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ENTRE LA SANGRE Y LOS AZOTES |
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El
sacerdote Fritsche Closener, de Estrasburgo, siempre había vivido encogido a
la sombra de la naciente catedral, a la de sus semejantes y a la época
incluso.
Ante sus ojos iba erigiendo
el maestro Erwin von Steinbach la fachada y las torres de la catedral. Una
obra admirable, casi ultraterrena, por lo que bien se explicaba Fritsche que
el viejo maestro Erwin tuviese que dejar su vida en la empresa, y que tampoco
su hijo Johannes consiguiese levantar siquiera la torre del norte hasta el
pináculo de su coronación.
Él se resignaba con
facilidad a que el soberbio monumento le quitase la luz del sol, pues le
bastaba la corriente luz penumbrosa de la calleja para despachar aquel libro,
en el que venía trabajando desde hacía tantos años.
Mientras que en su cámara
repercutía el martilleo monótono de los picapedreros como un interminable
gotear del tiempo, se había refugiado en el gozo de una sensación maravillosa:
la que le procuraba el recurso del papel, inventado por los sarracenos y
llevado a Alemania por los cruzados.
Nunca hubiera podido
alcanzar su obra tal amplitud, si hubiese tenido que escribirla en el carísimo
pergamino de que disponían antes. Su prebenda era más que modesta para tales
dispendios, pues aún él mismo, humilde y carente de brillantes cualidades,
tenía que vivir bajo la dura férula delos superiores para sortear la escasez.
Por fortuna, ni conocía ni
deseaba vida mejor. Justamente por tratarse de un hombre reacio a la
exhibición y casi tímido de puro recatado, era un observador sagaz. Nada se le
escapaba de cuanto sucedía en Estrasburgo, y todo lo que veía y oía lo
consignaba clara y concienzudamente por escrito, sin añadir una tilde de su
cosecha. Como es de suponer, ignoraba en absoluto la singular circunstancia de
que estaba siendo el primero en escribir, en tierras de Alemania, una crónica
municipal, y que ésta encajaba tan magistralmente en la Historia de la Nación.
En su modestia, recelaba
haber compuesto una obra más bien chapucera, ya que iba en lengua alemana, que
era la del vulgo artesano avecindado entre el río Ill y el foso de la ciudad.
De todos modos, el libro
tenía que terminarse algún día. Y el hombre trató de escoger algo importante
entre las escenas que los días y los años habían ido dejando atrás.
Se asomó ala ventana y miró
arriba, entre parpadeos y guiños, a la altura de vértigo de los muros de la
inconclusa torre de la catedral, como si allá, plenamente iluminado por el
sol, estuviese el acontecimiento clave.
Tuvo que retirarse
suspirando. La melancólica experiencia de los años le estaba diciendo que lo
más original y misterioso de cuanto había visto jamás, abajo había estado,
entre el polvo de la calle: los pobres seres humanos en la sombra adusta de la
calleja.
Cerró la ventana y cerró
también el libro.
Hacía justamente trece
años, aquel 9 de julio, culminara allí el período de la «muerte negra» y de
los terremotos de Carintia e Italia:
«Corría el año 1349,
catorce noches después de la de San Juan, si mal no recuerdo, cuando llegaron
a Estrasburgo unos doscientos flagelantes por lo menos. Eran gentes de vida y
costumbres como, en parte, refiero aquí.
»En primer lugar, llevaban
los más ricos estandartes de terciopelo, tanto del liso como del crudo, y de
seda de Bagdad, la mejor que se podía conseguir. De éstos tenían unos diez, u
ocho, o seis, y calculo que otros tantos cirios o hachones de labradas canales
retorcidas, que llevaban delante. Cuando entraban en las ciudades y en los
pueblos, todas las campanas tocaban por ellos y ellos seguían a los
estandartes, formando por parejas sucesivas, vistiendo todos mantos y pequeños
sombreros cruzados de rojo y cantando cada dos o cada cuatro un himno, al que
los demás hacían coro.
»Luego, cuando querían
hacer penitencia, o disciplinarse como ellos decían -cosa que practicaban dos
veces al día por lo menos, a primera hora y al atardecer-, salían al campo a
toque de campanas, se agrupaban y marchaban de dos en dos cantando sus himnos.
Una vez llegados al lugar de la penitencia, se desnudaban del todo, hasta de
los pantalones, y se cubrían de cintura abajo con una túnica o con un paño
blanco enrollado en torno a las caderas, que les llegaba desde la cintura a
los pies. Si ahora querían empezar con la penitencia, se echaban al suelo en
un gran círculo, y según había pecado cada uno, así se echaba: quien había
sido un perjuro impío, se echaba sobre un costado y levantaba sus tres dedos
sobre la cabeza en señal de ello; el que había cometido adulterio, se echaba
sobre el vientre. De esta suerte se tendían de mil maneras, según la variedad
de pecados que hubiesen cometido, y no había más que mirarlos para saber las
culpas de todos.
»Cuando así se habían
echado, empezaba su maestro por donde mejor le parecía a pasar sobre uno de
ellos, y le daba con el azote en el cuerpo y decía:
«Por el martirio te
alzarás, pero no peques nunca más»
»Pasaba así sobre todos
ellos y aquel sobre quien acababa de pasar se levantaba y le seguía, pasando,
a su vez, por encima de los que tenía delante. Lo mismo hacía el tercero en
cuanto los dos anteriores lo habían salvado, que se levantaba y pasaba por
encima del cuarto, y éste, por encima del quinto que delante estaba.
Ellos hacían lo que el
Maestro con el azote y con las palabras, que repetían hasta que todos se
habían alzado formando una gran rueda; y algunos, por ser los mejores
cantores, empezaban a cantar un himno, en el que los restantes hermanos les
seguían, para que entre cantos diese comienzo la danza. Los disciplinantes,
entretanto, daban vueltas en círculo y se azotaban por parejas con unas
disciplinas de correas, rematadas por delante en botones, con algunos clavos
en ellos hincados, y se azotaban así las espaldas, que sangraban
abundantemente» Entre la sangre y los azotes, percibía aun hoy el clérigo
Closener el canto terrible y al mismo tiempo fervoroso:
«Al Santo Espíritu la fe
pedimos todos que nos dé, que nos dispense, pecadores, de los postreros»
«Kyrieleis».
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