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RONSARD Y CASANDRA
La
dulzura de abril envolvía a la región del Loire. El río fluía, ancho, entre
las nuevas frondas de las riberas reverdecidas y las paredes claras de las
casas o castillos de techos de pizarra oscura. Al atardecer, el perfume de las
flores campestres embalsamaba el aire tibio.
Miles de bujías iluminaban
el castillo de Blois, donde residía esa temporada la corte. A su majestad
Francisco I le agradaba divertirse, y se daba un baile para celebrar la
primavera en ese 21 de abril de 1545. Un enjambre de apuestos gentileshombres
de jubones de brocado, cuellos realzados por el oro y calzas adornadas con
brillantes galones coqueteaba en tomo de gentiles damas y doncellas con
vestidos de tela de oro o de tafetas, cuyos escotes cuadrados se abrían sobre
las carnes lechosas adornadas con collares de pedrería.
La nobleza de los
alrededores había dejado sus casas solariegas a fin de unirse a la corte del
rey. Muchos se asombraban por el lujo de la fiesta y se maravillaban por el
derroche de luz, de oro, de joyas y de sedas. Se charlaba, se platicaba, se
bailaba. Por las ventanas de la gran escalinata se veía a algunos señoritos
que suspiraban recitando versos junto a bellezas poco esquivas, mientras que
en el primer piso se sucedían las pavanas y minués.
El joven Pierre de Ronsard,
castellano de La Possoniére, había respondido a la invitación real. Se
mantenía algo apartado, deslumbrado por tanto lujo; no tenía ojos más que para
una fresca doncella de unos dieciséis años, cuyo vestido blanco concordaba con
la pureza de su rostro.
Ella bailaba un branle
de Borgoña, con una gracia sin par.
Cabellos de oro fino
escapaban del gorro a la italiana, guarnecido de galones de plata y de joyas
cinceladas que revelaban su fortuna. Sonreía, deslumbrante, con la mirada
llena de alegría, a la vez feliz y con suprema distinción. Pierre de Ronsard
se aproximó a un joven noble de su relación y, señalando a la joven, preguntó:
-¿Quién es?
-¡Ah, tenéis buen gusto, mi
estimado Pierre! Esa encantadora joven se llama Casandra Salviati; es hija de
un rico banquero de Florencia y prima segunda de Su Alteza Catalina de
Médicis.
-¡Oh!
Pierre de Ronsard,
impresionado, observó a Casandra, y reconoció en la elegancia de sus modales y
en la belleza de sus rasgos el origen italiano.
-Se parece, en efecto, a
una patricia florentina -dijo.
-Su padre ha seguido al rey
Francisco para instalarse a orillas del Loire; se casó con una francesa y la
familia vive en Talcy, donde posee un magnífico castillo.
-Ella sólo puede vivir en
medio de la belleza -dijo Perre.
La miraba fascinado. El
baile se había interrumpido y, como se acostumbraba, las señoritas recitaban
poemas. Le tocó el turno a Casandra. Pierre no alcanzaba a oír bien, pero sí
lo suficiente para darse cuenta de que su voz era dulce, melodiosa, más
encantadora que todas las músicas.
Cuando el poema hubo
terminado, él continuó observándola, tratando de captar su mirada. Al fin, por
un instante, ella volvió la cabeza en su dirección y se sintió trastornado,
ávido de hablarle e inmensamente intimidado.
Hacía calor en el salón de
baile. Como muchos invitados, Casandra deseó respirar el aire de la noche. Se
encaminó hacia la gran escalinata; Pierre la siguió, aguardó un momento, luego
se acercó con el corazón palpitante y la felicitó por su poema. Ella le dedicó
la más encantadora de las sonrisas. Alentado, él se presentó y propuso:
-¿Os agradaría dar un paseo
por los jardines antes de volver a la agitación de la danza?
Casandra aceptó. Caminaron
lado a lado; Pierre podía aspirar el perfume de sus cabellos que brillaban a
la luz de la luna. Turbado hasta la muerte, le costaba conversar y, para no
parecer un tonto, dijo algunos de sus poemas. Casandra se mostró conmovida por
sus versos; él comprendió que era sensible, de muy viva inteligencia, y creció
su admiración.
Era un momento de gracia;
el tiempo se había detenido.
De pronto, Casandra se
estremeció levemente.
-Tengo un poco de frío
-dijo.
De mala gana, Ronsard
ofreció:
-Entremos.
Cuando llegaban al primer
recodo de la escalinata donde un montante de piedra proyectaba su sombra, él
se atrevió a susurrar:
-Permitidme un beso.
Ella se inmovilizó; vaciló.
El avanzó la cabeza y posó delicadamente sus labios sobre su mejilla tibia.
Embriagado, los deslizó hasta los labios suaves, que no se apartaron. Su
corazón latía hasta aturdirlo y sentía, muy cerca, latir más fuerte el corazón
de Casandra. Ella rozó su mejilla con sus dedos, en una ligera caricia. El
murmuró en su oído:
-¡Cómo me gustaría que me
dieras un mechón de tus cabellos!
-¡Chist!... Prometido
-respondió la joven.
En el salón de baile, Su
Majestad Francisco, dando la mano a su favorita Ana de Pisseleu, dirigía el
minué. Pierre, melancólico, miró cómo Casandra se alejaba a reunirse con
los suyos. Ya el baile llegaba a su fin.
En su habitación de la
posada, Pierre no pudo dormir.
Evocaba el puro rostro y
murmuraba el nombre que adoraba: Casandra. Era tan hermosa que se preguntaba
si no habría soñado. ¿Cuándo volvería a verla? ¿Es que volvería a verla alguna
vez?
Por la mañana, antes de que
tomara nuevamente el camino de La Possonniére, un escudero preguntó por él. Le
entregó un estuche y se marchó. Pierre de Ronsard lo abrió temblando,
esperanzado.
Adentro había un pequeño
mechón de cabellos de oro.
Lo acarició con la punta
del dedo índice, emocionado, lo contempló largamente, por fin se lo llevó a
los labios y depositó en ellos un beso; luego cerró el estuche. No había
soñado, y sabía que hasta el último aliento de su vida su corazón pertenecería
a Casandra.
En La Possonniére, Ronsard
soñaba despierto, obsesionado por los grandes ojos luminosos y los rasgos
puros de Casandra. Paseaba por las avenidas y los bosques de rosas del parque,
soñando y rimando. No pudo ocultar mucho tiempo su emoción pues el nombre de
Casandra venía constantemente a su boca. Pronto su madre adivinó el tormento
de su hijo. Pierre tenía veintiún años, la edad de tomar esposa, pero sólo
pensaba en Casandra. Transcurrían los meses y las estaciones sin que su imagen
se borrara.
A fines del invierno
siguiente, madame de Ronsard tuvo la idea de invitar a la joven a su casa, con
la secreta esperanza de sentar las premisas de una unión con los Salviati,
débil esperanza sin embargo, teniendo en cuenta la fortuna de sus invitados y
su parentesco con Catalina de Médicis.
Los Salviti aceptaron la
invitación. En la fecha señalada, Pierre se puso su más bello jubón; el
barbero, llamado la víspera, le arregló la barba y el cabello. Tembló cuando
la carroza tomó por la avenida de arena que conducía a la casa solariega.
Casandra estaba más bella
aún que en su recuerdo. Su rostro se había afinado sin perder el encanto y las
redondeces de la infancia y sus ojos reflejaban toda la dulzura de los cielos
del Loire. Era en abril; parecía que el año transcurrido hubiese desaparecido
y que el baile del rey hubiese sido la víspera. Pierre y Casandra pasearon por
los jardines, él dijo sus versos, que ella escuchó extasiada; el día pasó como
en un encantamiento.
Madame Salviati devolvió la
atención e invitó a los Ronsard a visitarlos en su castillo de Talcy.
Durante semanas eso
obsesionó a Pierre. Descubrir el precioso cofre donde vivía Casandra, poder
imaginarla en su casa lo consumía de impaciencia. Cada noche, al acostarse,
tomaba en sus manos el estuche que encerraba el mechón de cabellos de oro y lo
contemplaba con amor.
En esos tiempos en que los
arquitectos italianos traídos por Catalina de Médicis edificaban en las
riberas del Loire mansiones a la italiana, Talcy resultaba sorprendente.
Era un castillo medieval,
de elevadas torres, que el padre de Casandra había hecho restaurar conservando
su carácter del Medioevo. Italia reaparecía cuando se franqueaba la pesada
puerta: un encantador pozo florentino alegraba el patio adornado por una
galería gris y rosa.
Apareció Casandra, y Pierre
sintió la misma emoción que en La Possonniére. Ella le sonrió, y él tembló. La
joven le hizo los honores del castillo, ricamente amueblado, provisto de
grandes tapices y de inmensas chimeneas. Era casi el mediodía y almorzaron en
el gran salón. A Pierre le maravilló la distinción con que comía Casandra,
manejando delicadamente cuchillo y tenedor, cortando pequeños bocados de
faisán y de pavo asados que ponía en su boca sin ensuciarse el mentón. El
mantel blanco, la vajilla de plata y la cristalería de Venecia testimoniaban
un refinamiento que concordaba con ella.
Después de almorzar, la
joven propuso a Pierre mostrarle sus rosas, por las que sentía gran amor.
-Tengo de todas clases, y
cada mañana voy a saludarlas
Pierre sonrió.
-Amo las rosas, pero ahora
las amaré más todavía -dijo.
Los canteros eran
soberbios. Tanto la tierra como el aire de la región del Loire parecían
creados para la ventura de las rosas; allí florecían soberbias. Casandra tomó
la mano de Pierre y exclamó:
-Veamos allá si se abrieron
los pimpollos de esta mañana. Es entonces cuando son más hermosas.
Los pimpollos se habían
abierto. Casandra los acarició con la punta de los dedos y Ronsard pensó que
su piel tenía la misma delicadeza perfumada que los frescos pétalos. Se
atrevió a rozar la mejilla y a depositar un beso en ella.
-¡Cómo quisiera acercarme a
ti cada día y redescubrirte como una rosa nueva! -suspiró.
Ella rió quedamente.
Volvieron al castillo caminando en silencio. Pierre de Ronsard estaba tan
emocionado que apenas podía hablar; su turbación retenía todas las tiernas
palabras que bullían en él. Le habló de París, adonde él seguía estudios de
griego y, con algunos amigos, había formado una "brigada" de poetas. Ella lo
escuchaba, asombrada por ese mundo que él evocaba y la tentaba. Cuando se
separaron, él confesó que el mechón de cabellos no lo abandonaba, Casandra
experimentaba por Pierre tiernos sentimientos, adivinaba en él un alma de
excepción. ¿Pero qué importancia tiene el amor cuando se trata de establecer a
una hija?
Pierre de Ronsard había
sido escudero del delfín, era de buena familia y había recibido los beneficios
eclesiásticos. Ya se le decía gran poeta, prometiéndosele los laureles de la
gloria, pero no era más que un segundón y, por lo tanto, sin tierras. Casandra
fue prometida a un rico señor de Vendómois, Jean de Peigné, señor de Pray.
Ella no protestó, pues una hija debía someterse, y el matrimonio se celebró en
noviembre.
Pierre de Ronsard, al
enterarse, sintió su corazón destrozado. Casandra permanecería en él como su
más valioso tesoro; le había robado todo su amor. Nunca desearía a otra ni
querría cantar. En adelante, el amor para él sería un sufrimiento:
El amor y las lágrimas
son una sola cosa,
escribió.
Vivía con su recuerdo; no
pasaba un día, una hora sin que pensara en Casandra. Estaba en París, veía a
sus amigos, comía, bebía, dormía, componía odas totalmente novedosas que
desorientaban a los eruditos, pero Casandra siempre estaba en él, presente a
cada instante. El dolor roía su corazón, unido a la dicha de haberla conocido.
Ella era uno de esos seres
que se encuentran una sola vez en la vida si se tiene suerte. Estaba en las
paredes de las casas, en el aire que respiraba, en el fluir de las aguas del
Sena, en las piedras del camino, en las risas de los niños y en el perfume de
las rosas. Estaba en todas partes, en todo, pues era el Amor y el amor era la
savia de la vida.
Su ausencia le devoraba el
alma pero ¿habría tenido esa alma sin ella?
Cuando se atemperó su
exceso de dolor, pudo soñar con ella en versos y cantarla. Siete años después
del baile de Blois, terminó un primer volumen de poemas: Los amores de
Casandra, que ella colmaba de su intemporal presencia.
Ella estaba cerca, estaba
lejos. El le enviaba sus odas y le preguntaba si aceptaría que se le hiciese
un retrato.
Casandra aceptó. Pierre de
Ronsard le imploró que consintiera en verle de nuevo.
Casandra era madre de
familia y vivía ahora en Vendómois la vida apacible si no feliz de una mujer
casada.
La embargó la emoción al
leer:
Amor cómo me gusta besar
los bellos ojos
de mi amante y apretar en
mi boca
sus cabellos de oro fino
que entrelazan...
Ella no podía dudar del
amor del poeta ni de su sinceridad. Allí estaban Blois y La Possonniére, y
Talcy, y las rosas, y la mirada de Pierre iluminada con la emoción de ella.
Su bello pelo de oro y sus
cejas también
con su belleza hacen
palidecer la aurora...
escribía él.
Sólo Casandra sabía que sus
rimas eran de amor por ella. Cada mañana, al acariciar las rosas de su jardín,
la imagen de Pierre acudía a su mente.
Casandra no era únicamente
la musa de un libro de poesías, sino mucho más. Ronsard no podía dejar de
imaginar su rostro puro. Se ejecutó el retrato reanimando el recuerdo,
realidad de un sueño más vivo que la realidad. En ese retrato encontraba su
inspiración. Pierre de Ronsard escribía su segundo compendio de poemas a
Casandra. Existía entre ellos un lazo imperceptible, anudado en el cielo y que
las rosas transmitían. Y Ronsard, reviviendo el maravilloso día de Talcy,
escribió:
Hermosa, veamos si la
rosa...
Pasaba el tiempo; cada año
aportaba su cuota de melancolía y de nostalgia. La vida también reclamaba
continuar. En Bourgueil, Ronsard fue sensible a la dulzura de Marie, la hija
del posadero. Junto a ella encontró consuelo para su desesperación. Ella le
aportaba calor y ternura, suavizaba su herida. ¿Pero quién podía suplantar a
Casandra?
Se sucedían los meses y los
años y se desvanecía la esperanza de dar nueva vida a su corazón. Se cansó; no
amaba suficientemente a Marie pues no le quedaba amor para dar:
Casandra lo tenía todo.
Marie murió poco después que Ronsard dejó de amarla. Luego vino Héléne,
natural de Saintonge, cuyo apellido, Surgéres, decía de su elevada cuna. Pero
Héléne permanecía fría, reservada y dura. Tenía veinticuatro años y él el
doble. Él era célebre, alabado por todos, coronado de laureles, ¿pero qué eran
los laureles si no había a quién ofrecerlos?
Héléne desdeñaba al poeta
demasiado herido. Ella hizo su musa y durante seis años le escribió poesías.
Compuso ciento treinta sonetos para Héléne. Ella seguía indiferente.
Cuando seáis vieja...
¿Vieja? Ella no pensaba en
eso. Y en Pierre seguía viviendo la imagen de Casandra.
En el castillo de Bray, en
Vendómois, Casandra veía a sus hijos convertirse en adultos.¡Qué lejos estaba
el tiempo de la juventud, de las rosas y de los sueños de amor! ¿Recordaba a
veces el mechón de pelo que le diera a Pierre después del baile de Blois? Lo
evocaba como algo del pasado, cuando ella era otra, cuando las rosas tenían
perfume de amor.
El no olvidaba. La edad lo
entorpecía. Ya no oía más que el canto interior de la voz de Casandra. Aislado
por su sordera, llegado al crepúsculo de la vida, su corazón, sus postreros
pensamientos volaban a Casandra, a ella le escribía sus últimos poemas.
Casandra era viuda, pero no deseaba verlo, temiendo sin duda reavivar pesares.
La ausencia, ni el olvido,
ni el paso de los días
Han borrado el nombre, las
gracias y el amor
Que en el corazón grabé
desde mi tierna juventud
De nuevo tu servidor bella
Casandra.
El murió a fines de
diciembre de 1585. Ella le sobrevivió veinte años, retirada en Blois. ¿Se
imaginaba entonces que había inspirado los más bellos poemas del más grande de
los poetas? Ella era Casandra, musa inolvidable, cuyo nombre se convirtió en
símbolo de amor eterno.
Evelyne Dher, de su obra Les meilleures muses de l'historie
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