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El
20 de abril de 1961 la fuerza invasora que, con el apoyo de Estados Unidos, había
desembarcado 72 horas antes en Bahía de Cochinos, Cuba, fue completamente
aplastada por el ejército cubano. Más de un centenar de invasores muerieron, y
los cubanos capturaron a otros 1.200, junto con importante material bélico.
Después de tres días de encarnizados combates, la invasión se convirtió en un completo fracaso y en un grave tropiezo diplomático para Estados Unidos, cuya intervención en los hechos resultó manifiesta. La fuerza invasora estaba compuesta por exiliados cubanos opuestos al régimen de Fidel Castro, y contó con el apoyo de la CIA; obligado por el curso de los hechos, el presidente norteamericano, John Kennedy, terminó por aprobar a regañadientes la operación, en cuyo éxito no confiaba.
El cuerpo invasor fue entrenado por la CIA que proporcionó también el armamento y el apoyo aéreo. Los dirigentes de la central de inteligencia norteamericana, ante los compromisos cada vez más estrechos entre Fidel Castro y la URSS, decidieron llevar rápidamente a la práctica un proyecto que mantenían en reserva desde hacía años. Luego, convencieron a los exiliados cubanos de que, apenas desembarcaran en la isla, se producida un levantamiento popular contra el dictador y se les uniría parte del ejército. Las previsiones de la CIA demostraron que el organismo desconocía en absoluto la realidad de la situación interna en Cuba.
Por otra parte, hay que
cargar otro grave error en la cuenta de la CIA: dos días antes de que se
produjera la invasión, aviones de la central de inteligencia bombardearon
diversas instalaciones militares en la isla; esto obligó a Castro a decretar la
movilización general, de manera que cuando los exiliados desembarcaron en playa
Girón y playa Larga se encontraron con un ejército en pie de guerra, que desde
el primer momento ofreció una durísima resistencia. El intento de los
exiliados consistía en establecer una cabecera de puente, ampliarla y resistir
un tiempo prudencial, el suficiente para nombrar un «gobierno rebelde» y
reclamar oficialmente la ayuda de Estados Unidos.
La Unión Soviética censuró
en la ONU el apoyo norteamericano a los invasores y amenazó con una intervención
directa en Cuba. Se abría así un conflicto que amenazaba tener incalculables
consecuencias internacionales. Numerosos gobiernos del bloque occidental
criticaron a Washington.
El desastre sufrido por la
diplomacia norteamericana repercutió sobre el prestigio del joven presidente.
Los prisioneros capturados en
Bahía de Cochinos -a quienes el propio Fidel Castro prometió que sus vidas serán
respetadas- fueron sometidos a interrogatorio en diversos cuarteles. Castro dijo
confidencialmente esa misma tarde al periodista Carlos Franqui, director del
diario Hoy en la Revolución, de La Habana, que estaba dispuesto a negociar con
Estados Unidos y devolver a los prisioneros «a cambio de tractores, maquinaria
y medicinas».
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