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EL MAYOR ATLEE, UN PEQUEÑO GRAN HOMBRE
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Clement Atlee
(Londres, 1883-Londres, 1967). Miembro del Gabinete de Guerra de Churchill
entre 1940 y 1945, el triunfo laborista de ese último año le convirtió en
primer ministro y como tal participó en la Conferencia de Postdam. |
Durante las elecciones inglesas de los años 40,
con el aplastante triunfo de los laboristas y la correspondiente derrota de los
conservadores, trajo consigo una inevitable mutación de personajes en la
dirección de los destinos de Inglaterra.
Mister Churchill, el premier de la Victoria, la
figura sin duda más popular de toda la guerra, más popular que el fallecido
presidente Roosevelt, fue relevado de su cargo de premier por Clement Atlee,
jefe del Partido triunfador.
De todas las consecuencias que de la victoria
laborista se derivaron, fue sin duda la salida de míster Churchill de Downing
Street la que más emoción causó y mayores inquietudes produjo.
Mister Churchill, con su dinamismo, vitalidad,
energía y audacia, había conseguido despertar, en millones y millones de
corazones que, esparcidos por todo el mundo, no tenían otra esperanza que el
triunfo de sus aliados, una confianza ilimitada en la victoria final. En la
imaginación de la masa anónima y sencilla, la impresionante figura de Churchill
llegó a alcanzar categoría de mito.
Churchill era el dios de la guerra, o, si se
prefiere, el diablo de la victoria. Su rostro, inteligente y agresivo, era el de
un hombre imbatible; contra él no valían tretas ni artimañas; él sabia como
nadie cómo debía luchar contra sus terribles enemigos y cómo debía tratar a sus
inquietos amigos. En los momentos más críticos de la contienda, aún en aquellos
en que su voz se dejaba sentir sólo para anunciar calamidades y sufrimientos, la
confianza ilimitada que en él se había puesto mantenía tranquilos los corazones.
Nadie dudaba de que Churchill solucionaría la crisis. Y Churchill emprendía
entonces un inverosímil viaje, y, después de una espectacular entrevista con tal
o cual personaje, superaba la gravedad de la situación, o bien surgía, como por
ensalmo, en tal o cual lugar del globo, donde con su sola presencia conjuraba
cualquier inminente peligro. Churchill estaba en todas partes. Churchill
discutía y trataba con todos. Churchill para todo encontraba remedio. Churchill,
siempre Churchill y en todas partes Churchill, resultaba el mediador oportuno,
el diplomático sagaz, el hombre de guerra atrevido, el político agudo y mordaz.
Solucionaba los conflictos, resolvía los problemas. Las derrotas las convertía
en triunfos, y los triunfos en victorias decisivas que conducían inexorablemente
a la gran victoria final.
No es, pues, de extrañar que, con esta imagen
deformada y brillante del gran héroe de la última guerra, apareciese el triunfo
de los aliados, a los ojos de muchos, más que como el resultado previsto de una
rigurosa y calculada conjunción de esfuerzos e inteligencias, como un feliz e
inspirado producto del poder misterioso de un mago: el mago de Churchill.
Y la Humanidad, esta Humanidad a la que siempre
seduce lo trágico, situada en el umbral de una paz que se le aparecía más
peligrosa y difícil que la misma guerra, vio con inquietud alejarse de la
dirección de las nuevas tareas a aquella figura a la que atribuía un poder
sobrehumano.
Sin embargo, la realidad era distante y más
compleja. La Victoria no era el fruto del esfuerzo exclusivo de un hombre
extraordinario, ni aun de las brillantes actuaciones de los generales eminentes.
La Victoria se consiguió no sólo por el acierto de las más destacadas figuras en
sus ruidosas y espectaculares intervenciones, sino que en gran parte fue el
resultado de la labor oscura y callada, y muchas veces secreta, de una serie de
hombres de ciencia, políticos y militares que, desde un lugar de categoría
secundaria, laboraban sin tregua y con singular eficacia, labor a la que el
combatiente ponía en el frente su rúbrica de sangre con el sacrificio supremo.
Pero el caso es -y limitémonos a la sustitución de
mister Churchill por el Mayor Atlee- que en realidad no hubo -al menos en parte-
tal sustitución. No hay que olvidar que Clement Atlee fue el vicepresidente del
Gobierno Churchill durante la guerra y que, por tanto, había participado en
todas las decisiones de aquel Gabinete. Además, Atlee sustituía a Churchill en
la presidencia del Consejo durante las frecuentes ausencias del premier. Así, en
el año 1944, cuando en uno de aquellos arriesgados viajes, míster Churchill se
vio obligado por una enfermedad a prolongar su ausencia de Londres durante un
tiempo mucho mayor del previsto, Atlee ocupó su puesto con todas las
prerrogativas y responsabilidades inherentes al cargo. Su labor entonces estuvo,
cuando menos, a la altura de la gran figura sustituida. La ausencia de mister
Churchill no fue notada en nada: todo siguió el curso que debía seguir, sin la
menor vacilación o retraso, y Atlee supo afrontar con decisión y energía las
circunstancias difíciles por que pasaba en aquellos momentos la guerra.
Las elecciones inglesas, con su espectacular
resultado, no han puesto, pues, un nuevo hombre en el Gobierno, sino que, por el
contrario, han ratificado en él, concediéndole la responsabilidad de la
jefatura, a una de las más destacadas figuras del victorioso “Gobierno de
guerra”, figura para quien el timón de la nave del reino es un instrumento del
que posee reciente experiencia.
El relativamente corto período de tiempo que Atlee
lleva en la jefatura del Gobierno de Inglaterra ha sido suficiente para
confirmar sus innegables dotes de gobernante y permitir la afirmación de que, en
la sustitución de Churchill por Atlee, se ha dado el mismo caso aunque los
motivos hayan sido distintos que en la de Roosevelt por Truman. Se han
sustituido figuras excepcionales por otras dos grises y poco conocidas hasta
entonces; pero en ambas ocasiones los "nuevos dirigentes han sabido situarse,
sin aparente dificultad, a la misma altura, cuando menos, que sus antecesores, y
han conseguido en poco tiempo inspirar en el Mundo la misma seguridad y
confianza que aquellos dos grandes hombres supieron en un momento despertar.
Clement Richard Atlee, el hombre sobre cuya labor se proyecta la gigantesca
sombra de la tarea de su antecesor, nació en Londres el año 1883; tiene, pues,
nueve menos que su antecesor Winston Churchill. Su padre era procurador de los
Tribunales. El joven Atlee quiso seguir el mismo camino que su progenitor y
estudió leyes. Hijo de familia burguesa, acomodada, pudo estudiar en el señorial
University College, de Oxford. Su natural disposición para el estudio le
permitió muy pronto destacarse entre sus condiscípulos, y su nombre no dejó
nunca de figurar en el cuadro de honor de la Universidad. Sin embargo -cosa rara
en un inglés- no se destacó nunca en la práctica de ningún deporte. Atlee fue un
estudiante que estudiaba de veras, que sentía la pasión del estudio y a quien el
fútbol, las regatas y el rugby le tenían indiferente. Ni la tradicional
rivalidad entre las Universidades de Oxford y Cambridge logró interesar al joven
estudiante ni apartarlo de sus estudios.
Cuando salió de Oxford, Atlee poseía, además de la
carrera de leyes, el título de doctor en Historia Moderna, ciencia utilísima
para un gobernante de nuestro tiempo.
A su regreso a Londres, después de un tiempo de
prácticas al lado de su padre, se estableció por su cuenta y pudo desenvolverse
sin dificultades, gracias a la numerosa clientela que del acreditado bufete
paterno le fue cedida.
Políticamente, en sus años de estudiante, se hizo
notar por Sus sentimientos extremadamente imperialistas. Era entonces un
convencido tory, seguro de las ventajas del tradicional conservadurismo inglés.
Militaba, pues, por convicción en el partido que su posición social requería.
Sin embargo, no tardó mucho tiempo en rectificar su ideología. Fue, según propia
confesión, la visión de las miserias y tragedias del East End, el barrio pobre
de Londres, lo que le llevó hacia el laborismo. Estriba, pues, en un motivo
sentimental la causa inicial de su viraje; luego sus estudios de los problemas
sociales dieron a su nueva posición una base mucho más sólida.
En un país distinto de Inglaterra, la desviación
de un joven de familia acomodada del muy considerado Partido conservador hacia
el campo socialista, hubiera sido motivo más que suficiente para el escándalo ;
sin embargo, en un país donde se tiene el máximo respeto para cualquier religión
y credo político y donde se concede al individuo el derecho de elegir y cambiar
libremente de ideología o creencia según su conciencia y la experiencia le
aconsejen, la decisión del joven Atlee fue aceptada con extremo respeto.
Su formación se inició en el movimiento fabiano,
iniciado unos veinte años antes por cinco hombres y una mujer, todos los cuales
alcanzaron luego popularidad y fama: Sidney Webb, George Bernard Shaw, Sidney
Oliver, Graham Wallas y mistress Annie Besant. Esta última se hizo con el tiempo
una ferviente admiradora de la India y de sus religiones, y predicó el
teosofismo con fanático entusiasmo.
El movimiento de fabianismo, inspirado en el
romano Fabio Conctátor, no se había creado para ejercer una acción inmediata y
revolucionaria, sino que, según estimaban sus fundadores, se necesitaban largos
años de estudios y reflexiones para realizar la reconstrucción de la sociedad en
armonía con las más altas posibilidades morales, y, por tanto, era preciso
encaminar el pensamiento hacia la alta sabiduría de un Conctátor, que no se
decidía a actuar hasta haber meditado profundamente la empresa que debía
realizar.
Los fabianos eran un grupo reducido -no pasaban de
cuatro mil- y, al parecer, totalmente inofensivos. Sus actividades se reducían a
la publicación de ensayos sobre sus doctrinas, pero su influencia sobre el
Partido Liberal y el Progresista fue muy grande, y a través de ellos influían en
la misma Diputación de Londres. El Partido Laborista, fundado el 7 de febrero
del año 1900, debió su origen a los sindicatos obreros y, en especial, a los
fabianos.
Atlee, que desde hacia tiempo actuaba en la Fabian
Society, ingresó en el Partido Laborista en el año 1908. Al año siguiente, cerró
definitivamente su bufete y se dedicó por completo a la nueva actividad
política, que debía llenar toda su vida y que a los 37 años de la fecha de su
ingreso oficial en el Partido, debía llevarle a la presidencia del Gobierno de
Inglaterra.
Durante el periodo que abarca desde sus primeros
contacto con los fabianos hasta que la Gran Guerra interrumpió su vida,
llevándole a las trincheras, la actividad de Atlee fue extraordinaria. Desde el
Club juvenil del Este londinense laboró, en mítines y conferencias, en la tarea
de orientar política y socialmente a las masas miserables que lo poblaban. Tomó
parte en la organización de las entidades sindicales y participó en las
actividades de las sociedades filantrópicas.
Recorrió el país explicando el gran informe de la
minoría de la Comisión de la ley de Asistencia Pública y del Seguro Nacional de
Accidentes y Enfermedades. Simultaneaba tantas actividades con cl desempeño de
la cátedra de Ciencias Sociales en la sección de Ciencias Político-económicas de
la Universidad de Londres. También fue profesor durante algún tiempo en el «Ruskin
College» y en la Universidad de Oxford.
En la personalidad de Clement Atlee se juntaba
pues, el hombre de partido, activo y organizador, con el intelectual puro, el
licenciado en Leyes y el doctor en Historia. Profundo conocedor de las ciencias
político-sociales, era a la vez un sociólogo práctico.
Político y maestro, supo conseguir que ambas
actividades se complementaran con acierto. El político dio calor a la cátedra, y
esta dejó una profunda huella en el espíritu cultivado del dirigente laborista.
Cuando en 1914 estalló la llamada Guerra Europea,
tenía entonces Atlee 31 años. Llamado a filas, ingresó como subalterno en el
ejército, en el que alcanzó sucesivamente los grados de teniente, de capitán y
finalmente, de comandante, de donde proviene el titulo de Mayor con que
frecuentemente se le designa, pues los ingleses, aun siendo tan poco
militaristas en el sentido usual de la palabra, conservan toda su vida los
grados militares.
Peleó en diversos frentes, estuvo en la
desafortunada expedición de Gallípoli, de la que fue responsable míster
Churchill, entonces primer lord del Almirantazgo, acción que todavía hoy se le
reprocha: Una de las más mortíferas acciones de toda la guerra.
Luego pasó
a Mesopotamia, donde los ejércitos ingleses, más afortunados que en Gallípoli,
trataban de impedir el acceso de Alemania, echarla de Turquía y Bulgaria, al
golfo pérsico. De Mesopotamia pasó a Palestina para cerrar el paso de los
ejércitos enemigos hacia el canal de Suez.
Por fin, con el grado de capitán, fue destinado a
Francia, donde participó en la última fase de la guerra. Herido gravemente y
ascendido a comandante por méritos de guerra, el armisticio le sorprendió en el
hospital en plena convalecencia.
Después de la desmovilización, Atlee se reintegró
a sus tareas políticas en Londres, donde dieciséis distritos se manifestaron
laboristas.
La eficacia de la labor del Mayor Atlee y su
probada capacitación llamaron al cabo la atención de sus correligionarios, y en
las elecciones generales de 1944 fue elegido diputado por el distrito electoral
de Simehouse, en el este de Londres. Los obreros de los muelles, del puerto y
del Támesis, con los que había convivido durante varios años, le votaron con el
mayor entusiasmo.
Desde aquella fecha, a través de cinco elecciones
consecutivas ha sido sucesivamente elegido por el mismo distrito, siempre por
gran mayoría de votos.
Cuando en 1924 los liberales y laboristas
derribaron el Gabinete conservador y se formó el primer Gobierno labmista,
presidido por Ramsay Mac Donald, Attlee fue nombrado subsecretario de Guerra,
cargo que ostentó poco tiempo, pues a los pocos meres el Gobierno Mac Donald fue
también derribado.
Hasta 1929 no consiguieron los laboristas
volver a formar Gobierno, y de nuevo lo presidió Mac Donald. En este Gabinete
Attlee obtuvo el titulo honorífico de Canciller del Ducado de Lancaster. Es
curioso consignar que en este cargo substituyó a Sir Oswald Misley, quien, unos
meses después, se entregó en cuerpo y alma a la organización de un pequeño y
estéril movimiento fascista que, si bien en la política británica no llevó a
ningún resultado, luego condujo por un tiempo a su fundador a la cárcel.
La perseverante y eficiente labor asesora de Atlee
fue una de las notas destacadas en la Conferencia Imperial, dentro del Consejo
Económico Asesor, y en general, en el trazado de una política agrícola. Dos años
más tarde recibió el nombramiento de Director General de Correos.
Asimismo su eficaz labor parlamentaria le valió
ser, primero, jefe suplente de minoría en el Parlamento y luego, a raíz de la
dimisión de Lanhsbury, jefe efectivo. Más tarde consiguió la jefatura de todo d
Partido, del que se ha dicho que tiene dos alas: Helbert Morrison y Sir Staford
Cripps y una cabeza: el Mayor Clement Atlee.
Al caer el Gobierno Chamberlain y formar Churchill
el de coalición nacional que debía llevar la guerra por el camino de la
victoria, Atlee fue nombrado vice-primer ministro. En este cargo fue tan fiel e
infatigable colaborador del jefe conservador, que su labor sólo admite
comparación con la extraordinaria gestión de mister Churchill.
El último caso de Atlee en el Gobierno de
Churchill fue su participación como observador al lado de su jefe en la primera
parte de la conferencia de Postdam. Luego, cuando a la vista del resultado
desfavorable de las elecciones para el Partido acaúdillado por Churchill, éste
presentó su dimisión al monarca, el rey encomendó la formación de un nuevo
Gobierno a Clement Atlee.
Así, en la segunda parte de la conferencia de
Postdam, dejó Churchill de tomar parte, y Atlee, como nuevo Primer Ministro,
llevó por sí solo toda la responsabilidad de los acuerdos.
Al poco tiempo de ocupar su nuevo cargo, el Japón
rindió sus armas, con lo que el ciclo bélico de este trágico periodo, iniciado
en 1930, quedó cerrado y dejó a Atlee y su Gobierno frente a un nuevo e
inquietante horizonte: el desolado panorama de la paz.
Si Churchill ganó la guerra -se ha dicho-, Atlee
deberá ganar la paz. Nadie discutió al primero sus excepcionales condiciones
para triunfar en la guerra: pero no se le reconocieron ni a él ni a su Partido
las indispensables para vencer en la paz.
Por eso triunfaron los laboristas, y con ellos
Clement Atlee.
El hombre que tiene encomendada tan dura y
comprometida misión no es una figura brillante y arrebatadora como su antecesor
míster Churchill. Entre ambos existe una diferencia tan grande como la que hay
entre las dos misiones para las que fueron elegidos: la guerra y la paz. El
hombre de la pipa -se ha dicho con gráfica expresión- ha venido a sustituir al
hombre del puro.
Atlee es de estatura más bien baja que alta; su
figura es delgada; sus claros ojos azules, de mirar un tanto vago y perdido, se
transparentan a través de sus clásicas gafas de profesor de Universidad. Es
calvo, y un breve bigote se dibuja en su rostro de facciones tranquilas, como
intentando disimular, con la complicidad de la larga pipa que pende en todo
momento de sus finos labios, el único rasgo enérgico -la boca- que se destaca en
su apacible fisonomía.
Su voz es monótona y sin inflexiones; fría y
tenue, carece de energía y modulación. No posee aquella seductora calidad que
distingue a los grandes oradores. Así, su verbo, sin arranques emocionales, no
es apto para arrastrar enloquecidas a las masas; pero tampoco es ese su juego.
Su oratoria carece de brillo, pero ruge con una lógica irresistible. Atlee
prefiere que su auditorio, en vez de responder con aspavientos y estentóreas
aclamaciones a los conceptos expuestos en los discursos, los fijé con claridad
en su mente, para que luego pueda meditar sobre ellos y descubrir las verdades
que encierran. No es un parlamentario brillante ni un fácil polemista; pero
resulta casi imposible cogerle en un renunciamiento ni encontrar una brecha por
donde atacarle. Y, además, sabe, como pocos, salirse de apuros en los trances
comprometidos. Por todo ello en la Cámara se le considera un adversario
verdaderamente difícil.
Lo mismo que en el hablar y en el hacer, sin
estridencias de voz ni de gesto, aparece siempre sosegado y tranquilo. Viste con
atildada pulcritud burguesa, procurando siempre ofrecer una presentación cuidada
y a tono con su modo de ser.
Se equivocaría, sin embargo, quien le juzgase tan
sólo por esas engañosas apariencias. La vulgaridad de su aspecto y sus
morigeradas costumbres han dado lugar a que sea calificado en Inglaterra, por
ciertas gentes, de «hombre de pocos matices. Y, sin embargo, Clement Atlee es un
gran temperamento, de acusada sensibilidad y penetrante agudeza. Tampoco es más
justo el reproche de altanera frialdad de que ha sido objeto. Ni es frío ni
altanero: es sencillamente un hombre discreto y correcto que, como toda persona
de verdadero mérito, sigue caminos de auténtica modestia. No busca ni esquiva la
publicidad; simplemente, la acepta cuando la cree necesaria, pero no le admira
si se aparta de su verdadero objetivo.
En contraste con su apariencia, Atlee es un hombre
de temperamento nervioso que pone extraordinaria energía en sus decisiones. Su
falta de brillantez y de poder de atracción, tan conveniente en un hombre de
Estado, queda en él compensada con una constancia ejemplar. Trabajador
infatigable, estudioso y tenaz, es uno de esos hombres que siguen su camino
hasta el final sorteando cuantos obstáculos se cruzan en su senda. Percatado en
la justa medida de su propio valer, sabe hasta dónde puede llegar con sus
fuerzas y no renuncia jamás a un objetivo que reconozca estar a su alcance.
En su vida privada es el prototipo del inglés de
clase media...
Siente un insobornable amor para la «home». Su
residencia particular -una pequeña quinta con un jardincillo, llamada Heywood-
estaba situada en el poblado de Stanmore del condado de Middlesex, a unos veinte
kilómetros al noroeste de Smihs, en la carretera de esta ciudad a San Pablo.
Stanmore es un bello y apacible lugar, de unos 5000 habitantes, que se levanta a
lo largo de las pendientes de una colina y está constituido en su mejor parte
por alegres quintas de campo, habitadas por acomodadas familias londinenses que
prefieren su sosegada tranquilidad al agitado bullicio de la capital de
Inglaterra.
Allí, en su casita, el premier inglés cuidaba
personalmente las flores de su pequeño jardín y vivía feliz en la compañía de su
esposa y sus cuatro hijos -tres muchachas y un varón- llevando una vida que en
nada se aparta de la de sus reposados vecinos. «Clem», como le llamaban
familiarmente, es de un trato amable y sencillo.
En contraste con su falta de dotes oratorias, es
un conversador excelente. Sabe relatar las cosas con encantadora espontaneidad.
Es un narrador consumado. Muchas veces ha sorprendido a sus amigos y familiares
refiriéndoles historias completamente inesperadas, lo que no es de extrañar si
se tiene en cuenta que su mayor anhelo es hacer la felicidad de los suyos.
Cuatro son sus virtudes señeras: fe, valor,
determinación y lealtad. El propio mísier Churchill en reiteradas ocasiones,
tanto en público como en privado, rindió tributo a la admirable fidelidad del
Mayor Atlee. En ningún ministro encontró el jefe del Partido conservador un
colaborador más leal y decidido que en el jefe del Partido socialista. Jamás
Clement vaciló en sacrificar sus propios intereses de hombre de partido antes
que dejar de hacer honor al compromiso que tenía contraído.
Fue proverbial su lealtad a los amigos, y su
fidelidad a los ideales del Partido: pero por encima de todo se destacara su
honradez de hombre sin tacha. Nadie jamás, en muchos años que llevó de actuación
política, ha podido poner en duda su integridad.
Incorporado
al movimiento que acaudilla por el más frágil de los motivos -el sentimiento-,
sabía que, cuando éste se enfría, es muy fácil cambiar de opinión. Por eso
procuró Clement Atlee fundamentar sus nuevas ideas en razones intelectuales de
mayor solidez. Nadie le aventajó en preparación para llevar el timón de su
Partido.
No estaba tampoco menos preparado para la
dirección del Gobierno. Basta tener en cuenta -como ya llevamos dicho- que,
durante más de veinticinco años, representó el mismo distrito en la Cámara de
los Comunes y ha formado parte de todos los Gobiernos laboristas formados desde
1944. Y, sobre todo, es preciso no olvidar su gran papel en el Gobierno de
coalición que, presidido por míster Churchill, llevó la dirección de la guerra
hasta la consecución de la victoria.
Este es, pues, el hombre sobre quien pesó la gran
responsabilidad de allanar la paz.
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