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EPIDEMIAS DE BAILOMANÍA
De
mujeres posesas en la antigua Grecia, tenemos la tradición de las ménades,
congregadas cada tercer año, por el invierno, en las cumbres del Parnaso, para
dar suelta a su báquico entusiasmo, blandiendo como furias tirsos y antorchas,
y bailando, saltando y despedazando cuanto hallaban a su paso. Con los
cabellos flotantes, se lanzaban al compás de la música de flautas y atabales y
estimuladas por sus propios gritos, a desahogar su paroxismo en una
desenfrenada pugna de saltos y contorsiones.
De los entregados en la
Edad Media al rapto de la danza, sabemos hoy que se trataba de masas de
hombres y mujeres que se cogían de las manos, como suelen hacerlo los niños en
sus juegos de corro, y bailaban así en rueda, hasta ir cayendo en el estado de
éxtasis total, en el que ya no veían ni oían nada de lo que en torno de ellos
sucedía. Algunos caían en alucinaciones y se les antojaba estar viendo el
cielo abierto, con su trono del Altísimo y el Padre Eterno y la Virgen en
donde la fe los había presumido. Al fin se desplomaban sin sentido, resollando
y echando espuma por la boca, y sus cuerpos se estremecían en violentas
convulsiones. Cuando el ataque había cedido un poco, empezaban a danzar,
adoptando toda clase de posturas dislocadas y continuando así durante horas
enteras, como en espera del agotamiento que los inmovilizaba. Lo sorprendente
era, ante todo, que quienes habían comenzado por acudir sólo como espectadores
curiosos a presenciar tales escenas, se sentían luego cautivados de suerte que
un impulso irresistible les llevaba a imitar los movimientos de los danzantes
y acababan tomando parte en la danza, envueltos en el raudo torbellino que
arrebataba a los primeros. De los «jumpers», o metodistas obsesos de Cornualles, refieren las
crónicas de 1760 que cuando al conjuro de ciertas palabras de pretensiones
cabalísticas entraban en estado de arrebato piadoso, en el que apenas parecían
ya dueños de sus sentidos, daban en saltar entre contorsiones y ademanes
estrambóticos, y en repetirlo con un dispendio tan exagerado de energías, que
caían en el agotamiento. No era raro, por eso, ver sacar desmayadas de entre
los grupos a algunas mujeres necesitadas de asistencia, en tanto que los,
demás miembros de la comunidad danzante espantaban con la vista de sus
diabólicos excesos a cuantos transeúntes encontraban casualmente a lo largo
del camino de regreso. Todo ello, a causa siempre de un puñado de locos que
con su ejemplo incitaban al salto y eran pronto secundados por la mayoría de
los concurrentes, con lo que estos congresos de «jumpers» más parecían durante
unas horas desenfrenadas orgías, que no reuniones convocadas para edificación
cristiana delos participantes.
Los derviches aulladores,
aun hoy objeto de atención de los viajeros que escriben sus memorias, actuaban
así :
A la llamada del almuédano
se reunían todos en la mezquita y se ponían a cantar ciertos versículos del
Corán, batiendo palmas de cuando en cuando y percutiendo una especie de tambor
y otros parecidos instrumentos musicales. Cuando ya llevaban un buen rato
entregados al canto de los versículos coránicos, se ponían en pie de pronto y
formaban entre todos rueda. Luego entonaba unas preces el maestro de coro en
voz aún más alta, en tanto que los demás le seguían cantando y repitiendo,
casi sin tomar aliento, la palabra Alá, que siempre subrayaban con una
profunda inclinación. El esfuerzo que habían de hacer para sacar, con ritmo de
ametralladora, el nombre de Alá de las profundidades de las entrañas y
pronunciarlo casi sin respirar y sin dejar de inclinarse profundamente a cada
paso, les daba un aspecto de indudables posesos. Casi se diría que parecían
perros rabiosos, a no ser por la sangre que algunos de ellos llegaban a babear
por efecto del inhumano esfuerzo impuesto al estómago en las flexiones y en la
precipitada pronunciación.
Duraba el ejercicio cerca
de media hora, al cabo de la cual sólo se les oía decir «jú», que significaba
«Él», y quería decir «Dios», pues les faltaba ya la fuerza indispensable para
pronunciar el «Alá». Al final, más creería uno estar oyendo cerdos que
gruñesen sordamente.
No había procesión en la
que faltasen estos locos, que espumarajeaban convulsos y clamaban, con los
ojos cerrados, «jú». A cada lado llevaban otro hombre para sostenerlos, y los
que más tiempo resistían en este estado de éxtasis, eran tenidos por santos.
Fenómeno semejante lo
constituyó también el Tarantismo. Reinaba en la Italia meridional la creencia
de que uno podía sanar de la picadura de la tarántula si contemplaba un color
igual al de la araña. Al mismo tiempo, había de ejecutarse en presencia del
atacado una danza estimulante al ritmo de cierta música especial. Esta
tradición popular se ha independizado luego como ritual sugestión de masas,
con la denominación de Tarantismo, pues no tardó la danza en ser ejecutada sin
araña y sin víctima. Al fin, acabó por difundirse de modo increíble como
sicosis epidémica de masas.
A fines del siglo XV
llegaba a España a través de la Apulia, ya como auténtico frenesí danzante. El
número de los contagiados aumentó en proporciones increíbles, pues todo aquel
que una vez había sido mordido por un escorpión o por una araña, o podía
haberlo sido, se presentaba indefectiblemente todos los años allí donde
tocasen la tarantela. Como, además, asomaban siempre mujeres curiosas a
presenciarla, resultaban a su vez contagiadas, no del veneno de la araña, sino
del de la sugestión de los frenéticos danzantes, ávidamente sorbida.
La música y el afán de
percibir los colores iban íntimamente asociados a la manía danzante. Testigos
oculares describen esta sed de colores como algo tan sorprendente, que casi no
encuentran palabras para expresar su asombro. Parece que cuando los afectados
de la sicosis acertaban a percibir el color anhelado, teniendo aún fresca esta
placentera impresión, se precipitaban a besarlo, acariciarlo y mimarlo de mil
modos, pasando poco a poco a un estado de menor exaltación, en el que
adoptaban la expresión de los enamorados y estrechaban con entrañable dulzura
y lágrimas en los ojos el paño que les presentaban, como abnegados y rendidos
totalmente a la dulce embriaguez de sus sensaciones.
Otra peculiaridad del
Tarantismo epidémico la constituía la reacción al brillo del metal. Daba lugar
este fenómeno a que los afectados empuñasen resplandecientes espadas y
ejecutasen con ellas los más sorprendentes pasos de esgrima. Entre las
reacciones óptico-físicas, chocaba, sin embargo, la pasión por el mar. Los
danzantes de la Tarantela se quedaban literalmente absortos a la vista del
azul espejo de las aguas del mar, y aquellos en quienes el estado de éxtasis
alcanzaba un grado más crítico, llegaban a lanzarse a las olas en su ciego
arrebato. Bastaba mencionar la palabra mar para despertar en ellos este
anhelo. Otros experimentaban especial placer a la vista del agua transparente
en los vasos, y en la danza llevaban vasos llenos, dando expresión a sus
sentimientos mediante movimientos fantásticos y raras gesticulaciones.
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