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EL EXTRAÑO JUEGO DE BILLAR DEL CORONEL
Hay
muchas personas, oficiales del Ejército que estaban en el comedor esa noche,
dispuestas a confirmar la veracidad de la historia del coronel.
Hay otras -entre las que me
incluyo- que, en la misma casa, durante la guerra, tropezaron con la misma
aparición. Yo estoy, por tanto, completamente convencido de la autenticidad de
los incidentes que ahora relataré.
Pero hay gente, que aún
vive, a quien la historia que es en verdad espantosa, causa gran desagrado. Y,
a raíz de esto, me he sentido en la obligación de cambiar la ambientación
verdadera y los nombres están todos cambiados. Si es usted lo suficientemente
viejo y, como nosotros, antiguo artillero orgulloso de haber servido en la
Real Artillería durante la Segunda Guerra Mundial, podrá usted reconocer los
detalles de la tragedia que se va a desarrollar en las siguientes líneas:
Fue en 1943 cuando el
Teniente Coronel Savage fue destacado como comandante de un regimiento de
Artillería de Campaña estacionado en Kent. Esto equivale a decir tres
baterías, cada una de ellas armadas con pesados cañones de 25 libras.
Como muchos puestos en
tiempos de guerra, para un ejército vastamente aumentado, Kirkham Place era
una amplia casa, ubicada en unos cincuenta acres de la bella región de Kentish.
La zona había sido requisada por el ejército y en el Regimiento de Campaña N°
438 se hallaban, sin discusión, en el mejor de los emplazamientos. El 438 se
había distinguido en la campaña del Norte de Africa, sufriendo en la misma
numerosas bajas, incluyendo la pérdida de su amado comandante, bajo las balas
de un tirador alemán.
Así fue como, con algunas
trepidaciones, el Teniente Coronel Henry Savage fue conducido desde la
estación de ferrocarriles de Folkstone, a través de las diez millas,
aproximadamente, que la separaban de Kirkham Place. Sabía, por su experiencia
anterior como joven oficial, cuán poco querido era el "nuevo escobillón"
enviado a tomar el mando. No tenía, por supuesto, intención alguna de ser tal
cosa, particularmente bajo tan tristes circunstancias como eran aquéllas.
Esperaba ser tratado con cortés reserva por la mayoría de los oficiales que
estarían bajo sus órdenes, con mal disimulada hostilidad por otros y con
aduladora cordialidad por aquellos que sin duda esperarían obtener una rápida
promoción cuando d nuevo comandante se hubiera instalado y les hubiera elegido
a ellos como sus colaboradores inmediatos.
Acerca de todo ello, el
Coronel Savage tenía una gran experiencia. Y aunque era un gran honor ser
trasladado de oficial comandante interino de un regimiento en entrenamiento en
Salisbury Plain, a una auténtica comandancia en un regimiento distinguido que
estaba siendo reorganizado para su posterior envío a las costas de Normandía,
no obstante eso, empero, sintió tina familiar sensación de hormigueo en el
estómago mientras el jeep lo introducía en una larguísima avenida de olmos.
-Aquí es, señor -le dijo el
chofer, entusiasmado-. No se puede decir que es un lugar desagradable,
realmente. Más cómodo que el Alamein, ¿eh? La batería “A” está en aquel campo,
allá. Los cañones de la batería “B” están ocultos allí atrás.
Y usted señor, tiene los
ocho cañones de la batería “C”, más o menos como una guardia personal, señor,
ya que se encontró conveniente apostarlos alrededor del jardín. No queda mucho
jardín ahora, señor, con los tractores arrastrando esos enormes cañones a
través de los parterres, pero alguna vez debe haber sido un buen y saludable
lugar.
-Ya veo -dijo Savage-. Y
los cañones están todos afuera hoy.
-Exacto, señor, en
posición.
-¿Y el Cuartel General del
Regimiento está en la casa grande, con las oficinas, el estado mayor, el
comedor y todo eso?
-Así es, señor. Y ésta es
una finca de tal extensión que los oficiales, los comandantes y los hombres de
las baterías están todos confortablemente alojados en casas con jardines y
parques aquí y allá.
Habían llegado y el chofer
fue frenando, dejando atrás el rocío del una vez bello césped que había
cubierto todo el camino; giró enfrente de una hermosa y antigua casona que iba
a ser ahora su Oficina y su Cuartel General.
El Ayudante apareció, un
hombre muy joven con una estrella en cada hombro y saludó al nuevo comandante.
Parecía un tipo simpático, ni servil ni hostil, y le confirmó que el
regimiento entero estaba afuera de maniobras conducidas por el segundo
comandante. Todos los veinticuatro cañones, con su comitiva de camiones "R",
camiones "G". camiones "M" y camiones "T", motocicletas, teodolitos y demás,
estaban afuera combatiendo contra algún imaginario enemigo, desplazándose
sobre Kent y Sussex. Savage estaba familiarizado con esta clase de cosas y
podía representarse como en un cuadro, la batalla en la cual el enemigo sólo
se manifestaría en forma de un rumoroso conjunto de oficiales en motocicletas.
"Aún se encuentran avanzando", una típica expresión, "y los elementos, en su
avance, han alcanzado esta área, aquí"... señalando con un delgado y manchado
dedo con el que había estado dibujando todo el día con tinta china, sobre un
tablero de celuloide. "Los Loamshires están colocados en posición de ataque y
su comandante estará allí en un momento. Simularán un fuego de barreras..." Y
el oficial de estado mayor habría abandonado. A veces, cuando estaba de buen
humor, podía sonreír y musitar: "Dios, qué modo de realizar una guerra", antes
de perderse en una azul nube de cansancio.
Había caído ya la tarde
cuando Savage llegó a su nuevo destino y fue informado por el único oficial
que le recibió en Kirkham, este joven ayudante, de que el regimiento no
regresaría antes de las 22; ellos ya habrían cenado para entonces. De modo,
por lo menos era esto lo que había escuchado, que serían solamente él y este
oficial los únicos asistentes a una solitaria comida en la sala de banquetes
donde generaciones de propietarios de Kirkham habían comido solos o con sus
invitados.
Era una bella casa, muy
amplia, de estilo jacobino. Los retratos de familia habían sido por supuesto
retirados, pero las marcas eran claramente visibles. Toda la casa era fría, lo
cual resultaba poco sorprendente ya que no había ni una yarda de alfombra en
el piso (eso también había sido almacenado) y las grandes y abiertas chimeneas
para leña estaban flanqueadas por calefactores de parafina apagados.
Aún era agosto y,
realmente, no existía ninguna causa para este incómodo frío. Afuera, el sol
todavía iluminaba y el día había sido agobiante.
Henry fue presentado a su
asistente, Fliggins, quien con buen criterio, le había preparado un baño
tibio. El Coronel aceptó la sugerencia tan pronto como le fue posible,
restregándose con fuerza con el afán de entrar en calor. Luego, se vistió con
fresca ropa interior, calcetines y camisas que Higgins había puesto sobre su
cama. Después de estos limpios menesteres, Savage se colocó la misma chaqueta
y el mismo pantalón del uniforme que había usado durante todo el día.
Podría haberse puesto el
traje kaki, más elegante, pero decidió saludar más tarde a sus guerreros ya de
regreso, vestido como uno de ellos.
Era cierto, con todo, que
echaba de menos los días de paz y el comedor principal del regimiento de
Woolwich donde ningún oficial podía soñar con sentarse a cenar sin su uniforme
de "Patrullas Azules", con sus impecables pantalones y su almidonado cuello
alto. A veces, para las grandes ocasiones, se habilitaba un salón comedor
especial.
Pero los "Patrulleros
Azules" de Savage y su salón comedor estaban tan lejos, en algún lugar, que ya
no estaba seguro de recordar dónde. Lo razonó con dificultad: no, no esperaba
volver a aquella guerra ni tener la oportunidad de usar algunos de esos trajes
nuevamente.
Por lo tanto, se sorprendió
cuando, limpio por dentro y no tan limpio en la superficie, bajó por la
herniosa y desnuda escalera de caracol para hacer un pequeño reconocimiento
del terreno y se encontró cara a cara, al pie de la escalera, con un joven
oficial muy elegantemente vestido y que lucía un casi cómico bigote rubio. Y
el hombre, que mostraba sólo un punto en cada hombro, usaba el impecable traje
de las "Patrullas Azules". Allí estaba el rígido cuello alto con la exacta
cuota de apresto, tan blanco como el de un clérigo, que tenía que ser cambiado
después de cada uso; la impecable chaqueta azul con sus botones plateados, los
ceñidos pantalones azules con una línea roja en sus flancos desde la cadera
hasta el tobillo, que se usaba sobre unos calcetines delgados como papel y
sobre unas botas con espuelas que debían ser estiradas por dentro de los
pantalones hasta que uno, literalmente, las izaba hacia arriba.
Henry Savage nunca había
prestado demasiada atención a detalles frívolos por tanto, era incapaz de
reparar en las pocas y pequeñas diferencias que este uniforme de los
"Patrullas Azules" tenía con respecto a aquel usado por él en otro tiempo.
Dos cosas eran ciertas: el
uniforme era antiguo, de un tejido mejor que el de ahora y el oficial tenía un
mejor sastre que el de Henry Savage.
-Buenas noches, señor -dijo
el joven que apenas podría tener más de veintiún años-. Usted debe ser el
Coronel Savage, ¿verdad, señor?
-Emm... eso es -dijo Savage-.
Buenas noches.
El joven no dijo,
voluntariamente, su propio nombre y Savage pensó que la llegada del ayudante a
la cena podía aclarar las cosas. Sin duda habría una buena razón para que este
joven y elegante oficial no estuviera en las maniobras. Quizás era un invitado
perteneciente a otra unidad de artillería en cuyo caso parecía ser una noche
bastante inapropiada para invitar al pobre muchacho.
- ¿Le gusta jugar al
billar? -dijo el joven.
-¿Por qué? Sí, realmente me
gustaría jugar al billar. Usted deberá perdonarme, no conozco este lugar, aún.
No tengo la menor idea de dónde se encuentra la mesa de billar.
-Oh, sí -dijo el joven-.
Siempre tuvimos una mesa de billar -miró hacia el feo reloj de metal situado
sobre la repisa de la chimenea que estaba allí como exponente de una
inapreciable creación en bronce y que, obviamente, los dueños de la casa
habían olvidado guardar con todo lo demás.
-Sí -dijo-. Tendremos el
tiempo justo para una partida. Antes de su cena.
La observación sonó a
Savage como algo más que inusual y, unas pocas horas más tarde, cuando sus
oficiales hubieron regresado de sus maniobras y él conversaba y bebía con
ellos, tuvo ocasión de recordar también la observación que precedía
inmediatamente a ésta.
Pero, por el momento, toda
su atención iba dirigida a contemplar el esplendoroso salón dentro del cual
estaba ahora. Era verdad que, incluso aquí, los retratos familiares habían
sido retirados, pero los cuadros que los sustituían eran agradables,
coloridos, atractivos como si la familia los hubiera elegido con algún cuidado
antes de dejar su preciosa casa.
La real belleza del salón,
para Savage, residía en la enorme y soberbia mesa de billar que ocupaba dos
tercios del piso de la habitación. Había allí algo que la familia había
preferido no desmantelar y permanecía como un maravilloso y ornamentado trono
en un casi vacío palacio. A lo largo de toda una pared había un soporte de
ébano con los tacos de billar, suficientes para que todos los oficiales
incurrieran en el sacrilegio del "fútbol-billar" o algo por estilo. Algo,
pensó Henry con una solemnidad próxima a la devoción, que él no permitiría,
ciertamente.
Su joven amigo hizo una
pequeña reverencia y se encaminó hacia donde estaban los tacos. Savage eligió
uno y lo sacó con cuidado.
Enseguida estuvieron
jugando; la partida era buena y animada. Parecían empatar, aunque Savage, una
o dos veces se preguntó si el joven no se equivocaba al computar algún punto
de diferencia en favor del comandante. Eventualmente, Savage ganaba, pero sólo
por la mínima diferencia.
Sonó, entonces, la llamada
a cenar. Todos los oficiales, con excepción del ayudante, estaban afuera en
maniobras de combate y allí, no sólo había una hermosa mesa de billar con sus
accesorios sino que también se utilizaba un gong para la llamada a cenar.
-Es el toque para la cena
–dijo el joven subalterno de los “azules”-. Le doy las gracias por la partida.
-Oh, lo disfruté mucho
-dijo el Coronel Savaget observando con perpejidad cómo su reciente adversario
abría la puerta de la sala y se iba, cerrándola tras de sí.
Aún no había signos del
ayudante pero, justamente cuando Savage se estaba preguntando si todo esto no
habría sido un sueño y él estaba, en realidad, en una casa totalmente
deshabitada, entró el camarero.
-El ayudante Perkins, le
presenta sus excusas, señor, pero ha tenido que salir deprisa en una de las
motocicletas. Parece que el otro ayudante tuvo un pequeño accidente y Mr.
Perkins debe hacerse cargo de su tarea.
-Pobre de mí -dijo Savage--.
Me pregunto si debo ir yo también.
-Eñ teniente Perkins,
señor, dijo que usted no debía preocuparse y estará muy apenado de que usted
tuviera que cenar, en su primer día aquí, completamente solo. Le mostraré el
camino, señor.
Bajo tales circunstancias,
el coronel no tuvo ánimo para preguntar qué había sucedido con el joven con
quien había terminado de jugar. Permitió que el camarero le guiara desde la
sala de billar, por la antecámara, hasta el comedor. Una incómoda silla le fue
acercada y se sentó.
La cena estaba
sorprendentemente buena, incluyendo el vino blanco. Pero ni la comida, ni la
emergencia por la que pasaba el ayudante de su nuevo regimiento pudieron
distraer su mente de la pregunta que le acosaba; dos o tres veces estuvo a
punto de interrogar al camarero qué había ocurrido con el oficial de azul
uniforme, y el mismo número de veces desistió de hacerlo.
Después de cenar,
completamente solo, se encaminó de nuevo a la sala de billar y encendió todas
las luces. Era un hermoso cuarto y Savage observó, apreciativamente, en
derredor.
Entonces, vio la mancha.
Era una mancha negra que
corría por una pared revestida de madera, desde unos seis pies por encima del
zócalo y se continuaba sobre el parquet. Era una mancha muy grande, por
cierto, e instintivamente, Savage supo que había sido sangre.
Un pequeño alboroto anunció
que las maniobras habían terminado y que sus oficiales estaban de regreso. Se
sintió extrañamente enfermo y no era aquel, justamente, el estado ideal para
enfrentarse a esos jóvenes que llegaban de regreso de lo que, probablemente,
había sido un día infernal.
Era esta maldita casa, la
mancha y el jugador de billar...
Pronto los problemas de
presentación estuvieron superados. El Segundo Comandante, un delgaducho mayor
de unos treinta años, con una atractiva personalidad, había acomodado luego, a
todo el mundo, alrededor de un verdadero fuego que él mismo encendió en la
enorme chimenea dela antecámara. Circulaban los tragos y los embarrados pero
felices jóvenes oficiales que recién habían vencido al "enemigo", departían
amablemente con su nuevo comandante.
Después del segundo vaso de
whisky, Henry Savage tomó coraje para hacer la delicada pregunta. Había una
atmósfera adecuada y se decidió a hablar.
-Supongo que ésta es una
pregunta absurda.
Pero, cuando bajé a cenar
sin más compañía que yo mismo, encontré a un subalterno de las "Patrullas
Azules". Y jugamos juntos una partida de billar que él, gentilmente, me
permitió ganar. Desde lo cual no he podido echarle el ojo por ningún lado.
¿Podrían decirme quién es?
Se produjo una larga pausa.
Luego, el Segundo Comandante habló:
-Bien, señor, en pocas
apalabras, se trata del Fantasma de Kirkham.
-Cuénteme más. Nada podría
sorprenderme ahora.
-Bien, veamos, son sólo las
once y media. No creo que Bateson se halle acostado ya; no, por supuesto que
no. Le pediremos que nos cuente toda la historia. Porque uno o dos de nuestros
jóvenes oficiales todavía no se han encontrado con el fantasma ni escuchado su
historia. No todavía.
-Bien, de acuerdo. ¿Quién
es Bateson?
-El viejo mayordomo de la
familia. El mayordomo de la familia Kirkham. Bien conservado en sus setenta
años y a quien no pudimos persuadir de que no hacía falta que siguiera
trabajando. Es un tipo retraído que se contenta con seguir siendo el mejor
cocinero de Kent. De algún modo, lo tomamos junto con la casa y los oficiales
de todas las unidades, desde 1939, cuando fue requisado el lugar, hemos
coincidido de buen grado en mantenerlo aquí. Además no creo que Bateson hata
dejado Kirkham Place desde que era un joven lacayo, en los días de la reina
Victoria. John levántate y ve a ver si puedes convencerlo de que venga y se
reúna con nosotros a beber algo.
Un joven oficial saltó
enseguida y salió caminando con sus embarradas botas.
-Era terriblemente, ¿cómo
decirlo?, tangible para ser una fantasma –dijo Savage-. Sin mortaja blanca,
sin transparencias.
-Eso es bastante cierto. Es
sólido cuando anda por acá. Ahora que, honestamente, señor, no creo que le vea
de nuevo. Y no siempre. Y usted puede agitar todas la varitas mágicas que
desee, murmurar cualquier fórmula de encantamiento, que no logrará volverá a
echar el ojo.
-¿Usted lo ha visto?
-Sí, señor, así es. Llegué
solo, como usted, y supongo que hay media docena de tipos en este salón
(vamos, levanten las manos, rápido, gracias), sí, cinco o seis tipos que lo
han visto, simplemente porque él apareció cuando estaban solos. Ya ve, no es
exactamente gregario.
Una seria figura que
solamente podría haber sido la de un mayordomo inglés, de unos 75 años, fue
conducida al interior del salón. Su uniforme, de camisa azul y angostos
pantalones de francla, no ocultaban su profesión.
-Ah, hola Bateson, este es
Mr. Bateson. Bateson, le presento al Coronel Savage. ¿Un vaso de whisky? Bien.
Siéntese, hombre.
El segundo comandante
sirvió una importante medida de whisky, agregó un poco de agua y se lo
alcanzó.
-Les deseo muy buena salud,
caballeros.
Y, en particular, para
vuestro nuevo Comandante.
-Gracias -dijo Henry Savage.
-Me han dicho, señor -dijo
Bateson, cruzando una pierna sobre otra y relajándose-, que usted se ha
encontrado con el Teniente Kirkham, Sir Nigd Kirkham. De acuerdo a lo que me
han narrado, jugaron ustedes al billar y luego él desapareció. Sí señor,
siempre lo hace. Bien, ésta es una muy triste historia. Sir Nigel tenía 22
años cuando su padre fue muerto en la guerra; fue en la última guerra, esto
es, señor, la guerra de 1914.
Y Nigd (cuánto admiraba yo
a ese joven) heredó el título de Barón. Pero estaba terriblemente enfermo,
había estado enfermo toda su vida. Era tuberculoso. No pudieron admitirlo en
el ejército, no a alguien con una enfermedad como ésa. Tuvo que permanecer
aquí, defendiendo los intereses de la familia, cuando se sentía lo
suficientemente bien como para hacerlo. Más, ¡Oh! ¡cómo odiaba tal clase de
ocupaciones aquel fogoso muchacho!
Esto acontecía mientras su
padre, Sir Arthur Kirkham combatía en Flandes. Y allí fue muerto.
Fue en los comienzos del
año 1915. Nigd -Sir Nigd, como se convirtió de pronto- se decidió a vengarle.
Entonces se las ingenió para esquivar su examen médico, No, no tenía idea delo
que hacía, con sus frecuentes hemorragias al toser y todo eso, pero lo hizo.
La siguiente cosa que supimos es que había vestido el uniforme kaki y se
encaminaba bajo las órdenes de Lord Kitchener a las trincheras. Pero no pudo
entrar en acción. Comenzó a vomitar sangre, incluso antes de llegar a Flandes.
Fue en Aldershot. Entonces,
fue reexaminado y, al comprobarse la gravedad de su estado, enviado de vuelta
a Kirkham.
Bateson aceptó agradecido
un segundo whisky.
-Gracias, señor. Bien,
esto, en lo que al joven Nigel concernía -y todavía pienso en él de este modo,
incluso aunque él era un Barón- esto fue el final. Entonces hizo lo que yo
siempre dije que terminaría haciendo...
El silencio podía
claramente ser percibido.
Nadie respiraba.
-Cualquiera que realmente
conociera al muchacho podría haberlo previsto. Todos ustedes conocen el salón
de billar, caballeros. Y el soporte para los tacos. Bien, solía haber además,
un soporte para armas sobre la otra pared, con toda clase de rifles y pistolas
y balas y otras cosas. Entonces, simplemente, cogió una pistola, la cargó y
puso el cañón dentro de su boca. Se hallaba de pie, reclinado contra la pared.
"Exactamente, se voló la
nuca. Y la mancha, esa terrible mancha de sangre, nunca se disipó. Ustedes
caballeros, la han visto. Lady Kirkham y las jóvenes hermanas, todas con el
corazón destrozado, trataron una y otra vez, conmigo también, por supuesto,
borrarla. Pero ha permanecido allí, exactamente la misma, durante todos estos
años.
No, gracias, señor, no
continuaré bebido, si a usted no le importa, debo marcharme a la cocina y
tomar mi píldora para dormir... a mi edad...
Batenson se levantó.
-Bien, ésa es la historia,
caballeros. Y me he sentido siempre amargado de que no le hubieran permitido
ir y combatir en Flandes antes de que la muerte se lo llevara de alguna u otra
forma.
Era casi un rey declarando
terminada la audiencia.
-Sir Nigel no ha dejado
esta casa; jamás abandonará Kirkham.
Clavó amistosamente su
mirada en Henry Savage.
-Le diré una cosa. Como él
no pudo realizar todas las actividades al aire libre que le gustaban, se hizo
imbatible en el billar. Jamás perdió una sola partida desde los catorce años.
A menos que quisiera ser especialmente cortés con alguien. Nadie pudo nunca
vencer a Master Nigel en el billar, a menos que él deseara ser gentil si su
contrincante era un recién llegado.
Batenson se aproximó a la
puerta, preparándose para irse...
Permitió que usted ganara
una partida sólo porque usted era nuevo. Pero sus naturales instintos de
luchador no habrían podido permitirle perder una segunda vez, Entonces, se
aleja de la tentación.
"Buenas noches, caballeros.
Fellowes-Gordon
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