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Personajes,
batallas, |
El doble
asesinato de Sarajevo puso en movimiento un engranaje de sucesos que
culminaron en una agonía mundial de cuatro años de duración que llegó a
implicar a treinta naciones en la mayor guerra conocida hasta entonces.
La reacción austriaca ante
la muerte del archiduque fue de venganza. El emperador Francisco José exigió
justo castigo por la muerte de su sobrino. Su ministro del Exterior, el conde
Leopold von Berchtold, culpaba a Servia de los asesinatos y, una vez recibida la
seguridad por parte de los alemanes de apoyo en caso de guerra, envió a Servia,
el 25 de julio de 1914, un fuerte ultimátum.
Eran tan inflexibles las
condiciones impuestas por los austriacos que nadie creyó que Servia las
aceptara. Sin embargo, reacios a luchar contra Austria, los servios accedieron a
casi todo. El mariscal de campo Radomir Putnik, jefe del recio ejército de
Servia, convencido de que era inminente la guerra, ordenó la movilización
incluso mientras la conciliadora respuesta servia llegaba a Viena.
Los alemanes instigaron al
emperador Francisco José para que atacara Servia. «Póngale fin rápidamente»,
aconsejó un oficial de Berlín. Tropas austriacas fueron destinadas
precipitadamente a la frontera servia, al mando del comandante en jefe general
Conrad von Hótzendorf.
El 28 de julio de 1914, un
mes después de los sucesos de Sarajevo, Austria declaró formalmente la guerra
contra Servia. Un día más tarde, los cañones del emperador Francisco José en
el río Danubio empezaron a arrojar bombas contra Belgrado, mientras von Hótzendorf
daba la orden de que sus regimientos cruzaran la frontera servia.
El 30 de julio, Rusia acudió
en apoyo de Servia.
El zar Nicolás firmó un
decreto de movilización general y el vasto ejército ruso ocupó posiciones a
lo largo de la frontera. Este mismo día los alemanes enviaron un ultimátum a
Rusia y otro a Francia. El Kaiser Guillermo exigía que Rusia cesara de
inmediato la movilización y, a fin de asegurarse la neutralidad francesa en una
guerra ruso-alemana, pedía que Francia cediera como garantía sus fortalezas de
Toul y Verdún. Paris rechazó esta arrogante imposición y en cuestión de
horas se dio la orden de que el ejército francés iniciara la movilización
general.
Las tensiones surgieron en
Europa. Todos se daban cuenta de que la guerra se convertía rápidamente en una
realidad. Cuando el zar rehusó cancelar sus órdenes de movilización, los
alemanes declararon la guerra el primero de agosto y, aquella noche, invadieron
ilegalmente el pequeño Ducado de Luxemburgo para apoderarse de cabezas de líneas
ferroviarias y depósitos necesarios para el transporte de tropas en el Oeste.
Era ya imposible contener la
avalancha. El 3 de agosto, los alemanes declararon la guerra contra Francia
exigiendo libre paso a través de Bélgica para sus tropas. Los generales del Káiser
creían que los belgas no osarían resistir, pero no habían contado con el
valor del rey Alberto I de Bélgica.
Debido a que la neutralidad
de su país estaba conjuntamente garantizada por un tratado firmado por
Alemania, Austria, Hungría, Gran Bretaña, Francia y Rusia, el rey Alberto
rechazó a los alemanes y movilizó a su pequeño ejército.
El 4 de agosto, doce
regimientos de ulanos alemanes cruzaron la frontera belga cerca de Lieja. Los
soldados de Alberto hicieron fuego contra ellos y en el Oeste comenzaron las
hostilidades.
El rey Alberto pidió ayuda a
Francia y a Gran Bretaña; los franceses ya estaban en guerra. Alemania y los
británicos sólo vacilaron algún tiempo más, muy poco. El canciller alemán,
Theobald von Bethmann-Hollweg, fue prevenido por el embajador británico en Berlín
de que si las tropas alemanas no eran retiradas de Bélgica a medianoche del 4
de agosto, Inglaterra declarada la guerra a Alemania por violación del convenio
de neutralidad belga.
-¿Qué? -exclamó el
canciller alemán significativamente-. ¿Irían a la guerra por un pedazo de
papel?
Quizá un solemne compromiso
fuera sólo un pedazo de papel jara el Gobierno alemán; para el británico era
un compromiso que debía ser cumplido honorablemente. La critica situación
sobrevino a las doce de la noche y un minuto. El rey Jorge firmó la orden de
movilización del poder armado del Imperio Británico e Inglaterra entró en
guerra.
Según las melancólicas
palabras del ministro del Exterior británico, Sir Edward Grey, vizconde de
Fallodon: «En toda Europa se apagan las lámparas; jamás en nuestra vida
volveremos a verlas encendidas...»
En aquella primera semana de
agosto de 1914, cuando Europa entraba en guerra, la temperatura alcanzó los 90°
Fahrenheit en el continente. Empero, ni el calor ni la terrible realidad de que
había sobrevenido la prolongada amenaza de guerra enfriaron el entusiasmo y ávido
patriotismo con que el pueblo de los países beligerantes iba al combate.
Todos creían que la guerra
seria corta; franceses y servios, alemanes y rusos, británicos, austriacos,
belgas y húngaros acudían vehementes a la llamada de la bandera, seguros de
que Dios y la justicia estaban de su parte. No hubo oposición a la guerra en
ningún país; los socialistas franceses y alemanes que habían provocado
agitaciones durante años contra «la guerra imperialista» olvidaron su
radicalismo e hicieron ondear la bandera nacional, no el estandarte rojo del
internacionalismo. Cantando, las multitudes marchaban por las calles de París,
Berlín, Bruselas, San Petersburgo (que pronto se llamaría Petrogrado), Viena,
Budapest y Londres. Los trenes, atestados de tropas, se dirigían a las
posiciones fronterizas; los hombres llevaban guirnaldas de flores y en cada
estación eran recibidos por la muchedumbre con aclamaciones y regalos.
-¡A Berlín! -gritaban las
multitudes en París- ¡A Berlín!.
-¡Nach Paris! -gritaban las
masas en Berlín- ¡Nach París!
Desde los comienzos de la
guerra emanaba un espíritu de júbilo carnavalesco. Ningún hombre se daba
cuenta de las fuerzas que iban a desatarse... Ni lo comprendían los generales,
los soldados o la gente que acogía la guerra con tan buena voluntad.
Los jóvenes aceptaban la
guerra ansiosamente: era una oportunidad para conseguir gloria y aventuras, una
liberación de la rutina cotidiana. En Inglaterra, carente de reclutamiento, los
voluntarios invadían las oficinas de alistamiento, anhelantes de llevar
uniforme antes del fin de la guerra. «No durará ni seis meses», pronosticó
un periodista londinense.
Gran número de expatriados
americanos residentes en Francia se alistaron en la Legión Extranjera francesa,
y los parisinos aclamaron a un grupo de estos voluntarios cuando se dirigían a
pie hacia la estación portando la bandera de los Estados Unidos.
A despecho de tanto fervor y
entusiasmo, solamente los alemanes estaban entrenados para librar una guerra
moderna. Disponían de ametralladoras «Maxim» y rifles de fuego rápido. El ejército
del Káiser llevaba un uniforme felden-grau (gris de campaña); los matices gris
verdoso se confundían con el follaje y la tierra, dificultando la puntería
sobre soldados individuales.
Sin embargo, en 1914 los
franceses llevaban aún los pantalones rojos, chaquetas azules y kepis-de color
claro de la guerra franco-prusiana. Los llamativos uniformes ofrecían fácil
blanco a los tiradores y artilleros alemanes.
Los uniformes del ejército
francés estaban tan anticuados como sus tácticas. Mientras que los alemanes
contaban con ametralladoras y artillería pesada, los franceses dependían de la
bayoneta.
La filosofía del mando
militar francés era “offensive á outrance” (ofensiva a todo trance), en la
errónea creencia de que no había en todo el mundo tropas capaces de resistir
una carga a la bayoneta de la infantería francesa.
Incluso el general Joseph
Joffre, el comandante en jefe francés, oficial capaz e inteligente, no
comprendió que algunos hombres con ametralladoras podían aniquilar una carga
de infantería. De hecho, las mentes militares francesas comprendían muy poca
cosa del arte bélico en el siglo veinte, y en particular del arte militar
desplegado por los alemanes...
De la misma forma que toda
Europa supo las ambiciones expansionistas del Káiser, se conoció también su
principal plan para la conquista militar en el Oeste: estrategia conocida por «Plan
Schlieffen» en homenaje al general Alfred von Schlieffen, el jefe de Estado
Mayor alemán, el cual requería un movimiento de flanqueo de los franceses por
vastas fuerzas alemanas en el sureste de Holanda y Bélgica.
-Mantengan fuerte el ala
derecha -decía Von Schlieffen con insistencia. Tenía el propósito de avanzar
tan ampliamente a través de Bélgica que hasta el último hombre de la derecha
«rozara con su manga el Canal de la Mancha».
Con esta maniobra Von
Schlieffen se proponía flanquear las posiciones fortificadas francesas en la
frontera alemana. Las posiciones defensivas y fuertes franceses entre Belfort y
Verdún, creía Von Schlieffen, eran «inexpugnables». Las fortalezas francesas
sólo serían inutilizadas si se penetraba en Holanda y Bélgica, recalcaba el
general alemán.
Von Schlieffen basaba su plan
en la proposición de que Alemania tendría que luchar en dos frentes, que Rusia
lanzaría sus masas contra los bordes orientales de Alemania. Además, Von
Schlieffen anticipaba la intervención británica y la presencia de tropas británicas
en el continente.
Los británicos apenas le
preocupaban. «Les acorralaremos como a conejos», decía con jactancia. En
cuanto a los rusos, Von Schlieffen tampoco parecía inquietarse mucho. «Poco
importa lo que hagan. Nos ocuparemos de los rusos cuando hayamos destruido a los
franceses» -dijo.
A Von Schlieffen sólo le
importaba el ejército francés. Se proponía eliminarlo rápidamente. El
minucioso itinerario o cuadro de marcha alemán exigía una campaña de seis
semanas: una blitzkrieg o guerra relámpago.
Y tampoco le preocupaba lo
que hiciera el enemigo. Consciente de que la estrategia francesa requería una
ofensiva en Alsacia-Lorena al iniciarse un conflicto con Alemania, Von
Schlieffen propuso la acción defensiva contra los ataques francés y ruso a un
tiempo, desplegando su poder principal contra Holanda, Bélgica y Francia.
La clave para la victoria
alemana consistía en mantener el flanco derecho abrumadoramente fuerte y tacar
rápidamente en una arremetida tan masiva que nada pudiera detenerla o
aminorarla.
Quizá la Historia se hubiera
escrito de manera distinta si el Plan de Von Schlieffen se hubiera realizado al
pie de la letra. Él murió en 1912, a la edad de 80 años. Su sucesor como jefe
del Estado Mayor fue el general Helmuth von Moltke, sobrino tocayo del soldado
que humilló a Francia en 1870-1871.
Empero, el Von Moltke de 1914
no era un genio militar; sólo se parecía a su tío en el nombre. El nuevo jefe
de Estado Mayor era un hombre angustiado, inquieto. Apenas reemplazó a Von
Schlieffen, alteró el plan. Se echó en olvido la invasión de Holanda porque
Von Moltke temía que los holandeses inundaran su tierra para entorpecer a los
alemanes y retrasar la blitzkrieg, guerra relámpago.
Von Moltke también envió más
tropas al Frente Oriental; carecía del temple necesario para dejar que los
rusos invadieran suelo alemán. Día y noche le atormentaba el pensamiento de
que se abriera una brecha. Por esta razón Von Moltke dio la orden de que
divisiones adicionales de la vital ala derecha pasaran a reforzar la frontera
Alsacia-Lorena.
Estos cambios malograron el
«Plan Schlieffen». Aunque Von Moltke no lo hubiera alterado erróneamente, ni
tracistas de planes ni estrategas podían haber previsto la épica resistencia
de los belgas, ni que el ejército británico -al que el Kaiser describió en
una ocasión «un pequeño y despreciable ejército» y al cual Von Schlieffen
pensaba acorralar «como a conejos»- demostró estar compuesto por leones.
Las tropas de Von Moltke
atacaron Lieja y Namur en Bélgica. Los fuertes que guardaban estos puntos
vitales eran anticuados, capaces de resistir bombas de ocho pulgadas, pero no
mayores. Sin embargo, los alemanes no llevaban consigo las armas de sitio
pesadas Krupp y Skoda de 17 pulgadas con las cuales destruir los fuertes.
Si bien la ciudad de Lieja
cayó durante la noche del 5 de agosto, la captura de los fuertes les costó
diez días de tiempo a los alemanes, después de trasladar su mayor cañón al
frente. Namur, último bastión entre los invasores y Francia, fue sometida el 2
de agosto.
Entretanto los franceses habían
comprometido al enemigo en una serie de sangrientos choques conocidos con el
nombre de Batallas de las Fronteras.
Duraron desde el 14 al 25 de
agosto y costaron a los franceses más de 300.000 bajas. Las pérdidas fueron
tan elevadas a causa de la terca insistencia con que los franceses dependían de
la bayoneta; incluso los propios alemanes quedaron consternados ante la carnicería
hecha con sus ametralladoras. Las tropas francesas conquistaron por corto tiempo
una posición firme en Alsacia-Lorena, pero la victoria moral no valió el
sacrificio de hombres y equipo. Un contraataque alemán expulsó a los hombres
de Joffre y terminó así la amenaza francesa en Alsacia.
El general Juffre, a quien
sus soldadus llamaban «Pappa» por su aspecto más de benévolo padre que de
soldado, no reconoció del todo el peligro de la ofensiva alemana en Bélgica.
Hasta el 21 de agosto no se dio cuenta de que el adversario desarrollaba de
hecho el Plan Schlieffen, aunque él fue prevenido desde los primeros días de
la invasión alemana. Entonces, casi demasiado tarde ya, inició el precipitado
envío de tropas al Norte para contener a los alemanes.
También marchaba al
encuentro del enemigo próximo una fuerza expedicionaria británica de 150.000
hombres mandada por el general Sir John French. Las tropas inglesas
desembarcaron el 7 de agosto en Ostende, Calais y Dunkerque. Los «Viejos
Despreciables», como se llamaban a si mismos los regulares británicos,
aludiendo a la descripción hecha por el Káiser Guillermo del ejército británico,
todavía no habían entrado en acción.
EL 23 de agosto fueron
concentrados unos 30.000 hombres del B.E.F. en Mons, directamente en el paso del
Primer Ejército alemán al mando del general Alexander von Kluck. Unos 90.000
alemanes atacaron las posiciones británicas y por vez primera en casi un mes de
combate, las tropas de Von Kluck fueron detenidas.
El fuego de rifle de los «Viejos
Despreciables» fue tan devastador que los atemorizados oficiales de la
Inteligencia alemana informaron que el enemigo tenía 28 ametralladoras por
batallón. Ésta era una gran noticia para los británicos: tenían sólo dos
armas automáticas en cada batallón. Ocurría simplemente que los alemanes no
se habían enfrentado previamente con tropas cuya destreza, disciplina y
entrenamiento fueran superiores a los suyos.
No
obstante, los británicos se vieron obligados a replegarse, abrumados por la
superioridad numérica. Se retiraron a Le Cateau y el 26 de agosto libraron otra
acción preventiva de retaguardia que permitió una retirada ordenada a la línea
del río Marne, donde Joffre ordenó mantenerse finalmente atrincherados en
posición firme. «lis ne passeront pas!»
-«¡No pasarán!»- cantaban
las reservas francesas que marchaban al frente.
Detrás de las líneas, París
se hallaba preparada para un sitio. Un rudo veterano regular, el general Joseph
Galliéni, fue nombrado gobernador de la ciudad; el Gobierno se trasladó a
Burdeos y la capital se convirtió en un campamento armado. Había tropas por
doquier, las barricadas obstruían las calles y hasta el último ciudadano físicamente
capacitado fue movilizado para abrir trincheras o para empuñar un arma.
En toda Francia las iglesias
desbordaban de gente que pedían en sus oraciones ayuda a Dios para detener a
los boches. Suplicaban un milagro, pero los alemanes proseguían su avance...
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