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LA GUERRA DEL CHACO |
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A
mediados de 1932, comenzaba uno de los mayores conflictos de nuestro continente,
protagonizado por sus dos países más pobres, por supuestas riquezas petroleras.
Durante tres años, bolivianos y paraguayos mezclaron valor y ferocidad en
una lucha que tenía mucho de arcaico y otro tanto de tecnología bélica del
siglo XX, para lograr sólo estériles resultados.
Uno
de los más famosos cuentos bolivianos inspirados en esta guerra es "El
Pozo", de Augusto Céspedes, que relata la obsesiva excavación de un grupo
de soldados sedientos en busca de agua. Como para corroborarlo, un veterano
de esa nacionalidad recordaba un episodio parecido, donde sus compañeros esperaban
el anuncio de "¡agua…!", quizá "con mayor intensidad
con la que resonara después la palabra ¡paz!". El líquido elemento es
un factor que por sí solo resume el carácter de esta contienda, librada hace
siete décadas en el corazón de América.
Paradoja
típica de nuestro continente, esta sangrienta conflagración, que enfrentó
y desangró durante tres años a Bolivia y el Paraguay, es una de las más grandes
guerras que se haya librado en este suelo, aunque muy pocos que no pertenezcan
a las naciones involucradas sepan algo de ella. Acaso porque muchos quisieran
olvidar la feroz disputa por una tierra inhóspita y hostil, que tenía, supuestamente,
un codiciado tesoro: el petróleo.
Con
este interés en juego, el conflicto del Chaco adquiere una connotación aún
más detestable, ya que grandes interesados eran dos poderosas compañías petroleras,
ansiosas por explotar los yacimientos que allí existirían, y apoyaron cada
una a uno de los dos países que iban a la batalla, países que, por añadidura,
eran los más pobres de Sudamérica. En cierto sentido al menos, bolivianos
y paraguayos libraron una lucha que no era la suya, se mataron sin el odio
de las auténticas rivalidades nacionales, lo que no quita que hayan derrochado
enormes dosis de heroísmo y sacrificio.
El
origen remoto del problema estaba en la muy imprecisa delimitación de las
fronteras entre ambos países, lo que se remontaba a la época en que éstos
nacieron a la vida independiente. Para distinguirlo del Chaco Austral, territorio
argentino, el Chaco Boreal está situado al norte del río Pilcomayo, poblado
por unos pocos aborígenes hostiles a las escasas expediciones que se aventuraron
por él durante el siglo XIX.
En
lo diplomático, sucesivos intentos de arreglo habían fracasado, y en los hechos,
pequeños destacamentos de ambos países habían ocupado el territorio por partes
aproximadamente iguales, y habían levantado fortines; esto último es más bien
un decir, ya que se trataba de poco más que toscas chozas ("pahuichis")
rodeadas de atrincheramientos. En 1928 se produjo un incidente que hizo temer
una guerra que no se evitó, sólo se postergó. En 1931 asumía en Bolivia el
presidente Daniel Salamanca, con la política de "pisar fuerte en el Chaco",
traducida en el aumento de guarniciones en la zona.
BOQUERÓN,
PRELUDIO HEROICO Y TERRIBLE
Al
Chaco se le llamó el "infierno verde" porque, pese a que su terreno
era salpicado de pantanos y de espesa vegetación de matorrales y árboles como
espinos, lo más difícil de obtener era el agua, ya que no lo cruzaban ríos,
y había que cavar pozos para encontrar fuentes subterráneas. Un calor insoportable
y un ambiente malsano, caldo de cultivo de enfermedades, ayuda a entender
las atroces condiciones en que se debió pelear, en especial los bolivianos
que, sacados de sus ciudades y pueblos andinos, debían desenvolverse en un
medio totalmente extraño.
Esto
explica también que la chispa que encendió la hoguera no fue el petróleo,
sino el agua. En 1931 se descubrió una laguna en medio del territorio chaqueño,
bautizada Pitiantuta o Chuquisaca, y ocupada sin mucho esfuerzo por un destacamento
boliviano. Sin embargo, los paraguayos contraatacaron el 16 de julio de 1932,
batiendo a su vez en retirada a los bolivianos. A esas alturas, diversos países
neutrales intentaron preservar la paz, pero los enemigos ya se aprestaban
para la primera gran batalla: Boquerón.
Allí,
un destacamento mixto boliviano de poco más de 600 hombres, al mando del comandante
Manuel Marzana, se había hecho fuerte para resistir el ataque de los 5.000
hombres del I Cuerpo de Ejército paraguayo. En la madrugada del 9 de septiembre
comenzó el primero de una larga seguidilla de asaltos infructuosos, tras lo
cual siguió un sitio, subrayado por el bombardeo de la artillería guaraní,
muy superior.
Pese
a los ataques de la aviación y los nuevos refuerzos terrestres que recibían
los paraguayos, la porfiada resistencia boliviana se prolongó durante casi
todo septiembre. Pero el alto mando de La Paz no podía enviar más refuerzos,
y los víveres y el agua se agotaban. Por fin, agotados y abrumados por la
superioridad numérica, los bolivianos negociaron una rendición que en ningún
caso fue deshonrosa. Los esqueléticos prisioneros fueron aclamados a su paso
por las calles de Asunción, y el comandante Marzana pasó a ser uno de los
grandes héroes de Bolivia.
Pero
éste no era sino el comienzo. Los paraguayos seguían disfrutando de superioridad
numérica, y obligaron a sus enemigos a seguirse replegando, aunque la situación
se estabilizó. Ahora Bolivia había movilizado más tropas hacia el Chaco y
se lanzó a la ofensiva, alentada por la presencia del general alemán, Hans
Kundt, veterano de la I Guerra Mundial y de vinculación ya larga con La Paz,
nombrado comandante en jefe del ejército.
OFENSIVAS
BOLIVIANAS
Siguiendo
el ejemplo chileno, en aquel entonces los militares bolivianos llevaban algún
tiempo bajo la influencia germana, pero ésta y la presencia de Kundt, tenía
su contrapartida en que este jefe no era precisamente un genio militar, con
una imaginación estratégica bastante limitada. Por su parte, los paraguayos
habían tenido instructores franceses y argentinos y, sobre todo, contaban
con la en la capacidad del coronel (más tarde mariscal) José Félix Estigarribia.
Estos mandos regirían los destinos de miles de hombres sepultados en cenagosas
trincheras, que hicieron que este conflicto fuese visto como una suerte de
versión americana de la Guerra del '14.
Tras
un repliegue para recuperar fuerzas, los bolivianos intentaron un gran ataque
al campo fortificado de Nanawa, el 20 de enero de 1933 que, tras un aparente
éxito, fue rechazado por los paraguayos, a punta de bayoneta y machete. Pese
al fracaso, las tropas de Kundt no perdieron la iniciativa, y en los meses
siguientes emprendieron otros ataques contra fortines paraguayos, que arrojaron
algunos magros éxitos.
Extraña,
como suelen ser las guerras americanas, la del Chaco mezclaba a soldados precariamente
vestidos y alimentados, valerosos aunque de escasa instrucción, con un amplio
despliegue de armamento moderno como ametralladoras, morteros, lanzallamas,
carros blindados, artillería y aviación. Como ocurrió en un segundo ataque
boliviano a Nanawa (4-8 de julio de 1933), rechazado con más energía aún por
las tropas guaraníes; mientras Hans Kundt era cada vez más cuestionado, el
coronel Estigarribia se ganaba su ascenso a general. Ahora le tocaba a éste
tomar la iniciativa ofensiva.
CONTRAOFENSIVAS
PARAGUAYAS
El
Paraguay contaba entonces con 27.000 hombres, que empleó en su casi totalidad
para una gran maniobra envolvente, cuyos puntos cúlmines fueron las batallas
de Alihuatá y Campo Vía, en diciembre de 1933, que resultaron en la rendición
de dos divisiones bolivianas: 7.500 prisioneros y un abundante botín de armamentos.
Ahora sí, el general Kundt fue destituido, y el mando supremo boliviano recayó
en el coronel Enrique Peñaranda.
Un
breve armisticio de fin de año sirvió para que los bolivianos se salvasen
del desastre total y pudieran reorganizase, cediendo terreno; de los 77.000
hombres movilizados sólo les quedaban 7.000 en el frente. La mayoría de sus
bajas era por enfermedades; ahora los paraguayos tenían superioridad numérica.
La
guerra de movimientos se combinaba con la monotonía de la guerra de posiciones
estáticas, donde las escaramuzas muchas veces se reducían a insultos entre
"bolís" (bolivianos) y "pilas" (paraguayos); la lucha
era más bien contra la sed y la enfermedad. En esta etapa de la guerra apareció
un novedoso elemento: la participación de 53 oficiales chilenos, emigrados
del país por la intestabilidad política de comienzos de los años '30, quienes
se pusieron al servicio de Bolivia, destacando el coronel Aquiles Vergara
Vicuña, autor de varios libros sobre el conflicto.
En
los primeros meses de 1934 los paraguayos pensaban que podían terminar la
guerra, pero tenían que arrastrar su eterno problema, la falta de movilidad,
causada por la carencia de camiones y otros medios de transporte. El desenlace
se demoró por una victoria boliviana en Cañada Strongest, a fines de mayo;
pero por otro lado, el avance guaraní hacia la zona petrolera boliviana, en
el norte chaqueño, y una nueva gran derrota de éstos más al sur, en Ballivián
(2.000 muertos, 4.000 prisioneros), colmó la paciencia del presidente Salamanca.
El Paraguay había ocupado el grueso de las tierras bajas, arrinconando a su
enemigo contra los faldeos de la cordillera andina.
"CORRALITO"
BOLIVIANO
El
mandatario boliviano decidió hacerse presente en la gran base de retaguardia
de Villamontes donde, el 27 de noviembre de 1934 donde, en un episodio vergonzoso,
los jefes militares lo derrocaron y arrestaron, dejando al país acéfalo mientras
el enemigo se aproximaba. Fue el llamado "cerco" o "corralito",
de connotación muy distinta a la que tiene en la Argentina actual.
En
La Paz asumió un gobierno provisorio, pero entretanto, los paraguayos siguieron
avanzando hasta la propia base de Villamontes, y le pusieron sitio. Corría
mediados de 1935 y se iba a librar la mayor batalla de la guerra cuando por
fin, el 14 de junio, se logró el cesde del fuego. En una espontánea reacción,
las tropas de ambos bandos corrieron a abrazarse.
A
los tres años de guerra siguieron otros tres interminables años de negociaciones
diplomáticos, y el tratado de paz se firmó en Buenos Aires el 21 de julio
de 1938. En virtud de éste, el Paraguay obtuvo la mayoría del Chaco Boreal,
aunque Bolivia retuvo los campos petrolíferos ya en explotación; la existencia
de petróleo en otros sectores de esa zona probó ser mera especulación. Así,
quedaba de manifiesto la dudosa utilidad de esta matanza.
Al
inicio de la contienda el ejército boliviano contaba con 5.500 efectivos,
y el paraguayo sólo con 4.200; durante la misma, el primero movilizó 200.000
hombres y el segundo 150.000. Bolivia tuvo 50.000 muertos y 25.000 prisioneros,
pero los 40.000 muertos y 2.500 prisioneros guaraníes prueban que la victoria
de éstos fue pírrica.
Piero
Castagneto
EXTRAÍDO DE “LA ESTRELLA”
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