LA NOCHE EN LA QUE CÁDIZ QUISO PERDER LA MEMORIA
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-¡Abuela!, ¡cuéntame la historia de cuando vivías en Cádiz…!. ¿Te acuerdas que pasó en tu tierra la noche del 18 de agosto del 47…?
-Bueno..., me pones en un aprieto, si yo no me acuerdo lo que cené anoche, sería como siempre, mucha calor, entonces no había como hoy aire acondicionado, como mucho búcaros, abanicos y barras de nieve para la nevera pero las cosas tan modernas de hoy en día no las teníamos, además se intentaba salir de una hambruna que se llevó muchas gentes por delante.
-No… Abuela yo te hablo del día de la explosión del polvorín de Cádiz.
-Ah..., muy malo hijo, aquello fue una desgracia muy gorda, en ese desastre yo perdí a mi sobrina Florita, ella había venido desde Villamartín con las monjas a pasar 15 días al Sanatorio Madre de Dios porque estaba tísica, como todo el que había pasado mucha hambre y necesidades en la guerra.
Yo por aquel entonces tenía 38 años y tu padre 17 años, tu tía Luisa 7 años, Manolito 4 y Mariano solo 8 meses, nos fuimos a Cádiz porque la naviera en que trabajaba tu abuelo le había destinado desde Sevilla durante un año más o menos a la sucursal de Cádiz.
Nos fuimos a vivir al arrabal de Santiago cerca de la catedral a un partidito de dos habitaciones de una casa de vecinos del final de la calle, además cogía relativamente cerca del puerto. Esa tarde tu abuelo llegó temprano a casa porque había tenido el turno de mañana y habían adelantado mucho el trabajo del barco que salía esa misma semana.
Eran tiempos de penurias faltaba lo esencial para poder vivir cotidianamente, aunque vivíamos muy cerca del mercado de abastos faltaban productos de consumo, todo servido con el cuentagotas de la cartilla de racionamiento, lo poco que había de malísima calidad, de todas formas en casa los productos básicos los traía tu abuelo de la naviera, porque en los barcos que llegaban normalmente y sin contratiempo venían provistos de alimentos que luego se vendían de estraperlo y con precios abusivos, una de las cosas que nunca faltó en casa fue el pan moreno de cebada o maíz que eran muy comunes en los barcos de esa época.
Esa tarde cuando ya se había echado el sol nos fuimos a dar un paseo por la zona del balneario de la Palma...
Sobre las diez menos cuartos ya casi terminado el lunes, dos horas después que el sol se había escondido tras el castillo de San Sebastián las gentes pudientes, se preparaban para asistir a algunos de los espectáculos organizados que amenizaban la velada, los veraneantes que deambulaban de un lado a otro por el paseo para acercarse al cine de verano, al boxeo y sobre todo los seguidores de Antonio Machín que se acercarían en calesas hasta el Cortijo de los Rosales para verle, oírle cantar y bailar las canciones que le hizo tan popular, los menos afortunados solo podíamos soñar ilusionados paseando por la playa de la Caleta entre el bullicio ocasional de los foráneos y chiquillos corriendo con sus juegos. En esas fechas difícilmente podíamos entrar las mujeres a una taberna, no estaba bien visto entrar dentro de un bar a degustar algún tipo de vino o cerveza, por eso era más común vernos alrededor de los vendedores de helados con sus carrillos llenos de polos de nieve, cucuruchos y cortes de galletas con crema napolitana de fresa, vainilla, los puestecillos con raíces de orozuz, algarroba molida, altramuces fresquitos, habas, garbanzos y pipas tostadas, los niños vendiendo moñas y escarapelas de jazmines, los barquilleros de las reolinas y sus barquillos de canela, los pianillos de manivelas tocando como cajas de músicas gigantes desafinadas y el platillo de la voluntad entrando entre las conversaciones pasando por los bancos del paseo donde sentados los novios, chachas, soldados intentaban el último ligue de ese mes de verano o de la misma forma que lo estábamos haciendo nosotros entretenidos viendo algunos grupos de niños jugar con la arena de la playa de la Caleta, a nuestra espaldas quedaba toda Cádiz, oliendo a mar, jazmín y dama de noche, como ella sola sabe perfumarse.
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La inminente oscuridad del ocaso que se perfilaba acompañada de esa calurosa noche comenzaba a iluminarse con las primeras luces de las viviendas y calles como si fueran luciérnagas, a la vez que el cielo se convertía en un azul cobalto profundo y salpicado por las primeras estrellas y luceros. La luna esas noches se escondió detrás de su noviciado para no ser testigo de tan dramáticos acontecimientos. Estábamos ensimismados, en el horizonte, se veía un lucero (Júpiter) que se movía al ritmo de las pequeñas crestas de las olas entre las defensas de la Caleta de un día en el que apenas había soplado el fresco de poniente, esa calma pegajosa que se dejaba caer antes de comenzar a refrescar la noche y que a veces duraba hasta altas horas de la madrugada haciendo insoportable el leve roce de las sabanas sobre tu cuerpo sudoroso.
Los gritos de los niños jugando y corriendo a nuestro alrededor apagaban cualquier indicio del rumor de un incipiente oleaje sobre la orilla de la playa, la marea se había alejado para hacer más altos y esbeltos los soportales y escalinatas del Balneario de la Palma.
Durante el paseo nos habíamos quitado los zapatos y descalzos por la arena, hablábamos de nuestras cosas mientras mi hijo el mayor llevaba en brazos al más pequeño y yo al segundo, la niña caminando de la mano de tu abuelo.
En ese fatídico momento primero escuchamos una gran explosión, un estruendo sordo y seco que nos lastimó los oídos, todos nos miramos aterrorizados, los pequeños con los ojos como platos salieron llorando a la vez que fuimos zarandeados donde nos encontrábamos como si hubiera pasado un terremoto bajo nuestros pies, en la misma arena de la playa el temblor hizo intensificar la sensación en la que nos habíamos visto envueltos, simultáneamente se apagaron todas las luces de Cádiz dejándonos aún mas aterrorizados, terminamos separado unos de otros y aturdidos comenzamos a ver aparecer un resplandor blanco muy luminoso que crecía rápidamente volviéndose anaranjado, este color se fue acrecentando hasta convertirse en un rojo luminoso que parecía ser la visión final de nuestra existencia, este amanecer se reflejó delante de nuestros ojos haciendo visible como a pleno día las costas de Rota. Mientras intentábamos calmarnos y buscar una respuesta lógica a lo que en ese momento no sabíamos acertar, los niños seguían llorando con las caras aterrorizadas y mirando lo mismo que todos nosotros esa gran mancha enrojecida que además de crecer comenzaba a sofocarnos con la calor que desprendía por momentos, entre los lloros de los niños, gritos de terror y los paseantes llamando a sus familias, comenzaron a mezclarse ruidos de nuevas detonaciones acompañados de estrépitos, cristales rompiéndose y sonidos como de derrumbes, todos teníamos en el recuerdo de la recién acabada guerra civil. Nos acordamos de los bombardeos de hacía pocos años, por lo que sin apenas decirnos nada con los niños en los brazos tomamos una larga carrera desde la playa para nuestra vivienda, conforme nos fuimos introduciendo en la ciudad comprobábamos que lo que allí había ocurrido era una gran tragedia, las casas con todos los escaparates y cristales rotos, trozos de cornisas, esquinas enteras en medio de las calles la gente corriendo sin una dirección fija para cualquier lado en una misma calle unos con el ánimo de reencontrarse con sus familias, otros intentando de alejarse del punto donde comenzó todo el desastre.
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Nadie sabía nada, todos cuando nos cruzábamos en las calles nos hacíamos las mismas preguntas: “¿qué ha pasao...?, ¿adonde ha sio...?, ¿questá ardiendo...?” Nadie..., nadie se paraba a contestar tus interrogantes solo te miraban con la vista perdida intentando reconocerte como algún familiar o conocido directo. No había luz en ningún callejón o casa, todo había quedado del mismo color de la muerte, cuando comenzamos a acercarnos a nuestra vivienda aparecieron las primeras víctimas, gentes mal heridas corriendo en dirección a los hospitales y casas de socorro cercanas a la zona. Nosotros desconocíamos aún que mi sobrina estaba por unos días en el Sanatorio Madre de Dios (esta, fue otra víctima más que quedo en las listas de desaparecidas).
Al entrar en el arrabal descubrimos con gran sorpresa que esa zona dentro de la cantidad de cascotes, tejas, trozos de cornisas desparramadas y escombros, no estaba muy maltrecha.
Nuestra casa no había sufrido grandes desperfectos a primera vista, los cristales de las ventanas rotos, la puerta de doble hoja una de ellas arrancada de cuajo por estar atrancada con los pestillos, la otra como no había costumbre de cerrarla, (solo estaba encajada) nada más se había abierto de golpe, la mesa arrinconada contra la pared, las sillas tumbadas en el suelo, la alacena, el platero y la fresquera habían volado de sus respectivas alcayatas, vasos y platos no se habían salvado, los cacharros de cocina de barro rajados y las cacerolas de latón rara era la que no estaba abollada. Encima de las dos únicas camas que teníamos se amontonaba cantidad de arena, estopa tejida con cañas y trozos de cal de los techos resquebrajados.
Al día siguiente ya con luz podríamos hacer una valoración más exacta de los desperfectos materiales, ya que físicos, por suerte no habíamos tenido nada ningunos.
Todos nosotros con los nervios destrozados pero psicológicamente “protegidos” por nuestro techo dentro de casa, comentó el abuelo de salir a la calle para saber exactamente que era lo que ocurría realmente a nuestro alrededor, hasta entonces solo habíamos recibido a cambio de las preguntas gritos de terror, llantos de impotencia y sobre todo palabras incoherentes difíciles de adivinar.
No había transcurrido ni cinco minutos cuando de nuevo entro el abuelo y varios vecinos de la casa diciendo que había explotado el polvorín de la Carraca y que seguía ardiendo el almacén lateral de los torpedos y cargas explosivas, decían que de un momento a otro se esperaba una segunda explosión mayor que la primera si no se sofocaba rápidamente el incendio, desde la azotea de la deteriorada torre Tavira se veía arder solo los techos hundidos de un ala del arsenal de la Marina de la Defensa Submarina, el depósito de torpedos estaba comenzando a arder, esto nos sumió a todos en un terror de difícil explicación, no teníamos una posible salida de Cádiz, por tierra era imposible ya que tendríamos hipotéticamente que pasar por delante del Deposito de Torpedos para alejarnos de Cádiz camino a San Fernando, en todo caso tendríamos que salir desde la zona oeste de Cádiz desde embarcaciones pequeñas ya que el calado además de estar acotado por las piedras y rocas ostioneras del fondo, la marea no acompañaba para poder adentrar transportes marítimos mayores.
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Las gentes se escuchaban gritar de dolor por todas partes y cualquier medio de locomoción era utilizado para transportar heridos, mutilados y muertos hacia las casas de socorro y el antiguo hospital de Mora. En ese momento barajar cantidades y cifras de muertos eran impensables ya que nadie conocía la magnitud de la tragedia, la gente despavorida y sin rumbo seguían corriendo de un lado a otro sin saber a donde ir, en la mente de todos los gaditanos solo estaba encontrar a sus familias y seres más allegados.
Tomar el pulso de la ciudad en los escasos treinta minutos iniciales era imposible, conforme se salía hacia Puerta Tierra camino de San Fernando la visión se hacía más terrorífica, respaldada por una gran columna de humo interiormente iluminada, se retorcía entre el rojo oscuro de las llamaradas que trenzaban una y otra vez figuras fantasmagóricas que trepaban sobre las ruinas de barrios enteros, la claridad de la explosión así como la columna de humo aún siendo de noche era visible en casi toda la provincia de Cádiz, Sevilla escuchó la tremenda explosión e incluso dicen algunos que salieron a la calle observando la columna iluminada del incendio de la Carraca, en las mismas puertas del pueblo de Los Palacios a escasos 30 kilómetros de Sevilla.
El rumor cada vez más alarmante de una segunda explosión era evidente ya que no se podía controlar el incendio del almacén de torpedos, los que venían de Puerta Tierra contando lo que allí ocurría hacía salir familias enteras desde sus casas a espacios libres, las playas de poniente se llenaron de gentes que buscaban el consuelo de algún sacerdote, se formaban corros de familias enteras unidas en un lastimero y aterrador rezo de oraciones arrodillados y con la idea de ser el último día de sus vidas.
La muralla de Puerta Tierra estuvo a la altura de las circunstancias reteniendo a los ejércitos napoleónicos durante el sitio al que se vieron sometidos los gaditanos durante dos años consecutivos desde el 1810 hasta el 25 de agosto de 1812, que se levanto el sitio comenzando la retirada del ejercito francés de tierras españolas.
135 años después, estas mismas murallas volvieron a salvar la máxima identidad de todos los gaditanos, CÁDIZ. La retención que ejerció sobre el impacto de la onda expansiva de la explosión de los polvorines de la Armada, hizo que aunque con innumerables desperfectos la zona antigua y centro histórico de Cádiz, pudiera seguir respirando de sus antiguas construcciones, esta muralla hizo que los desperfectos ocasionados de minimizaran hasta tal extremo que los edificios más afectados fueron los más altos y cercanos al polvorín, el Teatro Falla, la Torre Tavira, la Catedral, la fachada de la Iglesia de Santo Domingo muy al norte, en la zona de la cuesta de las Calesas y retirada de Puerta Tierra, quedó muy deteriorada, un sinfín de edificios quedaron maltrechos pero en pié.
Sin embargo no corrieron la misma suerte los barrios que se encontraban en el lado externo de Cádiz, Los astilleros de Echevarrieta y Larrinaga, fundados en 1914 quedaron destruidos casi en su totalidad debido a la proximidad que se encontraba del polvorín. Con una plantilla estable de unos 2500 trabajadores, además de explosionar conjuntamente y como consecuencia de la onda expansiva, los talleres, máquinas y edificios de esta gran empresa quedaron destrozados, curiosamente y dentro de la lamentable desgracia, por coincidencia del cambio de turno solo fallecieron 25 operarios. La empresa de Echevarrieta y Larrinaga ante la negativa de ayuda del régimen franquista y la incapacidad de los propios empresarios para enfrentarse a la maltrecha economía que le había dejado el desastre, se vieron en la necesidad de cerrar en años posteriores siendo incautada por el gobierno español haciéndola empresa pública.
El barrio de San Severiano quedó totalmente arrasado, los edificios de la Barriada España, el campo de la Mirandilla, los Cuarteles militares, los chales de Bahía Blanca, la Casa Cuna, el Sanatorio Madre de Dios y todas las calles de los alrededores quedaron relegadas a montones de escombros donde habían quedado familias enteras sepultadas, nunca se pudo dar una cifra que se acercara realmente a la cantidad de muertos y desaparecidos, sobre todo porque no había posibilidad que un familiar preguntara por otro ya que todos habían desaparecido bajos los escombros y despedazados por la fuerza de la detonación. La infraestructura de toda esa zona desapareció por completo, ya que todos los tendidos eléctricos y telefónicos eran de tipo aéreos se volatilizaron y fundieron de la onda calorífica que desprendió la deflagración. El agua otro elemento cotidiano también desapareció por los mismos motivos que lo anteriormente explicado.
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Entre muchos valientes gaditanos supervivientes a la gran tragedia, se hicieron cuadrillas de intervención rápida para recoger heridos y sacar gentes de lugares de alto riesgo, ya fuera por peligro de hundimiento o fuego de muchos edificios o por el mal estado en que se encontraban las gentes que deambulaban sin rumbo fijo entre los escombros.
Paralelamente a toda esta desgracia, dentro de la Base de Defensas Submarinas a los pocos minutos y al mando del Capitán de fragata Sr. PERI JUNQUERA, los soldados marineros que podían mantenerse a duras penas de pie durante más de doce horas, lucharon con todas sus fuerzas contra un fuego que a cada paso les superaba temiendo por sus propias vidas, este valiente acto quedó escrito para la posteridad en el libro de ORO de la ciudad de Cádiz, la cual en reconocimiento a esos militares se les nombró hijos adoptivos de la Ciudad.
Como todas las meteduras de pata ocasionadas por los altos cargos y estamentos militares de poder, como este no podía ser menos, hubo un interés descomunal y desmesurado por parte de la jerarquía militar de silenciar y censurar por todos los medios disponibles cualquiera de las noticias relacionadas con esta catástrofe, por lo que el pueblo se vio en la tesitura de especular y no creer nada de lo que llegaba oficialmente de los medios de comunicación o de los seleccionados corros perfectamente adiestrados que comunicaban de bis a bis en cualquier lugar de los mentideros de la ciudad.
Se acuñaron durante algún tiempo unos hechos que no tenían ningún peso específico, experimentos químicos o nucleares, golpes fortuitos, corrimiento de una pila de cunas de torpedos, unos operarios chatarreros que estuvieron soldando con sopletes autógenos dentro de los almacenes y quedaron accidentalmente restos requemándose lentamente hasta alcanzar las magnitudes que ocasionaron dicha deflagración, etc...
También fueron puestos en la balanza de las especulaciones los tan traídos y llevados sabotajes de grupos anarquistas de la oposición al régimen franquista. Se llegó a hablar hasta de experimentos realizados en materiales explosivos subacuaticos, investigando mejoras por químicos y técnicos nazis desplazados en Cádiz.
El diario obrero del partido comunista tituló sus portadas con una frase en la que ponía: En Cádiz “NUEVO CRIMEN DEL REGIMEN FRANQUISTA OCASIONA MÁS DE 5000 MUERTOS”.
Como habéis podido leer en los párrafos anteriores, la gran explosión tubo varias versiones, pero la más verosímil fue la de que durante toda la tarde de ese día, se habían superado los 40º centígrados dentro de los almacenes y depósitos de torpedos, el mal estado de conservación de los explosivos así como una mala configuración en el almacenamiento había hecho explosionar algunas cargas submarinas de profundidad, la munición que consumó la deflagración fueron unas 970 cargas, estas de procedencia soviética y capturadas durante la contienda de la guerra civil que había sacudido toda España, estos explosivos estaban rezumando por sudoración de la dinamita su peligroso compuesto base, la nitroglicerina.
La segunda explosión que a todos los gaditanos les había martirizado durante doce largas horas, también tiene varias versiones, entre ellas algunas contradictorias, desde la más dramática que no llegó a producirse hasta la más benigna que nunca sabremos si fue real.
No solo había cargas de profundidad dentro del arsenal de la Armada de la Base de Defensa Submarina, ya que todo tipo de munición así como un gran arsenal de torpedos era lo que podía haber borrado del mapa de España a toda Cádiz y sus pueblos de los alrededores.
Oficialmente se comunicó que no podía haberse producido de ninguna forma dicha deflagración sistemática ya que además de quedar muchas minas intactas a la primera explosión, la inmensa mayoría de los torpedos estaban desarmados de sus correspondientes detonadores de fulminato de mercurio que les pudiera activar, no obstante todo el material explosivo del arsenal de la Carraca fue enviado por ferrocarril hasta los polvorines de la Sierra de San Cristóbal, unas canteras de cuevas artificiales acondicionadas para albergar explosivos de todo tipo desde el término de la guerra civil española, ya en esta cantera se almacenaba estratégicamente material bélico italo-alemán, que por suerte no llegó a ser utilizado durante la segunda guerra mundial.
La tragedia vivida en la Bahía de Cádiz ese día 18 de agosto de 1947, nunca tendrá tintes de exactitud, además de haber sido sistemáticamente censurado hasta fechas muy recientes, aún al día de hoy no se ha podido tener acceso a la información oficial y estudios realizados por el propio ejército español, por lo que podemos dar fe, que la trágica consecuencia de este desastre estuvo ocasionado por la negligencia de altos mandos militares del régimen franquista que permitieron dentro de una ciudad y junto a barrios enteros de gentes trabajadoras colocar miles de toneladas de explosivos que incontroladamente eran manipulados sin las mínimas precauciones necesarias.
Extraoficialmente las cifras que se barajaban quedaban muy por encima de lo que realmente fueron ya que los hospitales desde que comenzaron a llenarse de gentes heridas, mutiladas y fallecidas, las intervenciones superaron las 10000 personas atendidas solo en el Hospital de Mora.
Se acondicionaron los albergues de tránsito para recoger heridos y familias que habían quedado desmembradas, aparecieron niños pequeños y bebés que fueron adoptados sin llegar a reconocerse quien eran sus verdaderos padres y familiares, posiblemente desaparecidos o muertos entre los escombros de barriadas enteras destruidas. En el Campo de las Balas y en el barrio de San Severiano, se montaron refugios de tiendas de campañas, adjudicándoselas a las familias que habían quedado desoladas y despojadas de sus viviendas hasta que se reconstruyeran de nuevo los barrios en los que anteriormente moraban.
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Las autoridades civiles y militares gestionaron conjuntamente con la Dirección General de Regiones Devastadas para que se hicieran cargo del mayor contingente y presupuesto necesario para la reconstrucción de extramuros urbanizando nuevamente la zona exterior de la ciudad de Cádiz, la Obra Sindical, la Diputación Provincial de Cádiz así como su propio Ayuntamiento se responsabilizaron con sus vecinos y cuatro años después se puede decir que ya estaba toda la zona de extramuros reconstruida con un nuevo plan de ordenación urbanístico de zonas industriales, de servicios y zonas residenciales. El Barrio de San Severiano se reconstruyó íntegramente, y aparecieron muchos nuevos barrios como los de Trille, Brunete, la Paz, Puntales, barriada de España, el paseo Marítimo.
Puerta Tierra también tuvo que ser reconstruida y gracias a una subvención de un millón de pesetas a fondo perdido que otorgó a la ciudad de Cádiz la Dirección General de Regiones Devastadas.
Las cifras presentadas entonces, en su comunicado oficial decían que el número de muertos era de 152, de heridos 5000, 2000 edificios siniestrados con múltiples desperfectos y de todos estos unos 500 quedaron totalmente destruidos. Como se puede apreciar de los desaparecidos jamás nada se supo, de los muchos niños que murieron en la casa Cuna de las Hermanas de la Caridad y en el Sanatorio Madre de Dios solo se dieron cifras de bulto que no determinaban si eran cifras de personas como monjas, médicos, pacientes, mujeres, hombres, ancianos o niños.
José Manuel García Bautista y Rafael Cabello
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