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SIDDHARTA GAUTAMA: EL BUDA
La
patria del príncipe Siddharta estaba en el nordeste de la India a los pies de
las nevadas cumbres de la cordillera del Himalaya. Por aquí descendía en
abundancia el agua del deshielo laderas abajo creando pantanos y lagos que
había que regular constantemente. A copia de trabajo e inteligencia, los
habitantes habían plantado terrazas arroceras y jardines de frutales de
apariencia interminable. Desde la conquista e inmigración de los arios hacía
unos mil cuatrocientos años, señoreaba el pueblo una casta de terratenientes
de piel clara. Esos señores solían pasar la estación cálida y la de las
lluvias, por lo general, en hermosos parques y los palacios apabellonados que
contenían. En uno de esos paradisíacos jardines nació Siddharta como hijo de
la estirpe real de los Sakya, que en honor de un vate védico había tomado el
sobrenombre de Gautama.
Pero los vedas -cantos antiquísimos de los dioses, la sabiduría y los mitos- hacía tiempo que habían sido cantados; no había en el país un fuerte poder religioso, sino una multiplicidad de liturgias idólatras, sistemas de pensamiento y la búsqueda del Todo-Uno salvador.
El príncipe Siddharta ya ejercía desde su niñez el arte del yoga. Yoga significa «uncimiento»: se regulaba la respiración, se ejercitaba la concentración y la meditación. En medio de una existencia cortesana que se había refinado al máximo, el joven sintió que la vida significa esencialmente sufrimiento y más sufrimiento, que desemboca inconteniblemente en la vejez, la enfermedad y la muerte. Se le casa, tiene un hijo; pero sigue buscando constantemente la redención del espíritu. De modo que un día se afeita el cabello y la barba, se viste el manto de los mendigos y toma el platillo del pordiosero y lo abandona todo: el trono, la familia, sus bienes y la seguridad. Quiere hallar la puerta de su propia liberación.
En primer lugar sigue a los maestros de la sabiduría: ascetas, penitentes y soñadores de nuevas formas religiosas. Un buen día, cuenta ahora treinta y seis años, llega por el río Nairanjana a la localidad de Uruvilva. Se sienta bajo un enorme árbol banyan. En el canon pali se citan sus propias palabras acerca de ello: «Entonces me dije: plácido, en verdad, es este rincón de tierra, hermoso es el bosque; un río fluye claro aquí, con hermosos lugares de baño, y alrededor se extienden los pueblos a los que se puede ir. Así está bien para la aspiración de un joven noble que pretende aspirar. De modo que me senté allí y pensé: así está bien para mi aspiración...» Medita, rechaza durante días toda alimentación, retiene incluso el aliento.
Poco a poco alcanza la visión interna espiritual. En Uruvilva desciende a los abismos de las cuatro concentraciones que tras interminables esfuerzos le proporcionan la «calma chicha interior». Alcanza el triple saber. Primero ve con claridad la cadena de las formas de la existencia, las existencias anteriores y las futuras; entonces dirige la mirada al universo y ve cómo las acciones siguen engendrando, mantienen en movimiento la «rueda de la existencia», y alcanza la última sabiduría que le explica cómo se pueden vencer la cadena de la existencia y la muerte. Eso significa: «No querer nada, no anhelar nada, perdida la sed de la existencia» -nirvana- Esa es, pues, la clave: prepararse a sí mismo para el acto de la autorredención. No hay dios ni sacerdote que pueda ayudar a ello; el espíritu tiene que trazar, solitario, su senda que le libere de la rueda de la existencia. «Estoy redimido. Destruido está el nacimiento, completa la transformación sagrada, cumplida la obligación; ya no existe el retorno a este mundo: así lo reconocí,»
Después de haber experimentado las «cuatro beatitudes» de este estado ya no es el príncipe Guatama, sino «Buda», “el Iluminado”.
Impulsado por el amor al prójimo. Se pone en camino para proclamar la nueva doctrina de la redención de sí mismo. Ese camino conduce al antiquísimo centro de peregrinaciones sobre el Ganges, a Benarés. Desde siempre se han reunido en este lugar, penitentes, santones, predicadores, faquires, adeptos al yoga y ascetas. Encuentra discípulos, entre ellos su alumno predilecto Ananda, y alcanza la «sede plácida» bajo los árboles de Sarnath. No pide mucho de aquellos que se le unen voluntariamente: deben afeitarse el cabello y la barba, vestir el manto amarillo de los mendigos, renunciar a todos sus bienes, hacer voto de castidad y dedicarse entera y exclusivamente a la redención de sí mismo.
Buda nunca fundará una iglesia. Nunca una jerarquía. A veces camina a través de las regiones vecinas. Los capítulos del canon pali comienzan una y otra vez con las palabras: “En aquellos tiempos el Venerable llegó con sus discípulos al jardín de Anathapin-diko, a la ermita de piedra, y dijo así a sus discípulos…”
Buda llevó esa vida más de cuarenta años. Cuando está cerca de los ochenta, llega a la cuarta y última estación de su vida: a Kusinara. Allí se hospeda en casa de un herrero, le dan un plato de asado de jabalí con lentejas que no le sienta bien y se tiende a morir. Tranquilo y sin dramatismo, del mismo modo que ha vivido, así muere. Sus últimas palabras a Ananda son: «Pues bien, yo os digo: todas las figuras están sometidas a la caducidad. No cedáis nunca en vuestra aspiración”.
Hasta siglos más tarde, después de una fiel transmisión oral, no se escribe la doctrina sobre papel de palma y se reúne hacia el 100 a. JC., en Ceylán, en el “canon pali” Mientras los monjes la conservan, en la práctica se le introducen todos los relucientes misterios, interpretaciones y ritos de la India, elementos védicos, brahmánicos e hinduistas. De la pura doctrina de la redención de sí mismo resulta una especie de religión que experimenta su fraccionamiento en el camino del gran vehículo, mahayana, y el del pequeño vehículo, hinayana. Cuando en el siglo III a. JC. reina en el norte de la India el gran emperador Asoka, el budismo está dividido ya en miles de sectas diversas. El emperador, profundamente conmovido por la palabra de Buda, convoca el concilio de Patna, en el que se reforma la doctrina en su pureza. Asoka envía, al mismo tiempo, los maestros hacia su misión universal, entre otros lugares a Ceylán y Birmania.
Las ideas budistas también llegan, sin embargo, a través de las sendas abiertas por Alejandro Magno, al Oeste. Las escuelas de los estoicos y alejandrinos reflejan mucho de ellas. Hacia el 100 d. JC., monjes sabios llevan ya el budismo a Tibet y China; desde allí llega, hacia el 600 d. JC. hasta el archipiélago japonés.
Unos quinientos millones de hombres del extremo oriental de Asia viven hoy según alguna de las diferentes formas del budismo. En dos milenios y medio no ha cesado el coro de los monjes «jOm mani padme hum!. (¡salve, venerado, en la flor de loto!).
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