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EL HATILLO DEL ZAR


Tras la ceremonia de la coronación de Nicolás II como Zar el 21 de mayo de 1896 en la catedral de Moscú, debía tener lugar el acto de repartir regalos entre el pueblo el 30 de aquel mes, según vieja costumbre introducida por Boris Godunow. Como obsequio de la imperial pareja, estaba previsto y dispuesto para cada persona una libra de pan blanco y un pañuelo policromo conteniendo un paquetito de golosinas, media libra de salchicha, nueces y una torta de mazapán en un atadijo. Pero entre todo el contenido del hato, se consideraba especialmente precioso y codiciable el vaso esmaltado, que llevaba grabadas las iniciales de los dos monarcas, la corona, las armas del Imperio y el año de la coronación. También en el pañuelo iba estampada la leyenda: "En memoria de la fiesta popular de 1896".

Cuatrocientos mil hatillos iguales habían dispuestos para su distribución, y para la celebración de la fiesta se reservaba el vasto campo de Ohodinscoie. Una parte del dilatado espacio había sido acotada por un profundo foso, de cincuenta metros de anchura, cerrado, además, con cuerdas. En estos terrenos fueron instaladas cantinas, barracas de juegos y distracciones varias, un hipódromo, un circo y una orquesta, para entretener y divertir al pueblo después del acto de reparto de regalos. Este había de empezar a las diez de la mañana en varios pasajes o puentes que el foso tenía para que las masas se adelantasen a recibir los envoltorios y penetrar al mismo tiempo en la zona de las barracas, a participar de las diversiones allí organizadas.

Ya días y semanas antes de la fecha llenaba las carreteras y caminos de la vieja Rusia una muchedumbre de peregrinos en marcha hacia Moscú. Los trenes que llegaban a la imperial ciudad iban igualmente llenos de viajeros hasta desbordar. Y a través de los campos, de las tierras de labor y de los bosques corrían filas de forasteros, llegados hasta de Crimea y de Siberia con el deseo de conocer aquellas fiestas maravillosas y de recoger el regalo del Zar y guardar luego como recuerdo aquel vaso conmemorativo.

Hacía tiempo que eran las calles de Moscú un hervidero y que sus posadas albergaban cuanta gente cabía en ellas. Alujiks, obreros, artesanos, labradores y mujeres con sus hijos tenían que pasar las noches en las escaleras, en las calles y en los sitios públicos.

Pero, la mayoría de los forasteros prefirieron ir derechamente al campo de Chodinscoie, a fin de situarse mejor y llegar a tiempo al reparto de regalos.

A las cuatro de la madrugada ya se agolpaban ante los fosos y las cuerdas muchedumbres que no bajarían del medio millón. La policía contemplaba con preocupación la posible formación de aludes humanos, ya que no contaba sino con un número por cada mil personas concurrentes.

Personas competentes llamaron la atención del jefe de la policía de Moscú sobre la gravedad de un error cometido en relación con la ceremonia. Se trataba de que, para adornar las calles de Moscú y disponerlas para el paso dela comitiva regia, las habían cubierto de gravilla amarillenta arrancada de las canteras del terreno de Chodinscoie. Y las zanjas y fosos resultantes de la extracción de tanta piedra no fueron luego terraplenados. Ahora tampoco se podía reparar el descuido, porque ya no había manera de hacer que el medio millón de concurrentes, por momentos aumentado, desalojase los desiguales terrenos. Entre las trampas abiertas por los canteros, había un pozo de veinte metros de profundidad cubierto solamente por unas delgadas tablillas. En cuanto a la precaución de tener fuerzas del ejército dispuestas para el caso probable de que su intervención se hiciese necesaria, tampoco quiso el jefe de policía aceptarla, como proponía un ministro, por parecerle humillante admitir así su eventual Impotencia.

A las siete de la mañana alcanzaba la multitud el número imponente de ochocientas mil personas.

Muy lentamente, sin que apenas se notase el movimiento, fueron empujados por el declive hacia el foso los que más cerca de él y de las cuerdas se encontraban. Una tras de otra, iban bajando filas y más filas de hombres, hasta que fueron miles los que se encontraron comprimidos en lo hondo, sin poder mover pie ni mano, ni siquiera caerse al suelo los que se desvanecían.

Alguien entonces tuvo la ocurrencia de comentar indignado:

"Pero, ¿no habéis oído? ¡Se dice que sólo hay cuatrocientos mil vasos ahí, mientras que nosotros solaos más del doble!... ¡Adelante!".

Bastó esto, para despertar en ellos la codicia, de la posesión del vaso, o simplemente del hatillo. Las masas se precipitaron contra los servicios de contención, rompieron las cuerdas, asaltaron cantinas y barracas y reclamaron entre rugidos la entrega de los regalos. Desbordados en un santiamén los servicios de la policía que acordonaba el recinto, no vieron los inspectores otro recurso para salvar las propias vidas que el de lanzarles a las ávidas muchedumbres los hatos con los regalos, disputados luego rabiosamente por aquellas turbas.

Como entre tanto se había corrido la voz de la escasez de regalos entre las gentes de atrás, llegando hasta los últimos, todos trataron de avanzar y acercarse al lugar del reparto para probar fortuna. Se produjo así una presión irresistible de la periferia sobre el centro, resultando precipitados en la hondonada nuevos contingentes de espectadores, que luego eran arrollados y pisoteados por los siguientes, hasta que a éstos les llegaba igualmente la vez. Las tablas que cubrían el pozo se rompieron bajo el peso de la primera oleada, y allí se precipitaron los codiciosos unos sobre otros en el negro agujero, siempre apisonados por los que detrás iban cayendo, hasta quedar lleno de moribundos y de cadáveres. La codicia por conseguir uno de aquellos paquetes con su vaso era tan desatada, que los más débiles se lanzaban en medio de las aglomeraciones, para ser fatalmente arrollados luego y pisoteados por los más fuertes.

"La lucha no ha durado más de un cuarto de hora" -informaba entonces un corresponsal. de prensa-. "Ya desde las siete retomaba a la ciudad la gente con la noticia tremenda de lo ocurrido. El campo ofrecía un aspecto de campo de batalla en medio de un paisaje de paz. Hombres, ancianos, mujeres y niños aparecían cubiertos de sangre y todos desfigurados. Aquí se veía una trenza, allá un brazo arrancado, un zapato, trozos de ropas desgarradas... Era un cuadro estremecedor, casi imposible de resistir, pues muchos caían desvanecidos al verlo o entraban en convulsiones espasmódicas".

Este "pánico al revés", o pánico causado por la avidez posesoria y no por el miedo; este pánico, en el que la masa se sentía violentamente atraída al vértice de la catástrofe, en vez de repelida, causó hasta tres mil víctimas en quince minutos.


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