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UN HISTÉRICO PASATIEMPO
Arribar
a Nueva York procedente de la parte meridional del continente era sufrir en
aquella época inmediatamente el efecto de los contrastes. Eso habitualmente,
pero si se tiene la suerte -¿o la desgracia?- de llegar en plena alarma
atómica, el contrate compuesto de sorpresa y pasmo en todavía mayor.
No fui el único en hacer mi entrada en la ciudad de los rascacielos cuando los neoyorquinos “sufrían” el bombardeo nuclear. Otro viajero se me anticipó, el Ministro de Asuntos Exteriores soviético y representante, por tanto, de la “potencia enemiga” que todos los periódicos citaban sin mencionar el nombre.
Molotov no quiso hacer declaraciones de lo que de regreso en París calificaría como un “histérico pasatiempo”.
El “pasatiempo” en cuestión comenzó a las catorce horas y cinco minutos del día 15 de junio de 1955. La “Operación Alert” llenó los refugios de gente. “Times Square” el ombligo del mundo, según afirmaban los propios estadounidenses, donde estaba congregada una multitud de curiosos, se vació en dos minutos. Y comenzó el silencio: doce minutos lívidos y extraños que Nueva York ya ha olvidado.
Juan Lorenzo Arévalo
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