Sir Harold
Rupert Leofric George
El
eterno "segundón

Alexander, tercer hijo del conde de Baledon, es una de las figuras mis
representativas de la llamada Segunda Guerra Mundial. Y, sin embargo, su
carácter parecía desmentir atrevidamente esta importancia. Era, ante todo, un
hombre tímido, y con razón la prensa americana le adjudicó profusamente el
título de “modesto”. Un rasgo esencial en él es, sin duda alguna, su meticulosa
pulcritud. Bien conocido es que, en múltiples ocasiones, después de los momentos
más graves por que puede atravesar un frente, se le vio aparecer tan atildado e
impecable, como si se le esperara en una importante recepción. Otras veces,
después de una larga caminata por un suelo fangoso y plagado de obstáculos, se
dio el caso de que, mientras sus soldados llegaban sucios, llenos de barro y
molidos par el cansancio, Alexander lucía unas betas y un uniforme tan
primorosamente limpio como antes de partir, sin que se encontrase en él la más
liguera huella de fatiga. Alto, fuerte y, sobrio porte, siempre elegante, fue en
su juventud campeón de «cross country», y en 1910 representó a Harrow en el
partido de <cricket» contra Eton. Su bigote recortado, su limpia mirada y su
gesto correctísimo, aunque, en cierto modo, infantil, hacieron de él un hombre
extraordinariamente simpático y agradable, aunque enérgico, capaz de ganar el
corazón de cuantos le rodean.
En cierta ocasión, en la guerra del 14, después de una lucha sostenida con los alemanes, en la que llevó la peor parte, quedaron en las líneas enemigas gran infierno de ametralladoras; deseando recobrarlas, solicitó Alexander algunos voluntarios con quienes poder contar, y cual no sería su sorpresa, y a la par su satisfacción, al ver que se le presentaba el batallón entero «Alex», como le llamaban cariñosamente sus soldados, es un hombre recto en sus juicios, de una enorme clarividencia y de un valor inaudito, demostrado palpablemente en multitud de casos. Poseía, como todo buen irlandés, la alegría constante y el bien desarrollado sentido del humor, necesario para triunfar con el alma de todas las adversidades.
Cuentan que, después de terminada la Gran Guerra, marchó a Turquía con su batallón de Guardas Irlandeses. Los turcos, recientes los resquemores y la enemistad de la batalla, desconfiaban de ellos, mirando con malos ojos a aquellos soldados tan altos, tan fuertes y tan rubios, que, como niños traviesos, alborotaban cantando por todas las aldeas y ciudades de Anatolia. No obstante, Alexander, con una paciencia infinita, enseño a los turcos a bailar el típico «jig» irlandés y a cantar típicas canciones de su país natal, de modo que, a menudo, se veían grupos de turcos e irlandeses entonando melodías a un mismo compás.
Sir Alexander nació en un bello rincón de Irlanda, en la región del Ulster, en un pueblecito soleado y florido, allí por el año 1891. Su infancia transcurrió dichosa y feliz, coma la de casi todos los niños. Ya entonces empezaba a perfilarse ese carácter tan suyo, que cincela enérgicamente su firme personalidad. Su familia era de nobles terratenientes irlandeses, y en el seno de ella se había decidido que el muchacho, por las aptitudes que tan pronto revelaba, fuera soldado. Afortunadamente, «Alex» había decidido lo mismo por su cuenta, de tal manera, que, aunque eI designio paterno hubiera sido otro muy distinto, él, irrevocablemente, hubiera seguido la carrera de militar: Tal era su vocación. Su carrera fue brillante y rápida, libre de obstáculos en sus comienzos y finalmente llena de ellos. Estudió primero en Harrow más tarde en la Escuela Militar de Sandshurst, de la que salió para incorporarse al cuerpo británico que, por aquel entonces, se hallaba en Francia. A la edad de veinticuatro años mandaba intrépidamente un batallón, y, tras algunos éxitos que le hicieron ascender rápidamente en el firmamento militar, ya que a los treinta y cinco era jefe de un regimiento, a los cuarenta y dos brigadier, y a los cuarenta y cinco mayor general, llegando a los cuarenta y nueve al grado de teniente general. En sus distintas campañas, que fueron muchas por cierto, cosechó varias condecoraciones, señal innegable de su valor y pericia. Algunas de ellas son: la Cruz Militar Británica, la Orden de Servicios Distinguidos, la Legión de Honor, la Orden de Balio, etc.
Durante la guerra del 14 ya demostró en varios casos su serenidad y su pericia,
y, una vez terminada la campaña, sirvió en distintos sitios, distinguiéndose
siempre por su acertado mando. Uno de sus mayores éxitos lo alcanzó,
principalmente, en la India, actuando con la Irish Guard en la frontera del
noroeste y en la sublevación de los Mohlnands. No obstante, mucho antes, hacia
el año 19, había mandado ya un batallón de fineses, letones y lituanos, con el
que peleó en una guerra harto desigual, pronto olvidada y completamente inútil,
que se hizo a los bolcheviques. Su lucha con éstos le dio profundo conocimiento
del idioma ruso, que dominó a la perfección. La tesis militar de Alexander puede
condensarse en la fórmula: «ataque a toda costa» Es, sin ningún genero de duda,
enemigo de la táctica que tiene por base y fundamento la resistencia, y creía,
con firme convicción, que para ganar la guerra hay que ganar las batallas, y
para ganar éstas hay que atacar siempre, sin esperar la iniciativa enemiga. Sin
embargo, en la Segunda Guerra Mundial, aunque parezca una burla del destino, se
le confiaron las dos operaciones de retirada más peligrosas qua efectuaron los
ingleses: Dunkerque y Birmania. Aunque él, a raíz de tales reembarcos y siempre
a base de su modestia, se creyera un hombre fracasado, es cierto que en ambos
casos logró salvar más de un ochenta por ciento de todo cuanto tenía, incluyendo
hombres, lo que significa para Inglaterra tanto como una indiscutible victoria.
Y si repetimos la frase de Napoleón: «Yo sé diez mil maneras de desembarcar, y
ninguna de reembarcar», comprenderemos claramente todo lo buen general que fue
Alexander.
Con ocasión del reembarque de Dunkerque, pareció que por vez primera se quebraba la tradicional flema inglesa, ya que, además de las dificultades producidas por una operación difícil en grado máximo, sentían el desasosiego de tener a un enemigo, entonces pletórico, que andaba pisándoles los talones. Realmente todo parecía terminado. Fue entonces cuando Alexander recibió el mando supremo del cuerpo expedicionario, y también entonces cuando mejor demostró su espíritu serene y tranquilo, dando las órdenes pertinentes y tomando toda clase de medidas, mientras las únicas embarcaciones que había disponibles surcaban el Tamesis en dirección a la costa, para recoger a los soldados reembarcados. Y mientras los «Stukas» alemanes atacaban ininterrumpidamente a la tropa en retirada. Pero, a pesar de todo, Alexander continuaba seguro de sí mismo porque confiaba en su buena suerte, que le había acompañado siempre y muy especialmente en la guerra europea, en la que no recibió ni una sola herida.
Uno de los días en que peor se presentaban las cosas, entró en la habitación del general un oficial del Estado Mayor. La casa estaba ya completamente deshecha, pero Alexander aparecía tan serene y pulcro como de costumbre. El oficial del Estado Mayor sólo dijo esta frase: «Mi general, la situación toma un cariz francamente catastrófico» El general se limitó a decir: «Perdone; no entiendo palabras tan largas», y dio tranquilamente el último sorbo a su taza de té. Aquella misma noche Alexander recorrió palmo a palmo todas las playas en donde se había hecho el reembarque, para comprobar que no quedaba ningún hombre en tierra. Fue, por tanto, el último que abandonó Dunkerque. Cuando llegó a Londres después de tal reembarque, estaba convencido, resignado con su suerte, que le iban a dejar en el olvido e incluso que podían llegar a destituirle. Entre tanto, se dedicó con gran tesón a preparar la renovación de los mandos, valiéndose para ello de las experiencias adquiridas y de todas las enseñanzas que le había proporcionado la retirada. Algún tiempo después, con gran sorpresa par su parte, le llamaron de nuevo, para mandarle esta vez a Burlna a enfrentarse con los japoneses.
Marcha así a Asia, contento con el nuevo giro de su suerte, dispuesto a poner su
experiencia en práctica. En una de las carreteras cambió su magnífico coche de
mando (hoy en un museo) por un «jeep», con el cual pudo pasar cómodamente por
montañas y barrancos repletos de enemigos y vigilar a los aviones contrarios,
que bombardeaban incansablemente. Estando ya cercada la ciudad, las autoridades
retrasaron veinticuatro horas la rendición, en espera de la llegada de
Alexander, sobre el que tenían plena confianza. Lo primero que hizo al llegar
fue mandar que rompieran aquel cerco de hierro nipón, y a continuación se
dispuso a conducir a toda aquella multitud a través de la jungla, en una marcha
desesperada y tenaz de cuatro meses, sin abastecimientos regulares y sin
conexión alguna con las bases aéreas de la India. Así llegó hasta el mar,
siempre defendiéndose con gran ardor, y consiguió reembarcarlos a todos. Cuando
cruzaban la frontera india, todos los soldados llegaban rotos, maltrechos,
sucios y con barba de varios meses; Alexander, sin embargo, apareció en medio de
todos ellos como un verdadero milagro de limpieza y pulcritud. Amanecía entonces
el año 4~, en el que Inglaterra se veía amenazada par todas partes: Egipto,
India, Australia e incluso en las mismas islas. Prácticamente puede decirse que
llevaba sola el peso de la guerra, puesto que América todavía no había tomado
parte activa en ella, y cuanto mayor era la euforia y optimismo de los alemanes,
tanto Iris doblegada bajo este gran peso se sentía Inglaterra. Entonces estaba
escasa de todo, pero principalmente de generales.
Y en este punto crítico de la guerra, mandó Churchill contra Rommel al doble reembarcado Alexander, junto con Montgomery, que también había dirigido por entonces una importante retirada por mar. La llegada de Alexander al Cairo por aquellos días contribuyó a levantar un paco los ánimos de los que mantenían a duras penas el frente de Egipto. Los periodistas que salieron a recibirle contaban que aparecía más tímido que nunca y que si por casualidad, en alguna ocasión, salía a relucir algo de su energía, ya fuera con palabras, ya con gestos, inmediatamente se arrepentía del alarde y se quedaba en extremo corrido. La gente lamentó el cambio de Wavell, en quien habían puesto toda su confianza, y les costó acostumbrarse al nuevo general, tan frío y tan atildado, porque Alexander nunca hacía profecías ni les daba ninguna seguridad. Por entonces tuvo una entrevista con los corresponsales de guerra, en la que, con su voz vibrante y templada a la vez, les pidió que no le elogiasen en sus referencias ni en sus artículos, porque Rommel tenía la excesiva confianza de que era un general bueno para las derrotas, y eso, precisamente, favorecía sus planes. A los paces días los dos generales, Alexander y Montgomery, paisanos y amigos, llevaban a cabo la gran operac1ón de El Alemein. No se comprendió entonces la importancia y magnitud de esta batalla, pero es lo cierto que constituyó uno de los jalones decisivos de la guerra.
La noche antes, los dos amigos, encerrados en una tienda de campaña en medio de
las arenas del desierto, estudiaron concienzudamente la mejor manera de llevar a
cabo la operación. En aquellos angustiosos momentos, ni siquiera ellos se daban
cuenta de que tenían en sus manos algo tan esencial como aquellas horas que se
dan en toda guerra, mediante las cuales puede cambiar como por ensalmo el giro
de los acontecimientos. Todo consiste a veces en pequeños detalles, pero
detalles al fin y al cabo que deciden la cuestión. Los proyectos estudiados
dieron el resultado apetecido, y la operación de El Alemein fue un éxito
completo. Entonces también el nombre de Alexander había de quedar postergado. En
efecto, mientras Montgomery alcanzaba gran popularidad, casi nadie se acordaba
de que antes que él en graduación había otro soldado tan digno de fama y de
elogio como el mismo Montgomery. Después de la victoria de Egipto, se vio de
nuevo al VIII Ejército británico galopar hacia el oeste; pero esta vez no
existía obstáculo capaz de pararlo: devoró kilómetros con apetito insaciable. En
los desiertos de Libia y de Trípoli abrió hondos surcos sus carros, y las
tierras feroces de Túnez brindaron sus frutos a los valientes soldados de
Australia y de Nueva Zelanda. Lo que ni el desierto ni la línea Mareth fue capaz
de contener, no lo contuvo tampoco el Mediterráneo, y, sin apenas permitirse un
respiró en Túnez, las aguerridas huestes del general Alexander se lanzaron sobre
la tierra europea de Pantelaria y Sicilia, y la alta beta formada par la
península de Italia. Nápoles, Montecassino, Roma... y tantas otras ciudades de
nombre famoso son jalones brillantes de su carrera de triunfos.
Pero, invadida Francia por los ingentes ejércitos preparados para la gran invasión, la brillantez de las operaciones que en buena parte dirigió su excompañero Montgomery, eclipsaron la dureza de la difícil lucha que en Italia mantuvo Alexander, y la campaña de Italia pasó a ocupar en la atención mundial un lugar secundario. Fue el destino de Alexander. En su vida llena de obstáculos, siempre superados de la mejor manera, vio en varias ocasiones obscurecer su fama, mientras brillaba potentemente la de otro compañero suyo, quizás sin merecerlo tanto y sin haber acumulado tantos meritos. No obstante, Alexander fue siempre un hombre de alto valor espiritual que, a pesar de todo, y sobreponiéndose a todas las adversidades, supo triunfar de ellas con dos grandes cualidades: la resignación y el optimismo. Y, gracias a este carácter, tan particular de Alexander, sabemos positivamente que podemos contar con su nombre para la historia universal.
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