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EL CURANDERO


Todo el mundo quiere ser alguien. Pero Ferdinand Waldo Demara aspiraba a más. Quería ser casi todo el mundo. Uno de los mayores impostores de todos los tiempos, logró hacerse pasar, con éxito, por teólogo, psicólogo, doctor en filosofía, ayudante del alcaide de una cárcel, profesor y cirujano.

En 1941, después de desertar de la Marina y del Ejército norteamericanos, ingresó en un monasterio trapense de Kentucky con el nombre fingido de Robert Linton French, doctor en filosofía; confesóse abrumado por la guerra y deseoso tan sólo de encontrar la paz en una orden religiosa.

Se sometió a todas las disciplinas excepto a la de la frugalidad. Empezó robando alimentos y cuando, por una feliz casualidad, se le envió a trabajar a unas viñas, él y otro monje se atiborraron de mosto y renunciaron a sus votos de silencio.

Para desgracia suya sus pecados fueron descubiertos. El otro hermano se confesó y pudo permanecer en el monasterio, pero Demara decidió que la experiencia era suficiente y lo abandonó.

Su brillantez lo traicionó

Contrariamente a la mayoría de los impostores, cuyos fracasos son debidos a fallos de sus planes, la caída de Demara fue consecuencia de su propia brillantez. Tal sucedió en 1952, cuando se hallaba a mitad de su más espectacular aventura: lograr que lo nombraran teniente cirujano en la Real Armada Canadiense, durante la guerra de Corea, utilizando las credenciales de un médico amigo suyo.

Demara, mientras se hacía pasar por un médico que había decidido estudiar teología en New Brunswick, conoció a un tal Joseph C. Cyr. El joven doctor Cyr aspiraba a conseguir una licencia médica norteamericana en Maine, a fin de poder ejercer al mismo tiempo en Canadá y en los Estados Unidos, Demara se brindó para presentar la documentación de su amigo en el Colegio Médico de Maine. En lugar de hacerlo, se valió de la documentación para ingresar en la marina bajo el nombre de doctor Cyr.

Su primer caso como oficial médico á bordo del Cayaga fue extraer un diente al capitán, el comandante James Plomer, Demara, que jamás había realizado una extracción, se pasó toda la noche leyendo un libro de odontología. Por la mañana puso al capitán una inyección de novocaína y le extrajo el diente con notable destreza.

A partir de ese momento demostró un asombroso talento para la medicina y la cirugía. Su primer caso importante se presentó cuando fueron subidos a bordo tres soldados surcoreanos heridos. Uno de ellos tenía una bala alojada cerca del corazón. Observado por gran parte de la tripulación, Demara puso manos a la obra como si fuera un experto cirujano. Doce horas más tarde, el soldado se hallaba en condiciones de abandonar el barco. Una semana después, el Cayaga volvió por aquellas aguas y cuando Demara saltó a tierra comprobó que su paciente mejoraba con rapidez.

Durante su estancia en tierra, Demara se escandalizó de la falta de atenciones médicas y de material, por lo que montó una clínica. El solo efectuó operaciones y amputaciones a diario.

Retrato de un héroe

Para desgracia suya, uno de los oficiales del Cayaga tenía a su cargo las relaciones públicas de la Armada en el Lejano Oriente.

Aquella era una historia que no se podía dejar pasar. El oficial preparó un reportaje para la prensa y la radio, en el que se relataban las proezas del joven y heroico doctor.

No había transcurrido una semana cuando el relato aparecía publicado en los periódicos norteamericanos y canadienses y Demara era llamado al camarote del capitán. Turbado, el capitán Plomer le anunció que había recibido un mensaje que decía: «Tenemos informes de que Joseph C. Cyr, oficial cirujano c-17669, es un impostor. Retírele del servicio activo inmediatamente, repito, inmediatamente. Abra investigación e informe de los hechos al Jefe de Personal de la Marina, Otawa.» El relato había sido publicado en New Brunswick, donde lo leyó el auténtico doctor Cyr. Reconoció en el brillante cirujano al hombre que había conocido y admirado bajo el nombre de Cecil B. Hamann. Para empeorar las cosas, el verdadero doctor Hamann, que vivía en Kentucky, denunció a Demara como expulsado de la Universidad de San Luis por falsario.

Demara fue devuelto al Canadá para ser juzgado por un tribunal de la Marina. Se le licenció pagándole todos los haberes devengados y ordenándosele que abandonase el país.

Esto no representó en absoluto el final de la carrera de Demara. Poco después de salir del Canadá vendió el relato de sus aventuras a una revista; luego viajó de ciudad en ciudad, hasta llegar a Houston, en Texas, donde leyó un anuncio pidiendo personal para el cuerpo de prisiones. Formuló una solicitud para un puesto de funcionario, utilizando el nombre de Ben W. Jones y presentando, como referencia, certificados recibidos con sus antiguos seudónimos.

Como de costumbre, demostró poseer dotes para su nuevo trabajo. Organizó clases de escritura y prácticas deportivas para los reclusos. Su trabajo mereció pronto la atención del director del Cuerpo de Prisiones de Texas, O. B. Ellis, quien le pidió que aplicase sus iniciativas en la cárcel de Huntsville, que alojaba a los más empedernidos criminales del estado.

Demara se entregó con entusiasmo a su nueva tarea, organizando clases, sesiones de cine, y un régimen de actividades muy eficaz para los presos. Pero en la cumbre de sus éxitos le acechaba el desastre. Cierto día, leyendo una revista, un preso descubrió que Ben W. Jones era Ferdinand Waldo Demara, alias Josep.h C. Cyr, alias Cecil B. Hamann, etc.

Ellis convocó un consejo de funcionarios de prisiones para interrogar a Demara. Le mostraron la revista y Demara negó rotundamente ser la persona mencionada en el artículo. Acusó a los oficiales de dar más valor a la palabra de un preso que a la suya propia, retando a todo aquel que no le creyese a batirse en duelo. Pero no pudo mantener su arrogancia mucho tiempo; hizo las maletas y se marchó.

Como la mayoría de los jefes que había tenido antes Demara, Ellis confesó que si Demara hubiera regresado con documentación auténtica hubiera vuelto a emplearle.

«Fue uno de los mejores empleados que trabajaron en la cárcel», declaró.

¿Por qué un hombre tan bien dotado no estudió para obtener títulos auténticos?

Cuando se le formuló en una ocasión esta pregunta, respondió alegremente: «Bellaquería, pura bellaquería.» Finalmente se ordenó pastor. El Gran Impostor acabó teniendo una personalidad auténtica.


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