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LA CAZA DE BRUJAS EN ESTADOS UNIDOS
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Joseph Raymond MacCarthy en el centro de la reunión cuando era el principal "inquisidor" |
Joseph Raymond MccCarthy nació en 1909 en Grand
Chute, pueblecillo de ochocientos habitantes, en el estado de Wisconsin. Poseía
una granja avícola y estudió ingeniería mecánica, aunque más tarde se examinó
también de Derecho y fue juez de distrito.
Después de ver derrotada su candidatura en el año
1944; fue elegido senador por Wisconsin para el Congreso en 1946, por los votos
de los sindicatos rojos. Entonces era corriente oírle comentar: «Después de
todo, los comunistas tienen los mismos derechos que los demás ciudadanos.» La
victoria electoral de los republicanos fue la que sentó la base para su
elevación al papel de Gran Inquisidor, al atribuirle el partido la presidencia
de la Comisión de Asuntos Estatales, Desde ahora podía indagar en todos los
ministerios, industrias, escuelas y organizaciones de caridad subvencionadas por
el Gobierno y decidir a su buen criterio si eran o no merecedores de percibir la
subvención o sueldo.
El senador utilizó esta posición clave para montar
un gigantesco aparato de espionaje y un fichero con millones de fichas, como
índice de una verdadera montaña de expedientes, en los que se detallaban los
supuestos crímenes de los desafectos. Después de la depuración de los organismos
oficiales, el inquisidor iba cubriendo las vacantes resultantes con personas
enteramente adictas y sumisas. Procedimiento terrorista en el que ya Stalin
había descollado como un indiscutible virtuoso, pues por él había llegado al
poder absoluto.
Al proceder MacCairthy a la depuración de «La Voz
de América», quiso explorar en el pasado del director de Emisiones Religiosas,
doctor Lyons, para persuadirse de la firmeza de sus convicciones.
Lyons dijo que había estudiado Filosofía y
Teología en la Universidad de Columbia, y que había sido discípulo del psicólogo
suizo Jung.
«Por cierto -terció vivamente Mccarthy- que este
profesor Jung es de los que no ponen los pies en la iglesia, ¿verdad?» «Eso sí
que ya no podría decírselo yo», fue la respuesta de Lyons.
Mccarthy atacó también a George Marshall, que en
la segunda guerra mundial había sido jefe del Estado Mayor General, y llegó a
llamarle traidor. Hasta al presidente Truman puso en tela de juicio, y cuando
inició su campaña inquisitorial, lo hizo declarando públicamente: «Aquí tengo
una lista de 205 hombres de los que sabe el ministro de Asuntos Exteriores, que
son comunistas, y, sin embargo, están empleados en el Ministerio.» De los 205
traidores agazapados en el Ministerio del Exterior sólo uno fue desenmascarado
como agente de S±alin: el profesor Owen Lattimore, agregado al Ministerio como
consejero en cuestiones del Lejano Oriente. Y aun este. «desenmascaramiento;>
necesita cierta benevolencia para la aceptación, puesto que no pasó de una
afirmación, sin el aval de una sola prueba contra la lealtad del acusado.
El colaborador de Mccarthy, Roy Marcus Cohn, y
Gerard Schine examinaron los órganos de información y propaganda americanas en
Europa y salieron a caza de comunistas en un viaje relámpago a París, Frankfurt,
Viena, Belgrado, Roma y Londres. Al llegar a Theodore Kaghan, jefe de la Sección
de Información de la Alta Comisión en Alemania, creyeron haber descubierto a un
traidor.
En un interrogatorio que solamente duró diez
minutos, le echaron en cara haber escrito tres piezas teatrales comunistas allá
por el año treinta. Cohn y Schine apenas conocían el título de una de las tres y
no habían leído ninguna. También sostenían estos importantes agentes de Mccarthy
que Kaghan había solicitado en cierta ocasión empleo en «La Voz de América»,
viéndose rechazado por motivos de seguridad pública. La verdad, en cambio, era
que Kaghan no había solicitado en su vida semejante empleo. No obstante, después
de interrogado en Washington por Mccarthy, el Ministerio de Estado lo dio de
baja en sus escalafones.
Como el Alto Comisario americano James Bryant
Conant diese en Bonn un banquete de despedida en honor de Theodore Kaghan, al
punto recogió Mccarthy la alusión, diciendo: «Si el Alto Comisario se cree
llamado a tomar la defensa de hombres como Kaghan, entonces voy a tener que
decirle al Senado que no le abone en adelante ni un penique más.» La libertad de
pensamiento en las universidades americanas quedó prácticamente anulada en bien
poco tiempo, Un catedrático de literatura americana en la Universidad de George
Washington, lo corroboraba en estos términos:
«Reconozco que muchas veces siento el escrúpulo de
sino se le ocurrirá a cualquier estudiante ir a contarle a su padre o a un
reportero cualquiera después de la clase, lo que en ella ha oído. Una lección
puede costarle a uno el cargo y echarlo a los pies de los caballos.» A otro
catedrático le preguntaron:
«¿Se sirve usted, para sus clases, de las "Leyes
de la Unión Soviética”, de Vichinski?» «No, no, señor; no las he empleado»,
repuso el profesor.
«¿Y se propone usted llegar a servirse de ellas?»,
inquirió todavía Mccarthy.
«No» -insistió el interrogado-; «no las he
empleado.» El decano del Colegio Universitario o Mayor de Michigan, suspiraba
afligido:
«Estas investigaciones han proyectado una gran
sombra sobre la vida universitaria, porque los profesores y los mismos alumnos
tienen que preguntarse llenos de inquietud hasta dónde pueden discutirse
opiniones discrepantes.» Albert Einstein reaccionó más vivamente, exhortando a
todos los hombres de ciencia de las universidades del país a que rehusasen
contestar; y los interrogatorios de las comisiones oficiales, Mccarthy tampoco
anduvo remiso en corresponderle, pues al punto lo calificó de enemigo del
pueblo. Charlie Chaplin y Thomas Mann abandonaron los Estados Unidos, emigrando
para evadirse del peligro en que se creían, como lo hicieran los judíos en el
Tercer Reich. Se llegó al extremo ridículo de que el encargado de un kiosco de
necesidades de Nueva York, que no pudo huir y veinte años antes había
pertenecido al Partido Comunista, fuese despojado de su empleo.
Cinco diplomáticos americanos de carrera se
dirigieron al «New York Times» en carta que decía:
«Las exploraciones indagatorias y las medidas de
seguridad a que se ven sometidos los servicios diplomáticos en los Estados
Unidos, parecen previstas para sentar las bases de una organización de esas que
siempre preceden al nacimiento de los estados totalitarios, cuyos fines sirven.
Lo que no creemos es que también puedan servir al Estado americano, tal como
hasta aquí lo hemos conocido e interpretado.» Una ideología de origen
artificioso, plenamente divorciada de la realidad y obsesionada por enemigos y
traidores fantasmales, concebidos en un estado de hiperestésica aprensión, es el
precursor indefectible de los Estados totalitarios. Porque nada hay como ella
para eliminar bajo pretextos plausibles a todo enemigo posible del inminente
régimen dictatorial. Cuando no es suficiente la anulación moral por el
descrédito, también se puede llegar a la destrucción física del oponente,
siempre que la propaganda haya sabido caldear bastante la atmósfera, para
narcotizar. a los que la respiran.
La psicosis de preocupación colectiva reinante en
1953 le abrió de par en par las puertas de América al maccarthysmo, que entró a
tambor batiente en el reducto democrático.
Se crearon comisiones de seguridad y depuración, «loyality
boards», que decidían en secreto a la manera de los tribunales de brujas, o
inquisitoriales, y de los llamados especiales. Su competencia versaba sobre
quién merecía desempeñar una función pública y quién no.
Estas comisiones abolieron el secreto de la
correspondencia, violándolo cuantas veces quisieron, espiaron las conversaciones
telefónicas y las tertulias en los establecimientos públicos, y se inmiscuyeron
en la misma intimidad de la vida sentimental de los ciudadanos. Un decreto del
Gobierno de mayo de 1953 determinaba el «riesgo de seguridad» gravitante sobre
los funcionarios todos. Porque ahora ya no eran únicamente los comunistas los
comprendidos en él, sino también los que tuviesen antecedentes penales y
aquellos cuyo carácter pareciese dudoso, o fuesen dados a la bebida, o
licenciosos en sus costumbres íntimas, o estuviesen tarados de perversiones
sexuales (éstos, por la facilidad con que podían ser juguetes de espías
femeninos, o víctimas de coacción de parte de agentes enemigos), o pecasen de
indiscretos y charlatanes, o tuviesen trato con personas sospechosas.
En consecuencia, aquellas personas que las
comisiones examinadoras calificasen de incursas en alguna de las mencionadas
taras, quedaron, a los efectos de la disposición, equiparadas a los comunistas;
una frontera entre la inhabilidad de los tachados y la hostilidad de los
conspiradores comunistas no la había.
El jefe de la seguridad (política), Scott McLeod, fue bien categórico en sus manifestaciones al referirse a esto:
«Al pueblo le es igual que se trate de un infeliz
dipsómano o de un comunista perverso: lo que quiere es que lo expulsen y le
libren de él” El gobernador de Tejas, Shivers, aseguró que iba a presentar al
Parlamento de su estado una ley sancionando como delito grave la afiliación al
comunismo. Para quienes se hiciesen reos del nuevo delito no habría más pena que
una: la de muerte en la silla eléctrica.
Nacido del odio y del miedo colectivos, el
totalitarismo hizo también en América sus pinitos a ejemplo del hitleriano y del
de Mussolini.
Hasta 2.200 funcionarios fueron despedidos bajo
acusación de que representaban un riesgo para la seguridad nacional. El ministro
de Comunicaciones, Summerfield, no tuvo inconveniente en compartir la convicción
de la chusma, de que los funcionarios cesantes eran otros tantos comunistas,
plenamente identificados con la traición.
Pero todavía llegó a más el jefe de la seguridad,
McLeod, que, en 1954, dispuso la instrucción de expediente depurador a los
funcionarios fallecidos, para rectificar o ratificar su clasificación, de
acuerdo con los resultados de la investigación póstuma.
El caso es que a ninguno de los 2.200 empleados
despedidos de la noche a la mañana se le pudo demostrar la comisión de traición
alguna a favor del comunismo; sólo un tres por ciento de ellos resultó
sospechoso.
Era un «Cuarto Reich» lo que estaba formándose. De
las masas hostigadas, perplejas y recelosas, a la expectativa de que la nación
entrase en su ocaso, se formaron las gavillas que habían de despejarle a
Mccarthy el camino de la dictadura, linchando a diestro y siniestro, si era
preciso.
Mas cuando Mlccarthy inició sus ataques al héroe
de la guerra, general Zwicker, o, por mejor decir, sus ataques al Ejército por
el héroe representado -lo calificó de un insulto al uniforme americano-, las
fuerzas de los Estados Unidos se rebelaron, aunque tarde, contra él.
Sin embargo, en esta puja, que fue dirimida en
público, se demostró que el Ministerio de Defensa y los generales llevaban ya
mucho tiempo sometidos al Inquisidor. Mucho antes debieran haber sacudido el
yugo maccarthyano, en vez de capitular frente al terror y permitir durante meses
el trato injurioso o despectivo, por miedo a la tiránica amenaza de unos
ficheros y unos legajos, que eran ante todo una superchería, pues no había en
ellos, como luego se ha visto, ninguna prueba realmente utilizable por los
detractores del Ejército.
El escándalo tuvo, no obstante, sus consecuencias
compensadoras, puesto que al percatarse el pueblo americano y la opinión pública
mundial de la magnitud del desvarío y del alcance de sus efectos; al tocar como
quien dice con la mano toda la audacia del aparato terrorista, montado sobre el
temor instintivo de las masas, que ni ante los más distinguidos representantes
de uno de los primeros ejércitos del mundo se detenía; entonces la fiebre
histérica de las masas hipnotizadas desapareció y el explotador consciente del
ciego pánico irreflexivo de todo un pueblo pasó, moralmente, al banquillo de los
acusados.
No obstante, sólo después del año 1957, cuando el
beneficiario de la general intimidación había muerto, se resolvió el Tribunal
Supremo a tomar las medidas indispensables para impedir que en adelante pueda
volver nunca el totalitarismo a irrumpir en una sociedad libremente organizada.
Cuatro decretos de la «Supreme Court» son los destinados a prevenir en lo futuro la presencia en la vida estadounidense de un poder totalitario, fomentado por el temor de la masa, Se trataba de disposiciones muy doctas, muy sutiles, muy trascendentales, que, después de todo, ofrecen la indiscutible ventaja de garantizar la casi olvidada libertad individual frente al poder del Estado. De acuerdo con su contenido, no podrán en adelante ni el interés público, ni la razón de Estado, ni la acumulación de facultades en los árganos gubernamentales llegar a subyugar nunca la libertad del individuo, menoscabar la libertad de pensamiento, la de investigación o la inviolabilidad del ciudadano. Todos estos sobreentendidos derechos inalienables los había barrido de pronto una explosión de pánico masivo, al desencadenar la moderna alucinación mágica, la política. Y ahora iba a verse -habrá de verse- hasta qué punto puede la decisión de la Suprema Corte de Justicia de un país constituir un baluarte inexpugnable contra un nuevo acceso de histeria masiva.
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