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JUANA DE ARCO Y LA GUERRA DE LOS CIEN AÑOS


En la madrugada del 30 de mayo de 1431 vistieron a Juana de Arco, conocida como la «doncella de Orleáns» , en la mazmorra de Ruán, unos ropajes largos, tal como los prescribía la inquisición. Entonces le calaron sobre la rapada cabeza un capirote puntiagudo. Llevaba la leyenda: «Hereje, reincidente, renegada, idólatra.»

Así la llevaron a la plaza vieja. Allí se habían levantado tres estrados: uno para el tribunal, el segundo para espectadores selectos, sobre el tercero se colocó a Juana. La plaza y las callejas adyacentes estaban llenas de ingleses y de un pueblo que callaba asustado. Después de que hubiera hablado el predicador, el «brazo secular» en figura del alcalde de Ruán la entregó al verdugo.

Juana estaba muy calmada, aunque su cara estuviera cubierta de lágrimas. Dijo con voz clara y perceptible: «¡Oh Ruán, temo mucho que tendrás que sufrir por mi muerte!» Al pie de la pira se arrodilló y rezó fervientemente. Entonces el verdugo enmascarado la llevó a la hoguera, la ató al palo y echó la antorcha sobre la paja regada con pez. Inmediatamente subieron el humo y las llamas. La muchedumbre sollozante, que iba acallándose poco a poco, oyó claramente como aun en medio del fuego la doncella afirmaba la veracidad de aquellas voces celestiales que la habían llamado a salvar Francia.

Después se dispersaron en silencio; los ingleses se habían deshecho de su peor enemiga, los franceses dudaban de si no habían quemado una santa en lugar de una hereje. El verdugo contó a los dominicos de la inquisición que a pesar de todos sus esfuerzos no había logrado quemar el corazón de la doncella ni con azufre y carbón de leña. Es decir que la leyenda nacía en la misma hora de la muerte de la doncella de Lorena. Muchos recogieron cenizas y las guardaron como reliquias.

Para la Francia libre redimida de los ingleses, la muerta se convirtió en un estandarte mayor de lo que lo había sido la viva. Poco después, el duque de Borgoña se reconciliaba con Carlos VII de Francia; París abría sus puertas al rey que la doncella había coronado años atrás en Reims y el país fue liberado en gran medida de las rudas bandadas de mercenarios. No obstante, la guerra duró mucho todavía hasta que finalmente el inglés Talbot perdió la batalla y la vida en Castillon junto al Dordoña. Después de 114 años terminaba sin tratado de paz aquella guerra entre Francia e Inglaterra que tan sólo dejó Calais y las islas Anglonormandas en poder inglés, pero que llevó ambos países al borde de la ruina total, Inicialmente, las casas reales habían luchado por herencias, derechos a la corona y feudos, pero de las pasiones des-atadas, los saqueos, asesinatos y la formidable explotación de los pueblos había nacido al fin el principio de los estados nacionales,

La aparición de la doncella de Orleáns era como un símbolo para Francia, la figura heroica del "Príncipe Negro» se convirtió en un gran santuario de Inglaterra. La desgracia de los 114 años había comenzado por una disputa por la herencia. Con Felipe IV y sus tres hijos, Luis X, Felipe V y Carlos IV, se extinguió en Francia la casa de los Capetos. Según una pretendida determinación del derecho salió el trono pasaba a la línea lateral, la casa de Valois; Francia pasaba al sobrino del último rey, Felipe VI. Contra ello se alzó el rey Eduardo 111 de Inglaterra como hijo de una hija del último Capeto y adoptó para sí el título de «rey de Francia».

Como con tanta frecuencia en la historia, la casa real inglesa y la alta nobleza emprendieron la guerra como un negocio comercial: la casa de banca florentina de Peruzzi y Bardi adelantó las cantidades necesarias, porque esperaba afincarse en caso de una victoria inglesa, en los grandes mercados laneros flamencos y franceses del norte, que hasta entonces estaban en manos de la hansa. Los barones ingleses se lanzaron sobre el rico botín de Francia y vencieron en Crécy, en 1346, a un ejército de caballeros franceses mucho más poderoso. Asomaba el final de la caballería pesadamente armada cuando los arqueros y ballesteros ingleses, apoyados ya por unos cañonazos, ganaron la batalla. Un año más tarde se había conquistado Calais.

Después de la muerte del rey Felipe VI retornó la lucha su hijo Juan el Bueno.

Trató de lavar la vergüenza de Crécy, pero perdió en 1356 la batalla de Maupertuis junto a Poitiers, porque en lo referente a táctica no había aprendido nada nuevo. Tuvo que ir como prisionero a Inglaterra.

Allí se le dejó en libertad bajo palabra para que pudiera reunir el dinero de su rescate. El rey aprovechó la ocasión de su regreso a Francia, no para unificar el mientras tanto liquidado ducado de Borgoña con la corona francesa, sino para cederlo a su segundo hijo Felipe el Temerario. Después de haber hecho esta insensatez política (1363) y de haber dispuesto de los países de su reino como un campesino francón, volvió como un buen chico a Londres, donde murió.

Pero en adelante hubo tres en lugar de dos partidos. Porque Borgoña se entendía a sí misma como reino independiente que quería sacar de la lucha todas las ventajas posibles. En el tiempo siguiente, Carlos V, el hijo mayor de Juan, trató de curar las heridas de la guerra. A través de su general real, Bertrand du Guesclin, volvió a reunir bajo los colores de Valois las tierras del Loira y el Garona. A los ingleses no les quedaba de sus empresas más que Calais, Burdeos y Bayona.

Vino entonces el destino en auxilio de los ingleses. El sucesor de Carlos V, el sexto Carlos, fue víctima de desórdenes mentales y tuvo que ser inhabilitado. Dos poderosos partidos cortesanos, los duques de Orleans y de Borgoña, empezaron a disputarse la regencia. Estalló una violenta guerra civil. Enrique V de Inglaterra aprovechó este momento para renovar la guerra; entró en Francia a través de Calais y venció en Azincourt en 1415 un ejército francés cuatro veces superior. La caballería francesa todavía no se había adaptado a las nuevas armas y la nueva forma de combate. Cañones ingleses, bloques de lanzas y arqueros decidieron la batalla contra los pesados caballeros armados. Más de la mitad de la caballería francesa sucumbió en Azincourt.

Ahora la guerra adoptó proporciones y formas terribles. Pronto todo el país hasta el Loira estuvo en manos inglesas; el terrible Talbot sitiaba ya la fortaleza clave de Orleans sobre el Loira.

Habían precedido este momento el asesinato y la intriga, saqueos, incendios, vagabundeos de las bandas de mercenarios, infinitos sufrimientos de la población campesina. Como que Juan de Borgoña había sido asesinado durante un encuentro con el delfín Carlos en el puente del Yonne cerca de Montereau, el hijo del muerto, Felipe el Bueno de Borgoña, se pasó al lado de las fuerzas invasoras. Francia, regida por un rey joven, lascivo y débil, parecía perdida.

En esta tensa hora se presentó en Chinon, la miserable corte del Delfín francés, una muchacha lorenesa de unos diecisiete años, vestida de hombre y que se anunciaba como clarividente. Juana de Arco era una joven campesina de Domrémy que afirmaba haber oído voces del cielo que la llamaban para que salvara Francia; también se le habían aparecido arcángeles. Ella le prometió al ya casi perdido príncipe heredero la victoria y la corona. Como que no tenían nada mejor, ni siquiera esperanzas, dejaron que Juana se las apañara. Marchó a Orleans. Con armadura blanca, sin yelmo, agitando el estandarte con la flor de lis de los Valois y la imagen de la Madre de Dios, cabalgaba delante de las tropas sobre un caballo blanco. En ardientes arengas infundió a los franceses la «religión de la realeza y la fe en Francia..

Inició el asalto de Orleans, echó de las murallas a los experimentados mercenarios ingleses, a los barones y generales británicos, y plantó sobre la ciudad liberada el pendón de la flor de lis. Había ocurrido el milagro de la “doncella de Orleáns”; se alzó la nación. La muchacha de Lorena volvió a dar a un pueblo la confianza en sí mismo. Entonces llevó al delfín a Reims para su coronación. Francia volvía a tener un rey.

Pero ese rey se merecía tan poco el milagro como los sacrificios de la nación despertada. Al amante de Inés Sorel, al debi-lucho e imbele Carlos, rey por la gracia de Juana, le parecía tan peligrosa la muchachita de Lorena como desagradable a su camarilla cortesana. ¿Cómo un noble de nacimiento, un soberano elegido y ungido por la gracia de Dios, podía reconocer un deber de agradecimiento ante una simple pastora y el pueblo que ella acaudillaba? ¿No habría significado eso que recibía la corona de manos del pueblo?

Desde que la causa francesa no estaba tan desesperada, no se apoyaba suficientemente a Juana de Arco; es más, sus señores incluso la vendieron y traicionaron.

En Compiegne, nobles franceses hicieron que cayera en manos de los borgoñones.

El duque de Borgoña la vendió a sus enemigos mortales, los ingleses. Los ingleses entregaron a Juana, en Rouán, al tribunal inquisitorial religioso para que la condenara por brujería y herejía.

En una guerra de un siglo de duración había nacido en ambos bandos del frente algo así como una forma adelantada del nacionalismo.

«Los doctores de Rouán, los sacerdotes que la habían interrogado, trastornado, que la habían torturado en cuerpo y espíritu durante cinco meses y que después la llevaron al cadalso, echaron más tarde la culpa al obispo muerto y a los ingleses vencidos...»

Juana de Arco muere quemada en la pira en 1431.

Para el partido angloborgoñón sigue siendo la hereje embrujada, pero para Francia y al poco para una gran parte del Occidente católico se convertirá en santa, en símbolo nacional. El papa humanista Pío II dijo: «Es difícil decidir si su acción fue obra de Dios o de los hombres.» 463 años después de su muerte, el papa León XIII inició a petición del obispo de Orleans el proceso de beatificación para la doncella, y en 1920 se la ha canonizado.

Para la historia está, con su llameante aparición, en el umbral de una nueva época en la que los pueblos y naciones toman conciencia de sí mismos y a la política de dinastías, príncipes y cuestiones de herencia suceden lentamente las manifestaciones de los intereses vitales de las naciones. De su obra surge una Francia nueva, rígidamente organizada, una Inglaterra consciente de sí misma y una Borgoña caballeresca que más tarde cae en una romántica pero fulminante decadencia.


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