|
|
||
|
VISITA A NUESTROS PATROCINADORES |
EL MISTERIOSO GENERAL BOR
Sus primeras hazañas le llenaron de entusiasmo y encendieron más aún sus ansias
de servir a su patria. Por los méritos alcanzados en estas luchas, se le destinó
a un regimiento de Caballería, considerada en Polonia como el arma de más rancio
abolengo, y, ya en él, ascendió paulatinamente hasta el grado de Mayor. Estando
al frente del Gobierno el general Sikorski,
En la capital de Francia siguió los cursos de la Escuela Superior de Guerra, en
la que fue durante toda su estancia el alumno más aplicado y mejor dispuesto
para el estudio. Regresó a Varsovia con sus diplomas y, adquiriendo rápidamente
merecida fama de jefe inteligente y culto, fue ascendido a teniente coronel. Se
dedicó entonces a estudiar las posibilidades que ofrecía la motorización militar
y a repasar todos los estudios y ensayos efectuados sobre este particular a
partir de la Gran Guerra. No obstante, seguía en él latente el deseo de pasar
una temporada en su querida casa de campo, de modo que, tras muchos esfuerzos,
logró, en el año 1938, un permiso de descanso. Pero, desgraciadamente, fue bien
corto. A principios del siguiente año, era llamado con urgencia Komorowski,
debido a que el Gobierno polaco se veía obligado a tomar medidas severas a causa
del giro que iban tomando los acontecimientos políticos de Europa. A fines del
mismo año, entró en lucha el general Komorowski al frente de una brigada de
caballería. En aquella ocasión, dio muestras sobradas de su valor y pericia,
dirigiendo, como nadie sabía hacerlo, la famosa guerra de guerrillas, que tantos
trastornos causó al ejército alemán. Siguió luchando en la retaguardia alemana,
preparando emboscadas y saboteando las líneas de comunicación, al mismo tiempo
que ocupaba puestos enemigos y asaltaba, con indecible arrojo, parques y
depósitos, lo que le permitía equipar a sus hombres a costa de sus propios
enemigos. Pasó algún tiempo, y las noticias del general Bor eran poquísimas,
hasta anularse por completo. Parece entonces que se hallaba apartado
definitivamente de la lucha y hasta del ejército. Pero no fue así. Los alemanes
capturaron al general Grot, jefe del ejército interior, y Sikorski confirmó el
nombramiento de un sustituto: Komorowski. Empezó entonces una eficaz lucha
clandestina, intensificándola tanto, que logró constituir para los alemanes un
serio y grave peligro. Al mismo tiempo apareció con profusión órdenes y
proclamas firmadas con un breve nombre de tres letras: Bor, sobrenombre de un
general de prestigio y gran inteligencia, que empezaba a llevar casi solo el
peso de aquella heroica lucha. Alemania llegó a ofrecer crecida recompensa por
su cabeza, pues comprendía claramente que todo el peligro que pudiera
amenazarles en Polonia estaba concentrado en ese hombre. Pero todo fue inútil.
|
|
|
|
Comienzo del levantamiento de Varsovia. Los alemanes antes de comenzar la lucha dejan salir de la capital a mujeres, niños y personas que no deseen combatir. Las pintadas de propaganda incitan a enfrentarse contra los invasores. |
|
El 1 de agosto de 1944 empezó el levantamiento de Varsovia. Lo llevó a cabo el
general Bor para conseguir base territorial para su gobierno, y lo hizo con una
consigna en el corazón y en los labios: Tempestad. A su conjuro se levantaron
unos puñados de valientes que deseaban, a toda costa, librar la patria de la
invasión enemiga. Sabían que contaban con fuerzas insuficientes, que casi no
poseían armamento y que tenían muchas probabilidades de ser aniquilados por los
alemanes; pero, a pesar de todas estas consideraciones, siguieron luchando con
tesón, con la idea fija de la patria asaltada y con los ojos puestos en el
ejemplo firme de su general.
Llegaban voluntarios de todas partes, hombres adiestrados en las antiguas guerras de guerrillas; el problema perentorio para el mando polaco estaba en la forma de aunarlos y equiparlos convenientemente, ya que carecían incluso de lo más indispensable. Las mujeres cooperaban en tan ardua tarea, haciendo trabajos de retaguardia y prestando servicios auxiliares. Ante el valor de los polacos, opuso el ejército alemán un buen equipo de armamentos, aviación y carros blindados, que no dejaban de intervenir en la lucha ni un solo momento.
Por su parte, los defensores de Varsovia esperaban resistir el tiempo suficiente hasta la llegada del ejército de Rokosowski, que constituiría para ellos un verdadero refuerzo y quizá la salvación. Pero la ayuda esperada tardó demasiado. Al principio, parecía acompañarles la suerte, y bajo su benigna protección lograron apoderarse de los barrios más importantes de la ciudad, donde se hallaban los edificios oficiales además de tres o cuatro barrios extremos.
Los actos de heroísmo se sucedieron uno tras otro. Después de unas horas de
lucha intensa, veintitrés de los hombres del general Bor lograron apoderarse de
la central eléctrica, enérgicamente defendida por ciento cincuenta hombres.
Diariamente los altavoces de la capital daban cuenta a los ciudadanos del giro
que tomaban los acontecimientos, y, aún en los momentos de mayor decaimiento,
siguieron informando a los que ansiosamente esperaban aquellas noticias. Al
empezar el levantamiento, la ciudad apareció repleta de banderas polacas, que se
veían ondear al viento desde todos los edificios; pero la suerte de los
insurrectos sufrió un grave cambio, y vieron cómo todas aquellas conquistas,
llevadas a cabo a costa de tanta sangre y de tantos sacrificios, desaparecían
nuevamente en manos del enemigo, que hacía valer por fin su superioridad. Entre
tanto, los alemanes seguían en su empeño de descubrir la verdadera personalidad
del general Bor, y los espías de la Gestapo le perseguían incansablemente, sin
saber a ciencia cierta de quién se trataba. Durante mucho tiempo hubo más de 300
agentes secretos que pugnaban por conseguir alguna información que les llevase a
una pista segura. Pero en medio de todos ellos, el general Komorowski seguía
firmando con su famoso sobrenombre y seguía trabajando en la sombra.
Hasta que en septiembre de 1944 los alemanes retomaron el control, ni un solo momento dejaron de funcionar la radio ni los altavoces de Varsovia y, hasta el final, como un postrero soplo de vida, lanzaron al espacio el siguiente mensaje: «Todos los días igual. Se lucha entre fuego y ruinas. No tenerlos ni agua ni luz. Hay hambre». El general Komorowski se portó como siempre, como un valiente, luchando con más tesón que nunca en su última empresa y, aun sabiéndolo, con el corazón lleno de felicidad, porque para él constituía su vida el peligro y la dificultad, y porque sabía que luchaba por la liberación de su pueblo.
Reservados todos los
derechos. Prohibida la reproducción parcial o total. Fotomontajes, textos e
imágenes procedentes del archivo del Grupo Editorial Bitácora, Publicaciones
electrónicas. Envíenos un e-mail y solicite autorización.
© Grupo
Editorial Bitácora