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LAS VÍCTIMAS DE AMPFELWANG

Al nombre de Braunau,
modesta cabeza de partido austriaca en la orilla derecha del Inn, cerca dela
frontera bávara, va ligado el destino de tres hombres, objeto un día de la
atención del mundo.
Thomas Püschl, vicario en
Braunau, cayó en un estado de negra melancolía por efecto de la impresión que en
él había hecho la ejecución de Palm, acabando por perder enteramente el juicio y
anunciar el fin del mundo y una conversión colectiva de los judíos mediante la
fundación de la secta «Hermanos y Hermanas de Sión».
Por último, Adolfo Hitler,
obrero temporero e hijo de un empleado de -Aduanas de Braunau, elevó a la
categoría de obsesión su antipatía por los judíos, dejándose arrastrar de
visionario a fanático y aun quizás a demente sanguinario, como Püschl se había
dejado llevar de sus quiméricos «misticismos». No hay entre los dos otra
diferencia que la cuantitativa.
Poco después de la
ejecución de Palm fue destinado el vicario al pueblo de Ampfelwang en calidad de
rector, teniendo al fin que ser internado en el hospital del clero de Viena como
enfermo mental incurable. Pero antes había contado con tiempo suficiente para
dejar bien incubada la tragedia, a fuerza de fanatizar a los correligionarios de
la secta de su invención, que eran los «Hermanos y Hermanas de Sión».
Privada de su postor, la
mística comunidad de Ampfelwang se vio en el caso de elegir a quien le sucediese
en la misión de convertir a los judíos, y lo hizo en la persona del ferviente
adepto de Püschl, Joseph Haas. Bajo la dictadura terrorista de este labriego
tardó poco en figurar todo el pueblo en el partido de los fanáticos, con
excepción de un matrimonio de edad que, con su hija de once años, se abstenía de
secundar a los sectarios. Como estas tres personas se resistieron obstinadamente
a tomar parte en los ejercicios de lectura, de rezo y de «conversiones o
tertulias en Cristo», la comunidad acabó por declararlos herejes y
representantes del Anticristo.
El odio de aquellas gentes
fanatizadas fue aumentando, hasta que al anochecer de un día del año 1817, todos
los habitantes del pueblo se presentaron ante la casa de los enemigos de Dios,
intimando a los viejos para que, sin más demoras, se incorporasen a la comunidad
religiosa y asistiesen a sus cultos y prácticas piadosas.
Capitaneaban a los vecinos
armados con palos Joseph Haas, su hija y su criado. Aquélla, de diecinueve años
de edad, pasaba entonces por la muchacha más bella e inteligente del pueblo.
Los apremiados siguieron
resistiéndose a renegar la fe de sus mayores, aun ante la amenaza de la fuerza,
y suplicaron con lágrimas en los ojos que les dejasen seguir con sus viejas
creencias.
Entonces ordenó Haas a su
criado:
«Ahora, en nombre del
Señor, te mando que los mates a palos» Y, como el criado vacilaste, le arrebató
la hija de Haas el palo y abatió con él primeramente a la anciana vecina, al
tiempo que exclamaba: «Dios lo quiere así»
Luego, repitiendo las
mismas palabras, acometió también al esposo y a la hija, hasta verlos caer sin
sentido y dejarlos por muertos.
Con este sangriento
episodio comenzó la Semana Santa, durante la cual tenía que sacrificarse uno de
ellos como Cristo se había sacrificado por todos, según sabían por inspiración
recibida de lo alto. En el sorteo destinado al señalamiento de la víctima, salió
en suerte precisamente Joseph Haas. Pero como se estimase indispensable su
pastoral presencia entre la comunidad, nuevamente echaron suertes, resultando
favorecida Anna María Hetzinger con la pena de muerte. Contaba diecisiete años
de edad entonces y estaba fuera de sí de alegría de ver que la suerte le
deparaba el honor de morir como Cristo había muerto. Sin poderse contener,
proclamaba a gritos la dicha que la divina misericordia le dispensaba, y pedía
que, para merecerla siquiera en parte, no le ahorrasen martirio alguno.
Con la fórmula sacramental
de «el Señor lo quiere», hizo Joseph Haas la primera incisión en la cabeza de la
muchacha. Cuando la víctima vio correr la propia sangre, se echó a reír y a
ponderar la sensación de beatitud que experimentaba. Entonces los
correligionarios, que al principio habían contemplado los hechos un poco
intimidados, recobraron su confianza y se lanzaron a la tarea de torturar a la
desdichada, llegan a hurgar con las puntas de sus navajas en la misma masa
encefálica. En este punto perdió el conocimiento Anna-María, y empezó con la
respiración estertorosa; pero un joven más impaciente y resuelto puso fin al
espectáculo del Viernes Santo, rematándola de un golpe.
Todos los «Hermanos y
Hermanas de Sión» se prosternaron ante la muerta y se pusieron a orar, en espera
de su resurrección, que tenían por segura, puesto que, si como Cristo había
muerto, como él tenía que resucitar. Es más; para asegurarse de que,
efectivamente, había sido elegida Anna-María para la gloria, le abrieron el
pecho y le sacaron el corazón, a fin de comprobar si presentaba, las místicas
figuras descritas en una «Guía» místico-cabalística, compuesta por otro fanático
llamado Gossner.
Cuando todavía estaban a la
espera de la resurrección de la muerta los vecinos de Ampfelwang, hizo su
entrada en el local la policía y los detuvo. Luego sucedió que las autoridades
judiciales fueron extremadamente benévolas e ingenuas al juzgarlos: a Haas y a
su hija los absolvieron de toda culpa al cabo de catorce meses de detención, por
estimarlos mentalmente irresponsables. Únicamente se tomó la precaución de
someterlos a una estrecha vigilancia.
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