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GUERRA DE CUBA: LA PAZ Y EL REGRESO


El día 13 de julio, bajo una ceiba gigante frente a la ciudad de Santiago de Cuba, se habían iniciado las conversaciones para el cese de hostilidades entre las tropas de Estados Unidos y España que incluía la capitulación de todo el territorio bajo la jurisdicción de la División de Santiago de Cuba. El día 16 de firmaba y en la mañana del día 17 la Bandera de las barras y estrellas era izada en la Casa del Gobierno mientras nuestras fuerzas abandonaban la plaza.

Ante la derrota de la escuadra y la situación en los frentes terrestres en Santiago de Cuba y Manila, el 1 de julio el Gobierno español no encontró otro camino en la búsqueda de una paz honrosa, que solicitar de la República francesa su mediación ante los Estados Unidos para conocer las condiciones que permitieran firmarla. Las condiciones ofrecidas por los norteamericanos fueron draconianas, puesto que no sólo España debía renunciar a la soberanía y a todos sus derechos en la isla de Cuba, sino que exigían como indemnización de los gastos de guerra la cesión a Estados Unidos de la isla de Puerto Rico y la Bahía y el puerto de Manila.

A la firma del protocolo para el inicio de las negociaciones del Tratado de Paz el 12 de agosto, ya en su artículo 2º se había incluido la cesión a Estados Unidos de una isla en el archipiélago de las Marianas que sería escogida por ellos mismos.

El Tratado de París, firmado el 10 de diciembre de 1898 acumuló nuevas exigencias norteamericanas y a cambio de una indemnización de veinte millones de dólares la totalidad del archipiélago de Filipinas se cedía a Estados Unidos.

Se daba fin así a una guerra injusta en su inicio, desigual en su desarrollo y vejatoria en sus consecuencias.

Sus hechos heroicos, sus pequeñas victorias, su afán de continuar luchando, el sentimiento de no haber sido derrotado, la íntima convicción de haber cumplido con su deber y con las Reales Ordenanzas para nada se tenían en cuenta. La amargura de la rendición y el largo viaje a la Península eran sus últimas vivencias.

Las tropas destacadas en nuestros antiguos territorios de ultramar fueron repatriadas a la metrópoli. Los puertos de nuestro litoral y los caminos de la vieja España se llenaron de soldados enfermos y harapientos que sufrían en ocasiones el desprecio de sus propios conciudadanos y cuanto menos el olvido de sus esfuerzos, abnegación y entrega.

Servicio de Documentación Histórica del Museo Militar de Valencia


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