy es un buen día para combatir. Es un buen día para morir.
Corazones fuertes, corazones bravos, ¡al frente! Corazones débiles y cobardes, a
la retaguardia!".
La columna de Custer permanecía aún escondida en
las colinas, frente al campamento de Toro Sentado. El general avanzaba con
cautela pero con confianza, buscando el paso ideal entre los riscos, a través
del cual cargar sobre la concentración indígena, una vez atravesado el río. Pero
Custer no sabía que el río había sido ya vadeado, en sentido contrario, por los
hombres de Gall. Éstos se deslizaron por una garganta y atacaron la retaguardia
de la columna de caballería. Custer fue tomado totalmente por sorpresa. Ordenó a
sus hombres correr hacia la colina más cercana y tomar posiciones defensivas.
Pero cuando las tropas estaban a mitad de camino en su ascenso, el general
Custer tuvo una visión: a través de ella vio por primera vez que no era
invencible.
Allí, en la cima de ese promontorio -que ahora se
llama colina Custer- apareció Caballo Loco con 1.000 guerreros a caballo. Por un
momento, los indígenas contemplaron con desdén a Custer y a la banda dispersa en
que se había convertido su exhausta caballería. Luego, dando feroces alaridos,
los indígenas cargaron colina abajo.
La caballería de Custer fue reducida en pocos
segundos. Los soldados desmontaron e intentaron defenderse en campo abierto, sin
apenas protección. Lucharon con valentía, tratando de conservar sus caballos.
Pero a medida que la gritería de los sioux se acercaba, los jinetes de Custer
tuvieron que liberar las cabalgaduras. Ahora no existía esperanza de escapar.
Los orgullosos soldados de caballería quedaron reducidos a un puñado. En los
aledaños de la batalla, algunos pocos soldados heridos levantaron sus brazos y
pidieron ser tomados prisioneros. Pero no hubo prisioneros ese día. Los heridos
fueron muertos a tiros o a cuchilladas.
Custer fue uno de los últimos en morir. A medida
que mermaban sus filas y los indígenas se le acercaban, vieron que Pahuska ya no
tenía el cabello largo hasta los hombros. Se lo había cortado, y esa era la
razón por la cual los atacantes no lo habían reconocido de inmediato.
El general estaba en el centro de un pequeño,
patético grupo de soldados sobrevivientes. Toro Sentado comentó luego: "Donde se
cumplió la última batalla, el de los largos cabellos estaba como una gavilla de
trigo con todas las espigas despenachadas a su alrededor". Muy pronto, Custer
fue cubierto por una oleada de guerreros indígenas.
Muchos indios reclamaban más tarde haber sido
quienes dieron muerte al odiado Pahuska. Era un legítimo motivo de orgullo. En
Washington, sin embargo, la última batalla de Custer fue calificada como una
masacre salvaje. Se envió un cuerpo más poderoso que el de Custer contra los
indígenas, que se dispersaron rápidamente.
Caballo Loco se trasladó a una reserva y se
sometió a los blancos. Pero fue arrestado y luego asesinado a bayonetazos
mientras trataba de escapar del Fuerte Robinson, en 1887. Sus últimas palabras
fueron: "Dejadme ir, amigos míos. Ya me habéis hecho suficiente daño"
Toro Sentado huyó con 3.000 guerreros al Canadá,
la "Tierra de la Gran Madrina", la reina Victoria. Regresó a los Estados Unidos
y se rindió en 1881. Pasó dos años en prisión antes de que le permitieran
reintegrarse a su tribu, en la reserva de Standing Rock, en Dakota del Norte.
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Fue la estrella del espectáculo sobre el Lejano
Oeste montado por Búfalo Bill durante un tiempo. Pero, después de regresar
nuevamente con su tribu, fue acusado por el ejército de incitar a la rebelión.
Cuando la policía indígena llegó para llevárselo a la cárcel, el 15 de diciembre
de 1890, Toro Sentado se resistió al arresto y fue asesinado por la espalda.
El derrotado Custer, por su parte, recibió honores
que se reservaban a quienes habían triunfado en la batalla. Su cadáver fue
recuperado, y se le enterró como a un héroe en West Point. Incluso el único
superviviente de aquel baño de sangre, un caballo del regimiento llamado
irónicamente Comanche, fue elegido como la mascota del Séptimo Regimiento de
Caballería, y aparecía siempre en las paradas, ensillado pero sin jinete.
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Con Washington |
Toro sentado |
Toro sentado |
Su firma |
Representación india |
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